Año II - N° 21 - Salta, octubre de 2004

Hoja Primera

 

Homenaje
SARA SAN MARTÍN
(Tucumán, 1921 – Salta, 2001)

Ilustración: foto editada de Sara San Martín

 

Hoja Nº 1

Hoja Nº 2

Hoja Nº 3

Hoja Nº 4

Hoja Nº 5

Hoja Nº 6

Hoja Nº 7

Hoja Nº 8

Hoja Nº 9

Hoja Nº 10

Hoja Nº 11

Hoja Nº 12

Hoja Nº 13

Tu corazón no lee las misivas?
Habría de volver tu esfinge hacia dentro de ti,
que anduvieras tu laberinto
y corrieses el cerrojo de tu puerta.
Que atisbaras desde ti el inmenso bagaje de la vida.
Si es que conoces su follaje...
si es que tienes realmente a la vida.
No es necesaria la luz para ver la miseria,
oscurece tu borde íntimo,
cerciórate que no haya nieves en tu cumbre,
que tu mar no tenga esquifes, ni tu territorio páramos.
Después mira al hombre, mira al pobre hombre...
mírate a ti mismo.
Desde que conozco así a la vida,
podría decirte todo y desdeñarla...
Pero vine a decirte: soliviaré su frente,
le verteré mi cauce en todos sus desiertos.
Ellos han de venir musculosos y puros
a estrechar las moléculas del mundo.
Han de venir y deberán hallar la vida como antes.
No como la vimos nosotros, que amanecimos con la /frente rota.
¿Tu corazón no lee las misivas?
La tierra está entregándolas desde su polvo oscuro,
en cada fusil, en cada pájaro, o flor, o lágrima, o sonrisa.
Las da llenas de olor a mundo, con olor a corazón /abierto.
Quiero internar mi voz hasta tu sangre,
pero es preciso que cercene tu propia soledad,
ella es como un parásito que disminuye al orbe.
Voy a quitarte todos tus caminos,
que no tengas panoramas ni huellas para ser continuadas.
Que no te quede más que el olor del mundo.
Nada más que el sudor de la tierra.


Seré este duro asombro
Yo debo ser, Dios mío, de toda tu criatura,
buscándote angustiada, la que más debe herirte.
¿Con qué fauces de acero tu cólera mordiste,
que no quiebra tu mano mi terca nervadura?
Agriétame y corroe. Aún mi escoria es dura;
rebelde y obstinada, con pasión te resiste.
Jamás podré ser mansa; ni en ruego he de pedirte
que alivies mi tormento ni cortes mi atadura.
He de morir aullando, por querer encontrarme
en la oscura pregunta que me has dado habitar.
Seré este duro asombro de caer y de alzarme
y el afán infinito de quererte alcanzar;
y la amarga ironía de no desesperarme
cuando en mi propia llaga te pudiera encontrar.

En dos mundos
En bahía de nardos el cielo se despliega
y enmudezco de Dios en mi deslumbramiento.
¡Si pudiera pedirles en serio a las estrellas
lo que en ensueños pide ingenuo el sentimiento!
Pero sé que su encanto dura sólo el segundo
en que, desprevenidos, caemos al misterio.
Cuando el alma de pronto se desprende del mundo
y en una breve infancia se recupera el cielo.
Si no tuviera en mí un filósofo amargo
de tanta verdad incierta a medias persuadido,
viviría en constante sensación de milagro
y creería en todo como creen los niños.
Porque soy niña aún en un fondo de bruma
pero habita conmigo un viejo sempiterno,
yo creo en las estrellas y en los duendes de luna
y comprendo también que nada sea cierto.
Y ese viejo que piensa y esa niña que sueña
me tienen insegura en dos mundos distintos;
me voy de un cuento de hadas a la sólida tierra
y vivo en inquietantes y oscuros laberintos.

Llamo... No sé a qué llamo
Aquí estoy si es preciso acudir a la muerte,
si es preciso que incline mi rostro sobre el trébol.
Aquí está la palabra y el gesto de otros días
lo levanto de nuevo y llamo enloquecida.
Pero es el mismo sol el que sale a mi ocaso
y las mismas montañas,
el mismo río, roto en sus diques de sueños,
las mismas libres aguas anhelando el desierto.
Llamo... No sé a qué llamo.
Lo que me duele advierto.
Lo que me duele es esto: el sueño abandonado
y por este dolor es que abro la herida
y me lanzo a rebato por la estrella más pura.
Enjuiciad mi delirio... Yo le canto a la vida.
Vengo desde un desierto parecido a la muerte.
En oscuras derrotas mi corazón anduvo
y sin embargo,... canto.
Sólo veo la dulce plenitud de la tierra
y la inmensa ternura que desborda del mundo
y la belleza eterna en que el mundo recrea.
Ya no vendrán más sombras a oscurecer mi grito
porque en todas las muertes cabalgó mi agonía.
Levanto toda el alma.
Llamo y empujo a todos.
¡Desolados del mundo... Abrid todas las puertas.
Dejad, que oiga mi grito la niñez de la tierra.

Un día cruzaré
¡Fronterita del sueño, mi frontera!...
Mi luna en los atajos desespera.
Un día cruzaré, me iré contigo
y dejaré mis cármenes sin reino.
Dislocaré mi danzarín sombrío
y a su vigía de semblante serio,
lo ahogaré de personas y coturnos.
Libraré mis campanas sin cautela...
¡Igual que Dios, sin márgenes ni rumbos!
Del instante al instante, sin espera,
infinita de sendas sin resguardo.
Del asombro al asombro, cautivada,
contigo iré, frontera del hallazgo
más allá de la lógica y su trama.
Más allá del cadalso de la historia,
eterna, sin amor y sin memoria.
Estoy aquí
Con silencio tenso,
oscura y ovillada...
impasible
contra las paredes grises
mientras la tierra sangra.
A veces,
entreabro una ventana
y me retengo apenas.
Desenredo mis brazos
y me estiro en la vida y en sus grietas.
¡Pero vuelvo... con mis gajos quebrados,
apresurada de silencio!
Necesito huirme
para tolerar mi vida sobre el tiempo.


Necesito el alma del mundo
Necesito el alma del mundo para llenar mi vida,
pero el tiempo atraviesa por mis ojos
meridianos de lágrimas.
Improviso un otoño que limite mi soledad infinita
y atardecen en notas congeladas
el suspiro y la dádiva.
Así latía yo por cada hombre,
como un inmenso corazón de angustia,
con un solo destello por el pulso
que aceleraba mi visión de estrella.
Pero iré más allá de cada cosa,
incluida en cada átomo del río.
Quiero hacer una hoguera con mi alma
donde el mundo produzca su deshielo.
¡Si pudiera afrontar cada destino...
o ver a cada hombre sustentado en mi pecho.
Si me cupieran todos los sollozos
por el gris sobresalto de los niños,
o por cada soldado con un arma,
por cada criatura de la tierra!...
¡Si yo pudiera destruir mi alma
para consolidar el universo!

SARA SAN MARTÍN


 

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