Los Vendedores Ambulantes y el Viborero

os vendedores ambulantes fueron tal vez los primeros comerciantes que se en encontraron en el mundo. Según cuenta la historia, el ganado fue lo primero que se consideraba como algo de valor para el hombre, de aquellas tribus que estaban conformando las primeras civilizaciones entre la raza humana. Y si ganado era la mercancía, lógico es suponer que la comercialización  era ambulante, puesto que los animales debían trasladarse hacia los sitios donde hubiera pienso y agua para su subsistencia.

Dando un salto imaginario a través de los tramos de la historia, podemos llegar a los primeros vendedores ambulantes que se encontraban en Salta. En la Salta de los años 30 y 40 había como ejemplo de "lujo", el vendedor de chocolatines y otras golosinas, que aparecía uniformado y silencioso, en los intervalos de los cinematógrafos, donde los domingos a la "selecta" se daba cita el conglomerado que se decía elegante en la ciudad.

Los otros eran más descuidados, tanto en su vestimenta como en la mercancía que ofrecían. Esta iba descendiendo de categoría sofisticada hasta llegar a la venta de comestibles vernáculos, de factura doméstica. Casi todos iban cargando su mercancía en un canasto de mimbre, y otros en una especie de bandeja, que sujetaban a su cuello mediante una correa. Es decir, que la venta callejera de comestibles, frutas y golosinas, era una actividad ya muy desarrollada entre la gente de Salta, cuando comenzó la época de los años 30. Puede decirse que había una sobre saturación de vendedores ambulantes. La competencia era cada vez mayor, así que había que crear otras formas de venta.

La propaganda estaba lejos de las posibilidades  de estos comerciantes, que se prolongaban hasta las vendedoras que, montadas en flacos caballos, ofrecían verduras y frutas silvestres que traían en sus redondas árganas de varillas de poleo. Por esos años llegaban noticias desde otras provincias, especialmente desde Buenos Aires sobre originales vendedores ambulantes que ejercían un verdadero arte de vender entre sus ocasionales clientes. Así aparecieron los primeros, que aquí, por razones obvias, se denominaron "viboreros".Estos, generalmente, tienen su zona en el Mercado Municipal, que por ese entonces se llamaba "Mercado San Miguel".

Apareció de pronto entre ellos un vendedor nuevo y original. Vendía de todo un poco, y para hacer su oferta, previamente ofrecía un "show" con una repulsiva víbora, a la sazón una lampalagua adormilada, pequeña, que llevaba hasta el lugar de sus exhibiciones dentro de un cajón, donde el ofidio se enroscaba cómodamente. La primera vez que sacó el animal y se lo colocó sobre los hombros, como si se tratara de una chalina viviente, no pocas exclamaciones de terror lanzaron ingenuas amas de casa que iban o regresaban de hacer sus compras de la mañana en el mercado. Mientras el animal se movía lenta y sinuosamente, sacando a intervalos su lengua vífida, en su veloz discurso ofrecía  peines, peinetas, lapiceras y alguna otra cosa pequeña y liviana. "Un peine por aquí, otro más allá...” iba diciendo a la vez que cobraba las monedas que costaban y hasta regalaba algunos objetos. Este curioso vendedor, que más tarde tuvo muchos émulos, se llamaba Solari.

Vendedor de leña - calle Dean Funes

Prácticamente toda la gente que concurría al mercado lo conocía y lo estimaba. Nadie entendía a ciencia cierta cuánto ganaba, ya que lo que regalaba parecía superar a lo que cobraba. Solía salir al interior de la provincia, visitando las localidades cuando se celebraban las fiestas patronales.

También recorría los Ingenios en la época de pagos, donde realizaba su negocio con los cosecheros de la zafra, haciendo gala de una extraordinaria intuición para ubicar el tiempo y el lugar exacto para la venta, además era famosa su capacidad de análisis de las personalidades de sus compradores a quienes también por ahí les predecía el futuro. También escuchaba a los desesperados de amor a quienes vendía pósimas y filtros mágicos para solucionar sus entuertos.

Vendedor de Pan

Cuentan que una vez viajó hacia Rosario de la Frontera, para ofrecer su variada mercancía en esas reuniones populares, donde menudeaban  las empanadas fritas y otras comidas criollas hechas a la vista  y paciencia del público. Antes de iniciar sus tareas de "garganta i' fierro", dejó sus bártulos en la estación y salió a observar cómo se presentaba el lugar para su trabajo. Unos muchachos localizaron el cajón con la víbora mansa, y le dieron de palos, creyendo que era una yarará que había penetrado dentro del equipaje.

Ese día, según cuentan Solari hizo su trabajo con gesto triste, pues su querida lampalagua colgaba de su cuello abatida, como si se tratara de una bufanda mojada. Sus presentaciones en público fueron disminuyendo a medida que pasaban los años hasta que, según afirmaban muchos, obtuvo su jubilación. Solía afirmarse que fue el primer "viborero" que había recibido su retiro, después de tantas décadas de trabajar en la calle, cantando las bondades de su mercancía simple y honesta, que generalmente colocaba sobre una pequeña alfombra, mientras hacía desmañadas exhibiciones con la lampalagua, que seguramente regresó al monte cuando término su trabajo de ayudante de Solari.

Fuente: "Crónica del Noa" -20/05/1982

Relatos recopilados por la historiadora María Inés Garrido de Solá

 

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