La Guerra de los Descalzos

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La guerra de los descalzos

 

 

José Agüero Molina

 

Novela escrita en Asunción del Paraguay

durante el Año 2001.


 

 

 

 

 

 

 

Morir por las ideas, sí,

pero de muerte lenta,

pues al forzar el paso

sucede que morimos

por ideas que un día después

ya no se llevan.

 

(Henri Brassens)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nota del Autor

 

 

Cierta vez, un hombre de cuya existencia yo no había tenido jamás noticia alguna, llegó a mi casa con la estrafalaria idea de solicitar ayuda para lanzarse a la política. Naturalmente, expliqué al ingenuo que yo no tenía el menor interés sobre nada relacionado a esos asuntos, a lo que me dio una respuesta que, además de hacerme mudar de opinión, cambió mi vida y originó esta novela:

-                      Yo lo vengo a ver porque me han dicho que en su casa hay muchos libros y en los libros debe estar todo lo que necesito aprender para entrar a la política.

Y tenía razón, nomás, el pedigüeño. Nos pusimos a revisar en los estantes y separamos varios tomos que nos serían de utilidad, lo mismo que después haría León Valdéz en la novela, buscando libros para apuntalar la candidatura de Aquiles Farjat.

Han dicho por ahí – y estoy de acuerdo - que los escritores hacemos siempre una misma historia, contada a través de diferentes personajes y con títulos distintos. En mi caso, el escenario es el de un pequeño pueblo alejado de las grandes ciudades, donde perdedores anónimos encuentran de pronto un modo de dar sentido a sus vidas. También se ha dicho por ahí – y no lo contradigo - que en cada personaje hay algo propio de su autor. En mi caso y según el método habitual, incorporé al argumento innumerables situaciones que me tocaron de cerca, aunque tomé la precaución de esconder los nombres de mis conocidos, en favor de la amistad.

En esta novela, la trama se desliza a través de una larga serie de casualidades y equívocos, malos entendidos que transforman una elección a Intendente en una Guerra que cambiará la historia de sus protagonistas de modo brutal. La estructura retoma el estilo de narración de Domingo a la Tarde, con saltos continuos entre pasado, presente y futuro, con el agregado de una insólita cantidad de personajes – ¡ciento dieciséis! -, cuyo manejo significó un desafío aparte.

A la hora de los agradecimientos, quiero recordar en este parrafito a los que sin querer ni proponérselo me prestaron sus vidas, sus historias, sus desventuras, dando entidad a los hombres y mujeres de Nueva Atenas.

 

José Agüero Molina

Salta – Agosto de 2007

República Argentina

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 1

 

(Del infortunio de algunos personajes y de la incidencia de la casualidad

en la vida de la gente y en los argumentos de los autores, dando inicio a una

historia que durará veinte años)

 

I

A

ún hoy, cuando la memoria toma la forma de un rito inoportuno y la Guerra de los Descalzos se hunde en el olvido, el Doctor Epaminondas se estremece al pasar por el solar de los Ortega. Apura la marcha, cruza a la vereda de enfrente y va pegando el cuerpo contra la pared sombreada de la iglesia, como si se escondiera. Un poco después, llega a la esquina y mira a través de la plaza, donde un airecito tibio hace rodar las hojas de los árboles, arreando ruidos pequeños. Hacia el lado del río, las nubes se han comenzado a juntar. Parece que va a llover. El Doctor cierra los ojos y hace un esfuerzo, queriendo precisar la fecha en que enterraron al último muerto, pero no puede. No sabe si fue ayer o si aún lo están velando, oliendo a flores marchitas. Entonces, un escalofrío repentino lo traspasa. «Serán las ánimas», dice. Suelta un sollozo y echa a andar al trotecito, fantasma en fuga.

Desde la ventana del living, Aspasia estruja los visillos y lo ve pasar, envuelto en una nube de espanto. Le rechinan los dientes y la tembladera le desbarata el pecho, igual que la tarde en que tocó los huevos del seminarista Arcadio, hace justo un año. Aspira profundo, llenándose otra vez con el olor a incienso y sudor del sacristán, hasta que el aire le abandona los pulmones y se le entrevera en las tripas, helándole el vientre. Doblada en dos sobre el sillón de mimbre, abre la boca como si fuera a soltar un grito, pero acaba por quedarse inmóvil, como si no fuera más que una fotografía trágica. Al rato, cuando el Doctor Epaminondas ya se perdió de vista, ella vuelve a vagar por los huecos oscuros de su mente, pensando en nada, acaso porque esta hora es idéntica a aquella otra, cuando las desgracias se soltaron para arrasar al mundo. «Pudimos evitarlo» - murmura Arístipo, mirando a su hija desde la penumbra de la sala contigua - «Pero no hay caso; una casualidad siempre pesa más que la mejor causa». Pasa una mano trémula por la hilera de libros, los mismos que Aspasia devoraba con pasión antes de volverse loca, cierra un puño y agrega en voz alta:

- Nada más que putas casualidades, una detrás de la otra.

II

Será que, casi siempre, las cosas comienzan con un hecho fortuito. Así se fundó el pueblo, recuerda Arístipo, cuando al mulo que llevaba a Diego de la Santa se le quebró una pata. Era un jumento fuerte y confiable, pero tuvo la mala suerte de pisar una madriguera y mancarse, arrojando de bruces al jefe de la expedición. El hidalgo, nombrado Adelantado por un rey ambicioso, se dio un porrazo bíblico y atragantado de tierra roja, bautizó con palabrotas castizas la desgracia inicial, primera en una larga serie de infortunios. Quiso otra casualidad que el accidente aconteciera en un paraje bellísimo, verde hasta la saturación y caliente hasta la obscenidad, que el topógrafo ubicó a veinte leguas del Gran Agua y a medio paso del río que corre hacia Santa María de los Buenos Ayres, por lo que el Adelantado creyó oportuno fundar allí mismo su primera plaza en Las Indias. Felices de hacer por fin algo distinto, los hombres destriparon la selva a machetazos, espantaron con fuego a los alacranes y con el estropicio civilizador a las pavas, abriendo en pleno monte un hueco de diez por diez, ya con aires de ciudad. «¡Ah!», dicen que dijo entonces Don Diego, conspicuo admirador de la cultura helénica, «¡Es que el hombre es un animal político!» Su libro de cabecera era La Ilíada y llamaba Agamenón a su hijito andaluz, así que a nadie extrañó que nombrara Nueva Atenas a la tapera recién levantada. Claro que, además de político, el hombre es un animal nómade, así que a poco de fundar el caserío lo abandonó a su suerte, dejando como Gobernador a un preso que fungía de guía y cuyo nombre real jamás entró a la Historia, pues su jefe lo llamó Pisístrato, lo que inauguró la moda de dar apelativos griegos a la gente de la nueva ciudad.

¿Qué habrá sido de Pisístrato, abandonado en su reino de opereta? Para sobrevivir sólo le dejaron seis kilos de charque, tres botellas de oporto, un acero toledano y una Biblia, inventariados por el fiel de fechos en su bitácora de conquista. Poco y nada se sabe, pues, de su experiencia, salvo que el hombre perdió la cabeza, se chaló, loco como una cabra, que es como lo encontraron quince años más tarde los soldados de otra expedición. Había quemado el libro sagrado para calentarse un invierno y deambulaba en cueros y con un trenzadito de laureles rodeándole la coronilla, griego a más no poder. Cuando le hablaron de Don Diego, hizo señas de no estar entendiendo, olvidado del idioma colonizador. Pero no estaba solo; cerca suyo correteaban los hijos que había traído al mundo con una aborigen desdentada y triste, conocida quién sabe cómo y bautizada Afrodita quién sabe por qué. Sólo ella parecía entenderlo y lo seguía mansa por los límites de Nueva Atenas, juntando crías de pirañas en un remanso del río. Solemne en su estulticia, el orate pasaba revista a su tropa de gallinazos, o practicaba lances de esgrima contra un sicomoro, para regocijo del batallón. Muertos de risa, los conquistadores lo rodeaban para sonsacarle datos del mujerío local. Quizás no fueran todas tan feas como Afrodita, se esperanzaban, hallando que en tal caso no estaría mal quedarse un tiempo por aquel bosque de ensueño, lejos de cualquier intromisión real y dueños de un continente que les pertenecía con sólo estirar la mano. ¿A qué volver a España? Levantaron más chozas junto a la piojera inicial, cambiaron sus apellidos por nombres helénicos y salieron a la caza de hembras, pues nunca estuvo bien visto que el hombre esté solo.

Habida cuenta de estos comienzos, habrá que ver con naturalidad la serie de casualidades y malos entendidos que siguieron a la historia de Pisístrato, muerto por accidente cuando un cacique amigo lo confundió con el brujo ayoreo, desnudo como andaba y con su corona de falsa gloria en la cabeza. Fue una tragedia de graves consecuencias, pues, aunque chiflado, él oficiaba de Gobernador para una gran variedad de asuntos, a falta de alguien más que se tomara la vida en serio. Un poco en broma, lo enterraron con honores y después cada cual siguió en lo suyo, aunque ya nada fue igual. En los meses siguientes, los españoles retomaron su nombre original y se marcharon con la misma fatuidad con que se habían quedado, sin mirar atrás. Es posible que el pueblo hubiese terminado por desaparecer, de no mediar un involuntario enredo propiciado por los jesuitas, quienes lo encontraron cien años más tarde. Los frailes, que ignoraban las andanzas hispanas, se maravillaron de hallar griegos viviendo entre los salvajes y así lo hicieron constar en un informe a la Corte:

«...a unas veinte leguas hacia el naciente, dejada atrás que fuera por nos el torrente majestuoso del Yguazú y sin adentrarnos demasiado en las tierras del Paraguay, nos allamos ante un pueblo industriozo de gentes que construyen sus casas con techos a dos aguas, pues la América está sujeta a furiosísimas tormentas y acostumbran las armas de Júpiter a herir por igual al soberbio cedro que al humilde sauce, así que como más le gustaze face sus cosas esta gente, hombres blancos llegados de la Grecia nadie sabe cómo ni cuándo, puez no hubo forma de saber sus impreziones desde que conservan el extraño idioma de Aristóteles y fasta el nombre de Atenas a su comunidad, edificada en torno a un dios pagano de cuyo nombre no zupimos...»

Tampoco supieron que el «extraño idioma» era una mezcla chapucera del español con el guaraní, deformados y fundidos en un siglo de aislamiento. En cuanto al «dios pagano», no hubo nunca tal, pues se trataba de una tosca escultura de barro hecha por los indios en honor a Pisístrato, convertido por las circunstancias en mito popular.

Dos centurias más tarde, Nueva Atenas había crecido tanto que figuraba en los mapas de los palacios europeos, lo que engendró otros dilemas: ¿a quién pertenecía esa extraña civilización indo helénica? Madrid se apuró a reclamar derecho, pero lo mismo hicieron la pérfida Albión, la astuta Lisboa y hasta la Santa Sede, antes de que la auténtica Grecia saltara a la palestra a demandar lo imposible. Nabullione Buonaparte dedujo que un sitio tan disputado debía ser francés y envió a un hijo de Josefina con ínfulas de ateniense para invadir España, iniciando el fin del Mundo Colonial por un caserío perdido, tan equidistante entre la Argentina, Brasil y el Paraguay, que aún hoy nadie sabe a quién debe el gentilicio. Con los años, pasado que fuera el tiempo y apagadas ya las guerras de la Independencia, el papiamento que confundió a los jesuitas se depuró tanto que un trujamán lo habría hallado idéntico a lo que en Sudamérica se llama «castellano», arbitraria cruza de palabras castizas con vocablos árabes, franceses, portugueses, guaraníes y quién sabe cuantos más, lo que a la gente de Atenas le sirvió para quitarse de encima el atávico complejo de extranjería, común por lo demás a todo el Nuevo Mundo.

Nacida de la casualidad y alimentada con la equivocación, el día en que acordaron los límites del pueblo, cada país vecino concedió - error del cálculo topográfico - la totalidad de lo que creía que debía tener, así que los herederos de Pisístrato recibieron de la noche a la mañana el triple de lo que habían tenido, tierra colorada y virgen, yerbatales de verde incandescente y algodonales de nívea cerrazón. Protágoras Caballero, Intendente en la circunstancia y fundador del Partido, vendió la tercera parte del reino a una asociación de empresas madereras, las que aportaron la fortuna con que sus parientes adquirieron el segundo tercio y dejaron a Nueva Atenas con las mismas hectáreas que al principio. Sin embargo, el fraude promovió la gestación de un siglo de oro, pues los nuevos ricos trajeron la electricidad, alumbrando el desembarco del primer automotor. Aristófanes, primo de Protágoras y secretario general del Partido, abandonó el garito que regenteaba en la frontera y con un crédito bancario fundó una empresa constructora, trazó calles que atravesaron al pueblo sin piedad y lo despedazó en trocitos que se achicaron mientras crecía la ambición del constructor. Así surgieron puentes donde no eran necesarios, aeropuertos nunca inaugurados, casas de cambio y un sinfín de barracas con fachadas sin nombre e inventarios secretos, que le dieron al pueblo la fama de Paraíso de los Contrabandistas con que fue conocido después en todo el mundo.

- ¡Todas mentiras, inventos del comunismo internacional y apátrida, que busca destruir el modo de vida libre y republicano que nosotros defendemos! – Proclamaba Protágoras, pues con la Primera Guerra se le había dado por insertar al caserío en el concierto internacional, cursando cartas a la Casa Blanca para que le enviaran un embajador.

- ¡Querulante! - Despotricaba Anaxágoras Pereyra, el maestro que encabezaba la escuálida lista de los opositores y escandalizaba al pueblo con su biblioteca, ecléctica colección de libros que prestaba a sus pares en el intelecto. Insidioso y radical, recitaba con voz admonitoria frases de los grandes sabios de Grecia, lapidando los desvaríos faraónicos del Intendente y liderando tertulias rebeldes en el bar de Empédocles Rodríguez, padre de Arístipo y abuelo de Aspasia, quien - para no ser menos - bautizó al antro «El Areópago de Atenas», con un letrerito que resistió la guerra y aún hoy cuelga en su fachada. Fue allí donde cien años más tarde se anunciaría que Miguelito Caballero rechazaba el cargo que ostentaba su familia desde los tiempos de la primera fortuna y que ahora le tocaba a él, último varón de la dinastía. Pero, más dado a los alejandrinos que al maquiavelismo del poder, el heredero nunca había mostrado interés por los negocios del padre, la riqueza del abuelo o la historia del bisabuelo. Si alguien le preguntaba qué pensaba hacer de su vida, respondía que sería artista, alardeando de una sensibilidad rebuscada, capaz de quedarse en trance con la declamación de sus propias rimas.

- Me salió poeta - Rebuznaba Espeucipo, el padre, disimulando el asco con el humo del cigarro - ¿Dónde se ha visto un Caballero que no sea político?

- Sólo es un muchacho bueno y sensible – Decía Helena, la madre.

- No es malo, sólo un poco raro - Añadían los amigos, apañándolo.

- ¿No será marica? - Susurraban los parientes menos acomodados, satisfechos de que el lujo hubiera dado al fin un resultado justo.

Indiferente, Miguelito paseaba entrecerrando los ojos bajo un sombrerito blanco e ignorando a las chiquillas que se le enamoraban al paso. Sólo Aspasia, sin que nadie entendiera cómo, se ganó la confianza del estrafalario. Solía vérselos conversando en un banquito de la plaza, a veces durante horas. Ella, tan sin gracia y con la cabeza hundida entre los hombros, igual que un buitre flaco. El, arrobado y hermoso, permanecía inclinado con interés sobre el rostro delgado y seco de la hija de Arístipo. ¿Qué le habría visto? Para Helena, era una amistad sustentada por el amor al arte; para Espeucipo, la confirmación de la hombría legendaria de los suyos. Ambos se equivocarían mucho, como se vería después; a través de Aspasia, Miguelito conocería el verdadero motor de su vida y ella aprendería el dolor que llevaría a todos al abismo.

En todas estas cosas pensaba el Doctor Epaminondas, la tarde en que Aspasia curioseaba los huevos del monaguillo Arcadio, olfateando la inminencia de la desgracia. Volvió a pensarlas mucho más tarde, cruzando a los trancos la plaza desolada y rogando encontrar a Aquiles. Como si no supiera que Aquiles también está muerto.

III

Jeremías Insaurralde tenía los ojos tan mansos y el andar tan noble, que nadie diría que se trataba de otro huérfano deambulando España, tras la guerra civil. Llegó a Santander una mañana helada, se sentó en la arena y pasó horas escudriñando el mar, como si quisiera metérselo por los ojos. Muy delgado, con la barba crecida y desprolija, vestía un anticuado traje de dos piezas, una boina oscura y unas sandalias tan rotas que las llevaba atadas a los pies. Cuando se cansó de mirar las olas, acostó su cabeza sobre los brazos y se quedó dormido. Un poco más tarde, un pescador le tuvo lástima y fue a despertarlo con un trozo de pescado seco; alguien - tal vez un monje - le envió una bota vieja con algo de vino y una mujer en harapos le compartió los restos de su pan. El muchacho agradecía cada vez inclinando la frente, pero permanecía en silencio. Al rato, esparció el pescado y el pan sobre un trapo y se dispuso a comer, masticando tan despacio como si rezara.

Durmió allí mismo, cobijado de los ramalazos del viento por el vientre de un bote sin dueño y a la mañana siguiente, cuando los demás habían vuelto a olvidarlo, abrió su maleta y extrajo un puñado de carbonillas de distintos colores y unos pliegos que parecían hojas, pergaminos, cosas así. Eran tiempos duros y no faltaban los extraviados, por eso lo dejaron andar por ahí sin abrir la boca, sonriendo con sus ojos tristes y garrapateando en sus cartulinas asuntos misteriosos. Hacia la tarde, se acercó al pescador que lo había alimentado y le entregó un retrato como nunca se viera en esas playas. El hombre se sobresaltó, porque hacía años que no se miraba al espejo e ignoraba que ya no era el mismo. “¡Soy mi padre!”, pensó, espantado. Cuando reaccionó y quiso decir algo, el artista caminaba hacia la mujer que le había compartido el pan. A ella también le había hecho un dibujo magnífico, con tanto realismo que la buena samaritana pasaba las manos sobre el papel y sentía las caricias sobre el propio rostro.¿Eres un santo?”, preguntó ella y Jeremías sonrió. Abrió la solapa del saco y le dejó ver una estrellita republicana.

- Ah - Dijo la mujer- un santo ateo.

Lástima que no le había visto bien la cara al monje que le enviara el vino, pero se dio maña para dibujarlo de todos modos, jugando con las sombras de una manera tan mágica, que cualquiera que lo viera podía distinguirse a sí mismo en el retrato.

Desde aquel día, fueron incontables los aldeanos copiados por el artista. Algunos dejaban una moneda, pero la mayoría depositaba media hogaza de pan, tal vez un huevo, tres o cuatro naranjas, en fin, lo que podía. Los pobres entre los pobres, por pagarle de algún modo, le llevaban caracoles de mar. Cuando se le acabó el papel, un librero abrió una precaria sucursal en el puerto y la gente formó filas para comprar el material en que se plasmaría la magia. Así, un día tras otro, hasta el domingo en que se le ocurrió la trágica idea de ir a dibujar a la gente que salía de misa.

El Vasco Vergoechea, capitán de la Guardia Civil, lo vio asomar entre las sombras del atrio y algo le dijo que ese falso ángel le traería problemas. Apretó con fuerza la mano de su hija Isabel y taconeó por los escalones, pero ya fue tarde. Bastó un segundo para que los ojos de Jeremías se posaran sobre la muchacha y el fogonazo del destino lo hiriera para siempre. Se quedó frío, pese a que el sol resplandecía. Inmóvil, la vio partir, ondeando al aire su cabellera negra, cubriendo y descubriendo con picardía el perfil de su rostro y la blanca suavidad de los hombros. Esa noche, el artista no pudo dormir y tuvo fiebres de los trópicos, aunque nunca había salido de España. Armó su atril y a la luz de las estrellas pintó sin descanso, embriagado por un impulso devastador. Sus manos volaban sobre el papel, aleteando en trazos de coordinación exquisita, hundiéndose en la agonía de los claroscuros y elevándose en detalles donde anidaba el sol. El aire frío del mar flameaba en su camisa y le desnudaba el pecho, la sal fosforecía sobre sus pies desnudos, pero nada, ni siquiera el silbatazo nocturno de la Guardia, interrumpió la magia. Sólo se detuvo cuando su obra estaba lista. Entonces se dejó caer rendido, profundamente feliz.

La noticia corrió por Santander esa misma mañana, pues uno de los pescadores aprovechó que el artista dormía y pegó el dibujo en la pared del hostal. La hija del capitán lucía tan bella como era, pero Jeremías había logrado reflejar además toda la fuerza de un espíritu que aún no se revelaba y que, con los años, mostraría lo lejos que pueden estar los suaves rasgos del más duro carácter. Desde el papel, no sólo era la joven quien miraba al mundo. Era también la mujer que sería un día, esa que su pintor no llegaría a ver. Si los anteriores trabajos habían tenido éxito, el clamor por esta nueva obra ya no tuvo límites y hasta el vicario se acercó a contemplar el portento. «Tanto hechizo no puede ser humano», dijo y se volvió a su iglesia, masticando augurios. La protagonista, en tanto, estaba azorada. No sólo desconocía la existencia del vate, sino que ignoraba que él la hubiera visto alguna vez. Creyó que se moría de vergüenza, cuando su madre lo contó en el almuerzo, pero a los dos días la curiosidad venció al pudor y pidió que la llevaran a ver el cuadro. Su padre se negó, advirtiéndola contra la vanidad. Ella, que jamás había objetado la autoridad paterna, se rebeló por primera vez y juró para adentro que iría a como diera lugar.

Juntó coraje en los días siguientes, aprendiendo los misterios de cada puerta y calculando la altura de los muros, por si debía saltarlos. No sólo la intrigaba el dibujo, sino el autor; ¿quién sería aquel, capaz de tanto alboroto? Pero se tardó mucho en los preparativos y cuando el murmullo popular creció, su padre la confinó a un encierro estricto, lo que aumentó su ansiedad. Vecinas y parientas que no veían desde hacía años desfilaban por la casa, alabando al retrato y clavando la insidia: ¿Cómo podía hacerse algo así sobre alguien a quien nunca se vio? Olía a gato encerrado. «Se habrán visto en secreto», decían, envolviendo el chisme en sus mantillas negras. El Capitán juraba por todos los santos - en los que no creía - que a aquel patán le había bastado verla a la salida de misa, estirando la sobremesa con el vicario de huésped. Embriagado por el asunto y el vino, el cura torcía la boca con desprecio. “Es uno de esos bolcheviques”, rumiaba, buscándose con los dedos la nuez de Adán; parecía que el pintor se le hubiese atragantado y no pudiera terminar de deglutir su historia. Desde la penumbra, la madre de la joven hacía bolillos y se santiguaba, sin hacerse notar.

Esto sucedió por una noche tras otra, hasta que el fraile dijo: “Yo he visto ese dibujo y me pareció un asunto gitano, mezclado con mal amor”, agriando el jerez en la copa del militar y precipitando los hechos. De madrugada, cuatro soldados bajaron el portento de su pedestal y lo destrozaron, tras lo cual despertaron al artista de un mal sueño y lo arrastraron hasta la plaza, donde le aguardaba el Capitán.Así que tú eres el que pintó a mi hija”, siseó, apoyando el revólver contra el rostro del muchacho, “Pues bien, por el coño de tu madre jurarás que te marcharás del pueblo y que nunca y por nada del mundo volverás a cruzarte en mi camino ¿Has entendido? ¡Jura o te mato aquí mismo!”. Jeremías abrió la boca como para decir algo, pero volvió a cerrarla en silencio. Aunque al principio lo habían aterrado los golpes y empujones, se le había ido el miedo y miraba a su agresor como quien no entiende qué pasa ni por qué. El Capitán se puso peor:

- ¡Jura, maldito, o te meto un tiro!

Los labios del muchacho se movieron apenas, sin dejar salir ni una palabra. Su mirada era tan plácida como antes de ver a Isabel a la salida de misa. Encogió los hombros en un gesto burlón y el militar perdió los estribos, echándole un pistoletazo en la cabeza. Lo dejó tendido en la playa, entre borbotones de sangre.Arrójenlo al mar”, ordenó y después escupió sobre los rizos del condenado. Los soldados arrastraron al artista de los brazos y se perdieron de vista, pero no se atrevieron a echarlo al agua. Tal vez pensaban que el pobre estaba loco y que les daría mala suerte asesinarlo. Se conformaron con molerlo a palos un poco más y abandonarlo donde lo habían encontrado antes, moribundo ahora sobre el despedazado rostro de Isabel. El Jefe de la Guardia, que se ufanaba de no creer en nada, aquella vez creyó que había puesto fin al asunto. Pero se equivocó. Lo supo cuando descubrió que su hija ya no sería más la que había sido. Pálida de ira, ella lo miró un instante desde el pórtico de la sala, echando fuego los ojos que hasta ayer fueran tan dulces. ¿Cómo se habría enterado? Vergoechea bostezó con desinterés fingido, pero una sombra parecida al miedo le cruzó por dentro. Bueno, qué le iba a hacer.

 

IV

Estaban tristes los pescadores y los dueños de la posada, que habían imaginado visitantes de otros pueblos para ver al pintor. Jeremías no decía nada sobre nada, vuelto como el primer día a la inmovilidad total. Después de la paliza, se había arrastrado hasta el bote donde vivía y limpiado la sangre con el agua de mar, frunciendo la cara por el ardor de la sal en sus heridas.Mírenlo, pobre”, sollozaba la mujer que le había compartido el pan. Un tajo profundo y rojo marcaba el sitio donde le habían dado el culatazo, manchones de sangre seca floreaban su camisa y le colgaban del pelo, como lágrimas bermejas. Los pedacitos del dibujo yacían a sus pies, juntados uno a uno por sus amigos. Sobre la arena, lucían como restos de un mundo roto. Todo pareció hundirse en el desgano.

La gente del puerto estaba de duelo y hasta el sol se olvidó de salir esa semana, pues llovió a cántaros. Pero lo peor, lo peor de todo, es que a Jeremías se le habían muerto las ganas de pintar. No tanto por miedo, sino por el convencimiento de que nunca más vería a su musa. Ya no estaría a la salida de misa, ni en ningún sitio. Dibujarla había sido como tocarla a la distancia, pero no sería capaz de repetir el portento sin la esperanza de volverla a ver. Sintió que le estaba prohibida de un modo irrevocable, así que no quería permanecer allí, tan cerca de su ausencia. Se iría, una vez que calmara ese dolor del cuerpo y el fuego en las heridas sangrantes. Para que nadie lo viera, se echó a la sombra del bote y se alejó del mundo varios días, sumergido en pesadillas sin horarios. Muchos creyeron que había muerto y hasta se lo creyó él mismo, dormido a la usanza de los que ya no despiertan. Al final de su agonía, juntó fuerzas para abrir los ojos y se encontró con la mirada dolida de Isabel, escapada de casa para ver al hombre de quien todo el mundo hablaba.

Entre el sopor del delirio, ella dijo algo que él no comprendió y se obligó a despertar. La miró desde adentro, con largura. Isabel estaba escondida en un chal amplio y viejo, dejando apenas libre la belleza pálida de su rostro. De rodillas en la arena, pasó una mano cálida sobre la piel apaleada, que tembló como nunca lo había hecho antes.Tú...”, dijo Isabel, “¿cómo te llamas?”. Jeremías despegó los labios y sonrió, igual que frente al Capitán. A ella se le estremeció el corazón, sintiendo en carne propia cada herida, cada gota de sangre coagulada al rocío. “Yo soy Isabel ¿y tú?”, insistió, dejando caer una mano blanca sobre los dedos que la habían llenado de magia. El muchacho dibujó sobre la arena: Jeremías. Un estremecimiento de angustia cerró la garganta de Isabel, leyendo las señas que él hacía en el aire. “Claro, no tienes voz”, dijo, comprendiendo que el poeta sólo hablaba con el arte trágico de sus manos. Incorporándose con dificultad, él sacó sus carbonillas y olvidando el dolor en los dedos la retrató con más belleza que antes, para regocijo de los pescadores que se habían reunido alrededor. Isabel tenía los ojos empapados cuando él terminó su tarea y no pudo resistir la necesidad de acariciarle el pelo. Jeremías soltó una risita muda, besó su propia mano y depositó el beso sobre una huella que un pie de ella había dejado en la playa. Todos lo vieron y hubo un murmullo de aprensión. “Dios mío; ésto terminará en una muerte”, dijo alguien, pero ni ella ni él lo oyeron, ocupados en hablarse con los ojos mientras el destino los empujaba al desastre.Ahora debo irme”, dijo Isabel, ya casi cuando empezaba a oscurecer, “Pero juro que volveré”.

Desanduvo el camino de la playa, subió por el terraplén y allí se detuvo un momento para mirar hacia abajo. Las olas grises se revolvían contra las rocas y la arena, tan oscura como el cielo, parecía haberse tragado al artista. Tardó en descubrirlo, junto al bote atravesado de vientos. Isabel sintió un frío profundo, se envolvió en el chal y echó a correr entre los puestos del mercado. “¡Que no te pesque tu padre, niña, que habrá un velorio!”, le advirtió una mujer deforme, pero no le oyó, alejándose de prisa por el malecón.

V

Será porque a veces los milagros suceden cuando se los llama, que el Capitán tardó cuatro semanas en enterarse de los encuentros entre el artista y su hija. Para entonces, los enamorados se veían todas las noches, escondidos por una azarosa red de aliados secretos. Pescadores, changarines del puerto, mendigas del atrio, toda una pequeña red de gente sin suerte los protegía, aquí y allá, de mil modos, entreteniendo a la Guardia, apagando la hoguera de los chismes y avisándoles si había peligro. Ella aprendió a saltar la pared del fondo de su casa y a ocultarse por las calles oscuras, a conocer cada zaguán y a guiarse de los silbidos amigos. El aprendió a esperarla con paciencia, descifrando en la oscuridad el código de chistidos que la anunciaban. Era un milagro que nunca los pescara la Guardia, porque no se da de otro modo el amor del mal destino. Acunados por el run-run del mar y la complicidad de las estrellas, dedicaban la noche a conocerse, a tocarse, a quedarse para siempre el uno en el otro. “Nos iremos al infierno”, decía Isabel entre risas, “Pero valdrá la pena”. Con una hogaza de pan, queso y una botella de vino, cabalgaban hasta que amanecía, envueltos en sudor compartido. Cuando al fin se saciaban, ella descolgaba el vestido de los aparejos y se cubría, húmeda aún por los besos y la sal marina. Después corría por las calles desiertas y se encerraba a desbrozar en silencio su felicidad secreta, rogándole a la Virgen que nunca los atraparan y que el sortilegio les durara siempre. Jeremías la veía partir con el alma en un hilo, sufriendo por anticipado el día en que no regresara más. Al fin y al cabo ¿qué podía ofrecerle para que permaneciera allí? Morir a manos del Capitán sería menos terrible que la pena de no verla volver, ajena para siempre al mudo ardor de su mirada.

Cuatro semanas, fueron. Cuatro semanas. Cada persona que se enteraba no sólo prometía callar, sino también ayudar en lo que fuera para que no los pillaran, pero nadie pudo evitar que el cura fuera a contarle al militar lo que Santander cuchicheaba a sus espaldas. Lo hizo después de la cena, mientras bebían jerez e Isabel simulaba coser una mantilla junto a su madre. Así, como quien no quiere, el padre Juan fue llevando la charla hasta que el terreno le fue propicio. “Es como te digo, los republicanos han pervertido las costumbres de nuestros jóvenes, ya ves tú, mi querido amigo, cómo tu propia hija ha podido mantenerte bajo engaño”. Isabel sintió un escalofrío igual al que sentiría muchos años más tarde, en vísperas de la muerte de Camilo. Moviendo apenas los labios sobre el cristal de la copa, el sacerdote habló en voz tan baja que el Capitán no estuvo seguro de que decía lo que decía. Cerró los ojos, estrujando los dedos de sus manos con tanta fuerza que el ruido retumbó en la sala. Se incorporó de su silla y en dos trancazos aferró a Isabel del pelo. Le dijo algo, pero no se entendió qué, porque al mismo tiempo le propinó un cachetazo definitivo, cagándose en cuanto santo conocía. Aturdida, ella se sintió arrastrada entre gritos y encerrada en la biblioteca, a doble llave. “¡Jeremías!”, gimió Isabel, pues aunque estaba a oscuras, vio con nitidez lo que estaba a punto de ocurrir. A tientas, tomó un candelabro y lo arrojó contra la puerta, dando alaridos que el vecindario nunca iba a olvidar. Lloró y suplicó, amenazó y maldijo hasta que su madre la dejó salir, ganada por el espanto. “¡Deténla!”, exclamó el cura, encomendado a montar guardia hasta que el Capitán hiciera lo que había ido a hacer. Pero Isabel pasó igual, desgreñada y furiosa, con el rostro tan desencajado que el fraile reculó, santiguándose.

- ¡Alcánzalo, por Dios, alcánzalo! - Exclamó una voz entre las sombras, viéndola pasar con su aire de abismo. El miedo y la desolación le nublaban los ojos, sentía las piedras de la calle bajo los pies descalzos y el ardor de la sentencia le abría el pecho, pero corrió con todas las fuerzas que le quedaban, cortando camino a través de la feria y despertando al pueblo con el estropicio del presentimiento. Ya casi llegaba cuando los cuatro pistoletazos partieron la noche con mal augurio. Durante un par de segundos, el eco multiplicó los estampidos, alcanzando el corazón de Isabel. Miró hacia abajo, desde el malecón. Un grupito de soldados se arremolinaba alrededor de un cuerpo y poco más allá, el Capitán observaba la escena, con la pistola humeando en la diestra. Isabel se abrió paso entre los curiosos que habían comenzado a juntarse, gimiendo como si los tiros la hubieran atravesado también. Jeremías estaba sobre la arena, echado en cruz y con los ojos abiertos, como sorprendido de la vastedad de la muerte. La muchacha cayó de rodillas, metió los dedos en los agujeros de las balas y se santiguó con la sangre del artista, cálida aún, como cuando dormía.

A la hora en que salió el sol, la playa estaba cubierta por gentes llegadas de todas partes. En un silencio profundo, los pescadores alzaron al cuerpo, levantándolo sobre sus cabezas para que el aire marino lo acariciara por última vez. Desde la baranda, el Capitán miraba sombrío hacia abajo, con la sensación de ver un mar de manos sobre las que navegaba el muerto. Enterraron a Jeremías en una playita alejada del pueblo, debajo de una estaca donde Isabel dejó clavado el dibujo de aquella vez, cuando él le escribió su nombre en la arena.

Y eso fue todo. Sin que nadie la viera, una madrugada huyó con sus cosas y trepó a un buque de carga que zarpaba hacia costas menos sangrientas. Cuando el contramaestre le preguntó el destino de su viaje, ella descubrió a su lado una caja que decía «Arístipo Rodríguez - El Areópago - Atenas» y respondió: «Voy allí, a Atenas»

- El culo del mundo - Murmuró un marinero, pero a ella no le importó. Pensaba que Grecia estaba lo suficientemente lejos de España como para que valiera la pena el viaje y la entrega de todos sus ahorros. Así, un poco por desgracia y otro poco por error, desembarcó una noche a tres kilómetros de Nueva Atenas, en plena Sudamérica, llevando en el vientre a un niño que se llamaría Camilo y que desataría un día la Guerra de los Descalzos.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 2

 

(De la larga enemistad entre Aristóteles y Pericles, amigos del alma

hasta que se jugaron a cara o cruz el virgo de una doncella que, pese

a lo que se diga de ella, terminó eligiendo por interés)

 

VI

 

P

or los tiempos en que Isabel desembarcó en Nueva Atenas, el Comisario Pericles acababa de atrapar a Aristóteles Manfredini, primo del Intendente y empresario de frontera, que es como entonces llamaban a los contrabandistas. Durante cinco años lo había seguido, escudriñado y radiografiado hasta el fanatismo, poniéndole postas de vigilantes a lo largo del río, metiéndole informantes entre sus cómplices, tomando fotografías inútiles y enamorándolo hasta la perdición de una mulata traída del lado brasileño. Sin dar detalles a nadie - mucho menos al Intendente – tejió su trampa con la paciencia de quien no tiene más que hacer, anotando cada novedad en un cuadernito verde y aguardando el triunfo con la parsimonia del que sabe que quizás nunca llegará.

         Los agentes del destacamento se lo tomaban a risa ¿qué tenía de malo que el señor Manfredini fuera y viniera por el río con su barca llena de heladeras a querosén, vajilla brasileña, cigarrillos paraguayos, juguetes de Panamá y otras chucherías? El empresario se encontraba con ellos de vez en cuando, simulando no saber que lo estaban siguiendo. Sonreía amable, les invitaba unas cervezas y después repartía conservas chilenas, telas italianas, whiskyes escoceses de alcurnia y naipes pornográficos del norte amazónico. Felices de la vida, los agentes se llevaban los regalos y anotaban el incidente con un escrúpulo tan retorcido como eficaz, convencidos de que así cumplían con la ley que les pagaba los gastos sin traicionar al delito que cubría sus gustos. A fin de mes, cuando Pericles pedía cuentas de la vigilancia, recitaban puntillosamente los encuentros - para eso los habían apuntado - y juraban que no habían visto nada anormal.

              Era raro, pensaba el Comisario, por eso decidió contratar un espía. Optó por el Turco Julián - barraquero con fama de guapo, aprendiz de capanga durante la persecución a los colonos árabes, soplón del ejército en la dictadura de Artaza y de la policía cuando valía la pena - quien cumplió tan bien su papel que informó asuntos hasta entonces desconocidos. Fue él quien avisó que el verdadero negocio estaba en los fardos de coca que bajaban de Bolivia rumbo al sur, de donde salían a Europa. Cuando pasaron aquel cargamento de diez toneladas, por ejemplo, le dio todas las señas, pero Aristóteles les ganó de mano por minutos, perdiéndose la ocasión de atraparlo. “Mala suerte”, aceptó Pericles, “Pero la suerte cambia”. El incidente, al menos, sirvió para confirmar su confianza en el Turco, pues nunca imaginó que había sido él quien le sugirió al contrabandista adelantar el viaje, engañifa que le granjeó méritos en ambos lados. Para cuando lo descubrieron, ya regenteaba el célebre barco con garito y prostíbulo que navegó el Paraguay a fines de los cincuenta, antes de irse a pique por la explosión de una caldera. Poco después, se compró las dos barracas del puerto, base de su futuro como secretario general del Sindicato de Obreros Portuarios Atenienses, pieza clave del tráfico fronterizo.

Herido por el fracaso, Pericles jugó sus fichas al encanto de Mariazinha, mulata contratada por interpósito contacto en Foz. La muchacha era joven y le sobraba belleza en la misma proporción que le faltaban escrúpulos, garantizando el éxito de la misión: “Lo que tenés que hacer es ponerte de novia con ese tipo y contarme todo lo que sepas, en especial cuando esté por pasar una carga”, la entrenó el perseguidor. La recompensa era buena, cien pesos que saldrían del valor de lo que confiscaran. Mariazinha partió al abordaje llena de entusiasmo y ejerció tan bien su arte, que acabó con un embarazo fulminante, casa puesta en el centro de Foz y una dote de sesenta pesos mensuales hasta que diera a luz, lo que ocurrió el único día de nieve que tuvo la ciudad en toda su historia, por eso la niña se llamó Clara.

Aquel secreto fue entonces el mejor guardado de la frontera y nadie lo supo hasta mucho después, en vísperas de la Guerra. Mientras tanto, Manfredini olvidó para siempre a la heredera y le envió a la mulata, en el doble papel de amante y protector, al Tuerto Ozuna, otro de sus secuaces de la época. Mariazinha lo despachó después de la primera noche y se quedó a vivir en Foz - bailaba en un bodegón, donde un día se conocerían Camilo y la otra hija de Aristóteles - para regresar a Nueva Atenas en sólo dos ocasiones. La primera, para pedirle a Manfredini que le reconociera la hija y la segunda, para meterle seis tiros.

Pericles, como se dijo, había visto para entonces coronadas sus múltiples y fallidas estrategias para atrapar a Aristóteles, íntimo amigo en la infancia y feroz enemigo en la juventud, desde el día en que los ojos verdes de Laida Fernández – hija de Efraín Fernández, director del Banco Nacional - se cruzaron en el camino de la amistad. Verla, enamorarse, desearla y volverse locos fue todo uno para los amigos, mucho más para Pericles, que no tenía la ventaja de ser primo de los Caballero, los dueños del pueblo. Eso sí, en honor a la amistad se comprometieron a no jugar sucio, como si tal cosa fuera posible habiendo lo que había de por medio.

- El que la enamora, la gana - Propuso el inocente - pero no vale usar nada material para destacarse, ni dinero, ni regalos, ni alardes de la fortuna familiar. Será románticamente, con poemas y cosas así. Como caballeros ¿De acuerdo?

- ¡Hecho! - Perjuró el amigo y esa misma tarde viajó a Foz a comprar una caja de bombones suizos, los más caros del mundo. Añadió al alarde un ramo de rosas blancas y una tarjetita que decía «Nada más dulce que sus ojos, nada más puro que usted. Su humilde amigo y servidor. Aristóteles Manfredini Caballero». El suegro, como debía ser, fue puesto en urgente conocimiento del asunto y a la semana siguiente, mientras Pericles buscaba palabras que rimaran con «Laida», Aristóteles se presentaba en casa de los Fernández con una caja de legítimos habanos castristas -señal no sólo de distinción económica, sino de libertad de pensamiento y sofisticada cultura – para el bancario y unos primorosos adornitos de marfil para la suegra. Así la ganó, entre ramos de rosas y aperturas de cuentas corrientes, manteniendo el romance en un secreto que sería la marca de toda su vida.

Hacia el verano, Pericles declamaba el aroma de su musa y Aristóteles disfrutaba esencias más concretas, dejado solo en la casa por el suegro comprensivo. Las cuentas de los Caballero, depositada siempre en bancos extranjeros, ya estaban listas a caer en la banca local, al mismo tiempo que el virgo de la doncella. En cálidos encuentros, ella se abría cada vez más a los besos del futuro empresario, quien había olvidado no sólo las reglas de juego, sino también al amigo poeta. Por fin, los tortolitos se casaron en otoño, un mes después de que la suegra los pescara - a pleno galope - en un sillón del living. En aras del honor familiar – y de las cajas de ahorro - los llevaron al cura y los unieron en boda de apuro, aunque con el tiempo vieron que podrían haberse ahorrado la prisa. La única descendencia de la pareja llegó al mundo cinco lustros más tarde, cuando ya ni la esperaban. Era una beba preciosa - «Es que me llevó años perfeccionarla» -, decía Aristóteles, orgulloso. Nacida para princesa, educada para reina y adorada hasta la exageración, la dulce Niké terminaría dando la nota veinte años más tarde, cuando se uniera al destino de Camilo Insaurralde.

Es de imaginar la desazón de Pericles cuando fue con su cuadernito de poemas y el traidor le confesó que ya era tarde. “El virgo es mío”, fue como se lo dijo, agregando como sin querer que hasta había fecha de boda. Sentados en un banco de la plaza, los viejos amigos se quedaron en silencio, sin hablarse, hasta que el canto de los grillos anunció el anochecer. “Se hace tarde, me tengo que ir”, dijo Pericles, a quien la dignidad le impidió mostrar enojo. El orgullo, más fuerte aún, no le dejó aceptar que ella hacía bien en elegir al heredero en vez de los alejandrinos de un muerto de hambre que desconocía. No asistió a la iglesia y menos a la fiesta, excusándose en que estaba rindiendo exámenes para ingresar a la Escuela Policial. Y en realidad, no mentía, pues con el mismo secreto con que su amigo le escamoteó a Laida, él decidió la forma de consumar el desquite. En tres años de academia, cuatro de recluta y otros dos para llegar a oficial, alimentó noche tras noche su odio y pulió, con delectación de artista, la frase que le diría a ella cuando le metiera preso al marido. Soñaba con ese momento. Vivía para llevarlo a cabo. Luego, ya lanzado en la persecución, mientras sus agentes se reían, Julián lo engañaba y la puta brasileña cambiaba de bando, el desengañado tomaba fotografías - torpes, movidas, fuera de foco - de cada paso que daba Aristóteles, tejiendo un frondoso dossier de todas sus amistades, asociaciones y complicidades en las tres fronteras.

Así llegó, muchos años después de la noche de boda, el gran día. Cuando ya había empezado a pensar que nunca pondría las manos sobre el vencedor, vino en su ayuda la suerte. Cierta vez, tras licenciar a su tropa de sabuesos por el fin de semana, pidió prestada una caña de pescar, juntó un puñado de lombrices y pedaleó su bicicleta para ir a instalarse en un recodo del río, justo frente al sitio donde a la media tarde encayó, de pura casualidad, la barca contrabandista. Sin poder creer lo que veían sus ojos, divisó en el puente al mismísimo Aristóteles, gritando órdenes rabiosas a los tripulantes. A un costado, el Turco Julián observaba el accidente meneando la cabeza. Tenían, con suerte, para varias horas. Con el corazón en la boca, tomó la bicicleta y voló al pueblo en busca de sus agentes, alzó de paso la cámara fotográfica, una escopeta y regresó con su pelotón al sitio donde había dejado la presa. Los agentes empalidecieron al ver de quién se trataba, pero no tuvieron el tiempo ni la oportunidad para una última traición; cuando su Jefe se metió en el río y avanzó con el agua al cuello, olvidaron a la fuerza los ajíes peruanos, los dulces mejicanos, la calzonería francesa y lo siguieron, mal que les pesara.

- ¡Pero mirá si serás huevón! ¿Qué hacés aquí? ¿Qué hacen todos ustedes en mi barco? - Exclamó Manfredini, al verlos trepar por la borda. Vestía un traje blanco impecable y una gorra de capitán, más elegante y altanero aún frente a las figuras - ensopadas y cubiertas de camalotes podridos - del Comisario y sus hombres.

- ¡Demasiado tarde! - Respondió Pericles - ¡Esta vez el virgo es mío!

Y le pegó un cachetazo que se había gestado durante media vida. Fue el escándalo del año para Nueva Atenas y no porque nadie ignorara sobre qué pilares posaba la fortuna de Manfredini y el poder político de los Caballero, sino por la audacia – campechana y fuera de lugar - del oficial. ¿Acaso no era el Intendente, primo-hermano del preso, quien le pagaba su sueldo al policía? ¿No había sido la amorosa Laida quien regaló las cortinas con las que el ingrato decoraba su escritorio? ¿Y no lo invitaban a desfilar primero en las procesiones? ¡Ah, la ingratitud de la chusma! ¿Será que nunca se van a dar cuenta del lugar que les corresponde? Pero nada de esto le importaba a Pericles, trepado en lo más alto de su gloria personal. A cada segundo le crecía la ansiedad, rogando a San Crispinito que no se le aflautara la voz cuando llegara la reina, robada de sus brazos por la traición del amigo. ¿Podría recordar todo el discurso, mil veces pulido y retocado? ¿Qué cara pondría ella al descubrir, gracias a su leal pretendiente, al canalla que se ocultaba en el cónyuge? ¡Quizás hasta lo prefiriera a él, pobre, pero valiente y honrado! Muy pronto se quitaría la duda, pues incluso antes de meter al capturado en la celda lo sabía ya todo el pueblo. En minutos, la bella se apareció en la comisaría, hecha una furia:

- ¿Por qué nos hace ésto, Comisario? ¡Mi esposo es un empresario prestigioso, un hombre cristiano! ¿Qué clase de locura le ha dado a usted? ¿Por qué lo hace? ¿Cómo se le ocurre ponerlo preso como si fuera un vulgar delincuente?

- Porque su esposo, señora, es un vulgar delincuente - Respondió Pericles, remarcando el verbo y admirándose de haber adivinado exactamente la frase con que ella se presentaría. ¿No era una prueba irrefutable de la unidad de sus almas? Pero entonces se trabó, sin poder creer lo que estaba diciendo y que hubieran pasado tantos años desde la última vez que la viera de cerca. Los ojos, la boca, la piel y hasta el lejano aroma a rosas silvestres eran iguales a la imagen que él guardaba. El cuello blanco y frágil, las líneas de los hombros, la lisura del vientre, como si nunca hubiera parido. ¡Ay, la firme perfección del busto, la maravillosa ondulación de las caderas! ¿Será que alguna vez, siquiera una, ella había fijado sus ojos marinos en aquel candidato ignoto? «Es mucho más hermosa de lo que la recordaba», se dijo, con el discurso atragantado. ¿Cómo hubiera podido abordarla, armado sólo con su cuadernito de versos para saltar el abismo que los separaba? El sólo pensarlo, ya era una locura. Y de pronto, toda la homilía - tan descabelladamente aprendida - se le desprendió del cerebro y fue deslizándose hacia el estómago, donde le entreveró las tripas en espasmos fríos. Ella le hablaba y él no hacía más que sentir una vergüenza honda y angustiante, un resentimiento visceral que crecía a cada segundo mientras descubría que nunca hubiera sido suya, jamás, de ningún modo, por más que Aristóteles no hubiese cometido la infamia de jugarle sucio. Gordo y bajito, con los sobacos de la camisa marcados por los lamparones del sudor, los dientes amarillentos de tabaco, no, qué hablar. ¿Cómo presentarse así, tal como era, ante la cama-altar de esa diosa nívea y esperar no hacer el ridículo? ¿Cómo creer que el suegro bancario lo aceptaría así nomás, sin el aura del poder económico? ¿Y la suegra? Vieja copetuda de la aristocracia colonial, ¿cómo acercársele sin revolverle las hieles de la alcurnia? No, que el sólo pensarlo le cerraba la garganta con la tenaza del odio, mientras ella se enjugaba con lágrimas los ojos verdes y le llenaba el aire de sollozos, todo por ese desgraciado que tenía la culpa de haber sido más vivo, más rico, más apuesto, más digno de comerse la fruta jugosa, levemente salobre y cálida, de la doncella, dada a cambio del futuro laboral del papá.

- ¡Dígame, Comisario, respóndame! ¿Por qué nos hace ésto?

- Porque todos ustedes, señora, son una mierda - Se oyó decir sin querer, como si las palabras brotaran desde el fondo profundo de su envidia. Laida lo miró azorada y después, en silencio, dio media vuelta y salió de la oficina, desparramando olor a rosas tristes.

Sin poder esconderse a sí mismo los verdaderos motivos de su persecución de quince años, sintió el inesperado hedor de su triunfo sin poder hacer más que seguir adelante. Durante mil noches había soñado con demostrarle a ella lo poco que valía el hombre que eligió y a la hora de la verdad sólo había ganado ese odio frío y despectivo que los seres superiores a veces dedican – vagamente - a los que no están a su altura. Empujado al borde de un anticlímax pavoroso, cerró los ojos y se lanzó al ataque, juntando las pruebas recogidas en su peregrinar vengativo y llevándoselas al Juez. Su tarea de sabueso había terminado. Que otro decidiera si el volumen del contrabando merecía diez, veinte o treinta años de rigurosa prisión.

- ¡Vaya, sí señor! - murmuró Cinoscéfalos Vázquez, el Juez, hojeando sin apuro la papelería incriminatoria. Alto, con el pelo apretado contra el cráneo por el poder de la brillantina, mantenía un porte esforzadamente aristocrático, remarcado por un rictus de asco involuntario frunciéndole la nariz. Esa mañana lucía un traje azul oscuro, camisa blanca, corbata oscura y unos gemelos fuera de lugar asomando por las mangas “Ciertamente, ha hecho usted un trabajo impecable”, dijo. El Comisario carraspeó, sintiéndose un poquito mejor. Ojalá estuviera ella, ahí, frente a Su Señoría, admirando a su pesar el profesionalismo y la abnegación en aras de la honorabilidad y la justicia. Ojalá llegara justo en ese momento y escuchara las alabanzas del Magistrado, tal vez, quién sabe, lo miraría después con otros ojos. Aspiró hondo, revisó con disimulo el nudo de la corbata y se regodeó con el seño fruncido de Usía, signo inequívoco de que la grandeza de Manfredini tocaba su fin. Satisfecho, salió a la calle con la autoestima erecta. ¿Laida? Bueno, ya se recuperaría, sólo había sido un traspié. Pedaleó la bicicleta sacando pecho y simulando que ignoraba las miradas impresionadas del vecindario, olfateando en el aire la pregunta que nadie le hacía pero que estaba implícita en el gesto de la gente ¿Cómo se había atrevido a tanto? «¡Ah, si ustedes supieran cuánto me costó!» , suspiraba, repitiéndose que al fin lo había logrado. Sintiéndose mejor que nunca, entró a la comisaría para disfrutar la derrota de su enemigo, pero entonces sufrió la segunda desazón.

- Así que somos una mierda, ¿eh, Pericles? - Sonreía Aristóteles, detrás de la reja. Ya se le había pasado la rabia del primer momento y parecía relamerse con el lío en el que - sabía - se había metido el Comisario. Sentado en un catre militar y sin dejar de juguetear con la gorra capitana entre las manos, agregó: -No sé cómo podés decir tal cosa vos, pero justamente vos, que vive en una casa prestada por mi primo, el Intendente. ¿Y tu bicicleta nueva? ¿No te la regaló la cooperativa policial de la que soy tesorero? ¿Y las hermosas cortinas que te envió mi esposa para la navidad? ¿Y el sobresueldo que te pagamos entre todos, sólo para mejorarte la vida un poco? ¿Y la radio que te compramos en el día del policía? Yo creo que la mierda sos vos, Pericles. Un ingrato, éso sos. Un tipo de la peor calaña, sin códigos, un traidor de sus amigos de la infancia, un rastrerito de cuarta. Un negrito de mierda consumido por la envidia.

- ¡A ver si te callás, carajo! - Vociferó el policía, arrojándole la gorra de desfile con la que había honrado al Juez minutos antes. El último diminutivo lo había ofendido terriblemente: negrito de mierda. Sorprendido, el preso se quedó mirándolo con la boca abierta. Pericles prosiguió: “¿Así que vivo en la casa que me presta tu primo, el Intendente? ¡Sí! ¿Y qué? ¡Es una casita de mierda, una pocilga que ustedes no usarían ni para que duerma el perro! ¿La quiere de vuelta, tu primo? ¡No hay problema, que con la comisión que me permite la ley sobre el contrabando incautado me voy a poder comprar algo cien veces mejor que éso! ¡Ah, cierto, las cortinas, podés llevártelas para arreglar un poco la celda que te espera y lo mismo con la radio, muchas gracias, pero te será más útil a vos en los próximos diez, o quince años a la sombra!”.

- Todavía queda la bicicleta - Murmuró Aristóteles, introduciendo un cigarrillo en su boquilla de oro peruano. Había vuelto a sonreir.

- A la bicicleta te la podés meter en el culo - Liquidó el Comisario, saliendo al patio para que no le notaran las lágrimas de rabia. Ahí estaba todavía cuando reapareció Laida, junto a uno de los abogados de la familia. Era un hombre gordo y bajito, enfundado con esfuerzo en un traje celeste. Miró al Comisario con un desprecio burlón y mal disimulado, antes de mostrarle un papel recién suscripto por el Juez, dictando una orden sustitutiva de prisión. Ella lo miraba impasible, haciéndole ver que el desprecio fuera mucho para esa sanguijuela rastrera y policial. Tragándose el orgullo, Pericles abrió la celda y el contrabandista salió con desdén, como si hubiera preferido quedarse un par de horas más. Rodeó con un brazo indiferente el talle de su esposa, guiñó un ojo pícaro al letrado y luego subieron todos juntos al Land-Rover de...la Municipalidad.

 

VII

 

El Doctor Epaminondas sonrió con amabilidad no exenta de coquetería, sintiendo un vago cosquilleo de interés por la muchacha triste que tenía al frente. Muy pálida y ojerosa, pero con los reflejos de una belleza que debió ser altiva, ella escondía su fragilidad en un chal desteñido, como hecho a propósito para ocultarla de los ojos del mundo. ¿Qué desgracia la habría traído al pueblo?, se preguntaba, pero su curiosidad aumentó cuando, al decirle que estaba encinta, los ojos de la muchacha se humedecieron. No era la emoción tantas veces vista en mujeres de todas las edades. Era algo más. Las lágrimas caían cargadas de desconsuelo, como si el anuncio confirmara el duelo de una sentencia injusta. Compasivo, hizo una seña a la enfermera para que trajera un vaso de agua y le alcanzó a Isabel un pañuelo blanco con bordes celestes.

- Espero, señora, que pueda usted confiar en mí como en un amigo, aparte de la confianza que me dispensa como médico - Dijo, ceremoniosamente - de modo que si hay algo que yo pueda hacer, con que me lo diga y lo haré gustoso. ¿Vive aquí? ¿Cual es su domicilio en Nueva Atenas?

- Vivo en la sacristía del padre Rigoberto, allí hago la limpieza y lavo la ropa. Ese es mi trabajo y mi domicilio.

- Bien, como sabrá, señora, ahora que está en estado deberá dejar de lado esas tareas, ¿ya lo sabe su marido? Digo, de su encargue.

- Mi marido está muerto - Dijo Isabel, mirando por la ventana del consultorio hacia las personas que cruzaban la plaza.

- Conozco la sacristía; es pequeña y poco ventilada - Comentó el Doctor, calculando sin querer qué posibilidades tendría con esa viuda hermosa y herida - pero si usted me lo permite, hablaré con mi amigo el Intendente para que le ceda una casa que acaba de dejar libre el Comisario. No es muy grande, pero servirá para empezar.

Isabel susurró un «gracias» y desapareció por la puerta que daba a la calle. El médico se quedó un rato pensativo, mediando sin darse cuenta entre sus ganas de aprovechar la situación y el deseo, también sincero, de ayudar a la desdichada. Era demasiado bella para no causar suspicacias entre la gente y ni qué decir en su esposa, a quien no la conmovería ni el inoportuno embarazo. Con un poco de suerte, pensó, podría mantener una relación de protección y amistad sin que nadie lo viera, visitándola a escondidas en la casa donde hasta el mes pasado vivía Pericles, llevándole víveres, ropitas para el niño, en fin, ganándose su confianza hasta que la maternidad liberara su cuerpo y la devolviera a las naturales inclinaciones de una mujer joven y sana. Una amante, suspiró, un amor clandestino y fogoso, fruto de la gratitud y la viudez. ¿No era lo que había soñado durante años, bajo el insoportable aburrimiento del matrimonio? Espeucipo Caballero lo recibió esa misma noche en la galería de su casa, sentado ante una mesita de mimbre en la que su esposa Helena había depositado una jarra con jugo de ananá y un par de vasos. El Intendente fumaba un habano y echaba el humo, azul y lujurioso, para espantar los mosquitos. A su lado, Aristóteles miraba con curiosidad al médico y sonreía como si no le creyera. “¿Es linda, la gallega ésa?”, preguntó, bajando la voz porque su esposa andaba por ahí cerca, con la recién nacida Niké. “Es bastante feúcha”, mintió el Doctor, alzándose de hombros. El Intendente soltó una carcajada y Laida levantó la vista, curiosa. Caballero decidió que le bastaba con que la recién llegada supiera leer y escribir para darle trabajo en la Municipalidad, total el sueldo no saldría de su bolsillo.

- No sé cómo podré pagarte el favor, la verdad - Dijo Epaminondas, imaginando el calor ansioso y hambreado de la viuda. Quizás no fuera necesario aguardar hasta el final del embarazo, quién sabe si antes, dependería de la habilidad con que él supiera iniciarla en las artes del olvido.

- Ah, ya me vas a devolver el favor, tarde o temprano - Sonrió el Intendente, arrojando el muñón humeante del cigarro entre las plantas del patio.

- Mi querido Epaminondas, la verdad es que no te creo un carajo - Terció el contrabandista -pero podés contar con unos muebles que tengo por ahí, una radio casi nueva y una bicicleta, por no nombrar unas hermosas cortinas que hizo mi esposa y que están a tu entera disposición.

- ¡Muchachos! - Exclamó el médico- ¡La pobrecita viuda lo agradecerá!

- Sí, ya nos imaginamos cómo y a quién - Bromeó Espeucipo y cambiaron de tema, pues las mujeres se acercaban conversando por el senderito de los jazmines, tirando entre las dos el coche que cargaba a la pequeña Niké. La niña dormía, plácida, sin saber que el trato que acababan de anudar los hombres tendría terribles consecuencias en su vida.

 

VIII

 

Cinoscéfalos Vázquez era un abogado joven e idealista cuando integró la terna para Juez de Nueva Atenas, cargo fundamental en la impavidez política que caracterizaba a la ciudad. Un poco estirado en opinión de la mayoría, llegó al despacho frente a la Municipalidad con la aprehensión de quien sabe que está pisando huevos y sobre todo, huevos ajenos. Se sentía más predispuesto a mantenerse distante - para no tener que deberle nada a nadie - que a confraternizar, pero no pudo. El primer día se vio obligado a recibir la tradicional caja de habanos que estilaba regalar el Intendente, los botellones de whisky enviados por Aristóteles y un juego completo de artículos de escritorio de importación - es decir, de contrabando-, gentileza de un tal Julián Daud, Secretario General del Sindicato de Obreros Portuarios de Atenas. No hubo forma de negarse sin ofender a sus nuevos compueblanos, quienes además se mostraron discretos, como para dejarle claro que no pretendían sacar partido de la bienvenida. Luego llegó la bonita réplica de un sable de la Independencia, remitido a marcha forzada por el Mayor Verón, jefe del Regimiento. Al tercer día, una tal Aspasia apareció cargando un indecoroso jamón serrano enviado por Arístipo, su padre, dueño de un tugurio llamado El Areópago. Sin embargo, la prenda más estremecedora apareció a la séptima noche en su cama, de manos de una morocha insaciable que le aplacó la angustia y se marchó al alba sin decirle el nombre propio ni el del remitente.

Consciente de que empezaba a deber favores a diestra y a siniestra, perdió de a poco la vehemente seguridad con la que había llegado y en apenas dos meses, ya era otro. Aturdido, se atragantaba con el humo de los puros y le daba un ligero ataque de culpa al primer sorbo de whisky, aterrado de que la amante apareciera de nuevo, aumentando la deuda con su ignoto benefactor. Todo ello lo ponía incómodo, fuera de lugar, pero a la vez le gustaba. Lo hacía sentirse poderoso. Luego, tras la seguidilla de obsequios llegaron las invitaciones a cenar, a almorzar, a compartir la Navidad y el Año Nuevo, a pescar en los recodos del río y por fin - verdadera iniciación en la hermandad varonil - la visita al mejor prostíbulo de Foz, donde la única virgen de las niñas estaba siempre reservada al Doctor, sin que le permitieran jamás pagar ni un centavo. Los muchachos eran - para qué negarlo - unos tipos verdaderamente amables, que hasta juntaron dinero y le dieron la sorpresa de cambiar - sin que él supiera ni sospechara nada - su rasposo Chevrolet del 52 por un lustroso Ford cero kilómetro y -¡oh, detalle!- de color azul noche, digna locomoción de un Juez de su nivel. Sintiéndose mimado hasta la saciedad y con los prejuicios y resquemores relajados a un punto sin retorno, se preguntaba qué pasaría si uno de sus amigos se viera envuelto, alguna vez, en un asunto judicial.

Tuvo su prueba de fuego el día en que le tocó intervenir en la extraña muerte de Sófocles Martínez, tragedia que enredaba a su compañero de juergas favorito, el risueño Fedípides Daud, hermano del Turco Julián y dueño de la joyería principal. Parecía ser que Sófocles le había prestado una gran cantidad de dinero a Fedípides, fortuna con la que éste abrió una joyería para atraer a los turistas que pasaban a las cataratas. Al principio - siempre según el chismorreo popular - el deudor saldó las cuotas, digamos las dos primeras, quedando las demás destinadas a la mora eterna. Tras ignorar durante meses los reclamos, los hermanos invitaron una mañana al prestamista a salir de pesca, actividad que terminó con el usurero ahogado, acaso porque había bebido bastante y se cayó por la borda, cosas que a veces les sucede a los novatos. Ulises Martínez - hijo de la víctima y ex compañero de escuela de los Daud - encabezó una campaña para probar que había sido un crimen a efectos de no devolver el préstamo, hipótesis apoyada en los hematomas que presentaba el muerto y en las marcas de estrangulamiento alrededor del cuello. Puesto entre encarcelar a uno de los suyos o ratificar el accidente, Cinoscéfalos entendió que el muerto pudo golpearse la cara al caer por la borda y que el acogotamiento tal vez fuera obra de la casualidad, con tanto camalote suelto.

Fue un escándalo ruidoso, pero pasajero, más que nada porque nunca aparecieron los pagarés impagos, algo que hubiera dado al Juez un móvil para el asesinato. Ulises acusó del robo de los papeles a una secretaria que había tenido su padre, una tal señorita Segovia a la que el Juez tuvo que llamar a declarar y resultó ser, nada menos, la morocha que lo había visitado en su primera semana. Usía se quedó sin habla, viéndola aparecer más sensual a plena luz, ofreciéndole la punta de la lengua entre los dientes perfectos. Más incómodo que nunca, el Juez le hizo tres preguntas de rigor y la declaró inocente, cerrando el asunto ipso facto y tomándose un mes de vacaciones en Río, gracias a un pasaje a su nombre que apareció sobre su escritorio. Cuando regresó, bien tostado y un poco más gordo, era menos joven e idealista que en su primera llegada. Se renovaron los ritos de bienvenida: los puros del Intendente, los whiskyes de Aristóteles, el jamón de Arístipo, los adornos del Mayor y el ardor de la morocha, más dedicada que nunca, enviada por los Daud. En el colmo de la confianza, al mes siguiente lo nombraron Miembro Honorario del Partido Republicano.

En aquellos tiempos y salvo por uno que otro odioso asunto, todo marchaba viento en popa en Nueva Atenas. La Municipalidad asfaltó las calles principales, extendió el cableado eléctrico a la periferia y habilitó una cabina de teléfono público, verdadero lujo de la modernidad. ¿Qué más se podía pedir? Sin embargo, otra desgracia de proporciones encabritó en poco tiempo los ánimos del vecindario, agregando un nuevo eslabón a la amistad entre el Juez y los griegos más poderosos. Aclepios Pane, dueño del único supermercado de la región, fue muerto a tiros en su propia oficina y los rumores apuntaban esta vez al Intendente, su amigo del alma. Arístipo, el mismo que mandaba jamones con su pequeña hija, fue quien reunió a los vecinos, furiosos por lo que consideraban un cruce de la línea de Espeucipo, un «esta vez se le fue la mano» que no estaban dispuestos a tolerar. “Tiene que hacer algo, Señoría”, le decía Arístipo, hablándole a través del humo de los habanos que el Juez fumaba uno tras otro. “Todo el mundo sabe que el finado Pane construyó el supermercado lavando dinero del Intendente, nadie ignora que los matadores fueron contratados en Foz; son, incluso, gente que ha estado en Nueva Atenas varias veces, se los ha visto entrando y saliendo de la casa de Caballero. ¿Qué hará?”.

- Uno no puede andar diciendo todas esas cosas sin pruebas - Respondió el Juez, nervioso, pues desconocía los negocios prestamistas del Intendente y tampoco quería saberlos.

Durante tres semanas intensas se sucedieron las reuniones, amontonándose sobre el escritorio de la Justicia los testimonios de gente que decía - pero no firmaba, por temor a represalias - que el Supermercado se había levantado con las ganancias que el Intendente y su primo obtenían del tráfico de armas - que el atribulado Cinoscéfalos ignoraba -, negocio en el que sólo oficiaban de capitalistas, pues el cerebro era el Mayor Verón. “No puede ser, le digo que no puede ser”, negaba, ya casi sin ganas, Usía, pero le daban datos precisos, como que los matadores habían cobrado por el encargo diez mil pesos, puestos en Foz por Agripino Malatesta, guardaespaldas del Intendente. Y el Juez dudaba, sin saber qué hacer. Por fin, una noche, mientras retomaba el aire sobre el vientre sudado de Nuria Segovia, la contrató para caerle a Jenofonte García, el cajero del Banco, a quien debía sonsacar el estado de cuentas del Intendente. Aunque la táctica pudo fallar por varios motivos - que ella lo traicionara, que Jenofonte se negara a hablar, que Caballero tuviera cuentas en diversos bancos, etc.- acabó por enterarse que al día siguiente del crimen, Espeucipo había librado un cheque por diez mil pesos exactos. Coincidencia, que se dice. Mandó a llamar a Arístipo y le informó que daba por cerrado el caso, pues las pruebas demostraban que se había tratado de un simple «asalto seguido de muerte», como rezaban los partes policiales. A las pocas noches, cuando el Juez estaba por acostarse, apareció Nuria. Sonreía a cara llena, jugueteando con un sobre entre las manos. Lo ofrecía y escondía, estirándose como una gata por la cama. Por fin, él se lo quitó. No tenía señas del remitente, pero guardaba el fajo más grande que el Juez hubiera visto en su vida. Aturdido al principio, jineteó con la mensajera hasta que las fuerzas le fallaron y se quedó sin aire, embriagado por la locura de un mundo que empezaba a gustarle de verdad.

 

IX

 

El Comisario vio pasar a Isabel pedaleando la bicicleta y se quedó pasmado, sin poder creer lo que veían sus ojos. Venía desde el lado donde él tenía su casa, así que ¿se la habrían dado también a la desconocida? ¿Quién era ella? No pudo pensar en otra cosa por el resto de la mañana, acodado con amargura sobre la ventana de su oficina sin cortinas. Todo había salido mal. Sus irrefutables pruebas, reunidas a lo largo de cinco años de insomnios y dificultades, desaparecieron quién sabe cómo del despacho de Su Señoría. La irreprochable bitácora de las andanzas del rufián, los cuadernitos de los agentes, las fotos desenfocadas, todo, pero todo de verdad, se había perdido en el fondo de un enigma parecido al fraude. Toneladas de electrodomésticos recién inventados, gaseosas brasileñas sin marca, juguetes chinos pintados de urgencia, preservativos tailandeses de tres medidas y múltiples artificios más, acurrucados en los mismas cajas en que cruzaban el río, se hicieron humo sin que nadie pudiera dar cuenta del sortilegio, aunque se las creía a buen resguardo en un galpón municipal. Y lo peor de todo, lo más grave: diez docenas de paquetes conteniendo un polvo apisonado, el auténtico caracú del negocio y único argumento capaz de hacer bajar del norte a uno de los jefes máximos de Seguridad, se evaporaron sin dejar rastros, con lo que los diez, veinte y hasta treinta años de cárcel prometidos a Aristóteles dejaron de existir.

- ¡No puede ser! ¡Alguien tuvo que haber visto algo! - Gritaba Pericles, tirándose de los pelos en medio del galpón vacío. Los empleados de la Municipalidad - a cuyo cargo estaba la vigilancia - encogían los hombros y juraban no haber visto ni oído nada, pues se marchaban a sus casas a las seis de la tarde y regresaban al día siguiente. ¿Qué culpa tenían de lo que sucediera en las noches? El agente comisionado para quedarse después de hora balbuceaba incoherencias que en vez de aclarar, oscurecían. Alguien deslizó la teoría de que al pobre agente lo habían drogado y desde entonces quedó firme la inocencia del último sospechoso. Desesperado, Pericles acudió al Juez y le imploró que hiciera algo, cualquier cosa, pero que impidiera la descarada impunidad de Aristóteles. Cinoscéfalos respondía con voz monocorde que no tenía ninguna prueba que permitiera inculpar al empresario de algo ilegal.

- ¡Pero lo atrapé en la barcaza cargada de contrabando! - Gemía el Comisario, empezando a creer que tal vez el Juez no fuera tan honesto como le había parecido antes, cuando recién llegó -¡Están los agentes como testigos, además de los tripulantes!

- El señor Manfredini declaró a este Juzgado - Explicó, pacientemente, Usía - e informó que había salido de pesca esa tarde, cayendo por accidente al agua y siendo rescatado generosamente por la tripulación de la barcaza que, según usted, llevaba contrabando, pero yo no lo vi, así que no puedo confirmar esa hipótesis...

- ¡Hipótesis! ¡La puta que la parió a la hipótesis! - Se descontroló Pericles, pegando un puñetazo sobre el escritorio del Juez - ¿Y los tripulantes? ¿Y mis agentes? ¿Y los empleados de la Municipalidad que cargaron el contrabando?

- Los tripulantes, Comisario - Siguió el Juez, impertérrito - eran ciudadanos brasileños y fueron deportados de inmediato, pero supongo que nada le impedirá a usted viajar al país hermano a buscarlos. Sus agentes, por otra parte, sólo declararon haber visto cajas y cajones, sin especificar qué había adentro. ¿No pudieron estar vacíos? Y en cuanto a los empleados de la Municipalidad, que sí abrieron las cajas, reconocieron haber visto una gran cantidad de mercadería aparentemente importada, lo que no significa que fuera contrabandeada y mucho menos, implica que fuera de propiedad del empresario, además del hecho de que la mercadería desapareció, lo que deja sin efecto la posible comisión de un delito relacionado a su origen. Como puede ver, sus acusaciones contra el señor Manfredini carecen del sustento que me exige la ley para iniciar un proceso.

- Pe-pe-pero ¡Había droga! - Tartamudeó el Comisario, al borde del colapso.

- Bueno, eso dice usted. Yo no la vi y por cierto, tampoco los policías de la capital que usted llamó sin consultarme y que se hicieron un tremendo viaje al pedo, con perdón de la vulgaridad, por lo que hube de explicarles que había sido una falsa alarma, producto seguramente del exceso de celo profesional de un buen policía como nuestro Comisario. Mire, no crea que no lo comprendo, usted lleva años trabajando casi sin descanso, soportando incomodidades y un bajo sueldo, haciendo sacrificios que tal vez nadie reconoce.¿Por qué no se toma un descanso? Yo podría conseguirle un viaje, gratis, por supuesto. ¿A Brasil? ¿Le gustaría, eh?

Pericles miró al Doctor con desconfianza. Estaba queriendo comprarlo, coimearlo, vencerlo, sacárselo de encima con un dulce, como si fuera un chico o un infelíz de ésos que se bajan los pantalones ante el amo de turno. Una rabia colorada y rebelde le subía desde las tripas, prendiéndole fuego en las orejas. El Juez continuó:

- El señor Manfredini, en una muestra de nobleza que realmente me sorprende y como un modo de demostrarle a usted que no le guarda rencor por el equívoco, ofreció un pasaje de ida y vuelta a Río de Janeiro, con todos los gastos pagos por un mes. En fin, ya ve que la gente no es tan mala si le envía un mensaje así.

- Tiene razón. Y yo le mando otro a él: que se meta el pasaje en el culo.

Dicho ésto, Pericles se levantó dignamente de la silla y caminó - conteniendo las lágrimas - hacia el bochorno desolado de la calle. Levantó los ojos al cielo y sólo encontró el azul intenso y vacío del firmamento, el verano cayendo en forma de desesperanza sobre las veredas grises. ¿Qué podía hacer? ¿Renunciar? ¿Y luego, qué? ¿Empezar de cero? ¿Con qué dinero? No tenía adónde ir. No conocía otro oficio y además ¿quién le daría trabajo en el pueblo si todas las empresas más o menos importantes eran de las cuatro o cinco familias emparentadas con los Caballero? Sólo podía regresar a su despacho y esperar, hora tras hora, la venganza de los poderosos, agonizando en silencio mientras ellos lo iban despedazando lentamente, privándolo de los pequeños beneficios que se había ganado en seis años de comisariato. Eso sí, se tomaron su tiempo, quizás porque así le provocaban un dolor más largo y humillante. Dos semanas más tarde apareció Agripino Malatesta con una orden para retirarle la bicicleta, justo cuando acababa de lustrarla. El alcahuete sonrió de costado, mirándolo con la sorna de los que se saben impunes, mientras acariciaba un espejito que Pericles le había agregado al manubrio.

- Creo que ésto no pertenece a la bicicleta, ¿verdad? - Dijo, quitándolo de un tirón y depositándolo con ceremonia sobre la murallita. Luego trepó al velocípedo y se fue silbando una polca parrandera.

Los agentes lo miraban de reojo, comprendiendo que el jefe había caído en desgracia. Bien merecido se lo tenía, claro, por obtuso, ¿Cómo se le pudo ocurrir la peregrina idea de tomarse en serio la lucha al contrabando? ¿Desde cuándo el viejo juego del gato y el ratón, tradicional coitus interruptus del sistema fronterizo, acababa en la detención de un pez gordo? Una cosa era la propaganda que siempre se hacía desde el gobierno, instando a la gente a denunciar el delito, a exigir boleta legal y cursilerías por el estilo. Pero otra cosa, muy distinta, era la realidad. Flor de idiota, el Comisario. Si no pensaba en su propia carrera, allá él, pero ¿por qué privar a sus hombres de la multitud de pequeños beneficios que les reportaba el ejercicio de la vista gorda? Triste Navidad sería la próxima sin la generosidad del señor Aristóteles repartiendo panes dulces, sidras y chucherías asiáticas - el año anterior los había maravillado con los condones musicales -, por no recordar - ¡ay, qué pena! - los billetitos metidos en los bolsillos como sin querer, de puro cuate, en agradecimiento por la barcaza que pasó sin novedad, de punta a punta, mientras los agentes escuchaban el partido en las radios que Manfredini les había enviado en prueba de imperecedera amistad. ¿Y ahora? ¿Qué harían ahora a cargo de ese idealista sin rumbo? Miren, si no, empezaron por quitarle la bicicleta como si hubieran sido galones, degradación pública que servía para remojarle la barba y anunciarle que las desgracias comenzaban. A los diez días, cuando Pericles había hallado al fin un modo de olvidar el humillante secuestro de la bicicleta, se apersonó en su despacho el hermanito menor de Nuria Segovia, llevando en la mano un papel que lo autorizaba a retirar en el acto la radio Tonomac Platinum que el Comisario usufructuaba en su soledad, atento por las noches a “La Voz de las Américas”. Sin responder ni una palabra, el condenado envolvió el aparato en unos diarios viejos y se lo entregó al recadero con el estoicismo de lo inevitable.

- Para lo que hay que escuchar en estas radios de mierda - Murmuró, sintiendo en la garganta el nudo del infortunio. Después, anticipándose a los tiempos que seguirían, se puso a revisar la oficina y a reunir todos los objetos - por más pequeños e intrascendentes que fueran - que hubieran sido obsequiados por el vengativo Aristóteles. Se sorprendió de que fuesen tantos: dos lapiceras a cartucho, una agenda de tapas de hule negro, una imagen de la Virgencita de Itatí, dos docenas de diarios dominicales, seis revistitas «El Ejército de Hoy», la consabida caja de cigarros, tres botellas de jerez español, un reloj despertador y una pequeña pintura sobre la fundación del pueblo, en la que Pisístrato oteaba el firmamento florete en mano. Dádivas sin importancia, pequeñas muestras del estilo comprador de conciencias que caracterizaba al modo de ser regional.  Con el despecho de una novia que devuelve las cartas de un amante infiel, fue metiendo el inventario en la caja en la que antes guardaba las pruebas irrefutables, cerró la encomienda con varias vueltas de cordón y luego comisionó al cabo Cárdenas a que fuera con el paquete y lo entregara - de ser posible, en manos propias - al mismísimo Aristóteles. El cabo salió a la orden, pero a mitad de camino se deshizo en un zanjón de los diarios, las revistas y la agenda de hule negro, llevándose el resto a su propia casa, a modo de indemnización por el fin de los buenos tiempos. Convencido de que su actitud de devolver los regalos acabaría con las humillaciones, el Comisario se sorprendió cuando a los pocos días se presentó Nuria Segovia a reclamar las cortinas, pues el Intendente las precisaba para decorar la ventanita del lavadero. No fue todo. Esa misma noche, una comisión integrada por Malatesta, el Turco y el hermanito de Nuria, se apersonaron en su casa con la orden de desalojo.

- Díganle que se meta la casa en el culo - Fue la lacónica respuesta de Pericles, antes de manotear sus pocos trapos y salir con un portazo definitivo. Desde entonces vivió en una de las celdas, compartiendo las noches con los vómitos y pedos de los borrachos que el cabo Ortega atrapaba. Sólo llevaba dos días en su nueva situación cuando vio pasar a Isabel maniobrando la bicicleta.

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 3

 

(De las tácticas galantes del Doctor Epaminondas, dado a conquistar

tarde o temprano, pero en lo posible cuanto antes, a Lucía Insaurralde,

la viuda de la que todo el mundo hablaba)

 

X

 

E

ntrecerrando los ojos en absoluta concentración, el Doctor Epaminondas perseguía y liquidaba de raíz los últimos pelitos escapados en la primera afeitada, finteando con la navaja frente al espejo del baño. Le había dicho a la esposa que Aristóteles le había pedido - en realidad, rogado, exigido - que lo acompañara en un par de copas con un amigo extranjero, gente distinguida que gustaba de conocer los intelectos del interior. Tenía, es decir, un par de horas libres por delante, suficientes para una estratégica primera visita a la casa en que se había instalado Isabel. Levantó la cara y se pasó la palma de una mano por la piel del cuello, explorando los poros abiertos por el paso de la cuchilla. Abrió una botella de Old Spacy, vertió un buen chorro de loción en el hueco de la otra mano y se refrescó la zona suavemente, con masajitos que contribuían a evitarle la papada - siempre amenazante - y tonificaban la frágil piel del cuello. Luego, girando la cabeza a un lado y al otro, controló los cachetes, el largo de las patillas y cualquier eventual imperfección en el corte de pelo. Buscó el frasco de brillantina, sacó con tres dedos una porción azulada, la esparció entre las manos y procedió a mezclarla en la cabellera negra y lacia, moteada aquí y allá por algunas canas. Le gustaba verse así, bien afeitado, con la piel todavía rojiza por la navaja, fuerte y varonil, oliendo a loción y brillantina. Aspiró hondo. Ella caería rendida a sus pies. ¿Qué más podría pedir? ¿No ganaba la lotería recibiendo ayuda y visita del buen Epaminondas, médico con consultorio y clientela, casado pero discreto, de buena posición, culto y dueño de una virilidad que la esposa alababa entre risitas? Nada más verlo llegar, se aflojarían las piernas de su protegida.

Acomodó el lazo de la corbata azul, revisó ceremoniosamente los pliegues del traje blanco y después apagó las luces del consultorio y salió a la vereda. Estaba oscureciendo. Abrió la puerta del auto - un Ford negro apenas tres años más viejo que el del Juez - y se ubicó junto a la caja de mercaderías que había comprado por la mañana. Leche, pan, fideos, arroz, cosas que cualquier ser humano que recién se instala puede necesitar. Tuvo, incluso, la notable delicadeza de agregar jabones perfumados, talco y un potecito de crema para las manos. Isabel Insaurralde, pobrecita, podría dormir con la seguridad de tener de su lado a un devoto servidor que tarde o temprano se merecería suceder al finado en el amor de su viuda. Aunque delgada y paliducha, la mujer era bella y lo sería más cuando recobrara peso y un poco de su paz perdida. Ay, al Doctor se le estremecía el alma recordando la consulta. La cabellera suelta sobre la bata blanca. Los pies descalzos colgando de la camilla. El pecho palpitante contra la oreja sabihonda del galeno, cuyos dedos hipocráticos palpaban ligeramente los senos firmes, el vientre liso y cálido, la garganta nívea por donde un día –quizás - se deslizarían sus besos. Puso en marcha el vehículo y enfiló despacio por la calle principal, luego pasó acelerando por la mansión que – decían - acababa de comprar el Juez, giró a la izquierda para evitar las casonas de los Caballero - casi una al lado de la otra durante cuatro cuadras - y bajó en segunda por una cortada que lo acercaba a los fondos de la casa de Isabel, donde pensaba dejar el auto. Sentía un ligero temblor en las rodillas y un frío raro en el estómago, acaso para compensar la calentura que le inflamaba las turmas. Isabel lo vio plantarse en la puerta de entrada y del susto casi pegó un grito, pues en un primer momento no había reconocido al Doctor en ese galán de película mejicana, oliendo a perfume y a intenciones ambiguas. Se quedó mirándolo, con un trapo en una mano y un balde en la otra.

- Me va a disculpar el atrevimiento, señora, pero no quise dejar pasar el día sin saber en qué condiciones estaba usted - Se atragantó, inclinándose en un saludo un tanto exagerado. Había avanzado hasta la mitad del porche y allí se quedó, quizás porque notó que ella estaba lavando el piso.

- Doctor, qué susto - Sonrió Isabel, dejando los utensilios a un costado - pues ya ve, estoy muy bien aquí, es mucho más de lo que esperaba la noche en que llegué a este pueblo. Lo agradezco de corazón.

El visitante suspiró aliviado - exagerando otra vez un poco - y giró la cabeza como si buscara un lugar dónde sentarse. La palabra «corazón» le había provocado un ramalazo de ilusiones y al verla otra vez descalza, con los pies mojados, una ola cálida le acrecentó el deseo.

- ¿Le...le han traído los muebles? - Preguntó, dejando la caja con mercaderías sobre una murallita.

- Oh, sí. Una cama, una mesa, dos sillas, un ropero de dos puertas ¡Vaya! - Exclamó ella, abriendo los brazos - ¡que no hay más qué pedir!

Epaminondas la escuchaba hablar y se enamoraba más a cada instante, aunque ella no se mostraba tan indefensa como había supuesto. Sólida en su pequeñez, intacta en su desdicha, los vientos de la desgracia no habían logrado derribar a esa mujer nacida para patrona y convertida -quién sabe por qué - en fregona, bocado al paso para los hombres que comenzarían a rondarla apenas supieran de su existencia. ¿Podría el embarazo defenderla del asedio carnal, los próximos siete meses, al menos? ¿O iría ella misma en busca de un hombre que apaciguara el recuerdo? El médico se mostraba amistoso y desinteresado, dejándole la insinuación de que ella debería llamarlo a cualquier hora, por cualquier asunto, que él estaría dispuesto a correr en su ayuda. Parados el uno frente al otro - a Isabel no se le ocurrió entrar en busca de las dos sillas que le habían enviado - durante más de una hora, doctor y paciente conversaron hasta que el ataque de los mosquitos se volvió insoportable. Hacía calor y la noche se había poblado de grillos cantores. Una luna roja y gorda se estiraba sobre las aguas del río, varias cuadras abajo. El sudor agregaba reflejos en el rostro anguloso de la muchacha, pegoteándole por momentos el ropaje a los muslos. Las manos del médico temblaban con humedades frías y la garganta se le había empezado a secar, preparando el momento en que la invitaría a subir al auto para ir a beber una copa en el barcito del puerto.

- Doctor, ya es tarde y me aflige que pueda estar perdiendo su tiempo conmigo - Dijo ella cuando él ya casi abría la boca para arrojar el anzuelo. Quiso apresurarse a decirle que no, que nadie lo esperaba en ninguna parte del mundo, pero algo en la mirada de Isabel lo desistió de seguir. Se limitó a rogarle que aceptara la caja de mercaderías, que no debía negarse porque era parte de las tradiciones del pueblo aportar al hogar de los recién llegados, que al fin y al cabo, si el destino había querido que se conocieran sólo podía ser porque una amistad pura y bla, bla, bla, cuestión que Isabel terminó aceptando la caja a cambio de la promesa de no repetir la dosis, pues ella se había propuesto pagar hasta el último alfiler con que cosiera su nueva vida. El Doctor no se atrevió a besarle la mano; ni siquiera a estrechársela. Hizo dos o tres reverencias y después salió caminando marcha atrás por el caminito de grava, viéndola quedarse sola en el porche mal iluminado, rodeada de una nube de mosquitos y de una soledad parecida al espanto. Cuando llegó a la esquina, la pequeña casa había desaparecido tras los árboles de un terreno baldío.

Abrió la portezuela del auto en medio de la oscuridad, se ubicó en su asiento y allí se quedó durante varios minutos, acaso media hora, pensando. Bajó el vidrio de la ventanilla y el olor de las guayabas y los mangos le recordó de inmediato el aire que rodeaba la casa de Isabel. Observó con indiferencia el vuelo de los mosquitos, invadiéndolo su insistencia zumbona. Suspiró hondo y volvió a sentir la presencia de ella, tal como la acababa de ver. El pelo recogido con un pañuelo, los pies descalzos, la boca roja sobre la cara pálida y hermosa. Se dijo que aún era temprano, que si era capaz de imaginar alguna buena excusa podría regresar  y pasarse otro rato, hablándole de una cosa y otra para que ella se fuera acostumbrando a su voz y a la idea de que él estaba allí y podría estar siempre, sólo con que lo quisiera. Pero no se animó a volver, tuvo miedo de romper el encanto de la primera visita, la pequeña confianza que Isabel le había brindado al contarle que su marido había sido muerto a tiros, no sabía por quién. Puso en marcha el Ford, encendió la radio, las luces y abandonó el escondite en cámara lenta, tratando de ser objetivo en el análisis de los resultados. «Siempre que termino una actividad, cualquiera fuera - solía decir - le realizo la autopsia. Sólo así me quedo tranquilo, sabiendo que hice todo lo que podía hacer y del mejor modo posible. Naturalmente, ser un científico me ayuda a ser objetivo en la disección de cada elemento, pero es una práctica que recomiendo calurosamente a toda la gente». Sonrió, ya rumbo a su casa. El aire de la noche lo ayudaba a sentirse vivo, dueño de una libertad masculina y excitante. La autopsia de esa noche arrojaba resultados excelentes, mirada desde la subjetiva razón de su calentura.

 

XI

 

Camilo Insaurralde nació una medianoche en la que se había cortado la luz, arrasado el pueblo por una tormenta que apareció de golpe, después de una jornada sin una nube en el cielo. Su madre lo parió entre alaridos de rabia, tan aterrada por los rayos como por el dolor que le abría el vientre sin misericordia. Llorando de soledad y tristeza, apretó el cuerpito contra su pecho y se fue tanteando hasta la cocina, buscando un cuchillo para cortar el cordón. «¡Pobre hijo mío!» sollozaba, haciéndole el nudito del ombligo  «¿Qué significado tendrá el que nacieras así, entre el llanto de tu madre y el del cielo? ¿Será que tu padre te siente allá, acostado en su tumba al otro lado del mundo? ¿Será que toda la rabia de esta tempestad se quedará en tu corazoncito?» Y el niño gritaba con fuerza premonitoria. Isabel lo cubrió con su chal de siempre y por no saber qué otra cosa hacer, fue a sentarse con el niño en una silla, a mirar la lluvia.

Allí mismo estaban a la mañana siguiente, cuando el Doctor Epaminondas llegó tranqueando, llamado por un sueño de muerte. Hubiera querido levantarse de madrugada y correr a verla, pues estaba seguro de que ella necesitaba su ayuda, pero Filoxena, la esposa, dormía con un ojo abierto desde que sospechaba que el médico andaba en cosas raras. Observaba que se cambiaba las camisas tres veces al día, exagerando la pulcritud de su apariencia. Nunca más, como en los años anteriores, hubo otro pelito suelto en la barba o un mechón desordenado en la coronilla, aplastada con el brillo azul de la Lord Cheseline. Llegaba tarde día de por medio, el lunes porque bebía una copa con Aristóteles, el miércoles porque cenaba con el Intendente y el viernes porque discutía de política con el Juez, pero ella sabía que era mentira. Lo percibía claramente los sábados y domingos, viéndolo andar como tigre enjaulado y añorar el lunes como si le fuera la vida. Lo sentía, llorando de rabia cada vez que él se demoraba y aparecía con los pensamientos en otro lado, como si el volver a su casa supusiera un sacrificio. Hasta gastaba más de la cuenta, pues el dinero familiar, en vez de crecer, decrecía. “¿Será porque no hemos tenido nunca un hijo?”, se amargaba, masticando celos en la almohada conyugal.

Epaminondas no era el mismo esposo de antes, ardiente y juguetón, el amante divertido que se colgaba un toallón mojado del ariete viril, para alardear de su hombría. Estaba melancólico y distraído. Los martes y los jueves, por ejemplo, se quedaba leyendo en el living hasta muy tarde, estudiando, decía, pero ella estaba segura de que era para escaparle al requerimiento conyugal. Filoxena no podía evitarlo, así que se armaba de paciencia y jugaba todas sus cartas a la noche del sábado, cuando él ya no podía interponer ninguna excusa. Comenzaba su táctica cazadora a la media tarde, una vez que la mucama se retiraba. Llenaba la bañera con agua tibia, agregaba sales aromáticas y velas orientales con esencias para facilitar el acople. Con una amorosidad que cada vez le resultaba menos natural, tomaba de una mano al marido, lo iba desvistiendo por el pasillo y terminaba zambulléndolo en los vapores, enjabonándole las partes con dedos ágiles y alegres. Después, le encendía un cigarro y lo dejaba allí, fumando y leyendo alguno de sus libros favoritos mientras ella corría a la cocina a preparar la cena, más exótica y rebuscada a medida que pasaba el tiempo y la estrategia seguía sin rendirle el triunfo. Epaminondas, a quien la creciente atracción por Isabel le había desdibujado los apetitos por la esposa, se dejaba llevar porque el sentido del deber era muy fuerte y porque la culpa le provocaba pena, una lástima agria por ella y por él, por lo que ya no serían más. Simulaba impulsos y jadeos que ya no sentía, jineteando con los ojos cerrados para poder pensar mejor en el olor a guayabas, en la sombra del mango y en la pequeña casita al otro lado del pueblo.

Mientras tanto, Isabel veía crecer su vientre sin imaginar el descalabro que las visitas del Doctor causaban en Filoxena, cuya existencia ignoraba. Así como él se cuidó durante meses de revelar su estado marital, ella tampoco se lo preguntó, ¿para qué? ¿por qué lo haría? Su interés en el médico se limitaba al papel de amigo generoso que él cumplía a la perfección, llegando día de por medio con una bolsita de manzanas, una revista que ya había leído, unos dulces para el antojo o un kilo de helado, atenciones que ella recibía con naturalidad porque no suponía que tuvieran otra intención que la de aliviarle en algo el embarazo. Sacaba las sillas al porche y se sentaba a esperarlo con dos vasos y una jarra de limonada apoyada en la murallita. El médico aparecía siempre a la misma hora, oliendo a perfumes caros, peinado a la brillantina y enfundado en trajes fuera de lugar. Simulaba sorprenderse por la limonada fresca, se sentaba en su silla y le hablaba de muchas cosas -¡coño, cómo hablaba ese hombre! - antes de cumplir con el plazo que, suponía, él mismo se había impuesto. Dos horas. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Miraba el reloj, decía algo así como «¡Oh, qué charla le he dado, señora, bueno, mañana habla usted. Ya me tengo que ir!». Pero después alargaba la partida con el apretón de manos o con la excusa de tomarle el pulso, auscultarle la retención de líquidos y otras minucias médicas por el estilo. Gracias a él, Isabel conoció con detalles la historia de los falsos griegos, desde el accidentado Don Diego en adelante, confiándole a cambio cómo había llegado al pueblo por un error casual, creyendo que se dirigía a la otra Atenas, la del Mar Egeo.

- ¡Ah, casualidad, raíz de todos los asuntos! - Exclamó Epaminondas y le habló de Pisístrato y de la estrafalaria serie de equívocos que desembocaron en la saga de los Caballero, en el primo Aristóteles y en su gran amigo, el Juez. Frutos todos de un error de la fortuna, el propio médico fue engendrado por el casual encuentro entre un viajante y una cocinera de la posada, preñada de apuro y sin querer - Hasta mi nombre, verá usted, fue un error, pues mi madre creyó que el Epaminondas griego había sido un sabio, cuando en realidad fue un general del ejército cuya principal virtud fue su homosexualidad, algo bastante común entre aquellos griegos. Soltaba una carcajada el Doctor, para después ponerse serio y narrarle las peripecias de su infancia de chiquillo bastardo, soñando con marcharse a estudiar y regresar un día convertido en médico, o en abogado, ingeniero, cualquier cosa, siempre que el título incluyera un diploma que pudiera restregar en las narices del vecindario. Pero los años fueron aplacándole el resentimiento. Se recibió, emprendió el regreso, montó su consultorio, armó su clientela y se olvidó sin reservas del niño que había sido, sobre todo desde el día en que... bueno, ya hablé demasiado de mí mismo, señora, qué poca elegancia, cuénteme usted, por favor, permítale al doctor que la conozca un poco más...Sin una verdadera curiosidad por lo que él había estado a punto de decirle - su casamiento con Filomena - ella le pintó el paisaje español con palabras cargadas de nostalgia. Por primera vez, habló de los recuerdos que aún guardaba de su casa, de su madre agobiada de miedos y de la plaza poblada de naranjos, de las playas blancas, bañadas por las aguas heladas del canal. Frente a su amigo, Isabel recordó en voz alta su trágico amor por el artista sin habla, describiéndole - con ojos inundados de pena - el retrato mágico que habían colgado en la posada y la furia de su padre, enloquecido contra ese bohemio mudo y muerto de hambre, llegado de quién sabe dónde a desencadenar la muerte.

- No fueron desconocidos, como le dije una vez. Fue mi padre el que lo mató.

- ¡Dios mío! ¡Cuánto lo siento, querida señora!

Entre una confidencia y otra, la amistad del médico con su paciente pudo sobrevivir a los largos y pesados meses de la gestación y permanecer a salvo de la maledicencia del pueblo, en parte por su estado de viuda desamparada y en parte porque el Doctor se cuidaba de no dejarse ver. Jamás hablaba de ella, ni siquiera con la enfermera que lo secundaba en el consultorio, nunca la visitaba fuera del horario impuesto por la discreción y cuando ella asistía a la consulta mensual, él la trataba con la misma indiferente delicadeza con que atendía a las demás mujeres. Apático y profesional por fuera, temblando de emoción por dentro, contaba los latidos del niño asentando el rostro sobre el vientre cálido, sintiendo el olor a mujer que subía por sus manos y se le quedaba adentro hasta el próximo mes. Pocas veces, muy pocas, cedió a la tentación de hacerle regalos más personales, pero pronto desistió para evitar los rechazos - a veces crueles - con que Isabel volvía a poner las cosas en su sitio. Un viernes le llevó un vestido azul, amplio y bonito, que ella devolvió de inmediato porque el azul le recordaba los ojos de su amante muerto. Tartamudeando, el Doctor ofreció cambiarlo por uno de otro color, pero ella le respondió que sólo podría ponerle un vestido el mismo hombre que se lo sacara, algo que probablemente no sucedería jamás. Avergonzado por la propia imprudencia, él anduvo varios días con el vestido en el baúl del auto, sin  saber qué hacer con él. Finalmente lo donó al hospital y una monja lo descosió y lo transformó en ropitas para los huérfanos.

Otra vez probó con una pulsera de oro, una belleza que trajo personalmente desde Foz y que a Isabel le pareció espantosa. Miró la joya con un asco mal disimulado y comentó que era idéntica a una que llevaba una madama que viajaba en el barco. No tuvo mejor suerte con un perfume francés - olía a indecencia, según ella - y hasta fracasó con un ramo de rosas, un gasto ridículo - a decir de la mujer - considerando el yuyaral desaprensivo que crecía alrededor de su casa y se extendía en todas direcciones. Finalmente comprendió que ella no estaba dispuesta a ir más allá en las cortesías, así que guardó la joya y el perfume en un cajón del escritorio, dejó las flores en un altar de la iglesia y continuó engalanando las visitas con obsequios sin compromiso, como frutillas y chocolates que ella comía en su presencia. Lástima que se le ocurrió tan tarde cual sería el único regalo que ella aceptaría con gusto, emocionada y feliz. Apenas una semana antes del parto, el Doctor le llevó una media docena de batitas para el bebé, un chupete, un biberón y una pila de pañales. Lágrimas de gratitud llenaron los ojos de Isabel, que durante un largo rato se quedó en silencio, acariciando con los dedos la tela que en pocos días más vestiría a su hijo.

- Camilo nacerá en estos días - Dijo de pronto- Y usted, mi amigo, será el padrino.

Cuando los halló en la cocina, abrazados frente a la lluvia como náufragos sin esperanzas, supo que estaba condenado a amarlos más allá de cualquier prudencia y sin importarle el precio que hubiera que pagar. Isabel estaba inclinada sobre el recién nacido, cubriéndolo con la sombra de su pelo negro y abrigándolo con el chal manchado de sangre. Epaminondas sintió un puntazo de dolor al verlos y la escena se le quedó grabada para siempre ¿Cómo imaginar que el cuadro se repetiría veinte años más tarde y que entonces Camilo ya estaría muerto, envuelto en los mismos brazos y en el mismo sudario que tuvo al nacer?

- Estamos muy cansados - Dijo ella, levantando la cara. Parecía regresar de una travesía larga y penosa.

- Tranquila, Isabel, ya estoy aquí - Murmuró él, conteniendo a duras penas la necesidad de abrazarla. Emocionado como nunca antes por el milagro de la vida, alzó al niño, se lo acomodó en un brazo y con el otro ayudó a la madre a trasladarse hasta la cama. Buscó en la cocina, halló cuatro velas y las encendió, distribuyendo su tenue luz por el dormitorio. Algún día, muchos años más tarde, Isabel le haría recordar el número y el extraño simbolismo que encerraba. Cuatro velas que oscilaban con los bandazos del viento y desparramaban sombras confusas por las paredes. El Doctor higienizó a los dos, cambió el vestido de ella por una bata de hospital que guardaba en el auto, vistió al niño y le dio la primera mamadera, mientras afuera continuaba lloviendo, cada vez con más fuerza.

- Qué pena que Jeremías no le haya conocido, doctor - Susurró Isabel, viéndolo ir y venir con tanta diligencia - él le hubiera querido mucho a usted.

- Yo siempre estaré cerca de ustedes dos, Isabel. Se lo juro - Respondió el médico, con un estrangulamiento de angustia. Sintió que se le caía una lágrima y desvió el rostro para que ella no la viera. Le dio vergüenza sentirse bueno, acaso porque su motivación inicial no había sido más que el deseo de engatusarla con lociones caras y trajes elegantes, cazarla con su telaraña de regalitos y frases empalagosas, cobrarse con su carne las horas de visita. Pero todo aquel día y por nuevas razones, no se separó un minuto de la casa de Isabel. Sentado en una silla junto a la cama, espantaba los mosquitos mientras ella y el niño dormían, preparaba mamaderas cada cuatro horas y cambiaba pañales en la misma proporción, llegando incluso al inédito extremo de hervir fideos - un paquete completo, que rebasó el borde de la olla - y preparar un almuerzo que si no fue rico, al menos sirvió por abundante.

- Debiera marcharse usted - Decía Isabel de tanto en tanto, deseando a escondidas que no le hiciera caso - Vea, pues, hasta me ha cocinao. ¡Esta consulta me ha de costar un ojo de la cara!

- Deje, en serio, no es problema - Reía el Doctor, tomándole una mano caliente y asustada -Además, hoy es mi día libre.

- Ha de ser también el del niño, vea usted, mírelo como duerme de tranquilo.

- Usted también debiera dormir un rato.

- Ande, que yo estoy bien.

Hacia el atardecer, Isabel tuvo una crisis de llanto que el médico interpretó como un desajuste emocional posparto, mezclado y potenciado sin duda por la distancia, el dolor de los recuerdos y la angustia por un futuro del que nada podía saberse. El le conversaba de cualquier asunto y ella le respondía con medias palabras, pero sin dejar de derramar lágrimas que bajaban por sus mejillas y llegaban hasta la almohada. Debiera quedarse allí, con ella, durante toda la noche, pensaba. ¿Cómo dejarla sola en tales condiciones? ¿Y si sufría una hemorragia o una descompensación? Había estado afuera todo el día y sin decir nada a nadie, su enfermera lo andaría buscando y Filoxena estaría loca, sospechando algo raro. Pero él era médico, su deber le imponía olvidarse de todo el mundo si la salud de un paciente así se lo exigía, eventualidad más que justificada en el caso de Isabel y su niño. Deseaba quedarse, lo deseaba con toda el alma, tenerlos a los dos como si le pertenecieran, cuidarlos en la soledad de esa segunda noche y quitarles el miedo que habrán sentido durante el alumbramiento, entre los gritos del parto y los rayos del cielo. Podría permanecer en la casa dos o tres días, incluso, sin embargo, no faltaría quien comentara que su interés sobrepasaba lo profesional. Siempre habría quien echara a rodar la versión de que el recién nacido era suyo, algo que no le molestaba porque fuera especialmente condenable - casi todo el mundo tenía algún hijo bastardo por alguna parte - sino porque no era cierto. Filoxena se enteraría del chismerío, Isabel también, tendría problemas con ambas por algo que ni siquiera era verdad.

- ¡Ya sé lo que haremos! - Dijo de pronto, sorprendido de que no se le hubiera ocurrido antes - ¡Les buscaré ahora mismo un cuarto en el hospital! ¿Para qué, si no, soy el director?

Regresó a su casa bien entrada la medianoche, después de advertir a la enfermera de guardia que la señora Insaurralde y su hijo tenían absoluta prioridad, así que debían avisarle de inmediato cualquier circunstancia. Filoxena lo vio llegar agotado, con la piel aceitosa por el sudor y una sombra de barba en vez de la pulcra papada doctoral. No le dio mayores explicaciones - se quedó dormido sin terminar de desvestirse - y ella tampoco se atrevió a pedírselas, temerosa de que él le confesara que había estado con otra. ¿Para qué saber más, si de todos modos ya lo había perdido?

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 4

 

(En el que acompañamos a León Valdéz en su largo viaje

a lo largo de todo el continente, o casi, para llegar a un punto

al que más le convendría no haber llegado jamás)

 

XII

 

L

eón Valdéz los vio llegar a su casa justo cuando empezaba la siesta. Ya se había quitado los zapatos, corrido las cortinas de la sala para crear ambiente y empezaba a concentrarse en la elección de un libro, cuando escuchó el rumor de las pisadas sobre la hojarasca del patio. Esa hora del día, era su favorita. Solía quedarse varios minutos, una mano en un bolsillo y la otra en el mentón, observando la prolija formación de los lomos y rememorando a vuelo de pájaro las historias contenidas en los volúmenes. Los había de los más extraños. Desde novelas de caballería hasta ensayos políticos, pasando por estudios de antropología, diccionarios, manuales etimológicos, biografías de los más variados personajes, poemarios y hasta directorios telefónicos de países donde nunca había estado. De izquierda a derecha, guiándose con la punta de un dedo sabio, recorría las hileras torciendo el cuello para reconocer títulos y autores. Primero hacía una pasada formal hasta el final de un estante antes de bajar al próximo, pero después se ponía ansioso y entraba a dar saltos con la vista, como si se dispusiera a leerlos todos a la vez. Finalmente, sacaba la mano que guardaba en el bolsillo y se lanzaba sobre un libro que no había tenido en cuenta en todo el proceso anterior. Lo atrapaba con firmeza entre los dedos mientras sonreía triunfante y lo iba extrayendo poco a poco, como quien halla un tesoro largamente buscado. Luego se retiraba un poco y contemplaba al resto de los libros como lo haría un general con sus soldados, controlando que todos siguieran en sus puestos, leales y sumisos hasta que les llegara el turno. Ponía al elegido bajo un brazo, encendía un cigarrillo negro con un fósforo de madera - era formal enemigo de los encendedores de benzina - y se acomodaba, repartiendo con precisión piernas y codos sobre los almohadones, a lo largo de un sillón cubierto por una manta oscura. Entonces sí, abría en la primera página y ninguna fuerza de este mundo - salvo una - era capaz de interrumpir su ensoñación.

Sólo a Clara, porque le tenía una confianza extrema, llegó a contarle la emoción del primer libro abierto. Era un ejemplar amarillento y apolillado, carcomidas las tapas por hongos literarios, que halló una tarde de lluvia en un mueble de la sacristía. El cura Rigoberto, su tío, se lo prestó como al descuido para mantenerlo quieto a la hora de la misa y después tuvo que obligarlo a dejarlo un rato, para que pudiera cenar. Fue, para León, como si le hubieran dado la llave del mundo de los sueños. Acababa de cumplir siete años, pero en realidad, había nacido otra vez. La novela se llamaba Sandokán y los tigres de la Malasia y la leyó tantas veces en los años siguientes, que podía recitar páginas enteras de memoria, sintiéndose más dueño de ella que Emilio Salgari. Tres años más tarde - por la época en que llegó Isabel a la sacristía - se había especializado en conocer los lugares exactos en que se ubicaba cada libro en los estantes, leídos además en orden de alineación, sin importar la temática. Desde Cartas de Madame Pompadour hasta Los Evangelios según San Marcos, pasando por Voltaire, Camus, Jack London y Agatha Christie, León se devoró todo con el mismo eclecticismo con que después armaría su vida. Leía a una increíble velocidad: en el mismo tiempo que le llevó a Isabel terminar El Quijote de la Mancha, él dio cuenta de La Isla del Tesoro, El Espíritu de las Leyes, Cartas Filosóficas y El Manual de Cocina de Doña Petrona, que luego su tío regaló a Isabel cuando ella se marchó a vivir a la casa del Comisario.

Huérfano de madre desde los dos años, León se encariñó enseguida con esa mujer delgadita y triste que apareció una noche. El había llegado igual, ocho años antes, cuando el padre recordó que tenía un hermano al que podría encargarle el hijo mientras recorría el mar con la flota mercante. León tenía las piernitas flacas y un espanto sin disimulo a los santos que poblaban la capilla, pues le recordaban la rigidez de cera con que había visto a su madre la última vez. Le aterraba pensar que esos muñecos de yeso pudieran hablarle y - peor aún - bajar de sus altares de madera lustrosa y regañarlo por la costumbre de chuparse los dedos - el anular y el mayor de la mano derecha -, único modo que conocía entonces de vencer la angustia de la soledad. Sólo dejó de hacerlo el día en que su tío cura le prestó la primera novela.

Si bien Isabel sólo estuvo un par de meses viviendo con ellos, León sintió su partida como una nueva pérdida y durante varias semanas le insistió a Rigoberto que le permitiera irse con ella, pero no hubo caso. Después, con la excusa de llevarle un libro prestado, comenzó a visitarla y a quedarse poco a poco en su casa, primero unos minutos y luego, cuando ya había nacido Camilo, todos los fines de semana hasta el sábado en que Arístipo inauguró el primer televisor del pueblo en el Areópago. Fue el acontecimiento más importante de aquel año. Todos, incluso los ricachones como Aristóteles y su primo el Intendente, pasaron a ver la señal de ajuste - torcida, defectuosa e inconstante - resplandeciendo en la pantalla. A las siete de la tarde, cuando empezaba el programa, la vereda del bar estaba repleta de curiosos discutiendo en contra y a favor del portento; los unos aseguraban que se multiplicarían las cegueras, pues los ojos humanos no estaban preparados para fijarse en esas imágenes modernistas, mientras los otros vaticinaban que algún día habría un televisor en cada pueblo del mundo. Sentados en primera fila, el Intendente, su primo Aristóteles, el Juez y el entonces Capitán Verón se pusieron de pie para aplaudir los títulos de Eran tres de Caballería, la primera serie de televisión que se vio en Nueva Atenas y que sirvió para que los chicos del pueblo abandonaran sus juegos de siempre para convertirse en soldados de la Unión. Después siguieron Lassie, El Show de Dick Van Dicke y Yo quiero a Lucy, culminando la gloriosa velada con la pelea entre el argentino Acavallo y un japonés de nombre impronunciable. Con un entusiasmo que sólo se repetiría veinte años más tarde, los vecinos aplaudían cuando moría uno de los malos, ovacionaban las picardías de Lassie y reían a carcajadas con los chistes - algunos incomprensibles - de ídolos desconocidos, acalorándose sin raciocinio en los quince rounds de la pelea de fondo. Aspasia repartía botellitas de Bidu-Cola a precios de ring- side y Arístipo se regodeaba, orgulloso, chupando un puro que había comprado para la ocasión. A la medianoche, cuando el millón de hormiguitas invadió la pantalla para anunciar el fin de la transmisión, la multitud fue dispersándose poco a poco, como si saliera con dificultad de un sueño raro.

León, que había logrado entrar con el cura y ubicarse en la segunda fila, comprendió por primera vez la ausencia de su padre: ¿a qué regresar cuando había tanto para ver en el mundo? Al día siguiente se levantó bien temprano, preparó las hostias con harina y agua, barrió el atrio, dio las campanadas de la misa de siete y se vistió de monaguillo sin dejar de pensar en un modo de asegurarse un puesto frente al televisor del bar. ¿Y si el lunes hablaba con Aspasia, que iba a la misma escuela, pero un grado más abajo? ¿Y si le sugería al tío que utilizara las limosnas para comprar un aparato? Con el inciensario pendulando de izquierda a derecha durante la misa, tuvo de pronto un segundo de iluminación: el único modo de estar todos los días en El Areópago era trabajar allí. ¿Acaso no lo hacía Aspasia, sirviendo a los clientes y haciendo mandados mientras la madre cocinaba y el padre atendía el mostrador? El gran problema sería convencer a su tío, que a duras penas le daba permiso para ir hasta la casa de Isabel y bajo la estricta condición de no volver nunca más allá de las siete ¡a la hora en que empezaba la imagen!

Por aquellos años, Aspasia ya era tan feúcha y sin gracia como lo sería siempre. Para  colmo de sus males, fue la primera de las niñas de la promoción en llenarse de granos, lo que contribuyó a cimentar su fama de patito feo. Cada parte de su cuerpo estaba un poco de más o un poco de menos y así como le faltaba carne, le sobraban dientes, orejas y algunos milímetros de nariz. Sus largas piernas rodilludas parecían estorbar todo el tiempo, lo mismo que sus codos, condenados a chocar con cada mueble o persona que le quedara cerca. Por los días en que a León se le dio por trabajar en el Areópago, la broma de moda en la escuela era burlarse de algún chico diciendo que estaba de novio con Aspasia, por lo que nadie se atrevía a acercársele. No fue el caso de León. Haciendo gala de una actitud que más tarde le sería característica, esperó el lunes la hora de la salida y delante de todos se ofreció a acompañarla y a llevarle el portafolios. Ella se negó, quizás porque esperaba otra de las crueles bromas de sus compañeros. León insistió el martes, el miércoles y el jueves, hasta que ella cedió el viernes y salieron caminando juntos rumbo al bar.

Sintiéndose aceptada al fin, ella estaba tan contenta que hasta parecía más linda. León la buscaba a la mañana y regresaban juntos los mediodías, pese a las rechiflas y a las burlas que los chicos escribían en los pizarrones. Arístipo le convidaba un vaso de granadina y la niña lo invitaba a tomar un café con leche a las seis y media, con lo que se aseguraba todos los capítulos de Eran tres de Caballería. Sin embargo, el verdadero premio a su esmero fue otro. León descubrió que Aspasia no sólo era muy inteligente, brillante incluso, sino que amaba tanto como él la literatura. Había leído Percy Finn, Ana Karenina y Los 20 poemas de amor y una canción desesperada, un libro que aún no se había hecho famoso en Nueva Atenas. Hablaba con la misma autoridad de Viaje al fondo de la Tierra como de Tartufo, obras que su padre le hacía traer - sin tener la menor idea de lo que contenían - en los barcos que bajaban de Buenos Aires.

- Ya que no tiene amigas, que lea - Era su simple receta, sin sospechar el destino trágico a que la llevarían esas lecturas, unidas a su amistad con Valdéz.

Crecieron juntos, de algún modo, igualmente solitarios y dados a escaparse del mundo entre las páginas de un libro. Aspasia se convirtió en una adolescente inamistosa y tímida, mientras León ganaba prestigio como intelectual atrevido y rebelde, gestor o partícipe de los pequeños escándalos que conmovieron a la sociedad de aquellos años. Fue él, quién más, el que organizó una pequeña marcha de protesta por la muerte del Che, lo que le granjeó la simpatía de algunos progresistas y la furia clerical de su tío, que ni siquiera fue a verlo cuando el Comisario lo metió preso para curarle las ínfulas izquierdistas. Fue él, a falta de otro, quien festejó el Mayo Francés con un mítin popular al que asistieron seis o siete vecinos, los que desaparecieron de prisa cuando apareció Pericles, rabioso porque León había pintado una pared de la Municipalidad con la frase «Mueran los cerdos imperialistas». El rebelde se prestó gustoso a ser detenido y sólo pidió que le permitieran llevarse un par de libros, los que luego pasó a Isabel y Aspasia, cuando fueron a visitarlo. Fueron tres días de mates y cigarrillos, leyendo a la sombra del naranjo del fondo y sin pisar la celda más que para dormir, pues aún no había llegado la época en que asesinaban a la gente en el Regimiento. Estaba tan contento con su situación de preso político, que pidió que le consiguieran un periodista para hacer declaraciones. “El mundo tiene que conocer mi lucha”, decía desde atrás de la reja sin llave, ante el rubor admirado de Aspasia. Pendiente de la posteridad, inició en un cuaderno su diario de prisión, el que de todos modos no avanzó mucho porque el cura se ofreció a pagar de su bolsillo la limpieza de la pared municipal y el revolucionario salió libre un 17 de octubre, fecha que siempre recordaría porque fue el día en que vio por primera vez a Clarita Nunes, la hija nunca reconocida de Mariazinha y Aristóteles. Se encontraron de casualidad, frente a frente, mientras León y su tío discutían a grito pelado de regreso a la capilla y la niña con su madre salían, igualmente furiosas, de una frustrada entrevista con el progenitor. Casi chocaron, los unos con los otros, justo frente a la puerta de la Municipalidad.

- ¡Nunca volveremos a este pueblo de mierda! - Exclamaba la mulata, tironeando del brazo a la muchachita de ojos asustados, que se llevó por delante a León. Fue apenas un instante, un intercambio de disculpas y después cada cual siguió con lo suyo. Pero a la noche, ya en casa, la niña dijo a su madre:

- Algún día voy a casarme con el señor de esta tarde.

Clarita tenía ocho años y aún estaba lejos de la muchacha exuberante en que se convertiría más tarde, por la época en que danzaba semidesnuda en un bodegón de Foz y buscaba el amor acostándose con los que se lo prometían. Cuando él volvió a verla - una década después de aquel día - la reconoció de inmediato, pese a que el vestidito blanco de organza había desaparecido sin dejar rastros. Las trencitas negras, engalanadas con cinta roja, se habían ido también para siempre. En su lugar flameaba una larga cabellera azabache, cayendo en catarata sobre la piel morena. León se quedó mudo, paralizado tanto por la belleza de la mujer como por el hecho - algo tenía que significar - de que recordara de inmediato cuándo la había visto antes, dónde y en qué situación. Por aquellos días, venía de regreso de su larga aventura por el continente, un viaje que le consumió no sólo diez años de vida, sino también la casi totalidad de sus sueños. Se había marchado al final de la primavera del año en que lo metieron preso por primera vez. Fue al Areópago a despedirse de Aspasia y a legarle dos de sus cuatro libros propios, con los que había iniciado una biblioteca personal:  Relatos, de Henry James y Elogio de la locura, de Erasmo. Con la introspección impávida de siempre, ella lo despidió sin aspavientos y luego se fue a llorar al baño, preguntándose si tendría otro amigo alguna vez. Cuando abrazó a Isabel, a él se le ocurrió decirle que iba en busca del destino. “Ahórrate el viaje, entonces”, dijo ella, riendo, “El destino está en todas partes”. León le regaló los otros dos libros que tenía: Textos Fundamentales, de Sigmund Freud y un poemario de Rubén Darío titulado Páginas Escogidas. El pequeño Camilo jugaba bajo los árboles del fondo con el Doctor Epaminondas, que estaba de visita.

Una vez que se hubo desprendido de sus únicos objetos personales, León se sintió más libre para irse y no regresar jamás, como le había escuchado decir unos meses antes a la mulata que tironeaba a su hija frente a la Municipalidad. Pensaba en la curiosidad de que las dos personas que significaban algo para él fueran mujeres, cuando sintió en un hombro la mano pesada del cura. Se habían despedido fríamente, una hora antes. Al tío le parecía que el viaje era una irresponsabilidad, una audacia desproporcionada y sin sentido. ¿Quién iría a sacarlo de la cárcel en los otros países, cuando se metiera en un lío? ¿Cómo sabría él si el sobrino necesitaba algo? ¿Cómo sabría si el tío se moría? ¿O si su padre regresaba al pueblo, cargado de recuerdos de mares lejanos? Pero León estaba en esa edad en la que no importa nada de nadie y salió dando un portazo, aguantando el nudo en la garganta por ese hombre cascarrabias y bueno que lo había cuidado quince años. Y ahí estaba, cuando faltaban dos o tres minutos para que el ómnibus saliera, dándole consejos, anotándole números telefónicos de conocidos y obligándole a guardar en la mochila una bolsa de sándwiches y naranjas, más ese tesoro inigualable que se llamaba Sandokán y los tigres de la Malasia y que León guardó y protegió durante los diez años siguientes. Lo que no le había dicho a nadie - sólo se lo confiaría a Clara, muchos años más tarde - fue que el verdadero motivo de su viaje era dar con el paradero - imprevisible y perdido - de su padre, del que nada más sabía que se llamaba Alcibíades y que oficiaba de contramaestre del buque Bahía de Asunción, el día en que desapareció.

 

 

 

XIII

 

Comparada con Nueva Atenas, la ciudad de Foz le pareció una maravilla, sobre todo por la novedad de escuchar a la gente hablar en otro idioma. Bebió un jugo de naranja helado en el mismo bodegón en el que una década después encontraría a Clara, cruzó la frontera y se internó en el país del tirano Stroessner, donde la guardia fronteriza quiso quitarle el libro, por las dudas contuviera ideas marxistas. León se salvó de perderlo porque, entre las direcciones que le había dado su tío, estaba la del arzobispado de Asunción, a donde dijo que se dirigía a tomar los hábitos. Esta fue la primera de una larguísima serie de mentiras, que sumadas a un complejo proceso de idas y venidas, frenadas y retorcimientos, hicieron del joven León un hombre cínico, descreído de que lo bueno y lo conveniente pudieran alguna vez marchar juntos.

Estuvo cuatro meses en la ciudad de Puerto Stroessner, ocupado de la mañana a la noche en descargar mercadería de contrabando en los camiones del general Centurión, un hombre tan gordo que viajaba a todas partes acompañado de su propio inodoro. Bajito, cejijunto y con la cara picada de viruela, el militar se paseaba siempre de civil - camisa de algodón por fuera del pantalón y chancletas - pero con una pistola en el sobaco izquierdo. Sus amanuenses eran cuatro tenientes de artillería uniformados en vaqueros y remeras del mismo color y que no se le separaban más que cuando el general se detenía a cagar. En ese caso, bajaban ellos primero, armaban el engendro portátil fuera de la vista del público y se distribuían estratégicamente a vigilar, mientras el jefe vaciaba sus intestinos con la pistola en el suelo, siempre a mano. A León le tocó una vez ser testigo de la escatológica escena. Habían viajado a una estancia a esperar la llegada de un avión, cuando de repente los guardaespaldas se dieron a la instalación del aparato, un ingenio importado de Alemania y que transportaban desarmado en partes, dentro de una caja azul. Ahí nomás, el empresario se bajó los pantalones y apuntó su inmenso trasero al hueco de acero inoxidable que le habían dispuesto. Su cara, generalmente pálida, se puso roja por el esfuerzo antes de despachar la descarga de fusilería de su estómago, seguida del tableteo ametrallador de las tripas en desbandada. Luego de una larga y victoriosa batalla contra el estreñimiento, apretó un botón amarillo que estaba en un borde del aparato y un chorro de agua se encargó de la higiene del empresarial culo, pues el verdadero problema de Centurión era que al ser tan gordo, sus cortos bracitos no le alcanzaban para cumplir una tarea tan común e imprescindible. Pese a situaciones como ésta, León no tuvo quejas de su jefe, más bien hubo de agradecerle que al marcharse le diera una recomendación para el general Albino Albacate, director de la Aduana de Asunción.

- Sos un buen mitaí, chamigo - Le dijo el gordo, mirándolo con sus ojitos de cerdo - así que no te va a faltar trabajo si seguís como hasta ahora. La ley de oro en este país es no escuchar, no ver, no hablar. Cuanto menos sepa uno, más tiempo vive. Pensar acorta la vida. Leer, la complica. Saber, la arruina.

León aceptó el consejo y siguió viaje, llegando a la capital del país después de diez horas en ómnibus. Era una ciudad aplastada por un calor oprobioso, de construcciones chatas y veredas sombreadas de mangos y guayabos, mugre amontonada en las esquinas y un olor dulzón que parecía ocupar cada resquicio. Por las calles, todo el mundo parecía estar vendiendo algo, menos los guardias de la Policía Nacional, apoyados malamente en sus fusiles de las Guerra del Chaco. León caminó hasta las cercanías del puerto y se alojó en un hotelito de paredes desconchadas, donde le dieron un cuartito de dos por tres, con una cama y una silla como mobiliario. Era la primera vez que estaba en un hotel y la experiencia le resultaba fascinante, por lo que se dio a la tarea de recorrerlo a la hora de la siesta, mientras la ciudad se aletargaba en silencio. Los cuatro pisos tenían una idéntica disposición, conformada por un hall con claraboya, un jueguito de living de cuerina, cuadros con tejidos de ñanduty y una mesita ratona con jarrón y flores de plástico. Los pasillos eran estrechos y oscuros, pero al menos aliviaban del oprobioso calor de la calle, aunque el olor a comida rancia lo invadiera todo. Sin embargo, León estaba fascinado, sobre todo porque la gente dejaba las puertas de las habitaciones siempre abiertas, convirtiendo al hotel en un muestrario al paso de la diversidad humana. Sólo se encerraban, lo supo muy pronto, los viajantes que fornicaban con alguna de las hetairas que subían risa y risa por las escaleras.

Quizás por eso, desde el principio le costó tanto conciliar el sueño. Se revolvía nervioso, bañado en sudor, oyendo el gimoteo exagerado de la jineteada y el resoplido del final, mezclados con las voces que subían desde la calle y prestaban el telón de fondo. En los días que siguieron, supo que las prostitutas vivían a lo largo de la Avenida del Puerto - la calle que después del golpe militar pasaría a llamarse Benjamín Constant - en una serie de casillas pegadas una junto a la otra y pintadas de colores chillones. Las veía desde la media mañana sentadas en el umbral de la vereda, bebiendo mosto frío mientras se les adormecían los párpados por el peso de muchas noches en vela. Casi todas eran mujeres gordas y maduras, matronas de miradas oblicuas y boca sin dientes, dueñas de la calle desde hacía décadas. León pasaba entre ellas apurando el paso, sin atreverse a mirarlas de frente y rogando que no le dijeran nada, pues algo en ellas le provocaba temor. “Siempre las ví como a los disfrazados del carnaval” - le confesaría mucho después a Clara - “…con esa mezcla de sudor y agua de flores, mitad deseo y mitad asco”. Después, en su cuarto, se tapaba los oídos para no escuchar los aullidos lánguidos, acompañados siempre del traqueteo de la cama contra la pared y el sofocón desesperado, como de naufragio, en el que se hundían al acabar. Con la imaginación desatada, juntaba coraje para regresar al día siguiente en busca de una de ellas – ya le habían dicho que se pagaba por un polvo el equivalente a una Bidu-Cola - , pero a la luz del sol se evaporaba su ánimo. Pasaba tan cerca que podía olerlas, pero seguía de largo. Temía que se burlaran de él o que le obligaran a hacer algo espantoso, mientras lo tenían a su merced. Ya se veía corriendo por la calle empedrada, perseguido por sus carcajadas sin dientes.

Para entonces - llevaba cuatro días en Asunción - había hecho amistad con un administrativo de aduanas llamado Pánfilo Abente, a quien indagó por el posible paradero de su padre. A la hora del almuerzo y mientras el resto de los empleados se acomodaba sobre el piso fresco a tomar tereré, Pánfilo revisó uno por uno los viejos libros náuticos y dio con el archivo del Bahía de Asunción, un buque que llevaba años pudriéndose en un recodo del río, abandonado a su muerte. Emocionado, León vio por primera vez en su vida la firma de su progenitor, rubricada al pie de una entrega en puerto, pero nada decía sobre el destino de los marineros cuando el barco fue dado de baja. Del único que algo se sabía era del ex-capitán, un tal Gauto, a quien habían puesto a cargo de un barco de pasajeros que recorría el río hasta el Pantanal.

- Vuelve en una semana al puerto - Explicó Pánfilo - Si querés, puedo ver de conseguirte un puestito de ordenanza en el edificio, así no gastás tus ahorros.

Aceptó enseguida y se quedó medio año más en Asunción, anclado por las vicisitudes del marino. Resultó que el hombre había tenido ciertos enredos con la hija de un hacendado brasileño, lo que lo obligó a dejar el barco en manos de su segundo, regresando por tierra rompiendo selva, en un azaroso viaje en el que casi perdió la vida más de una vez. Con la piel curtida por los soles de distintos destinos, Gauto apareció cuando León había cobrado ya su quinto sueldo en la Aduana y estaba a punto de darse por vencido. Rubicundo, de estatura mediana y unos ojos claros llenos de malicia, le contó que el Loco Valdéz - así lo llamó - se había jubilado poco después de la defunción de su barco, yendo a radicarse en un pueblito llamado Mariscal Estigarribia, camino a Bolivia.

- ¿Cómo se llega hasta ahí? - Preguntó León y Gauto sonrió, haciendo un breve comentario sobre los muchos años que son quince años y la posibilidad de que Alcibíades ya no estuviera allí, o que nunca hubiera llegado. “Ni vale la pena ir”, sentenció y se ofreció a mostrarle el sábado al Bahía de Asunción, anclado a pocas cuadras.

Invadido por una nostalgia triste, León lo acompañó en silencio por la parte vieja del puerto, la costa que los asuncenos llaman Sajonia. Enclavado en un charcón de aguas mugrientas, el Bahía de Asunción dormía su naufragio eterno, como un ataúd de herrumbre. Treparon por un puente roto y deambularon entre los mamparos desvencijados y poblado de ratas portuarias, hasta dar con el camarote que alguna vez ocupara Alcibíades. Era un cubículo al que sólo le quedaban los restos de un catre y una cómoda de metal, pero sin sus cajones. «Aquí vivió tu padre», dijo Gauto y fue como si lo dijera todo. Lo que había dejado de su paso era ese hueco impersonal, tan vacío de huellas como pudiera estarlo el río. ¿Qué mejor dato sobre la personalidad del ausente? León pasó una mano trémula sobre el metal cascado, revisando cada recoveco. No hallaría – pensaba - nada en absoluto, pero aquello era lo más cerca que había estado de su padre en tres lustros, así que bien valía la pena buscar. Pero ya no quedaban mensajes por leer en la desmemoria del cadáver fluvial.

- ¿Cómo era mi padre? - Preguntó, tratando de imaginarse al desconocido mirando hacia afuera por el ojo de buey y pensando en la esposa muerta y en el hijo dejado para siempre. Quizás los había recordado, por las noches, mecido por el bamboleo del barco sobre el agua. Gauto pensó la respuesta durante un largo par de minutos y finalmente dijo:

- Era alguien que siempre estaba listo para partir. Y que nunca volvía sobre sus pasos.

Al rato, cuando bajaban por la escalerilla hasta el muelle, León pensó que él también se sentía listo para partir desde hacía mucho tiempo y que tampoco volvería sobre sus pasos. Hubiera seguido hablando con Gauto, pero el capitán no parecía tener nada que agregar sobre el viejo compañero. Se despidió haciendo un guiño torcido de ojos y desapareció en la esquina siguiente, caminando con una cadencia rara, que León interpretó como un efecto de tanto vivir sobre el agua.

 

XIV

 

Parado en la vereda y con todo el resto del sábado y todo el domingo por delante, no supo qué hacer. Metió las manos en los bolsillos y fue a sentarse en el muelle vacío, angustiado por una soledad que le redoblaba las dudas del futuro. Una muchacha que vendía chipas le ofreció una y León le compró dos, pues la vio tan flaca y sola que por un momento le recordó a Aspasia. Pagó con un billete de cinco guaraníes y la joven sonrió apenas, negando con la cabeza. No tenía cambio. León se quedó mirándola, dubitativo. Ya había mordido un buen trozo de la primera chipa y la vendedora seguía sonriendo sin sonreir. Tenía puesto un vestido viejo y suelto, quizás de color blanco, pero eso nunca pudo recordarlo con seguridad. Estaba descalza y llevaba el pelo negro recogido con una cintita verde. Las piernas flacas estaban sucias a la altura de las rodillas y los pequeños pechos levantaban apenas la tela de la ropa. Parecía que ni siquiera respiraba, para no cansarse, con el canasto con chipas encasquetado aún sobre su cabeza. Inmóvil, aguardaba la decisión del comprador. De pronto, a León le entraron unas ganas enormes de abrazarla, de olerla, de encontrar en su esmirriado cuerpo el calor del afecto humano. Con un cinismo esencial, le dio por pensar que ella era tan fea que no se negaría a pasar un rato con todo un extranjero, un turista, un hombre llegado de lejos. Miró en derredor. No se veía a nadie, ni en la calle ni en las veredas. Toda la ciudad parecía haberse escondido del pesado sopor de la siesta. Estaban completamente solos, al desamparo huérfano del sol.

- Vivo en el hotel de ahí, el de la esquina - Dijo entonces León - ¿Por qué no vas conmigo y te pago con monedas?

- Bueno - Dijo ella.

De este modo inesperado, se vio subiendo las escaleras con la muchacha, rumbo al cuarto. Desde el balcón del entrepiso, echó un último vistazo a la calle, que seguía desierta. Por el corredor sombrío, las piernas le temblaban y se le torcían en pasos desacompasados. Abrió la puerta de la habitación, hizo pasar a la chiperita y volvió a cerrar, echando doble llave. Ella no pareció alertarse.

- ¿Cómo te llamás? - Preguntó León, sentándose en la cama.

- Braulia - Dijo la joven, sin mirarlo ni quitarse la canasta de la cabeza. En uno de los cuartos del fondo sonaba estridente un chamamé y en la habitación de al lado, una pareja reñía en guaraní. La vendedora miraba por la ventana y León la miraba a ella, intentando imaginar cómo se vería sin ropas. El deseo se le despertó tan violentamente, que casi cede al impulso de besarla. ¿Y si la tocaba un poco? No sabía por dónde debía comenzar ¿Y si ella gritaba y venía la Policía? Tal vez lo mejor fuera dejar que se marchara y se llevara lejos su miseria, pero el hecho era que estaba a su lado y que parecía dispuesta, pues sino no hubiera subido hasta allí.

- ¿No querés ser mi novia? - Preguntó, con la voz estrangulada por los nervios. Le ardían las orejas y se le había nublado un poco la vista, sabiendo que había cruzado el punto sin retorno. Era entonces o nunca, así que repitió la oferta: - Dale, ¿no querés ser mi novia?

- No sé - Respondió ella, sin dejar de mirar hacia la calle vacía.

No parecía muy entusiasmada y León dudó si era porque no le creía o porque su único interés consistía en cobrarle las chipas. Tal vez, agregó humillado, los hombres le proponían lo mismo todo el tiempo y el muchachito le parecía poca cosa. Se puso más ansioso. Tragó saliva como si tragara piedras, pensando de qué modo continuar. ¿Qué más podía decirle? En el claroscuro del dormitorio ella parecía más joven ¿Y si fuera virgen? ¿Y si sangraba? ¿Y si pegaba sus alaridos de gata, como los que oía de noche? En ese momento, las tripas se le retorcieron con un frío extraño y agorero, llenándolo de pavor ¡Tenía que hacer algo y pronto, antes de que los intestinos se le aflojaran o que ella saliera corriendo por la escalera! La pareja vecina, entonces, dejó de pelear y empezó a copular con un ritmo parejo, martillando la pared con el respaldar de la cama. En silencio absoluto, León y la chiperita escuchaban, sin mirarse entre sí. A León le ardían las mejillas. Repentinamente, en un alarde de determinación, se levantó para ayudarla a dejar la canasta sobre la silla. Luego tomó a la muchacha de las manos y la atrajo hacia sí mismo, volviendo a sentarse.

- Qué linda sos - Mintió, forzando una sonrisa agobiada por el desajuste estomacal. El hecho de que ella dejara las chipas y le permitiera tomarle las manos le parecía una excelente señal - ¿Verdad que vamos a ser novios, vos y yo?

- Bueno - Dijo ella, mirándolo de reojo.

León le acarició los bracitos flacos y luego entrelazó sus dedos con los de ella, sintiendo que las palmas de sus manos estaban húmedas. Conteniendo la respiración y rogando que Braulia no dejara de mirar hacia afuera, le soltó las manos y comenzó a desprender los botones del batoncito, desde arriba hacia abajo. Ella seguía en silencio, impávida, como esas vírgenes de la sacristía de su tío. Sólo cuando se soltó el último botón, dejó escapar un pequeño escalofrío que sobresaltó a los dos. Temiendo espantarla, con mucho cuidado fue abriendo el vestido y se sorprendió de que la piel recién descubierta fuera mucho más clara que la del resto del cuerpo, acostumbrado al sol. La joven había comenzado a agitarse y se le marcaban con nitidez las líneas de las costillas. Sus pequeños senos subían y bajaban, erectando sus pezones oscuros y coronados por largos vellitos negros. Sin poder creer que realmente lo estaba logrando, pasó una mano trémula por el busto escuálido de la chiperita, que temblaba a cada roce como si fuera a quebrarse. Llegó hasta el ombligo, salido como un pezón puesto fuera de lugar, bajó por el vientre cubierto de más pelitos negros y se detuvo, de pura impresión, donde se elevaba la última frontera. León sintió que ella olía al sudor de la siesta, pero también a algo más, un aroma marino y salvaje que le erizaba el instinto. Apoyó la boca contra el vientre de la muchacha y aspiró profundo, llenándose de catinga los sentidos. Recién entonces, sintió que ella se aflojaba un poco y dejaba de mirar a la calle. Cuando por fin le quitó el resto de la ropa, quiso curiosearle las partes, investigar cómo eran, pero no pudo. Apenas había logrado a abrir con dos dedos los labios prohibidos, cuando ella se le fue encima, empujándolo contra el colchón. Con un estremecimiento, la sintió sacar lo que hacía falta y ubicárselo donde debía con desesperada habilidad, cerrando los ojos y abriendo la boca como si fuera a morirse. Las piernas de la muchacha lo atenazaron con una fuerza inesperada, pero aquel abrazo espasmódico sólo duró unos breves segundos, los necesarios para que ella soltara un gemido ahogado, una mezcla animal de miedo y placer. Aturdido, León se derramó en silencio y enseguida cayó en el desencanto. Se incorporó sin mirarla y se agachó a levantar la ropa del piso, vistiéndose a toda prisa. Ella se quedó sobre el colchón con su desnudez sin gracia, abiertas las piernas como una ranita triste, recordándole en voz baja que ya eran novios.

 

XV

 

Pensaba en ella cuando, dos días más tarde, el ómnibus que lo llevaba se abría paso entre nubes de polvo rumbo a Mariscal Estigarribia. Era un pueblito de mala muerte, un caserío cubierto de un halo rojizo y borrascoso, como si la polvareda nunca terminara de asentarse al paso de los camiones. Al menos, no fue difícil encontrar datos sobre Alcibíades. Su padre había estado allí, dedicándose a la explotación maderera en los últimos años de la década del cincuenta, pero se había marchado.  Aún recordaban algunos viejos amigos al Capitán Valdéz, así lo llamaron, un tipo alegre pero temible cuando bebía, tanto que le metió un tiro al famoso sargento Cachalote, un militar famoso por su crueldad con los conscriptos que llegaban a cumplir con la Patria. En aquellos días era común que los oficiales utilizaran a los soldaditos para sus prácticas sodomitas, total, ¿a quién iban a quejarse los campesinos de catorce o quince años, arreados a la fuerza para el cuartel? El que se rebelaba aparecía muerto por accidente, o suicidado sin que a nadie le importara saber qué pasó.

- Cachalote era el peor - Le dijo, cerveza de por medio, Pajarito Velarde, poeta sin fama ni honores que había compartido una pieza con el padre de León - un sicópata capaz de violarse a seis en una sola tarde y que sólo venía por el pueblo los sábados a la noche, pues el resto del tiempo se estaba en el cuartel. Una vez, yo jugaba a las cartas con el Capitán y entró la bestia ésa, rabiosa porque le habían contado que uno de los conscriptos se había fugado del Regimiento y merodeaba por el pueblo, buscando plata para volver a su casa en el Guairá. Era cierto. El mitaí le tenía un terror tan grande al Sargento, que corrió como alma que se lleva el diablo y se metió en el bar, pero Cachalote vino por atrás y lo atrapó, así de fácil, lo levantó en el aire y lo arrojó contra una puerta, como para avisarle que empezaba la salsa. Todos sabíamos que el chico estaba muerto, o que lo estaría al día siguiente, pero ¿qué podíamos hacer? Los militares mandan y hacen lo que quieren, siempre ha sido así en este país y aunque salváramos a uno, ¿para qué? Siempre matarían a otro y a otro, mes a mes, año tras año.

León sintió un escalofrío, calculando que al año siguiente tendría que hacer la milicia en Nueva Atenas. Salvo, claro, que no regresara. Pajarito se quedó mirándolo, esperando alguna pregunta, algún comentario. Era un hombre viejo y desdentado, con un mechón de cabellos mustios rodeándole la coronilla pelada. La pequeña mata pilosa, enredada y triste, le recordó enseguida el pubis de la chiperita.

- Pero tu padre, el Capitán Valdéz, no pensó lo mismo - Continuó el poeta, haciendo una seña al mozo para que llenara los vasos - se levantó de la silla muy tranquilo, parándose entre el Sargento y su víctima. Le dijo muy claro, así como si nada: «vea, don Cachalote, me lo deja tranquilo al muchacho y se me va nomás al cuartel, que yo me comprometo a llevárselo mañana y hablar con el jefe del regimiento». Pero el Sargento sacó su puñal de destripar cerdos y se fue sobre el soldadito, dispuesto a degollarlo ahí mismo y llevárselo, así que tu papá sacó la pistola que tenía bajo la camisa y le metió un tiro a Cachalote, un balazo certero que le entró por un pómulo y le salió por la nuca, regando con los sesos la pared.

León se quedó en silencio, mientras el tiro y los sesos flotaban aún en el sopor de la siesta, rodeados de moscas. Sobre una mesa del fondo, dos hombres dormían apoyados sobre sus brazos.

- Luego no pasó nada. Nada. - Siguió Pajarito, encogiéndose de hombros - El Capitán dio las cartas conmigo, pues estaba bebido y no se dio cuenta de que había matado al otro. Al día siguiente, los que estábamos y los que no estaban declaramos que el sargento había atacado al Capitán porque éste no le había permitido matar al conscripto, pero para entonces mi amigo Valdéz se había hecho humo. Parece que subió a un camión de los contrabandistas y pasó a Bolivia, donde supimos que trabajaba en los pozos petrolíferos de Camiri. Al menos hasta el año 61 o el 62 anduvo por ahí.

León no quiso quedarse mucho más, pese a que Velarde le insistía que no valía la pena cruzar a Bolivia, siguiendo a ciegas los pasos de Alcibíades. No le hizo caso, pues ¿qué más podía hacer que continuar? En un trayecto que duró varios meses, rastrilló el oriente boliviano en busca de las huellas del Capitán, porque de Camiri - donde había estado, pero ya no estaba - lo enviaron a Sucre y luego a Cochabamba, donde vivía un amigo con el que había dejado los pozos en el 61. De allí había pasado a Santa Cruz, trabajó el verano del 62 en las oficinas de YPB y luego se marchó a la reina de sur, Tarija, donde León llegó entre mil dificultades a principios del 69. Para entonces tenía el pelo largo y una barba de poeta cubriéndole la mitad de la cara, remarcándoles los rasgos con sombras trashumantes. Allí, en la alegre Tarija, conoció a Cipriano Pereyra, un tallador de lápidas del que le habían hablado en Santa Cruz como socio de Alcibíades en un negocio inmobiliario. Pero su padre, como ya suponía, tampoco estaba allí.

- No, muchacho, nuestro querido Doctor Valdéz - así lo llamó - tuvo que abandonar la ciudad en noviembre de ese mismo año, pues la policía lo buscaba por involucrarse con la gente de Lechín, el sindicalista, quien parece que lo puso en contacto con un grupo que pasó por aquí para ir a hacer guerrilla en la Argentina, por la zona de OránraO. Como fuera, el doctor salió más rápido que ligero cuando le avisaron desde La Paz que estaban a por él y cruzó a Salta, pero cuando fracasó aquello volvió aquí, estuvo tres días escondido en mi casa y de ahí se fue al Perú.

- ¿Y qué fue del negocio inmobiliario?

- No, pues, si nunca existió. Era una tapadera para hacerle oposición al gobierno sin que sospechara nadie.

- ¿Y en qué era doctor mi padre?

- En geología, pues.

Y fue de nuevo León, de regreso al camino, persiguiendo al marinero del Bahía de Asunción. “Salí a buscarlo con quince años de atraso, pero ahora sólo me lleva siete de ventaja”, calculaba. Durante meses y siguiendo los datos más inverosímiles, intentó hilar las pistas menos probables y encontrar testigos donde no los había, recorriendo Bolivia primero y Perú después, subiendo de sur a norte mientras el pelo y la barba le seguían creciendo y en la mochila se avejentaba un poco más el libro de Sandokán, releído cien veces por los pueblitos sin nombre, a la vera de caminos que no llevaban a ninguna parte. Trabajando de marinero en el Titicaca, de guía turístico por el Machu Pichu, de monaguillo senior en la catedral de La Paz y de secretario mormón en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Ultimos Días en Lima, fue acumulando más oficios o al menos tantos como los había tenido su padre, al que nunca sabía si nombrar Capitán, Loco o Doctor. Sin darse cuenta, aprendió a olvidar con la misma velocidad con que vivía, pero a veces se le nublaba el alma de tristeza, recordando su casa en Nueva Atenas y pensando con melancolía en la ausencia de un buen amor. Después de su cópula fugaz con Braulia – solía soñarla embarazada, con una panza desmedida en su cuerpo de ranita triste - tuvo infinidad de pequeñas aventuras con muchachas siempre iguales, morenas, retaconas y calladitas, enamoradas perdidas del extranjero que aparecía una tarde, las desbarataba durante dos o tres días en un descampado y se marchaba sin despedirse. Por fuerza de la necesidad, se había vuelto un experto en acceder de parado, acuclillándose para acoplar en esos cuerpos bajitos y rollizos, envueltos en polleras que antes debía amontonar a la cintura. En las ciudades más o menos grandes, su coto de caza estaba en los parques, donde las domésticas iban a conseguir novio los sábados a la tarde y los domingos todo el día. León solía comprometerse con dos o tres, por las dudas alguna fallara a último momento. Las citaba a la caída de las primeras sombras, para después llevarlas detrás de los árboles, al baño público o a algún matorral espeso, donde obtenía la preciada prueba de amor. Ellas se entregaban sin retaceos en el urgente enamoramiento de la hora, jurándole que no eran de ésas que lo hacen con cualquiera y obligándolo a prometer que regresaría el próximo sábado y que las llevaría a bailar. A todas, sin faltar una, León se los prometía y a todas les mentía, pues al sábado siguiente ya iba rumbo a otro pueblo, pues muy pocas veces - sólo dos en diez años - encontró quien lo anclara por algún tiempo

Cada año menos inocente, se dijo a sí mismo que él también era alguien que nunca volvía sobre sus pasos, por eso cambiaba hasta su nombre cada vez. Si en un pueblo era Julián, en el próximo era Sánscrito y luego Joaquín, hasta que llegó un momento en que había utilizado todos los nombres que conocía y comenzó a inventarlos: Manvel, Copotiel, Narcímino y otros por el estilo. De aventura en aventura, a fines del 72 llegó a Iquitos, un pequeño poblado fronterizo entre Perú y Brasil, lugar apartado de la mano de Dios y al que sólo llegaban los condenados y los muy locos, pues todo lo que había era en aquel brazo del Amazonas era un leprosario. Sobre una loma estaba el hospital, paredes de adobe y techo de calamina, rodeado de una arboleda incandescente, a cuya sombra se amontonaban las chozas de los enfermos. Apenas el barco carbonero que lo llevaba lo dejó en la orilla, distinguió sobre la loma el guardapolvo blanco del director del hospital y tuvo una especie de premonición, pero no la supo identificar. ¿Cómo sospechar, en todo caso, la tragedia que les aguardaba?

- Así es, pues - Le confirmó el Doctor Manuel Fagúndes, pues así se llamaba el jefe de aquel infierno selvático - aquí estuvo tu padre, el Ingeniero Valdéz - así le llamó - diseñando la carretera transamazónica. Déjeme ver. Llegó en Agosto del 64 y se fue en Enero del 65, después de armar, o mejor dicho, de intentar armar una flota de barcos para facilitar el tránsito fluvial. Siguió al norte, por ese río de ahí, igual que antes los doctores alergistas, ésos que se hicieron tan famosos.

Acostumbrado a ver miserias e injusticias todo el tiempo y a comportarse de igual modo más de una vez, León aprendió allí no sólo la existencia de un mundo más sórdido del que imaginaba, sino también más noble. En Iquitos conoció a la mujer que sería su primer amor, ese dolor inicial que los hombres intentan borrar luego con dolores más profundos. Se llamaba Yolanda y era una de las internas condenadas a perpetuidad. Andaría por los cuarenta años y aún era bella, tal vez tanto como cuando enamoró al hombre que al marcharse se haría célebre en el mundo entero. Morena, de líneas firmes y dueña de una sonrisa devastadora, solía pasearse por el patio con aires de reina, sin mezclarse con los demás. Viéndola así, con los muslos desnudos por la falda entreabierta, altiva y enigmática, nadie diría que estaba enferma. Tampoco León, que apenas la vio se enamoró hasta los huesos y ya no pensó más que en quedarse, aplazando su partida tras el sueño de conquistarla. Si su plan inicial consistía en abandonar el lugar de inmediato, apenas después de hablar con Fagundes, todo cambió por Yolanda. Cuando pasó el próximo barco, dijo que se sentía mal. Inventó una fiebre tropical cuando atracó el tercero y se ofreció como enfermero, cuando el cuarto buque hizo sonar su sirena nostálgica. Habló con el director y le confió que su auténtica vocación estaba allí, curando al prójimo. Fagundes hizo la vista gorda y le pasó un guardapolvo fuera de uso, un cuadernito y un lápiz, contratándolo para la función de controlar la administración medicinal.

León estaba exultante, pero ella lo ignoraba, burlándose de sus asedios. Cuando caía el sol, él la seguía hasta el río para verla andar con el agua hasta la cintura, gimiendo unas canciones tristes y lánguidas. Después, cuando la noche subía, más que ver la adivinaba, brillante de río y estrellas, más bella que nunca, con la oscuridad a la espalda. Desafiante, ella salía completamente desnuda del río y él bajaba los ojos, atormentado por no ser suyo.

- ¿Por qué está ella aquí?...- Le preguntó una mañana al director, a quien había comenzado a ver como al guardián de una prisión - …Es claro que está sana.

- No siempre las cosas son como parecen - Le advirtió Fagúndes - y aún los expertos pueden equivocarse, más cuando se dejan llevar por un entusiasmo hormonal. Quiero, al respecto, contarte una pequeña historia, para que la tengas en cuenta cuando tomes tus decisiones.

Acababan de desayunar y se habían sentado al amparo de una tela mosquitera. Fagúndes encendió un cigarro y uno de los internos les acercó una jarra de jugo de zapallo. Hacía un calor insoportable, pero lo que incomodaba a León era la evidencia que el médico conociera sus motivos para seguir allí y aún así, lo hubiera aceptado.

- Hace veinte años - Dijo el director - pasaron por aquí dos argentinos; Alberto, médico alergista y Ernesto, que estaba a punto de recibirse. Estuvieron un par de meses y dejaron un sinfín de recuerdos, pues estos muchachos tuvieron la audacia de mezclarse con los leprosos en una época en la que se creía que la lepra era contagiosa. Debo decirte que se hicieron querer, sobre todo ese Ernesto, un idealista capaz de creer la cosa más imposible y de descreer hasta de su propia ciencia. En esos días, Yolanda tenía dieciocho años y era aún más hermosa de lo que es hoy. Ernesto se enamoró perdidamente, mordió el anzuelo y se tragó el cuento con el que ella quería convencernos a todos, que no tenía lepra, sino una psoriasis mal curada. Convencido de que era así, Ernesto intentó influir sobre su amigo para que firmara la orden de alta, pero el otro, bastante práctico, clavó delante suyo una aguja en la espalda de la chica para demostrarle que ella no sentía nada y que sí era lepra. Ernesto se enojó muchísimo, le parecía un abuso lo que hizo Alberto y ni aún así se quiso dejar convencer. Debió ser la única vez que tuvieron un desacuerdo tan serio, pero el hecho es que ellos se fueron y veinte años más tarde ella sigue aquí. ¿Qué te ha dicho?

- Nada, casi no habla conmigo, pero se nota a simple vista que no tiene lepra…

- Bueno, dile que te muestre la espalda y lo verás con tus propios ojos.

León guardó silencio, pero decidió que él no se marcharía. Se quedaría hasta demostrar que la lepra de Yolanda no era lepra, sino desamor, indiferencia de los hombres que nunca se quedaban lo suficiente para hacer el milagro. A los veintidós años, él también se sentía con derecho a idealizar y enamorarse hasta la perdición de esos ojos marrones y pícaros, así que siguió, pues, cortejándola, siguiéndola por todas partes hasta la tarde en que ella le sonrió desde la puerta de su cabaña y lo invitó a pasar. El lugar, oscuro y mal aireado, olía a flor de coco, a soledad y a hechicería de hembra, pero él no temió. En la penumbra, divisó a modo de cama, un gran jergón de paja sobre pilotes de río, cubierto por mantas de hospital. Junto al lecho, asentado sobre un cajón de la United Fruits, había un candil con la llama baja. Yolanda se quitó la ropa sin decir nada y se acostó boca arriba, atrapándolo en su red de brazos y piernas y guiándolo con una voracidad tan parecida al amor, que León no pudo dudar que lo fuera, ni entonces ni ninguna de las veces que se sucedieron a esa tarde. Día tras día, noche tras noche, ella amortiguaba la luz y se quitaba el vestido, echándose de espaldas para atraerlo a su magia. Riendo, le ofrecía la boca y se la negaba, se daba y se quitaba hasta volverlo loco, haciéndolo salirse para volver más tarde y reteniéndolo aún cuando no parecía que fuera posible. Como si intuyera que su tiempo se agotaba, ella no se fijaba ni aceptaba límites y fue quien enseñó a León los artificios del sexo bien hecho, los trucos del amor para siempre. Ella y el sortilegio de su único lado bueno, pues aunque él le jurara mil veces que no la dejaría, nunca le dejó ver los estragos de su espalda, esos que ningún amor podría curar.

- No necesitas mirarme ahí para comprobar si es lepra o no, porque no es – Decía desde su altivez de reina - Lo importante es que estoy sana y que nos iremos apenas puedas firmar la tutoría sobre mi persona, que es lo que me exigen los médicos. ¿Crees que me arriesgaría a quedar embarazada si no estuviera sana? ¿No has visto que no me cuido?

Y León se ilusionaba con sacarla de allí con una panza enorme, igual a la que le había visto a Isabel, allá en Atenas. Creyó León, con toda su alma, hasta que el Doctor Fagúndes le contó que ella abortaba todos los meses mediante un brebaje que se preparaba ella misma.

- Ya, es mejor que lo sepas todo, muchacho – Le dijo - Es lo mismo con cada extranjero que llega, no eres el primero, ni serás el último. Podría nombrarte docenas de hombres que la amaron y le creyeron antes que tú, pero su mal avanza, no te engañes más. ¿Qué vas a hacer con ella en tu ciudad? ¿Esconderla para que nadie vea los espantos de su carne? ¿Apagar la luz hasta que un día la verás sin querer y te vomitarás encima? Aquí está desde hace veinticinco años y aquí morirá, tarde o temprano. Vete nomás, eres muy joven aún. Ya vendrá otro.

- ¡Pero ella me ama!

- Seguro. Y dentro de diez años estará vieja y olerá a podrido y te va a importar un carajo que te ame.

- ¡No! - Exclamó León, al borde de las lágrimas - ¡Claro que no! ¡Yo no soy así!

- A tu edad, muchacho, uno todavía no sabe cómo se es - Decretó el médico, mirándolo por sobre el marco de los anteojos.

Y así fue que una mañana nublada, triste y desapacible, León trepó a una barcaza que llevaba gallinas y cerdos y abandonó para siempre el leprosario de Iquitos. Cargaba su alma rota por el descubrimiento de la propia cobardía ante el dolor y por marcharse así, sin un adiós, sin atreverse a mirarla por última vez. Yolanda lo contempló desde lo alto de una loma hasta que la canoa se perdió entre la bruma de la selva. No lloraba. ¿Para qué?

 

XVI

 

Con los datos aportados por Fagúndes, León pasó por Ecuador y a fines del 73 encontró las huellas de su padre en el poblado de Portoviejo, donde había estado entre Julio del 65 y Marzo del 66 trabajando como camionero para La Tropicana, una plantación de café. Sandalio Cienfuegos, jefe de personal de la firma, lo recordaba así:

- Imposible olvidarme del Licenciado Valdéz - así lo llamó - un hombre tan culto y que por esas cosas de la vida se viera obligado a trabajar en la zafra del café como camionero. Le aseguro que su padre fue el único Licenciado de Filosofía y Letras que ví en toda mi vida. Buen hombre, lástima que la patronal lo echó cuando supo que andaba sindicalizando a los peones y se nos fue a Colombia, a Mosquera, al ladito mismo del mar. Allí lo esperaban unos amigos, me dijo.

Cansado de andar, León pasó cinco meses en Ecuador y trabajó en la misma plantación que su padre, sudando los mismos sudores y enfureciéndose por las mismas injusticias, como si la historia quisiera repetirse. Malherido por el recuerdo de Yolanda, regresó a los amores clandestinos, enamorando a cuanta sirvienta le cayera cerca para desnudarle la espalda y comprobar que estaba sana. Gordas, petisas, combadas, negras de pezones azulados y mulatas de gruesas caderas, poco a poco se acostumbró a no mirarles el rostro. No las quería de frente, las prefería de atrás, puestas boca abajo para creer que todas y cada una era Yolanda, hasta que corrió el chisme que el extranjero tenía gustos extraños y que nunca lo hacía como Dios manda. Tuvo que emigrar. En Abril del 74, seis años después de haber salido de Nueva Atenas, llegó a la costa colombiana y encontró la casa donde su padre y sus amigos habían vivido de la pesca y del comercio de licores hasta Setiembre del 70. Ya estaba cerca, lo sabía, muy cerca.

- Se fueron de aquí cuando el gobierno empezó a mandarnos al ejército por el asunto de las guerrillas - Le explicó Ramón Orejuela , dueño de la cabaña - su padre, el Comandante Valdéz - así lo llamó - reunió a su gente y salió para Venezuela, pues ya se sabe que el gobierno no le perdona a quien estuvo del lado de los pobres alguna vez. Tenía negocios con la Santander, en Caracas.

Con el Licenciado convertido en Comandante, a León no le quedó más remedio que alzar otra vez su mochila y buscar el modo de seguir subiendo en el mapa, pero al pasar por Bogotá lo creyeron un miembro de las FARC y lo arrastraron de los pelos hasta una delegación militar, donde dos cabos y un sargento lo molieron a palos durante un fin de semana. Tuvo que firmar un papel aceptando ser simpatizante comunista, razón por la cual el gobierno colombiano lo expulsaba del país. Menos mal que, aunque le robaron el dinero y los recuerdos de seis años de viajes y aventuras, le devolvieron el libro de Sandokán, quién sabe por qué. Más pobre y desesperanzado que nunca, pensó en regresar a Nueva Atenas, pero había andado tanto y estaba ya tan cerca de su padre, que tras dudarlo un par de días decidió continuar con lo que tenía, es decir nada, pero hacia adelante. Después de pasar toda clase de pequeñas tragedias durante otro año de peripecias, llegó a Caracas a fines de Mayo del 75. Estaba flaco, demacrado y enfermo de una pulmonía mal curada. Quizás hasta se hubiera muerto si no fuera por los cuidados incomparables de Margarita Reyes, enfermera del Hospital de la Buena Voluntad y segundo amor de su vida.

Agotado por tantos años de trashumancia, León durmió una semana completa y al abrir los ojos, ella estaba allí, mirándolo. Era de una belleza distinta a la de Yolanda, con una apariencia dulce y desprotegida. Fue Margarita quien le curó los dolores del cuerpo y el ardor del alma, quien le ayudó a ponerse de pie la primera vez y después lo acompañó en las largas tardes del fin de semana, cuando el hospital se poblaba de parientes ajenos. Mucho tiempo después, mientras Clara dormía a su lado, León pensó que en aquellos días estaba tan solo y alejado del mundo, que quizás se hubiera enamorado de cualquier otra, aunque no fuera una bonita rubia, pequeña y delicada como esas muñecas que había visto en los escaparates de La Paz. Ella se quedaba a su lado después de terminado el turno, cuidándolo como si fuera su único paciente y él le narraba los siete años pasados tras las huellas del padre perdido. Durante cuatro semanas alimentaron un amor lánguido y virginal, tomados de las manos cuando nadie los veía y dándose, muy de tanto en tanto, algún beso fugaz a la mitad de la noche. Eso sí, el día en que León dejó el hospital, fueron hasta el departamento donde ella vivía y se entregaron con una fuerza que borró de cuajo los recuerdos anteriores.

Era distinta. La primera vez, ella se tendió boca abajo y él no se atrevía a tomarla igual que a las anteriores, pero ella lo quería así, aferrada por las caderas y sintiéndolo contra las nalgas. Para sorpresa de León, ella lo inició en las delicias de la entrada trasera, sueño acariciado en los tiempos de Yolanda y jamás concretado. Era una amante de pasión extraordinaria y le daba un amor tan expresivo, que él no pudo creer cuando le confesó que estaba casada. El marido se llamaba Osmar y era marinero, como el Alcibíades de otros tiempos. Trabajaba - ¡vaya casualidad! - para la compañía Santander de Caracas, que lo enviaba al otro lado del mundo en viajes que solían durar de dos a tres meses. Cuando León entró a su casa por primera vez, Osmar llevaba recién medio viaje, de modo que tuvieron casi seis semanas de libertad, noches maravillosas en las que jineteaban hasta quedar rendidos y se dormían entrelazando manos y piernas, jurándose un amor eterno. Honesta como ninguna, ella insistió en contarle su pasado y así supo que le tocaba ser el cuarto, después de un novio inicial, el marido y una tercera persona que no identificó.

- Pero nunca me sentí así, como contigo, te lo juro - Susurraba Margarita – Esta es la primera vez que me siento una mujer.

En la paz del desahogo, ella le confió que se casó por despecho, rabiosa porque el primer novio la había dejado. Hablando y hablando, contó que al principio había sido lindo, pero que luego él cambió y comenzó a maltratarla, llevándola poco a poco a una vida de miserable esclavitud.

- Ahora me descuida como mujer, jamás me saca a ninguna parte, me ignora y aún así, nunca le había sido infiel. Es capaz de matarme si se entera de lo nuestro.

León la escuchaba hablar y pensaba en su curioso destino. Margarita estaba prisionera, igual que Yolanda, allá en Iquitos. Las dos mujeres que había amado, por extraña coincidencia, vivían en la oscuridad hasta que él apareció, igual que en las novelas, dispuesto a liberarlas. Algo de Quijote y caballero volvió a despertar en su interior, sólo que esta vez – juró- no la dejaría librada a su suerte. Enamorado, se acostumbró tanto a sentirla suya, que creyó morir el día en que el marido anunció el regreso y tuvo que abandonar la cama ajena y pasar a una pensión. Se despidieron llorando como chicos - él tenía 26 y ella 30 - y dejaron de verse durante dos semanas atormentadoras, en las cuales ella le hablaba por teléfono cada vez que podía y él se mordía los celos, por más que le jurara que Osmar no la había tocado desde su regreso, tal vez porque también tenía otro amor, allende el mar. “No sabes lo mal que me trata”, gemía con voz de niña en el auricular y León apretaba los puños. ¿Cómo podía alguien torturar a un ser tan dulce e indefenso? De día lo amargaba la injusticia de la situación y de noche lo estremecían las dudas, imaginando al desgraciado rozando con sus manos la suave piel de las nalgas, las coronas rosas de los pechos, la entrada voluptuosa de abajo, las dos, a decir verdad, las dos.

Somnoliento de día y penitente insomne por las noches, de tanto caminar se hizo amigo de un vendedor de tienda, a quien conoció la plaza del Libertador. Se llamaba Aristóbulo y era a todas luces afeminado, aunque con alma de madre. Acogió a León con afecto sincero, comprendió sus penas y en un par de días le consiguió trabajo como repositor de un almacén. Fue un alivio, pues al menos tenía con qué llenar las horas, ganando de paso unos bolívares mientras rumiaba la solución a su universo roto. Un viernes por la mañana, por fin, Margarita le llamó para anunciarle que el perverso había levado anclas y el mundo se reacomodó. De día trabajaba cantando y saludaba con una mano a Aristóbulo, quien lo espiaba desde el otro lado de la calle. Más enamorada que nunca, ella se refugió en sus brazos como una náufraga, ebria de dicha hasta los días previos a Navidad, cuando Osmar cablegrafió el retorno.

-¡No puedo soportar que nos separaremos otra vez! - Se quebró ella, llorando - ¡Pero no sé cómo librarme! ¡Mil veces me dijo que me matará si le pido el divorcio! ¿Qué puedo hacer? ¿Sabes cuantas veces espero la noticia de que un huracán le hundió el barco y que ya no va a volver nunca más? ¿Por qué no ocurre algo que me libere?

Nada podía hacerse. Durante otra espantosa quincena de soledad, León sopesó toda clase de ideas para librarse del inoportuno. “¿No es injusto el mundo?”, comentaba Aristóbulo, entornando los ojos, “Todo un marinero, con un vergón de alta mar y sobrando, el pobre, con lo bien que me vendría a mi”. Podrían fugarse juntos, pensaba León, ignorando las pullas del amigo, pero no tenía dinero suficiente y de seguro, ella tampoco. “¿Tú sabías, chico, que los marinos siempre la meten por atrás?”, se baboseaba Aristóbulo y León se imaginaba a Margarita recién casada y a Osmar con la pinga en ristre. Y le daba vueltas, una y otra vez al asunto, sin que se le ocurriera nada. No había más remedio que seguir como estaban, enloqueciendo de celos. “¡Marinero! Creo que si no te apuras, chico, tu novia no se va a poder sentar cuando el marido se marche”, punzaba, zahería Aristóbulo, chanceando para librarse de sus propios celos. Pero León no lo tomaba a mal y a veces reía con él de sus lisuras. La tercera opción, calculaba entre risa y risa, era tan terrible que no se atrevía a planteársela de un modo claro, pero pensaba en ella a menudo. Podría asesinar al marido y quedarse con la esposa. “Ni en broma, chico, no por un culo en todo caso, ¿o crees que serás el último que se lo va a hacer?”, se afligía Aristóbulo, pero León lo tranquilizaba, jurando que era sólo un decir y prohibiéndole que le hablara así de ella.

Y el amor, como toda tragedia, se abría paso entre vientos adversos, cocinando al mismo fuego la felicidad y la angustia. Para fortuna de ellos, Osmar fue enviado a cruzar la Polinesia y de ese modo pudieron pasar juntos los meses del verano, felices como recién casados. León aportaba su sueldo y limpiaba la casa martes y jueves, cuando ella cumplía guardia en el Hospital. Esos días almorzaba solo y se entretenía arreglando pequeños desperfectos, haciendo de esposo y soñando que lo era. Los fines de semana, en cambio, la pequeña casa se convertía en la isla más aislada del mundo y hacían el amor como náufragos, huyendo de la adversidad. León la jineteaba sobre sus ancas desnudas, embistiéndola con una ferocidad que servía, al menos por un rato, para espantar los augurios. Hacia fines de Febrero, sin embargo, la dicha se les fue enturbiando y el día en que llegó la carta anunciando el regreso, Margarita se echó a llorar sin consuelo. Poco después, con un abrazo de velorio, volvieron a separarse. “Oye, menos mal que les avisa, más que rival es un amigo”, bromeó Aristóbulo, cuando León fue a instalarse en la pensión, con el alma descalabrada. Ella le llamó recién a la semana siguiente y para decirle que llevaba dos días sin comer, pues estaba sin dinero y Osmar le negaba el suyo: “¡Quisiera matarme!”, gemía, atragantándose con las lágrimas. León pidió un adelanto y corrió a comprarle alimentos, pero después no supo cómo enviárselos sin despertar sospechas. Alucinado, andaba como un poseso por las noches, yendo y viniendo con su locura a cuestas, juntando coraje para matar al hombre que le arruinaba la vida. “Ya, chico, no te lo tomes a la tremenda, es sólo un culito, nada más, gózalo mientras puedas y compártelo cuando no puedas”, filosofaba Aristóbulo y León se enojaba con él, aunque no por eso dejaba de contarle todo. O casi. No le dijo, por ejemplo, que su decisión ya estaba tomada.

A principios de Abril volvieron a vivir juntos y bastó que ella se echara boca abajo para que él jurara que la libraría de Osmar. “Voy a matarlo, ya está, lo voy a hacer”, gimió, enancándola con desesperación. Ella se limitó a gozar en silencio, sonriendo a la vez que lloraba. Para León comenzó entonces la cuenta regresiva. ¿Cómo lo haría? No tenía idea de la envergadura física de su enemigo, pero supuso que un marino debía ser un hombre fuerte, al que no podría acabar con una pelea de puños. Era probable que el otro fuera hábil con el cuchillo, así que se imponía una pistola y aunque León jamás había disparado una, había visto suficientes capítulos de Eran tres de Caballería como para tener una idea. ¡Ya se encargarían la rabia y la justicia de guiar al plomo vengador! Compraría un arma, pues, ¿pero se atrevería a usarla? Su padre, el Capitán, había liquidado de un implacable tiro a Cachalote, ¿podría él? Tenía que poder. Una mujer indefensa merecía que diera el paso definitivo, más aún cuando se trataba de su propia mujer indefensa. De noche, después de meditar en todos sus detalles el acto de apretar el gatillo, intentaba focalizar su desvarío en la imagen del muerto ¿Moriría de inmediato o se quedaría mirándolo con ojos desmesuradamente abiertos, en un último reproche? A medio dormir, se veía a sí mismo de pie frente al cadáver, con el arma en la diestra y los zapatos manchados con la sangre de Osmar. ¿Qué sentiría al matarlo? ¿Cómo sería verlo caer, boqueando por el terror? Cuando ya se creía dormido, volvía a restregarse los ojos y se quedaba en vela hasta el amanecer, tomando y abandonando la idea y lamentando tener tan lejos la fría objetividad de Aspasia, el consejo del cura Rigoberto, la simple seguridad del hogar. Al fin, en vísperas del último regreso de Osmar, entró a una armería que tenía en vista y compró una pistola pequeña, niquelada, de aspecto inocente, con su carga de balas. Volvió a la pensión, cargó la pistola y fue a mirarse en el espejo del baño. Ese era él, después de todo. Hizo una mueca, al estilo de los bandidos y apuntó a la pared, para comprobar que no le temblaba el pulso. Se sentía extrañamente fuerte, poderoso. ¡Lástima que ella no estuviera allí, sopesando en sus manos la llave de su libertad!

Miró el reloj: las doce y media. Como era martes, calculó que Margarita recién saldría de su guardia a las nueve de la noche, así que se le ocurrió darle una sorpresa y visitarla. ¿Por qué no? El hospital era el mágico lugar en el que se habían conocido y verla allí otra vez tendría algo especial, dadas las circunstancias. Caminó hasta la esquina, tomó una liebre y diez minutos más tarde llegaba al nosocomio, poco concurrido a esa hora. Sobre la calle lateral, una hilera de puestos de comida reunía en cambio a un buen grupo de gente, entre médicos, enfermeras y parientes de los internados. Se detuvo a mirar los rostros por si la encontraba, pero no la halló, así que se dirigió a la oficina de Informes. “No, ella sale a las doce, ahora vuelve a las cuatro”, le explicó el vigilante, mirándolo por debajo de unas gafas sin montura. “No, hoy es martes y hace horario corrido, ¿la puede llamar por favor?”, replicó León, a lo que el otro contestó: “Oye pana, ya sé que es martes, pero hasta donde yo sé, la Margarita Reyes jamás en su vida hizo horario corrido y era ella misma la que yo ví salir a las doce, así que si la quiere ver, vuelva a las cuatro”.

El inconveniente podía significar muchas cosas, como que Margarita se hubiera olvidado que a partir de ese día él se instalaba en la pensión y decidió caerle de sorpresa, que hubiese alguien con el mismo nombre, que el vigilante se equivocara sobre el horario corrido o que la hubiera visto salir un momento, tal vez a comprarse el almuerzo, sin percatarse de su reingreso al hospital. Claro que también podía suceder que ella le hubiese estado mintiendo, pero ¿por qué? ¿con qué razón? No tenía sentido. Por las dudas, tomó un taxi y fue tan rápido como pudo hasta el departamento, pero ella no estaba allí. Con una desagradable opresión en el pecho, León dudó entre confrontarla o no, pero al fin desechó la idea, optando por no arruinar las últimas horas que quedaban con un mal entendido, aunque fue de todos modos una noche agridulce, herida por la cercanía del final. Salió de la tienda a las ocho, entró al departamento media hora más tarde y a las nueve en punto llegó ella, tan dulce y ligera como siempre. Abrazó a León y lo besó por toda la cara, apretándose contra su cuerpo con el calor de siempre. “¿Realmente vas a hacerlo?”, le preguntó de pronto, mirándolo con una intensidad perturbadora. “Claro que sí. Hoy compré la pistola”, dijo él, sintiéndose mejor. “Bueno, no hablemos de eso ahora, que me pongo mal”, confesó Margarita, con los ojos llenos de lágrimas. Osmar llegaría el viernes, así que sólo les quedaba el miércoles y la mitad del jueves para planear su muerte, aunque esa sería la última noche que dormirían juntos. Cenaron casi en silencio, mirándose de rato en rato como si quisieran asegurarse que de verdad podían contar con el otro. Al rato, después de lavar los platos, fueron al fondo a levantar la ropa de la soga y algo les sucedió a los dos, descontrolados tal vez por la proximidad del crimen. De pronto, como al hechizo de una orden secreta, se fundieron en un abrazo sin control y él la tomó de espaldas, le bajó la ropa y la obligó a mirar la pared mientras la poseía furiosamente por la entrada de atrás. Fue un acto violento, pasional, más animal que humano, que arrancó de ella jadeos descontrolados y una risa maligna. “Dios mío, no podés ser tan puta, te amo con locura”, le dijo León, besándole la nuca. “Si de verdad me amás tanto y de verdad vas a hacerlo…”, respondió ella, “…tiene que ser ahora, ya no aguanto más, tiene que ser ahora”. Medio desvestidos y abrazados contra la pared, ocultos de todo por la penumbra del patio, sellaron entre sudores el pacto que daría fin al matrimonio de Margarita y a la vida de Osmar. “El suele dejar abierta la ventana del cuarto, cuando me voy a trabajar”, explicó ella, en un susurro. “Es el momento de hacerlo, cuando esté dormido en la cama y yo no esté”. León tragaba saliva, en silencio, viéndose a sí mismo apuntando por la ventana entreabierta. “¿Y cómo voy a saber que se trata de él? ¿Cómo es?”, preguntó, sin dejar de pensar que ellos dormirían juntos hasta el momento final. Margarita soltó una risita muy rara y dijo: “¿Qué cómo es? No habrá nadie más en la cama”. Antes de acostarse, calcularon las distancias entre la ventana y la cama, practicando en detalle cómo se acercaría León a la casa y cómo escaparía después. El que fuera un departamento en planta baja facilitaba mucho el asunto, pero también aumentaba las chances de un inoportuno testigo. “A la mañana no hay nadie”, aseguró ella, “La gente se va a trabajar”. Luego se durmieron abrazados y llenos de presagios.

El miércoles almorzaron juntos y por primera vez en meses, no se fueron a la cama en la hora que les quedaba libre, pues estaban demasiado tensos. Hablaron, eso sí, muy en voz baja, de lo que ocurriría el viernes. A las tres y media se despidieron con un abrazo fuerte y sentido, ella le juró un amor para siempre y él respondió con voz amarga: “Lo haré el mismo viernes, yo tampoco aguanto más”. Ella replicó: “Ahora sólo volveremos a hacerlo si somos libres. Mañana jueves no nos veremos, pues él puede aparecer en cualquier momento y tampoco me llames al hospital, para evitar riesgos. Es posible que la policía nos investigue un poco”. Después salieron con rumbos distintos. Al llegar a la esquina, él se dio vuelta para mirarla de nuevo. Margarita caminaba a paso lento, como si paseara.

Durante el resto del miércoles, su ausencia le dolió a León por todo el cuerpo, con un ardor definitivo. Necesitaba verla de nuevo, hablarle, sentirla suya, tranquilizar el pavor del espíritu con su olor a hembra, pero sabía que cualquier mal paso sería la ruina inevitable de los dos. Se sentía mal, físicamente enfermo, así que antes de terminar la jornada pidió permiso en la tienda y se retiró a pensar. ¿Y si no lo hacía? ¿Y si desistía de apretar el gatillo? Sería perderla para siempre, no verla más, hundirse en la certeza de un fracaso sin nombre. Pero tenía miedo. Un pánico absoluto de que no le diera el coraje. Cerraba los ojos e imaginaba las sábanas, las mismas que le había ayudado a tender en la mañana del miércoles, inundadas con la sangre del marido. El olor de la pólvora. El hedor de la muerte. Sentado en el asiento de una liebre, pasó a media cuadra del hospital y el deseo por ella le estremeció el alma. Aún sin verla, la veía. Aún de lejos, la escuchaba, gimiendo de parada contra la pared, gozando, riendo, disfrutando y llorando la magia de un amor perdido, sin perdón de ninguna especie. Miró el reloj. Ocho y cuarenta y tres. En sólo dos minutos, Margarita acabaría su turno y él podría verla un instante, incluso sin que ella lo viera, sólo para alimentar con su imagen las menguantes fuerzas del destino. Bajó de la liebre casi tres cuadras después y se volvió corriendo, cruzando el parque. Entonces la vió.

Ella cruzó la calle del hospital, caminó hasta la esquina del Parque y subió a un camión azul, un Mercedes de esos grandes, sin acoplado, que la aguardaba. Tomado de sorpresa, León tardó en apurar el paso, de modo que no alcanzó a ver quién conducía. Sólo distinguió, sobre un costado de la caja, la palabra “Cía. Santander”. Se quedó parado en la esquina, obsesionado en distinguir las luces traseras alejándose por la avenida Bolívar. Quería pensar, pero no sabía qué. Por no saber tampoco qué hacer, se quedó casi una hora en el mismo sitio, intentando interpretar el sentido del rompecabezas. ¿Qué hacía Margarita subiendo a un camión de la Compañía Santander, la empresa para la que trabajaba el marido? ¿Le traían alguna noticia inesperada? ¿Había regresado Osmar antes de tiempo? ¿Sería una casualidad? “Tal vez es alguien de su familia, un primo, un hermano, un cuñado, alguien que casualmente trabaja en el mismo sitio y decidió pasar a buscarla para llevarla a casa”, se dijo, pero las tripas se le retorcían como si lo negaran. “Pueden haber cien explicaciones”, murmuró, aunque el instinto le decía que había gato encerrado.

Caminó dos cuadras hasta la parada de la liebre y apenas pasadas las diez ya estaba frente al departamento de Margarita, donde todo indicaba que ella seguía ausente. Los postigos cerrados, las luces sin encender, silencio absoluto. “Si vino para acá, no pude haber llegado yo antes que ella, debe estar adentro”, pensó y golpeó con los nudillos la puerta de entrada. Pero nadie atendió. “Se habrán detenido en el camino a comprar la cena”, supuso y se sentó sobre una verja de la vereda de enfrente, dispuesto a esperar. Hizo cuentas. ¿Cuánto puede tardar una persona en comprar un medio pollo con papas? No más de diez minutos, ya debe estar por llegar. Pero ella no aparecía. A eso de las once, León pensó que la habían invitado a comer. “Sí, seguro que es un pariente, tal vez un hermano de Osmar, uno que sabe que el tipo regresa mañana”. Si la habían invitado a cenar, era lógico que tardara un poco, pero no mucho, pues al día siguiente había que levantarse temprano. Era una hipótesis bastante razonable, pero comenzó a dolerle el estómago. Caminó hasta la esquina siguiente, regresó, volvió a ir y de paso compró un paquete de cigarrillos negros en un kiosco a punto de cerrar. A las doce de la noche, Margarita no había regresado, León se había fumado medio paquete y estaba descompuesto. “Ya tiene que llegar”, se repetía una y otra vez, ilusionándose cuando escuchaba un motor a la distancia. A la una, el barrio se quedó en el más completo silencio y a las dos de la mañana, empezó a refrescar. En el departamento, las luces continuaban apagadas.

Herido hasta la médula por la humillación de la espera, tuvo León tuvo aquella noche tiempo para sentirse el más infeliz de los hombres, el más idiota, el más crédulo. ¿Dónde estaba ella a esa hora? ¿Con quién? ¿Haciendo qué? ¿Qué podía estar ocurriendo para motivar su tardanza? ¿Acaso esa noticia inesperada, liberadora, capaz de torcer el destino con la fuerza de un huracán? ¿Y si por fin había ocurrido aquello que ella tanto había esperado? La posibilidad de un accidente fatal, la imagen de Osmar ahogándose en el Mar de los Sargazos, le alivió el corazón por un par de horas, o tal vez un poco más, pero las más amargas reflexiones lo atormentaban cuando ya estaban por dar las seis, la hora en que por fin el camión azul se detuvo frente a la casa de Margarita y ella se bajó, dulce y ligera como siempre. Se veía hermosa, con el pelo rubio recogido por una cinta roja.

León no se atrevió a hablarle. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo explicar lo que estaba haciendo ahí a esa hora? La vio abrir sin apuro la puerta y desaparecer en el interior del departamento, mientras el camión giraba a la derecha en la esquina del kiosco. Atormentado, regresó a pie a la pensión y se desplomó en la cama, sintiendo que el estómago se le retorcía de un modo insoportable. Permaneció inmóvil hasta que el sol estuvo alto, cuando los ruidos de la calle lo espabilaron de nuevo y hacia la media mañana, los celos eran como llamas que lo quemaban por dentro, quitándole el aire. Entre las brumas de su ahogo, salió de la cama, metió la cabeza bajo el agua fría y después salió a buscar un teléfono y la llamó al hospital. La voz de Margarita era la de siempre. “¡Hola, amor! ¡Qué gusto escucharte! ¿Pero no habíamos quedado en que no me llamaras acá?” León tragó saliva y replicó: “¿Llegó tu marido ayer? ¿Supiste algo?”. “No, nada, llega hoy, como te dije”, respondió ella. “¿Y qué vas a hacer hoy?”, avanzó él, “¿Querés que almorcemos juntos?”. Entonces, del otro lado del auricular, algo cambió. Margarita no dijo nada por unos segundos y cuando habló, su voz ya no era la misma. La bajó hasta transformarla en un murmullo oscuro, casi áspero “¿Qué pasa, León? ¿Acaso no vas a hacerlo? ¿No quedamos en que sería mañana viernes?”. El amor, la rabia, todo se mezcló en él, incluso el miedo atroz a perderla. “¡Claro que lo voy a hacer!”, respondió por fin, con los ojos cerrados. “¡Ay, gordito, yo sé que debe ser muy duro lo que estás pasando, no sé si tengo derecho a esperar tanto de ti!”, dijo ella y su voz volvió a ser dulce y ligera. “Hoy es jueves, ya sabes que hago horario corrido, sino te vería, pero es necesario estar separados sólo un poquito más, mañana, ya sabes, todo habrá terminado”.

 León colgó el auricular y se quedó aún más angustiado. ¿Y si todo era una confusión, un detalle fácilmente explicable? Buscó bajo el colchón la pistola y se quedó un largo rato mirándola, como si le preguntara qué debía hacer. Al mediodía pasó por la tienda y justificó su ausencia, cargándole el faltazo al dolor de muelas. Ojeroso y mal dormido, nadie dudó que decía la verdad, ni siquiera Robustiano, a quien pasó a saludar un segundo. A las doce y media, tomó un taxi y fue a emboscarse en las cercanías del hospital, aguardando la posible salida de Margarita. “Usted nada más espere, que si hace falta vamos a seguir a alguien”, dijo al conductor, que en el acto encendió un cigarrillo. “Es una mujer, ¿verdad, pana? Estas cosas pasan todos los días”, dijo el hombre, pero León no le respondió, ocupado en observar al mismo camión, detenido sobre una calle lateral del hospital. Casi al instante, por la puerta principal vio salir a Margarita. Iba muy apurada, con el guardapolvo de enfermera bajo un brazo. “Prepárese”, dijo León, mientras ella subía a toda prisa a la cabina azul. “¿Esos son? ¿Los sigo?”, preguntó el taxista, arrojando la colilla a la calle. Y allí fueron, siguiéndolos por diez minutos hasta un complejo de departamentos, donde el Mercedes se detuvo. Estacionados a una media cuadra, vieron a la mujer descender de la cabina y al instante hizo lo propio el conductor, quien la rodeó con un brazo para perderse juntos en el primer edificio. “¿Quiere que espere o nos vamos?”, preguntó el taxista, nervioso. “No, veamos un poco más”. “Oiga, pana, no se vaya a meter en líos”. Al rato, León vio a Margarita abrir una ventana en el primer piso. Sonreía.

Cerró los ojos y la imaginó ubicándose boca abajo y apoyando la cara contra la almohada. Casi, casi, podía verla, soltando el aire al ritmo de las embestidas y gimiendo un poco sin querer. León sintió que el espíritu se le escapaba a través de la piel, yendo a mezclarse con el sopor de la siesta. Lloró sin ruidos y con las manos tapándose la cara, para que no lo viera el taxista. No lo sabía aún, pero nunca habría un dolor igual ni una amargura más honda que aquel descubrimiento. La humillación y la  vergüenza, atroces, lo hacían sentirse violado, arrasado en su virilidad, como si la pinga del otro lo estuviera atravesando a él también. “Oiga, ahí salen”, dijo el taxista, cuando el tiempo había dejado de tener sentido para León. Miró el reloj otra vez: tres y cuarenta. “¿Los sigo, pana?”. “No, déjelos que se vayan”. “Ah, qué bien, caballero, ya me temía que iba a empezar a los tiros”. León soltó una risa filosófica, o al menos eso le pareció. Aún le temblaban las manos, pero estaba tranquilo, como si la mujer que subía al camión no tuviera ya nada que ver con su vida. “¿Le apetece un cigarrito, pana? ¡Vamos, échese uno de estos cubanos negros, que son buenos! ¿O se me va a creer que es el único hombre al que han hecho venao? ¡Ande, compa, míreme la frente, yo sí que tengo cuernos, con diez años de novio a la espalda!”. León aspiró el aroma fuerte y de pronto, echó a reir. Fue una carcajada absurda, forzada al principio, pero liberadora al final, a la que se unió el taxista, marcando el ritmo a bocinazos. Con la cara llena de humo, lágrimas y risas, miró a Caracas desde la ventanilla y comenzó a decirle adiós.

Fue una pena que el taxista no pudiera acompañarlo a almorzar, si ya casi eran amigos. Se despidieron con un abrazo a la entrada de la pensión y León entró a su cuarto con el espíritu de los que ya se están yendo. ¿Acaso no era un experto en marcharse sin decir adiós? Bastaría con ir a una gasolinera y elegir al primer camión que lo llevara lejos de su última desgracia. Abrió el cajón de la cómoda, contó el dinero que le quedaba y comprobó que no era gran cosa, pues lo ganado en esos meses se lo había dado a Margarita y el resto lo gastó en comprar la pistola. ¿Qué habría detrás del juego de la enfermera? ¿Una pensión y la libertad para vivir con su amante de siempre? Ya nunca lo sabría. Guardó el arma y las balas en un bolsillo de la chaqueta, abrió el ropero para empezar a juntar sus cosas y encontró el libro de Sandokán. Sorprendido, como si no lo hubiera visto en años, se quedó mirando la portada hasta que los recuerdos más antiguos volvieron desde una distancia de siglos. ¿Qué hacía allí, después de todo, con el corazón roto y un arma en el bolsillo? Ni siquiera se acordaba del motivo de su viaje. Su padre, las mil preguntas, la niñez abandonada, todo lo que había sido y lo que esperaba ser, yacía en la tumba en la que acababa de enterrar al amor de su vida. O no, tal vez no fuera del todo tarde. ¿Tenía sentido dejar la ciudad sin un último intento? ¿Y si su padre había estado todos esos meses ahí nomás, trabajando por la más perra de las casualidades en la misma compañía a la que pertenecían Osmar y el hombre del camión azul? “No servirá de nada, lo más probable es que me digan que el capitán estuvo allí, pero se fue a Tasmania hace un año”.

Y sin embargo, fue. Metió todas sus cosas en un bolso, pagó la pensión, pasó por la tienda a renunciar y a cobrar los días trabajados, le preguntó a Robustiano – que no entendía nada – donde estaba la Santander y allá se dirigió León, con la ansiedad inicial recuperada. Por aquellos años, la famosa Compañía Santander era una de las empresas más grandes de Venezuela, con intereses en varios y distantes países de todo el mundo. La central de Caracas ocupaba varias manzanas e incluía talleres para la flota de camiones, depósitos para la carga y las oficinas administrativas, que es a donde se dirigió a preguntar por el Capitán Valdéz. Al entrar, lo primero que llamó su atención fue un gran mural de pared a pared, desde el que sonreían – en perfecta formación – los marinos de la empresa. Miró las caras una por una, pero no halló ningún rasgo que descubriera a su padre. “Debí venir hace un año, cuando salí del hospital”, pensó, recordando sin querer a Margarita. “Pero ya estoy aquí”. Preguntando de un escritorio a otro llegó hasta el Jefe de Personal, a quien por fin pudo hablarle del Capitán Valdéz.

- ¡Ah, el Contramaestre Valdéz! - exclamó el otro - ¡Claro que lo conocí! ¿Quién es usted y por qué quiere saber de alguien que ya no está más aquí?

- Debía dar con él - Respondió León, desalentado.

- ¡Ah, chico, pero ése no está más! – Repitió el funcionario, meneando la cabeza.

León alzó el bolso que había dejado en el suelo e hizo una seña vaga, como si las fuerzas ya no fueran las mismas. Llevaba ocho años fuera de Nueva Atenas y por primera vez aceptó que aquel viaje carecía de sentido. Isabel tenía razón, el destino, finalmente, estaba en todas partes. Como por decir algo, preguntó:

- ¿Usted lo trató hasta que se fue?

- Claro, trabajó en los barcos nuestros hasta hace dos meses, cuando murió de una pulmonía mal curada.

León sintió un vahído que le duró varios segundos. Se le aflojaron las piernas y le dieron ganas de gritar. ¡Dos meses! ¡Si él no hubiera conocido a Margarita lo hubiera encontrado! Con la garganta seca y los pulmones desinflados, aguantó la desazón hasta que el empleado le averiguó los datos del cementerio. Como en trance, salió otra vez a la calle, tomó otro taxi y realizó el único viaje que nunca había pensado hacer. Encontró la tumba en el sector de los extranjeros sin familia, a la vera de un caminito de pinos y anunciada por una lápida de madera que decía «Alcibíades Valdéz, Marino Errante - 1.925 - 1.976». De pie frente a la frase, León se sintió más solo que nunca.

- Hola, viejo - Dijo y se le cayeron unas lágrimas que guardaba desde que tenía tres años. Lloró con fuerza, con rabia, con un dolor que parecía un pozo sin fondo. Después, ya más calmado, limpió de flores secas la tumba y dijo: - Bueno, sólo quiero que supieras que te encontré.

Y cómo no se le ocurrió qué más decir, apretó contra el pecho el paquete donde llevaba el libro de Sandokán y salió otra vez a la calle. Comenzaba a anochecer. Un vientito suave y húmedo barría las veredas, mientras la gente volvía a casa después del trabajo. Un grupo de colegialas pasó a su lado, riendo con todas las ganas con que se ríe cuando se es joven. Arrojó la pistola y las balas en una acequia de aguas servidas y caminó sin prisa hasta la ruta, para hacer dedo. Los coches, las liebres, las motocicletas, zumbaban por la avenida, iluminándolo por segundos con sus luces. Todos tenían prisa por llegar a donde iban, León no. Ya de noche, mientras abandonaba Caracas a bordo de un camión petrolero, divisó por la ventanilla el barrio donde vivía Margarita y una nostalgia dolorosa le arrancó otras lágrimas. ¿Qué sería de ella y de su extraña historia? Aguardaría en vano, día tras día, con la ventana de su cuarto abierta, pero nadie iría a librarla del marido. Cerró los ojos y trató de dormir. “Es sólo un culito”, añadió la voz de Aristóbulo, entre las brumas del sueño, y entonces comprendió que todos ellos habían comenzado ya a ser un recuerdo.

Tardó más de veinte meses en recorrer Sudamérica en sentido contrario y desembarcó en Foz a poco de cumplir los veintiocho años, es decir, una década después de haber partido. Regresaba cansado y sin ilusiones, sin saber que entraba a la última parte de su vida.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 5

 

(Del momento preciso en que un grupito de vecinos decide lanzarse

a la política, sin saber que hay cosas más importantes en la vida. Lo

mismo que Filoxena, que desafía a Dios a que le mande la muerte)

 

XVII

 

L

o primero que hizo León al volver fue buscar a su tío y devolverle el libro con una frase que decía: «me ayudó a recordar siempre de dónde había partido». Luego fue a ver a Aspasia y la halló tan delgada, feúcha y soltera como la había dejado al partir. Encontró, asimismo, que Isabel seguía siendo hermosa, aunque acababa de pasar los cuarenta. Camilo ya no vivía con ella, pero el Doctor Epaminondas seguía allí de visita, como si no se hubiera movido en una década. Todo parecía igual, pero a la vez diferente, con cada cosa en su sitio y al mismo tiempo cambiada, como si fuera el mismo escenario, pero dado vuelta. No comprendía que era él mismo quien faltaba, pero sí lo entendió el cura, cuando su sobrino se negó a quedarse a vivir con él y alquiló un chalet conocido como «el solar de los Ortega», en honor a unos españoles soñadores que habían pasado por ahí seis décadas antes, intentando hacer triunfar un cinematógrafo cuando aún no era entendido ni siquiera en Europa. El proyecto fracasó, pero el solar sobrevivió a la derrota y la Municipalidad lo olvidó durante décadas, hasta que una inesperada red de gestiones lo dejó a manos de León. Cuando le dieron las llaves, su tío contrató la camioneta del corralón para que le llevara la totalidad de su biblioteca personal - ampliada y enriquecida en los últimos tiempos - y con tantos libros pareció que el sobrino ya no necesitaba más cosas, pero a los pocos días apareció Clara – de quien aún no es tiempo de hablar - y el Doctor se apuró a conseguir para León un cargo de archivista municipal. Al fin, todo parecía estar donde debía estar, de modo que la siesta en que Aquiles Farjat y Ulises Martínez llegaron a su casa, ya no soñaba con una vida de marino errante. Con el seño fruncido - nada le molestaba más que le arruinaran el momento de la lectura - volvió a ponerse los zapatos y abrió la puerta. Los saludó con un gesto inamistoso y después se quedó mirándolos con los ojos entrecerrados. No había olvidado a Ulises. Delgado, de mediana estatura, algo pálido y con canas en las sienes y en las patillas. Aquiles era un poco más alto que Ulises. Moreno, con algunos kilos de más alrededor de la cintura y un aire amable y campechano. Era – lo recordaba bien - el dueño del corralón que durante años colaborara con la obra del cura Terámenes, sobre todo por la época en que Camilo ingresó a la escuela. León los hizo pasar a la penumbra de la sala y se sentaron en los sillones de mimbre. Después de un breve intercambio de recuerdos comunes, Ulises pasó a explicar el motivo de la visita:

- Como habrás oído decir, Caballero dejará la intendencia para poder tratarse el cáncer que lo está matando, pero su hijo Miguel no quiere saber nada de sucederlo en el cargo. Por primera vez en la historia de Nueva Atenas habrá elecciones, porque sino van a mandar a alguien de la capital y eso a los Caballero no les conviene, porque les pueden destapar los chanchullos de los últimos cien años. Creemos que ha llegado el momento de actuar.

León permaneció en silencio, pues no tenía la menor idea del asunto. Las elecciones, por otra parte, le desinteresaban por completo. Frunció la boca como diciendo “¿Y a mi?” y Aquiles agregó que la oportunidad de ganar era tan buena, que él mismo se presentaría como candidato, para lo cual necesitaban del asesoramiento de la única persona capaz de llevarlo al triunfo: León Valdéz.

- ¿Y yo qué sé de política? - Rió León - ¿En qué podría asesorarlos yo? ¡No entiendo nada del asunto!

Aquiles sonrió con embarazo y dijo:

- Yo tampoco, ya ves, y soy el candidato.

León soltó una carcajada y el clima se distendió. A modo de explicación, Aquiles fue a pararse frente a la biblioteca, mirando los lomos de los libros con el cuello torcido. En esa pose y como si hablara consigo mismo, dijo que a él tampoco le había interesado jamás la política y que todo lo que había hecho en su vida era trabajar duro, pero que se trataba de una obligación moral. Un deber. “Sin embargo, me doy cuenta de que me faltan estudios. Yo no he leído nunca. No sé todas las cosas que vos sabés por haberlas leído y por haber viajado. Necesitamos que nos ayudés a elaborar un programa de gobierno, a hacer los discursos, a pensar”. Pasó un dedo respetuoso por una hilera de libros y añadió: “Y aquí está todo el pensamiento”. Volvieron a quedarse en silencio. León miraba a Aquiles y pensaba: ¿qué hubiera respondido Alcibíades, el marino? ¡Ah, su padre habría dicho que sí enseguida y reclamado el título de Diputado Valdéz, uno de los pocos que no tuvo en su aventurera existencia! ¿Qué diría Clara, de quien aún no nos está permitido hablar?

Aquiles volvió a sentarse, cruzó las piernas y le resumió la vida de Miguel Caballero, más conocido como Miguelito, a secas, el menor de los hijos de Espeucipo y único varón, después de cinco niñas. Nacido fuera de tiempo, cuando el patriarca se había quedado ya sin la esperanza de la sucesión masculina, el niño se encontró con que también estaba fuera de lugar, demasiado sensible para el mundo de trampas y traiciones que tejía el fuero familiar. Solitario y escurridizo, tomó la costumbre de esconderse en los lugares más inverosímiles para escribir poemas, los que después recitaba con aire ausente por la ribera del río. Cuando su padre lo supo, confiscó los cuadernos e inscribió al artista en los Boys Scouts, de donde regresó más huraño y asustadizo que antes. Sin rendirse, Espeucipo insistió durante años con clubes de rugby, asociaciones de tiro, grupos de lucha y defensa personal y hasta lo exilió semanas enteras en el monte chaqueño, acompañando a los contrabandistas en el papel de aprendiz. Pero nada funcionó. El heredero aceptó de mala gana los símbolos que le fueron impuestos, pero cuando cumplió los dieciocho festejó disfrazado de María Antonieta, desparpajo que desde entonces repitió en cada carnaval. Caballero ya no supo qué hacer con él. En un último intento, lo confinó a la Academia militar y el cadete regresó a las cuatro semanas, después de un escandalete injurioso que nunca se aclaró del todo. Perdido por perdido, pusieron al benjamín al frente de la estancia sojera – la joya de la corona familiar - y Miguelito la cambió por una cadena de peluquerías en Paraguay. “El es así – suspiró Aquiles, haciendo un gesto con las manos abiertas - lo que importa, en todo caso, es que encontró que la mejor manera de llevarle la contra al padre es negarse a ser intendente”.

- Bien, ¿Y ustedes tienen un grupo político, un Partido?

- Oh, sí. Contamos con Arístipo y con su hija Aspasia, que nos dijo de ir a hablarle a tu tío, el que a su vez nos mandó para acá. Además, tenemos al Doctor Epaminondas, al Comisario, un tío mío que se llama Parquímides y un periodista llamado Casimiro Reyes, del Diario Regional. El resto de la gente se irá sumando.

- ¿Y a quién pondrán de candidato los Caballero, si no va Miguelito?

- A Aristóteles Manfredini.

- Ah, el contrabandista.

- Ese mismo. Puede comprar los votos de cada ateniense y aún así le sobraría tanto dinero que ni sabría cuánto es, por eso hay que crear algo con lo que la gente se identifique. No nos van a votar a nosotros, sino a nuestras promesas, esa es la verdad. Tenemos que lograr que la gente se rebele contra estos bandidos.

León, que seguía pensando que nada de aquello era asunto suyo, se puso de pie con desgano y fue a buscar un libro en la biblioteca. Eligió “La rebelión de las masas” y se lo entregó a Aquiles con solemnidad. El candidato posó la palma de su mano derecha sobre la portada y cerró los ojos suspirando, como si sintiera que el conocimiento comenzaba a invadirlo. Ulises sonreía radiante. “No cuenten demasiado conmigo”, advirtió León, “Yo acabo de llegar y todavía estoy como sapo de otro pozo”. Sellaron un mínimo pacto, sujeto a una decisión final que León tomaría recién cuando lo creyera oportuno; por en cuanto, se limitaría a recomendarle al aprendiz los libros apropiados.  Se fueron satisfechos. León volvió a quitarse los zapatos y se sentó en un sillón a meditar sobre la insólita propuesta. Se sentía intranquilo, pero también ansioso, igual que en la tarde en que concibió la idea de partir en busca de su padre.

 

 

 

 

XVIII

 

Cuando Filoxena vió pasar a Isabel llevando de la mano a su pequeño hijo, sintió un dolor tan grande que supo que acaba de empezar a morirse. Su rival en el corazón del marido no sólo era hermosa y muy joven, sino que además le había dado ese hijo que ella siempre quiso, mil veces intentó y nunca pudo, por más que después de cada cópula se quedaba el resto de la noche sin dormir, apretando las piernas para evitar que se le escapara la fertilidad. Sabía, claro, que él tenía a otra. Lo supo desde que empezó con el asunto de los lunes Espeucipo, los miércoles Aristóteles y los viernes el Juez, pamplinas, que enseguida se enteró que estacionaba el auto detrás de la casa donde vivía el Comisario y donde se instaló esa bandida, perra extranjera sin escrúpulos que se habrá traído quién sabía de dónde - decían que de España, pero ella no creía. ¿Cuándo fue a España el Doctor? - y que se metió en sus vidas como una espina bajo la uña, prestando su horrible chucha foránea para que el marido le sembrara de doctorcitos la panza. ¿Qué podía hacer? Durante los primeros meses intentó vencerla en su mismo campo, por más que Helena - la esposa de Espeucipo - ya le había advertido que la zorra era joven y que en esa frescura de la carne radicaban sus mejores armas. Filoxena se tragó el sapo de los celos y durante ese primer año hizo méritos para alcanzar al menos un empate, cocinando auténticos manjares mientras él fumaba en la bañera, comprándose perfumes importados y llenándole la casa con sahumerios milagrosos, palitos aromáticos preparados por los indios fronterizos y que la Negra Agustina - ama de llaves de los Caballero – le llevaba a escondidas del Intendente. Pero pronto advirtió que perdía la batalla, pues Epaminondas continuaba marchándose día de por medio, haciendo un esfuerzo cada vez más grande cuando ella lo empujaba a la cama. Sin saber a quién recurrir, a través de un complejo itinerario de equívocos y personas interpósitas, llegó al extremo de entrevistarse en el mayor de los secretos con Nuria Segovia, de quien decían las señoras que era la mujer que cualquier hombre querría de mantenida. Aprovechó un miércoles en que el Doctor viajó a Foz a participar de un congreso para darle franco al personal doméstico y quedarse sola, impresionada de su propia audacia. La cumbre se realizó a media luz, sentadas las mujeres frente a una bandeja con café y scones recién horneados. La mulata, haciendo gala de una diplomacia muy digna de su astucia, comenzó diciéndole que como ella no era una mujer de la sociedad, ni mucho menos una dama, regía su vida por códigos que podían no tener valor alguno para los demás, pero que para ella eran inviolables:

- La confidencia de alguien que confía en mí, por ejemplo - Dijo, remarcando las sílabas con su voz ronquilla y sensual - Mantener un secreto, dentro de mi mundo, puede ser la diferencia entre morir o vivir, por eso puede estar usted muy tranquila respecto a lo que hable conmigo.

Filoxena se bebió tres tacitas de café y acabó con los scones antes de atreverse a confesar que su problema eran los cuernos, clavados en su cabeza con la ayuda de una española de piel blanca y pelo de gitana, amancebada por su marido desde hacía varios meses y embarazada incluso, según le habían dicho. Necesitaba deshacerse de aquella mujer.

- Debe usted saber que cuesta mucho dinero, señora - Dijo Nuria, muy discretamente - pero si usted está dispuesta a seguir adelante y - sobre todo - a conseguir el dinero, yo haré lo posible para encontrar un par de tipos decididos para que se hagan cargo de ella, pero habrá que esperar el parto.

- ¿Por qué?

- Porque nadie es capaz de liquidar a una mujer encinta.

- ¡Oh, no, Dios mío, no! - Exclamó la esposa del Doctor, tapándose la cara con las manos -¡Disculpe usted, me ha entendido mal! ¿Cómo puede creer que yo mandaría a matar a alguien? ¡Oh, no! - Y de pronto soltó una carcajada nerviosa e inacabable, que terminó por contagiar a la mulata. Se rieron tanto que hasta lloraron de la risa y Filoxena se convenció de que había sido un error y que la buena de Nuria jamás hubiera participado de algo tan atroz - Ja, ja, sí que quiero deshacerme de ella, pero derrotándola en su propio terreno, es decir, ahí donde usted ya sabe...

- Quiere decir en la cama, ah - Nuria sonrió, comprensiva. Las confidencias de la esposa de un médico podrían granjearle beneficios durante años, pensó - Si lo que usted desea es un par de consejos de mujer a mujer, yo se los daré, pero sólo usted sabrá si es capaz de llevarlos a la práctica.

- ¿Pero son efectivos?

- A mí jamás me fallaron. Con ningún hombre.

Una hora más tarde, cuando Nuria ya se había marchado con unos billetes de gratitud en el bolso, Filoxena se reía sola frente al espejo del baño, fascinada con la variedad de pecados recién aprendidos, dibujados con mala mano por Nuria sobre un papel recetario. Las poses, que para ella siempre había sido una sola, resultaron ser dieciséis, cada cual con su pareja de muñequitos casi infantiles, con bigotito el varón y tetitas la mujer, para que no se confunda. ¿Sería con tan perversos trucos que las amantes arrebataban los maridos ajenos? ¿Cómo podían hacerlo sin sentirse un poco insultadas, humilladas, reducidas a la esclavitud? ¿O peor aún, cómo podrían gustar a una señora tales inmundicias? ¡Y había que comprar ciertos artilugios que quién sabe dónde los venderían! La vaselina, vaya y pase, pero, ¿de dónde hacerse con arneses, anillos peneanos y consoladores? Sin embargo, pronto dejó de lado sus remilgos iniciales y si no logró recuperar el amor de su marido, al menos exploró un territorio que muy pocas mujeres del pueblo visitaron. Epaminondas, preocupado por lo que al principio creyó una perversión de la menopausia, se divirtió bastante por algunas semanas y terminó por hartarse de la mantequilla untada en los huevos, las poses del perrito sobre la mesa del living, el pasillo reverso disponible por primera vez y un sinfín de entrelazamientos extraños, en los que nunca sabían a quién correspondía el pie que sobraba, porque inevitablemente siempre les sobraba uno. “Pará, pará, eso corresponde a la pose catorce y estamos en la cinco”, decía una voz y en el entrevero el miembro se escapaba, se aflojaba, se ponía chiquito y ella tenía que empezar de nuevo, déle que déle al masaje y a la introducción digital. Tanto exceso de comida acabó por arruinarle los almuerzos, sobre todo cuando se decidió a comentarle el caso a un colega -sin decirle de quién se trataba, claro - y el otro lo atribuyó a dos posibles motivos: o la mujer tenía un amante que la ponía al día sobre las novedades de alcoba o bien se trataba de un extraño caso de ninfomanía retroactiva, es decir, de alguien que fue normal hasta que se destapó de pronto. Ambas situaciones, sugirió, requerían tratamiento inmediato.

Pero los fuegos artificiales fueron decayendo y el odio se abrió paso aún en los momentos más intensos, con lágrimas que escapaban en la oscuridad y pellizcos cargados de furia, manos crispadas que araban la piel del pecho como si quisieran llegar hasta el corazón y arrancarlo. Los besos que tanto necesitaba le ardían como brasas traicioneras, los abrazos la ahogaban porque no eran sinceros y el amor que se daban, más que amor era un juego en el que los dos perdían. Luego, Filoxena se ovillaba en las sábanas para esconder su pena y al otro día le echaba la culpa al placer por las ojeras profundas, talladas a pesadillas. Epaminondas se duchaba en silencio, creyendo que cada vez que lo arrastraba la carne perdía puntos en el concurso de merecimientos de Isabel. Sentía que la traicionaba cuando el ariete enfilaba al nido conyugal, que se alejaba de ella por la injuriosa debilidad de sus instintos básicos. Así volvieron a enfriarse y con el tiempo marcaron sin decir nada los límites del reparto de culpas y sospechas. Lunes, miércoles y viernes, días que ella sospechaba que él visitaba a Isabel, la esposa se acostaba temprano y fingía estar dormida cuando él llegaba y se acostaba, silencioso y culpable. El resto de la semana, Filomena lo aguardaba de punta en blanco, con carne de ternera santafesina asada en el horno y dos botellas del mejor vino en la mesa. Tres días de resignación agriada, maldiciendo en soledad los minutos de su ausencia y otros tres de creer que se lo estaba ganando, sacándoselo a la zorra de la boca. Después estaban los domingos, días amorfos en los que ella no tenía ganas de aplicar los consejos de Nuria porque al día siguiente era lunes y la otra lo tendría de nuevo. Eran los días más amargos, quizás porque los comparaba con los de los años anteriores, cuando él la llevaba del brazo a la misa de once y la gente le envidiaba el marido alto y fuerte, sabihondo, amoroso y fiel como ninguno.

Sin embargo, nada fue peor que ver pasar a Isabel de la mano de su hijo, caminando los dos con ese alegre bienestar con que cruzaban la plaza y se perdían entre la gente del mercado. Antes de ese día trágico, sólo una vez había visto a la extranjera. Helena se la había mostrado una mañana, saliendo de la Municipalidad en bicicleta. Delgada y demacrada, no le pareció gran cosa, pero por entonces nadie sabía que la bandida estaba embarazada de un niño del Doctor. Tres años más tarde, las cosas se veían peor. La descarada era hermosa y andaba a su aire sin fijarse en nadie, indiferente a las miradas que los hombres le echaban al paso. Ese día se sintió un estropajo, conciente de haber dejado para siempre atrás sus mejores formas, mientras que Isabel comenzaba recién a abrirse en plenitud. La veía andar y agacharse de tanto en tanto a decirle algo a su hijo, riéndose los dos y salpicando la calle con carcajadas que azuzaban como dagas su corazón engañado. ¿Cómo no sentirse perdida sin remedio? Ese día llegó a su casa con un dolor lacerante en el centro del vientre, un fuego que la tuvo doblada en dos durante la tarde y que ella le atribuyó al alcance de la traición.

- Ay, Dios, ojalá me muera - Murmuró, sin saber que Dios la estaba escuchando.

La tarde en que su esposa comenzó a morirse, el Doctor Epaminondas tenía cuarenta y tres años y la más completa ignorancia respecto a las traiciones que se le atribuían. Aunque la pasión se le escurría desde que Isabel apareció en su consultorio, nada grave había hecho él, como para que Filoxena decidiera morirse. Es cierto que procuró asegurarse que a Isabel y al niño no les faltara nada, que se llegaba a verlos día de por medio y se sentaba bajo el alerito a conversar de las cosas del mundo mientras caía la noche y llegaba la hora de volver a casa. Habrá por ahí testigos de los dulces que les llevaba, frutas de estación en verano y chocolates en invierno. Juguetes para el día de reyes, flores para el día de las madres, cariño paternal y amistoso siempre. Pero seguía tratando de usted a la viuda y salvo en ocasión del parto, nunca traspasó la puerta de su casa, ni siquiera cuando el frío bajaba de las sierras y espantaban a los gorriones que vivían en la guayaba del patio. A decir verdad, su rectitud de otro siglo descartaba de plano la posibilidad de un divorcio y aunque veía caer su matrimonio y derrumbarse el hogar, lo atribuía a que a su esposa se le estaba acabando el amor, igual que a él mismo. La encontraba llorando por los rincones y hacía como que no se daba cuenta. La sentía ponerse rígida de rabia cuando él llegaba y le llevaba un beso. La veía hundirse en un mutismo de hiel los domingos, ardiendo por dentro con sus ignotos fantasmas. Sólo se animaba - y él no entendía por qué – los martes, jueves y sábados, con un desenfreno que jamás le había dado mujer alguna y que tenía más de fiebre uterina que de voto conyugal. Durante meses se atragantó con los manjares sacados a media luz del arte afrodisíaco, se relajó en la bañera fumando los puros que ella le acercaba y se durmió preguntándose en qué podía terminar tanta locura.

Así, pues, llegó a la conclusión de que ella también estaba enamorada de otra persona, igual que él mismo. Lo aceptó en silencio, sin preguntarle nada, resignado a los cuernos como al resfrío en los inviernos y al sopor en los veranos, rogando sólo que tuviera el tino de mantenerse discreta y no arruinarle la carrera con un romance público, desliz que se vería en la obligación de vengar. Sin decir jamás ni una palabra, llegó al tácito de acuerdo de dividirse la semana para que nadie fuera invadido por la vida oculta del otro. El no la molestaría los lunes, miércoles y viernes, que eran los días en los que solía visitar a sus amigos - Espeucito, Aristóteles y Cinoscéfalos - y le daría atención los martes, jueves y sábados, que eran los días en que cerraba temprano el consultorio para ir a la casa de Isabel. Estos tres días eran los más felices de la semana, disfrutando a corazón lleno de su papel de amigo para ella y de padre postizo para el niño que crecía y lo adoraba. ¿Cómo no regresar contento a su casa, inflamado por una dicha que le permitía soportar sin quejas el desafuero carnal de su esposa? Ninguno de los dos supo nunca que las mentiras y verdades se habían cruzado de un modo absurdo, invalidando las sospechas y creando una tragedia familiar allí donde no la había habido jamás.

 

XIX

 

A Isabel le había dado por pensar que el Doctor era alguien que Jeremías le enviaba desde el cielo, de puro bueno, para que la acompañara en su viudez. Nunca, pero ni siquiera una sola vez, vio a su amigo con otros ojos que no fueran los de la gratitud o el afecto que se le tiene a un buen pariente. Su presencia en la casa, aunque limitada a las visitas sociales de tres veces a la semana, le servía no sólo de distracción - Epaminondas era un conversador ameno y culto - sino también como figura masculina para el niño y para los gavilanes que habían empezado a rondarla, de los cuales el Turco Julián fue, por lejos, el más peligroso. La descubrió en la Municipalidad, un día en que fue a solicitar el usufructo de un terreno baldío para vender autos usados, aunque ya había escuchado hablar de ella en varias ocasiones. El Turco sabía que el Intendente le había cedido una casa a pedido del médico, pero el hecho no le había despertado el menor interés, hasta que la conoció. Era un bocado de los mejores, carne especial, manjar de importación, se dijo, babeándose sin disimulo. A la joven viuda, las apariciones del Turco le provocaban escalofríos, por más que el otro escondía sus miradas siniestras tras de unos lentes - grandes, espejados - que le daban una apariencia aún peor. Iba casi todos los días, fumando de costado un cigarrillo king-size y sonriendo sin que nadie le hablara. Una pesada cadena de oro le colgaba del cuello y se entreveraba entre los pelos del pecho, siempre expuestos por la camisa abierta. Solía usar un gran reloj, haciendo juego con los anillos y pulseras que completaban su artillería de ordinariez. Sin ser muy alto, la mala fama que le precedía - y los tacones de sus botas - hacían que la gente lo viera siempre desde abajo, enfundado en un saco marinero para ocultar la pistola que siempre - en todo tiempo y lugar - llevaba bajo el cinto. Sólo le faltaba el sombrero alón para ser el típico mafioso de folletín. Incómoda, sin saber cómo esconderse de esas miradas que la seguían de lejos, ella buscaba el modo de mantenerlo a distancia. Comenzó a hacerse acompañar a su casa por Filipo González, uno de los contadores que trabajaba en el mismo piso. Bajito, pero sólido y apuesto, era uno de los enamorados de la extranjera, desde que el parto la había liberado de la panza y los meses le devolvían, poco a poco, las formas que había tenido antes de la gestación. Encantado con lo que consideraba un avance en sus propios planes, Filipo la buscaba en las mañanas y después regresaba con ella en los mediodías, caminando por el medio de la calle para que los vieran todos. Fue un error. Un mes más tarde, al doblar una calle se encontró con el Turco en persona y ni alcanzó a ver el puñetazo cargado de anillos con que lo saludaron, sintió que le estallaba el pecho por el golpe y cayó sentado en la vereda, como a dos metros.

- ¡Uy, se cayó el muchacho! - Dicen que dijo Julián, simulando ayudar, pero al agacharse sobre Filipo, le clavó un rodillazo en el hígado y una advertencia mortal - ¡Te veo otra vez con la gallega, hijo de puta, y te meto un tiro en los huevos!

Pero Filipo era valiente y aunque estaba muerto de miedo, al día siguiente acompañó a Isabel como si nada, aunque con la precaución de regresar por una ruta distinta, por si acaso. No tuvo problemas, así que el truco pareció funcionar, al menos durante algún tiempo. A veces, incluso, el capanga los veía pasar y sonreía, inclinando la cabeza para saludar a la dama y actuando como si hubiera olvidado la amenaza. Filipo dudaba, pero ¿qué podía hacer? No estaba en consideración dejar sola a la viuda, eso jamás, menos aún cuando ya la imaginaba tan cerca, a un pasito del beso inicial. En rigor de verdad, lo más difícil era encontrar cada día una excusa para su andar azaroso, de explorador paranoico. “¿Nos escondemos de alguien?”, preguntaba a veces Isabel, sin saber que acertaba. “Claro que no”, mentía él, “Sólo me ocupo de que todos sepan que la señora tiene quien la cuide”. Inventando trayectos ingeniosos, se convirtió en un experto de la huída, volviendo sobre sus pasos de modo enigmático, yendo y viniendo por atajos imposibles, sin que el Turco pudiera darle caza. Lo que no previó - imperdonable equívoco - fue que no sólo debía cuidarse cuando iba o regresaba de la casa de Isabel, sino también todo el tiempo. Una noche cualquiera salió a comprar cigarrillos y la sombra del matón lo esperaba en un baldío, dispuesta a cobrarle el coraje. El balazo no le voló los huevos, pero le atravesó la pierna con tan mala leche que el fémur se partió, los tejidos colapsaron con daño irremediable y al Doctor Epaminondas no le quedó más que amputar. Fue una tragedia que conmovió al pueblo, un crimen sin testigos ni acusados, aunque el rumor lo adjudicó de inmediato a un asunto de faldas. Con el espíritu descalabrado para siempre, Filipo se encerró en su casa y se negó a recibir a Isabel cuando fue a visitarlo. No quiso verla más, herido por el espanto de ya no ser lo suficiente hombre para ella.

- No quiero que usted vuelva a visitarme - Pidió entonces la viuda al Doctor Epaminondas, segura de quien había sido el autor del disparo - Jamás me perdonaré lo que le hicieron a Filipo y menos si le pasara algo a usted también.

- ¡Oh, no se preocupe! - Disimuló él, cambiando el miedo por el orgullo.

Las cosas, naturalmente, no terminaron allí. Los que habían sido testigos del primer ataque unieron los sucesos y en pocas semanas no quedaba nadie que no hubiera acertado. A Isabel se lo contaron en la Municipalidad, donde los hombres habían comenzado a esquivarla por temor a las consecuencias. «Será mía a como dé lugar», dicen que dijo el Turco, pero Isabel, que había dado cara al capitán Vergoechea, no iba a doblegarse así nomás a la prepotencia del capanga. Un lunes a media mañana - ya había pasado un mes desde la noche del disparo - el Turco se presentó en la Intendencia dispuesto a reiniciar el cerco, pero agregando a su indumentaria una desvergonzada rosa roja en la solapa del saco. Parece que alguien le había dicho que a las mujeres les gustan las flores y él creyó que les gustaban de ese modo. Isabel lo vio entrar y sintió que una cólera visceral le nublaba los ojos. Se levantó de su silla, alzó el rostro pálido con esa arrogancia que algunos detestaban y fue a plantarse frente al Turco, cerrándole el paso con determinación. Julián se quedó pasmado. Los ojos negros de Isabel echaban fuego, pero nadie esperaba el terrible puñetazo que ella le pegó al hombre en medio de la cara, partiéndole los lentes y haciéndole sangrar la nariz. Sonó igual que el estampido que le robara la pierna a Filipo González. El Turco Julián estaba mudo, sin poderlo creer.

- Yo sé que fuiste tú quien le disparó - Dijo ella, con la voz temblándole de la rabia - pero puedes ir sabiendo que te mataré, óyelo bien, te mataré un día.

La pequeña multitud de vecinos y empleados estaba inmóvil, sin respiración. El Turco seguía boquiabierto, sin entender por qué sabía que era cierto que ella lo mandaría a la tumba. Balbuceó algo que nadie escuchó y después abandonó a toda prisa el recinto. Isabel bajó los ojos apenas sintió asomarse las primeras lágrimas. Un vecino comenzó a aplaudir y al rato le siguió otro y otro, hasta que todo el salón de la Municipalidad se llenó de una ovación que sería recordada en el pueblo por muchísimo tiempo.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo VI

 

(Donde, con cierto retraso, se presenta al fin al protagonista principal

de la historia y se explica por qué fue como fue, siguiendo la veta psicoanalítica

de culpar a la madre)

 

XX

 

L

os primeros recuerdos de Camilo estuvieron relacionados siempre con la época en que su madre enfrentó al capanga, pues nunca hubo más visitas en su casa que por aquellos tiempos de efímera gloria. Ya no era sólo el Doctor con su paquete de masas, sino también gente que nunca había visto antes y que llegaba a solidarizarse con la única persona capaz de golpear al poder invencible. Empleados de la Municipalidad, familias del vecindario y hasta el mismo Aristóteles pasaron por el porche de la casita. El célebre contrabandista estuvo sólo un par de minutos con la excusa de ofrecer protección, aunque en realidad no quería más que ver de cerca a la mujer de la que todo el mundo hablaba. Isabel lo recibió de pie y le agradeció la oferta, pero más agradeció que se fuera pronto y en lo posible que no volviera nunca, pues no ignoraba que era el jefe de Julián. Para Camilo - entrañablemente unido a su madre por el mismo solitario naufragio - el incidente fue un hito que lo marcó para siempre, incluso a ojos de los demás. Al paso de los años, cada vez que alguien recordara su legendario coraje, no faltaría alguien que meneara la cabeza y dijera:

- Digno hijo de la madre que tuvo.

El periodista Casimiro Reyes - el primero en cronicar la Guerra de los Descalzos - elucubró una compleja teoría que planteaba que para comprender a los héroes había que conocer a sus madres, disquisición que gozó por algún tiempo de gran estima en ciertos círculos literarios y filosóficos. Pero eso sería mucho después y Camilo nunca llegaría a saberlo. Por el momento - tenía tres años - sirvió para justificar sus travesuras, pues había comenzado a mostrar un genio obcecado, rebelde e inclinado a los riesgos. Ante cualquier contrariedad se trepaba a la parte más alta de la guayaba y era capaz de pasarse ahí hasta la hora en que llegaba su madre, que lo hacía bajar con un guiño de complicidad. Era, también, un niño en extremo imaginativo, que escuchaba embelesado las historias que Aspasia - que por entonces tenía doce años - le leía los fines de semana. Si ella llevaba el libro de La isla del Tesoro, él se pasaba la semana siguiente abriendo pozos en el patio con un pequeño cuchillo y después mostraba, triunfante, las piedras - de oro, según él - encontradas bajo la superficie. Si le leía Robinson Crusoe, la pobre Nidia tenía que dejar de ser El Capitán Garfio y llamarse Viernes, además de acompañarlo toda la mañana a vivir entre las plantas del patio.  Quizás fuera en esas horas de fantasía cuando comenzó a construir, sin saberlo, el escenario de sus futuras tragedias. La niñera fue el primer soldado que obedeció sus órdenes, como Aspasia la primera fuente de su ideología. Sus juegos, vividos con la intensidad de quien los sabe vitales, fueron evolucionando con los años y tomando el cariz de un evidente destino. Lo único inmutable fue el amor, incondicional y cómplice, de su madre, que lo impulsaba a soñar siempre un poco más, a no temer, a llegar siempre al fondo de las circunstancias, allí donde es posible encontrar al verdadero motor de todas las acciones.

En una de esas diabluras de los primeros años acabó conociendo al Comisario, convocado de urgencia para descubrir dónde se había metido el niño. Fue un acontecimiento, pues en un primer momento creyeron que se trataba de una venganza del Turco Julián, tomándose un desquite tardío por el puñetazo. Isabel estaba desesperada, el Doctor dejó el hospital para acudir al rescate y medio pueblo se volcó a las calles para colaborar. Pero fue Pericles quien lo encontró a las pocas horas, acampando tranquilo en la ribera del río. «No estoy perdido, estoy jugando a Jim de la Selva», explicó el travieso y su madre se tragó el enojo y el miedo, abrazándolo con la mirada y diciéndole, así como al paso, que la próxima vez debía avisarle dónde instalaba el campamento. Suspirando, dijo al salvador: “Venga, vamos a tomarnos un café a mi casa”. El Comisario, que durante años la había odiado, culpándola por el desalojo, comprendió que esa mujer no había tenido nada que ver con su desgracia, lo que venía sospechando desde la célebre trompada a Julián. «Seguramente - se dijo - nunca supo que echaron a la calle a otra persona para darle la casa a ella, pobre mujer, después de todo, viuda y con un hijo». Aliviado de quitarse de golpe el resentimiento, trepó al niño sobre sus anchos hombros y la siguió, pensando que con el temperamento que tenía el chico, lo iba a ver muy seguido en adelante. Desde entonces, se hacía todos los días un rodeo para poder pasar por la casa y saludarlos desde la vereda. Más aún, como conocía la fascinación de Camilo por las lecturas, le llevaba revistas y libritos para pintar que compraba en la terminal de ómnibus. De este modo, Isabel se acostumbró a contar con él también, campechano y sonriente, haciendo el papel de tío. A veces, sus visitas coincidían con las de Epaminondas y ambos se quedaban hablando -igual que parientes - sobre los más diversos asuntos, como por ejemplo, a qué escuela convendría enviar a un chico tan inquieto y despierto. Isabel los escuchaba complacida, pues ya se le había pasado el tiempo en que quería alejarse del mundo y le hacía bien sentirse acompañada por esos dos hombres buenos, capaces de protegerla con una amistad sin interés. En cuanto a su opinión sobre el estudio, la decisión estaba tomada desde antes que Camilo saliera de su vientre, así que preguntó:

- ¿Dónde puede estudiar artes plásticas?

El policía y el médico se miraron sorprendidos. ¿Artes plásticas? Hasta donde ellos sabían, el único lugar donde se podían tomar unas elementales clases de dibujo era en lo del cura Terámenes, un misionero medio loco que los sábados enseñaba el catecismo en las plantaciones y matizaba la religiosidad con el arte. «Pero yo no lo enviaría allí», dijo el Doctor, frunciendo el seño. «¿Por qué no? ¿Acaso no es un cura?», fue la pregunta de Isabel y los hombres se miraron entre sí, calculando qué responder. «Es un cura, sí, - dijo el Comisario, alargando la frase - pero no uno  recomendable, de ésos a los que se envían los niños de las familias bien». Isabel se levantó a calentar agua para el mate y Epaminondas se quedó pensando en Terámenes y su mala fama, enseñando poemas de García Lorca y trazos de Dalí a los chicos campesinos. Nadie en Nueva Atenas enviaba a su hijo a la escuelita rural, cuya sola existencia ya resultaba un asunto inexplicable.

- Sigo sin entender qué tiene de malo esa escuela - Dijo Isabel, desde la cocina - Creía que los curas estaban bien vistos por aquí. ¿No hacen todos los años la procesión de San Crispinito?

- Sólo éste cura no es bien visto - Respondió el médico, sonriendo.

- El padre Terámenes vivía en España durante la Guerra Civil - Aclaró Pericles e Isabel sintió que una ráfaga helada le atravesaba el pecho.

- ¿En España? ¿En qué parte de España? - Preguntó con ansiedad, soñando con el milagro de que hubiera conocido a Jeremías - ¿Y por eso no es recomendable? ¿Porque estuvo en España durante la guerra? ¡Yo también estuve allí!

- No, no - Dijo Pericles - El problema es que el padre Terámenes es un cura rojo.

- ¿Y eso qué significa? - Respondió Isabel, muy seria. Acababa de recordar la estrellita que llevaba el artista - El rojo es sólo un color más, Comisario. También era roja la sangre que perdí al parir a mi hijo.

- Quiso decir que es comunista, pero además la escuela rural queda por demás lejos, son como 10 kilómetros y no hay en qué ir desde aquí - Amplió el Doctor, que no entendía para qué uno podría querer que los hijos dibujaran.

- Pues ahí lo mandaré. Está decidido - Dijo Isabel, regresando a la cocina. Ya no veía la hora de conocer al cura y preguntarle por dónde había andado. ¿No era una casualidad maravillosa que el destino la guiara hacia él? Los hombres se quedaron en silencio hasta que ella volvió con la yerba y el agua caliente. Se sentían incómodos, sobre todo el Doctor, a quien le hería la dureza con que le habían rechazado el consejo. Sin embargo, tuvo el buen tino de tragarse el orgullo y decir:

- Si realmente usted quiere enviarlo a la escuelita rural, yo me ofrezco formalmente a llevarlo y a traerlo todos los sábados.

- Entonces será sábado de por medio - Anunció Pericles, levantando una mano gorda y velluda  - porque yo también me ofrezco, claro que no en auto, sino en la bicicleta de la comisaría. ¡Ya van a ver cómo bajo esta panza!

Así quedó sellada, mate de por medio, la suerte de Camilo Insaurralde. Allí, en la escuela rural, se haría hombre y conocería al iniciador de sus más radicales sentimientos. Durante los años siguientes, no sólo se aficionaría al autor de los Poemas del Cante Jondo, sino que descubriría el sentido que le daría a su vida, eligiendo a sus únicos amigos - los futuros soldados de su disparatado ejército - entre los hijos de los campesinos más pobres.

Eso sí, nunca aprendería a dibujar.

 

XXI

 

Epaminondas percibió enseguida que Isabel buscaba crear puentes con el pasado, al inscribir a Camilo en la escuelita rural. Lo comprendía y no le parecía mal. Lo que lo sacaba de quicio es que enviara al chico a educarse con Terámenes, ese pajarraco excéntrico con voz de capitán de barco y cerebro de anarquista, un cura que ya no oficiaba misa por prohibición del Obispo, pero al que aún permitían enseñar el catecismo y preparar chicos para la Comunión. Para el médico, los recuerdos de la llegada del fraile estaban tan frescos como el día en que desembarcó, quince años atrás, en la terminal de Nueva Atenas. Traía un baúl repleto de libros polvorientos y una mala fama que nunca se le fue del todo. Decía la gente que había estado en la guerra. Que había luchado del lado ateo y que había matado personas. Que tenía ideas raras. Al principio, las beatas se dividieron entre las que lo rechazaron a rajatabla y las que le echaron el ojo a su corpachón de Goliat, pero él demostró de entrada un desinterés absoluto. Para colmo, en la única misa que ofició – pura generosidad del padre Rigoberto, quien además lo había tomado de inquilino – le negó la comunión al Intendente, a quien acusó desde el púlpito de enriquecerse a costa de la comunidad. Fue un escándalo, pero lo cierto es que su sola presencia ya escandalizaba. Tan grande, tan barbudo y dispuesto a llevarse por delante a cualquiera, comenzó a ser mal visto en todas partes, hasta que ocurrió el asunto de Valeriano Sosa. Fue durante la inundación del 56, cuando el Oldsmovile en el que viajaba Sosa con toda su familia, desapareció bajo el caudal de la crecida. Fue una tragedia con olor a justicia, pues se le achacaban a Valeriano muchos crímenes sin resolver, pero el hombre enloqueció cuando sacaron del fango a sus seis hijos y a la mujer, a la que - decían - adoraba hasta la idolatría. Fue la intervención decidida de Terámenes – que había estado ayudando en el rescate - la que impidió que se matara allí mismo, clavándose en el cuello la misma daga con que había despenado a más de un cristiano. Después, en la semanas siguientes, se dijo que fue el cura quien convenció a Valeriano de confesar sus crímenes y vivir para pagar sus culpas, lo que tal vez haya sido cierto, pues no sólo se entregó al Comisario, sino que donó sus tierras – ganadas a sangre y fuego – para la obra de Dios. De esta manera extraña, quienes no querían a Terámenes en el pueblo, no pudieron evitar que se instalara al fondo del valle, en una finca destinada a un sangriento final. «¿Y vamos a enviar a Camilo ahí? - decía, hablando en voz baja con Pericles - ¡Es una locura!» Pero Isabel se puso firme y el Doctor no quiso perder terreno, así que organizó él mismo la primera visita a la escuela rural.

Encontraron a Terámenes sentado sobre el tronco echado de un árbol, ensimismado en la lectura de un libro cuyo título quedaba oculto por sus enormes manos. Era un hombretón inmenso, de espaldas cuadradas y sólidas. Su rostro estaba surcado por una añeja red de arrugas de distintos grosores, cubiertas en gran parte por una pelambre cenicienta y rizada que le llegaba hasta la mitad del pecho. La sotana - quizás alguna vez había sido negra - tenía una mugre que sólo era superada por la que le teñía los pies, tan grandes que sobresalían de las sandalias. Tal era el hombre que en adelante se encargaría de formar a Camilo, llegado hasta allí junto a sus amigos de entonces, el Doctor - al volante –, el Comisario, Aspasia y de León Valdéz. Bajaron del auto y esperaron a que el fraile terminara la página antes de hacerse notar. Terámenes separó los ojos del último párrafo, se los restregó un par de veces con la manga roñosa y después los enfocó en sus visitantes. El Doctor se adelantó a explicar el motivo del viaje y recién entonces el cura se puso de pie y los invitó a seguirlo hasta su oficina, una cabaña que ostentaba a la entrada un letrero que decía: «La riqueza es enemiga de la justicia». El Comisario, siempre deseoso de aprender cosas nuevas, tuvo la poca delicadeza de preguntar a media voz que tenía que ver una cosa con la otra, a lo que el pajarraco respondió, sin volverse:

- Para que exista riqueza, debe haber inequidad y la inequidad sólo puede ser fruto de la injusticia, ergo, la riqueza es filosófica, conceptual, dialéctica y prácticamente enemiga de la justicia o por lo menos, si lo prefiere así, se opone a ella.

Isabel sonrió. Frases como las que acababa de escuchar hubieran puesto loco a su padre, además de cortarle la digestión al sinuoso cura Juan Antonio. Sólo por eso, ya estaba justificada la idea de inscribir a su hijo en la escuela sabatina. A grandes rasgos, el director la puso al tanto sobre sus métodos de enseñanza, informándole que también se impartía la educación primaria, de lunes a viernes. «No, no, sólo la clase de arte nos interesa», se apresuró a decir el Doctor, un poco apurado. Después, mientras recorrían las precarias instalaciones, Isabel se retiró unos metros junto al padre y habló con él durante varios minutos. Nadie pudo escuchar lo que decían, pero fue evidente que trataban cosas tristes, pues ella tenía los ojos húmedos cuando regresó junto al grupo.

- Tu padre habrá sido un chaval cuando fue la guerra - Dijo Terámenes, pasando una mano callosa sobre la cabeza de Camilo - y aunque no lo he conocido, seguro se parecía a cualquiera de los que traté en aquel tiempo. Un niño, pues, siempre es igual a los otros niños. En todas partes.

Una hora más tarde, ya en casa, Isabel sentía que había dado el paso más importante desde que pusiera un pie en Nueva Atenas. Pese a las previsiones de sus amigos, el sacerdote le había caído muy bien y en ningún momento le pareció que tuviera un sólo pelo de loco. «Sólo es un idealista», se decía a sí misma, ignorando aún en todo lo que se parecen esos dos adjetivos.

 

XXII

 

Si se hubiesen guiado por el resultado de los primeros años, nada habría hecho cambiar su impresión, pese a que el niño continuó dando muestras de un espíritu temerario, que tanto deleitaba a los otros chicos - lo consideraban un héroe - como desesperaba a los maestros. Todos esperaban de un momento a otro que ocurriera algo serio, mientras las anécdotas se sucedían alimentando la murmuración popular - «de tal palo tal astilla» - que los acompañaba por donde pasaban. A los seis años, Camilo trepó a la parte más alta de un puente construido por Aristófanes - cien años antes – para hacer equilibrio sobre una cornisa de hierro. Abajo, los compañeros del grado aplaudían y la señorita Lilia se tiraba de los pelos, pidiendo auxilio a los gritos hasta que llegó Isabel a decirle al hijo que bajara nomás, porque era la hora del café con leche. “¿Cómo es que no tiene miedo por su hijo?”, le preguntó el Doctor Epaminondas, la mañana en que Camilo se metió al corral a desafiar a un toro bravo. Fue una suerte que el padre Rigoberto lo viera y evitara la desgracia, pues el animal fue el mismo que dos días más tarde despenó a Plutarco Gómez Insfrán, un comerciante que había estado en España y juraba haber traído de allí el arte de la lidia. Inmune al miedo, Camilo saltó la cerca y se acercó a los cuernos caminando de espaldas, animado por la ovación chillona de los chicos del barrio. El párroco lo advirtió desde la vereda de enfrente y pegó un grito, pero no logró ganarle la carrera a Isabel, que en un santiamén estuvo interponiéndose entre el niño y la bestia.

- El miedo no sirve para nada - Respondió ella ese día, ante el escándalo de las otras madres -Si yo hubiera hecho caso al miedo, este chaval nunca hubiera nacido.

- La falta de miedo no puede librarlo de un accidente - Insistió, sabiamente, el médico.

- Ni el miedo lo librará de su destino - Contestó Isabel, cerrando el tema.

Cuando Camilo cumplió ocho años, Aspasia le contó la historia del Turco Julián y del balazo a Filipo González. Fue un comentario fugaz, en medio de otros innumerables asuntos, así que creyó que el niño lo había pasado por alto. Sin embargo, a los pocos días Camilo averiguó el domicilio de Filipo y fue a conocerlo. “Era digno de ver”, contaría mucho después González, cuando el ejército se aprestaba a destruir la escuela, “se plantó frente a mi y me dijoUsted está así por defender a mi madre, nunca lo olvidaré”, me dio la mano como un hombrecito y se marchó”. El pretendiente no supo qué decir, después de tanto tiempo odiando a Isabel por su amargura. “Yo era un resentido, pero dejé de serlo ese día, me di cuenta de que ellos no tenían la culpa de mi desgracia y no dejé pasar mucho para hacérselos saber”. Una semana más tarde, montó su muleta de palo y fue a visitar unos minutos a la antigua pretendida, a quien no había vuelto a ver en todos esos años. “Pero la segunda consecuencia fue mucho más seria”, diría Aspasia, con Camilo lanzado a su desventura. Ocurrió cuando Isabel y su hijo salían de la Municipalidad en el mismo momento en que entraban el Turco Julián y dos de sus amigos, el Chapa Barrios y el Botija Salcedo, capangas de la zona rural. Quiso la casualidad o la mala suerte, que uno de los tres - quién sabe cual - golpeara sin intención a la mujer al abrirse paso, lo que provocó su inmediata reacción.

- Cuidado, no se metan con la marimacho - Murmuró el Turco, sin volverse.

- Marimacho será la puta que te parió - Exclamó Camilo y Julián se volvió, quitándose los lentes oscuros.

- ¿Qué has dicho? – Preguntó, amenazante.

- Dije que marimacho será la puta que te parió, no, la gran puta que te parió - Repitió el muchacho, impávido. Se hizo un notorio silencio. Los que estaban haciendo la cola para pagar sus impuestos, se acercaron a mirar.

- ¡Se nota que no hay un macho en tu casa, guachito de mierda! - Murmuró el Turco. Camilo, que nunca hasta entonces había dado muestras de agresividad, se lanzó furioso sobre el hombre, pero pasó de largo y dio de cabeza contra un mostrador. Isabel corrió a socorrerlo, pero el Chapa y el Botija le cruzaron el paso, lo que aprovechó Daud para levantar de los pelos al pequeño rival.

- ¡Alto ahí! - Gritó Pericles de pronto, apareciendo por detrás de Isabel y empujando al Chapa y al Botija antes de enfrentar a Julián - ¡Pero qué te pasa, carajo! ¡Fuera de mi vista, los tres!

Julián sonrió con malicia, soltó a Camilo y respondió:

- Usted siempre metiéndose en lo que no hace falta. ¿No vio que el chico se cayó y yo lo ayudaba a levantarse? Vamos, muchachos, que no hay nada peor que la gente ingrata - Al llegar a la puerta, giró un poco sobre sí, miró a Isabel y agregó: - Han elegido malos enemigos, ustedes dos.

Aquella fue la primera vez que el Turco y Camilo se enfrentaron, pero no sería la última. Pasados los años y cuando el destino se hubiera cumplido, muchos recordarían la mañana en que el niño se abalanzó sobre el ofensor de su madre, con puños demasiado pequeños para tanta rabia.

 

***

 

Capítulo 7

 

(Sobre la compleja y triste historia de la familia Farjat, inmigrantes llegados al pueblo

con una mano atrás y otra adelante, lo que no sería grave si no hubieran terminado

del mismo modo, muchos años después)

 

XXIII

 

A

quiles tenía cinco años cuando su tío Parquímedes II le regaló un perrito blanco y moteado de manchas negras. «¡Una vaquita, qué linda!», exclamó el niño, apretando al animalito contra el pecho. «No es una vaca, es un perro», dijo su padre, mientras ordeñaba una vaca enorme y huesuda llamada Rosy. «No, es una vaca, ¿no ves que es blanca y con manchas negras, igual que Rosy?». El padre sonrió y no dijo nada, pero su tío le explicó que el perro era de verdad un perro y no una vaquita recién nacida, como parecía. «Pero entonces...- se desilusionó el niño -¿no es que las vacas comienzan siendo perritos y después crecen y se vuelven vacas?» Por las dudas y hasta que murió, diez años más tarde, el perro de Aquiles se llamó Rosy y aunque ladraba y hacía todas las cosas que normalmente hacen los perros, su dueño creyó siempre que el animal tenía algo vacuno, como si la Naturaleza hubiera decidido sólo a último minuto hacerlo ladrar en vez de dar leche y comerse el pasto del jardín. Por aquella época aún no vivían en Nueva Atenas, sino en una de las compañías más alejadas, a la que llamaban Helesponto para mantener la consonancia helénica con el centro comunal. La casa de los Farjat, descendientes en línea directa del legendario Ibrahim, un libanés que llegó a América en el siglo diecinueve e hizo fortuna con el tráfico de maderas finas, era una construcción de listones de los más variados tipos de árboles, lo que le daba una apariencia desordenada. Para desgracia de sus herederos, el viejo había empezado a enloquecer allá por 1.901, cuando un pariente anarquista - Yamil Menem - fue con el cuento de la revolución social y lo convenció de repartir malamente sus bienes y asociarse con él para sabotear al gobierno. Sin pedir opinión a nadie, Ibrahim dividió su hacienda entre amigos y conocidos y luego se recluyó con el primo para iniciarse en las conspiraciones políticas. Habían decidido cambiar el mundo y comenzaron por deformar un riel con una barreta y descarrilar el tren zafrero, uno de cuyos vagones se deslizó por la ladera y fue a parar al fondo de un barranco, donde permaneció olvidado hasta que Camilo lo usó para esconderse de los hombres de Verón. Quizás se hubieran conformado con el estropicio de aquella primera locura, pero tuvieron la desdicha de que nadie conociera su parte en el desastre, lo que a su mal juicio anulaba los efectos de la acción. «¿Cómo van a seguirnos si no saben que fuimos nosotros?», repetía una y otra vez el primo, acertando. «Habrá sido culpa de Calístipo Machuca, el maquinista», decía la gente y desechaba burlona las indiscreciones de los complotados, que a toda costa querían hacer saber su inquietud terrorista. Cuando se convencieron de que no les creería nadie, planearon otro golpe:

- Pongamos una bomba - Sugirió Yamil, de quien después se supo que andaba fugado de un hospicio de Argentina. Consiguieron una caja de dinamita, comprada a precio de oro a Aristófanes Caballero, hermano de Protágoras y dueño de una constructora dedicada a partir la selva en pedazos que después vendían a empresas norteamericanas y holandesas. Encerrados durante toda una noche, los anarquistas fabricaron un artefacto que no tenía aspecto muy amenazante, aunque contenía explosivos como para volar media manzana. Les pareció que el ingenio daría resultado, siempre que encontraran el blanco apropiado ¿Cual podría ser? ¿Un puente, tal vez, o mejor un banco? Después de mucho especular,  decidieron volar la comisaría, un botín que pareció razonable en ese momento, aunque tenía el inconveniente de estar bajo la custodia del cabo Rumínides y su escopeta de caza. Lo grave es que seguía sin resolverse el problema inicial:

- ¿Y cómo hacemos para que sepan que fuimos nosotros? – Se angustió Yamil, mientras esperaban que anocheciera. A Ibrahim se le ocurrió la idea de escribir una nota en la pared, brillante solución que los obligó a retardar un día el ataque, pues hubo que aguardar a la mañana siguiente para comprar pintura en el almacén de Yayá, futuro testigo del juicio que vendría. Un domingo a la noche, el mismo Ibrahim garrapateó sobre una pared lateral de la garita un letrero que decía: «¡Unase a Yamil y a Ibrahim en la lucha contra los esplotadores!¡Muera el govierno!» y ahí nomás el loco encendió la mecha. No se les había ocurrido pensar que si volaba la comisaría, el cabo volaría con ella. Y así sucedió. Fue un desastre, pero incluso en esa segunda oportunidad se podrían haber salvado, pues al derrumbarse la pared en la que dejaron su firma, nadie hubiera llegado a conocer sus deseos de matar al govierno. Los atraparon porque el primo Yamil estaba de verdad chiflado y después de encender la mecha se asomó a la ventana a mirar hacia adentro, para no perderse los detalles del fogonazo. Ibrahim, que ya había empezado a correr, tuvo que volver al rescate y la onda expansiva los alcanzó a los dos, desparramándolos entre los escombros. Partenón Zapiola, el Comisario de la época, los declaró sospechosos primero, los molió a palos después y finalmente los entregó al jefe del Regimiento, quien organizó un juicio multitudinario en el salón parroquial. Los anarquistas estaban felices, pese a la sopapeada. Sacaban pecho, sonrientes frente al gentío, estirando el cuello para reconocer aquí y allá a los que habían ido a verlos. Estaban todos. Desde un auténtico Juez de la Nación hasta la viuda del cabo Rumínides, pasando por importantes Jefes militares, periodistas de otros países, curiosos de las comarcas más distantes y hasta los atribulados doce hijos de Ibrahim, que seguían sin comprender qué bicho le había picado al padre. Los testigos declararon lo suyo y la sentencia cayó lapidaria a la mañana siguiente, cuando el Juez les decretó el fusilamiento. Recién entonces Ibrahim comprendió que la cosa era grave y se quedó pasmado. Los vecinos, que se divertían a lo grande con las morisquetas del loco, dejaron de reirse y se pusieron serios. Se oyeron en el patio los aprestos apurados del pelotón y al rato cuatro guardias entraron sombríos a la sala, desenrollando unas cuerdas blancas.

- ¡Esperen! - Alcanzó a gemir Ibrahim, mientras les ataban las manos a la espalda - ¡Ustedes no entienden! ¡Yamil! ¡Yamil! ¡Decíles algo!

- ¡Viva la industria automotriz! - Exclamó el demente, quizás porque había cambiado su ideología o tal vez porque se había olvidado qué estaban haciendo allí. A empujones, los sacaron entre la multitud y los dejaron contra una pared de adobe. Ibrahim miró las bocas de los fusiles -contó cinco- y pensó que les estaban haciendo una broma, que en realidad no les iba a pasar nada. Pero entonces descubrió al cura tapándose los ojos y supo que estaban perdidos.

- ¡Al fin y al cabo, nadie muere por las razones que quisiera! - Alcanzó a exclamar, antes que los cinco plomazos le partieran el pecho.

Dos minutos más tarde le tocó el turno al loco, mientras los doce hijos de Ibrahim miraban la escena trepados a un mango. El menor de ellos, Heráclito, tenía tres años y empezó a chuparse un dedo en el mismo instante en que mataban a su padre. La imagen lo persiguió durante toda la vida y el día en que lo alcanzó la muerte, su nieto Aquiles lo vio meterse un dedo en la boca antes del último suspiro. El niño, que para entonces tenía seis años y vivía preocupado por la cuestión de que los perritos se convirtieran en vacas, se sorprendió mucho más cuando vio que los ancianitos se volvían niños al morir. Entre Heráclito y Aquiles estuvo Sócrates, que se pasó la vida bebiendo la cicuta de la miseria y amargándose por el despilfarro de la fortuna familiar, riqueza que nunca había visto y que igual consideraba suya. Olvidados durante años por la comunidad, los otros huérfanos del anarquista se esparcieron por los alrededores para sobrevivir, construyendo precarias cabañas a las que con el tiempo se sumaron las de los propios hijos, los primos y nuevos parientes llegados del Líbano, de Siria y hasta de Turquía, como para justificar el apelativo de turcos que los distinguió. Casi todos, a su vez, levantaron otras casas, trazaron caminos vecinales y terminaron por fundar una comunidad rural que se desparramó por los montes, creando sin pretenderlo las compañías que décadas más tarde rodearían a Nueva Atenas. Pero el proceso duró un tiempo demasiado largo y costó un esfuerzo demasiado grande, de modo que los frutos no serían vistos jamás por los niños del árbol, cuyo destino siempre estaría marcado por aquella tragedia inicial. Sin embargo, tal vez fueron los descendientes de Heráclito quienes heredaron la sombra más pesada del drama, arropados por una tristeza que sólo se extinguiría con la vida del último Farjat.

 

 

 

XXIV

 

Heráclito, al igual que sus hermanos, tuvo que batallar toda la juventud contra la invasión del monte, que crecía desaforado por cada resquicio y engendraba alacranes bajo las camas, víboras en los corredores y arañas industriosas por todos lados, mientras el jardín primorosamente arreglado ayer amanecía hoy ahogado por la maleza y la pequeña casa se estrechaba y oscurecía, vencida por el peso de la vegetación. Luego, cuando más o menos habían logrado engañar a la selva y retirarla unos metros, sus huertas incipientes sufrieron la prepotencia de los capangas, enviados por los terratenientes a elegir las mejores zonas para incorporarlas al patrimonio familiar. Cuatro de los doce hermanos fueron asesinados en los años siguientes, baleados por la espalda mientras araban de sol a sol las hectáreas arrancadas al monte. Dos de las hermanas murieron de parto, desangradas a la luz de un farol de angustia. De los que alcanzaron la sufrida madurez de los treinta, uno fue tragado por la crecida del Paraná y a otro se lo llevaron las fiebres palúdicas, en tanto que Saúl, el mayor, un día salió a enfrentar a tiros de Winchester a los mbaretés del gringo Morrison y desapareció después de matar a uno, herir gravemente a tres y jurarle al gringo que lo dejaba vivo sólo porque se había quedado sin balas. Morrison, un truhán de Filadelfia con cierto éxito como asaltante de bancos y oficinas postales, había escapado a Sudamérica huyendo de los Rangers y recalado primero en el Guairá, donde trabó amistad con un general que contrabandeaba licores y era muy amigo de los Caballero, a quienes ofreció sus servicios de bandido importado. Por aquellos años era Intendente el padre de Espeucipo, quien cedió unas hectáreas al gringo a cambio de que le ayudara a deshacerse de esos turcos de mierda que seguían trayendo a sus parientes pobres del otro lado del mundo. Con el apoyo de cuatro matarifes paraguayos, Morrison puso manos a la obra y lo hizo bastante bien hasta que se le ocurrió pisar la chacrita de los Farjat. Humillado y rabioso, después del tiroteo puso precio a la cabeza de Saúl y lo persiguió en vano durante diez años, hasta el día en que cayó degollado por uno de sus propios mbaretés, en venganza porque le había trampeado la mujer. Saúl, de todos modos, nunca regresó al pueblo y nada más se supo de él.

Cuando nació Aquiles, sólo le quedaban tres miembros a la familia del fecundo Ibrahim sus hijos Heráclito, Platón y Parquímides, pues la esposa había muerto en algún momento impreciso entre tantas desgracias. Igual, los sobrevivientes no duraron mucho más. Agotados por una larga vida de penurias, los viejitos se fueron muriendo sin que pareciera mal que al fin descansaran un poco. Platón fue el primero, atragantado con un carozo de aceituna mientras festejaba el nacimiento de Aquiles. Prematuramente envejecido, a los sesenta y cinco años tenía la piel apergaminada y se pasaba los días calladito y quieto, así que notaron su muerte recién cuando empezó a oler mal, tres días más tarde. Luego le tocó el turno a Parquímides, que dejó el mundo sin aportar descendencia. Estaba sentado en su poltrona, un domingo a la tarde, cuando de repente se incorporó un poco y dijo «¡eh, miren quién viene!», tras lo cual inclinó la cabeza y se quedó muerto. Nunca supieron a quién se refería. Heráclito, quien como se sabe era el menor de la docena, había tenido sólo dos hijos - Sócrates y Parquímedes II - pues perdió a la esposa en el nacimiento del segundo. De Sócrates nació Aquiles y de Parquímedes II nadie en absoluto, de modo que la brava estirpe se extinguió a plomo y fuego cuando cayó Aquiles, al final de la Guerra de los Descalzos. Aquel día, mientras el humo de la pólvora le picaban en la garganta, él recordó la historia del bisabuelo, enfrentando al pelotón con la pena de no morir por las razones que quería. Justamente, de aquel famoso episodio discurría Heráclito la noche en que se le cortó el habla y empezaron a enfriársele los ojos. En un último gesto, como si temiera enfrentar a la muerte sin ayuda, se llevó un pulgar a la boca y lo chupeteó unos segundos, antes de quedarse para siempre quieto. Sócrates hizo como que no se había dado cuenta y retomó la narración allí donde el muerto acababa de dejarla, mientras dos lágrimas caían por su rostro curtido. Al día siguiente, enterró a su padre en los fondos de la plantación.

De la inmensa familia que habían sido en los viejos tiempos, sólo quedaban Sócrates, su esposa Asunción y el pequeño hijo de ambos, Aquiles, más el tío solterón, Parquímides II. Entre los cuatro cultivaban un yerbatal que todos los años amenazaba ser tragado por la selva y con el que apenas subsistían, pese a que también criaban unas cuantas vacas - la huesuda Rosy, entre ellas -, cerdos, gallinas, patos y un par de caballos para ayudar en las tareas campestres. No tenían luz eléctrica ni agua corriente, la mayoría de las veces no había dinero más que para lo imprescindible y soportaban la constante hostilidad de la United Herb, una compañía de aspecto norteamericano - con bandera y todo - pero que en realidad pertenecía a Manfredini. Según la estrategia habitual, bandas de matones presionaban sin descanso a los pocos minifundistas que quedaban, los que tarde o temprano se daban por vencidos, vendían sus pequeñas propiedades y abandonaban la región.

Eran tiempos difíciles y aún así, Aquiles guardaría buenos recuerdos de aquella precariedad. «Eramos pobres, pero muy felices», solía comentar, ya adulto, sin detenerse a pensar si era cierto. Bien temprano en las mañanas, su madre lo levantaba y le servía un tazón de leche recién ordeñada, mientras él se lavaba en el aljibe del patio. Después, ensillaban al caballo más chico y salían al paso rumbo a la escuela, distante a varios kilómetros. Una infinita variedad de pájaros bailoteaba entre el follaje, desparramando trinos y colores. De tanto en tanto, una gacela cruzaba a los saltos y en más de una ocasión oyeron, no muy lejos, el rugido de un yaguareté. Fue tan honda la impresión de aquellos años, que aún en los últimos días de su vida sólo necesitaba cerrar los ojos para ver otra vez el sol colorado y grandioso, emergiendo de la selva y elevándose entre brumas sobre el cielo del amanecer. Cabalgando despacio, serpenteaban por un caminito de tierra roja hasta el recodo donde los esperaba su amigo Ulises, hijo menor del único vecino cercano, Sófocles Martínez, inmigrante español que se había hecho rico prestando dinero a interés.

Ulises tenía un caballo grande y enérgico, tan negro, que llamaba la atención. Era – casi - un caballo azul, llamado Sansón en honor a sus largas crines. Apenas llegaban al punto de encuentro, Aquiles se desprendía de su jamelgo añoso - tan pobre que ni siquiera tenía color -, besaba a su madre y saltaba a la grupa del equino heroico, en el cual seguían viaje los amigos. Blanqueando sus guardapolvos sobre el lomo del animal, regresaban al mediodía levantando un polvo bermellón que flotaba en el aire, de tan espeso y húmedo. Su madre lo aguardaba en el mismo lugar en que lo había dejado a la mañana, sosteniendo las riendas del solípedo mientras dormitaba un rato. Alguna vez - mucho más adelante - a Aquiles le dio por pensar que aquellos momentos eran tal vez el único descanso de aquella mujer en todo el día, pero de niño no veía esas cosas. Será por eso que, sin sentirlo, los años de la infancia se fueron desgranando poco a poco, dejando al paso el agridulce sabor que cede el tiempo, hecho de penas y felicidades perdidas para siempre.

 

XXV

 

A cinco kilómetros de la casa de Ulises vivían los Daud, inmigrantes recientes que habían traído dinero como para comprarse un pequeño barco, con el que recorrían el Paraná llevando carga para las empresas de Manfredini. Los chicos eran dos, Julián, el mayor y Fedípides, el menor. Al mayor lo apodaron El Turco apenas entró a la escuela, pues tenía la costumbre de llevar un turbante verde que había sido - según él - del mismísimo Lawrence, el de Arabia. Cuando el hermano entró a clases lo llamaron El Turquito, apodo que luego se fue perdiendo en beneficio del nombre original. Durante todo lo que les duró la primaria, los cuatro muchachos fueron inseparables, pero las diferencias afloraron a medida que llegaba la adolescencia, época en la que acabaron apartándose los unos de los otros, casi sin darse cuenta. Para el tiempo en que los hermanos asesinaron al padre de Ulises, prácticamente habían dejado de verse.

- Esa gente no tiene buena entraña - Murmuraba, meneando la cabeza con desagrado, el viejo Sócrates. No tardarían en descubrir que tenía razón. Emir Daud - padre de los muchachos - apareció en inesperada visita un día, pocas semanas antes de la navidad. Su llegada - inimaginable, a decir verdad - estuvo precedida por la trágica muerte del perro Rosy, aplastado el día antes por el tractor de Parquímides II. Lo enterraron con honras de amigo fiel, bajo la mirada afligida de los otros perros de la casa. «Esto es un mal augurio», había dicho la madre de Aquiles y en lo mismo pensó el padre cuando vio caer a Emir, dicharachero y sonriente como pariente rico. Para entonces, sus negocios habían progresado tanto que se daba el lujo de conducir un Ford inmenso y negro, al estilo de los popes de Nueva Atenas. Estacionó a la entrada de la chacra, esperó a que se disipara el polvo y luego bajó cargado de regalos, ante la sorpresa general. Elegante como un recién casado y sonriendo de oreja a oreja, se presentó como «vuestro combatriota y amigo»y enseguida pasó a entregar lo que había llevado. «Esto es bara lo amigo de mis hijos, esto es bara la batrona, esto bara don Sócrates y esto último bara don Barquímides», decía, mientras repartía paquetes entre sus azorados vecinos. Nunca lo habían visto antes de esa estrafalaria aparición, ni volverían a verlo, pero el incidente les quedaría grabado para siempre, sobre todo por lo que pasaría después.

- ¿Y cómo andan las cosas, baisano? - Preguntó después de los regalos, degustando una limonada de urgencia. Sócrates le confió que las cosas no iban tan bien como hubiera deseado, pero que no perdía las esperanzas de que mejoraran. Hablaron de las chacras, de las buenas y malas cosechas, de los estropicios que cometía el Gobierno y de todas esas cosas inocuas que se dicen los desconocidos, hasta que se les terminaron los temas y Daud decidió que era hora de marcharse. Tan obsequioso como al llegar, se despidió con grandes alharacas y luego se hizo acompañar hasta el auto por el dueño de casa. Cuando estaban dándose las manos, deslizó una frase que seguramente encerraba todo el motivo de la visita. Dijo «Usted ha trabajado mucho y bor nada, baisano, yo lo combro todo su chacrito y a buen dinero, dos mil bara mi baisano».

- Gracias, pero jamás vendería esta tierra que le ha costado sangre a los míos - Respondió Sócrates y a Daud se le diluyó la sonrisa. Acomodó el nudo de la corbata, subió al auto y se marchó sin decir más nada.

Al mes siguiente sucedió algo llamativo. Los dos caballos amanecieron muertos, echando una espuma verdosa por los belfos. ¿Qué habría pasado? Parecían envenenados, pero, ¿cómo? Fue un golpe muy duro para la familia, que en adelante tendría que caminar kilómetros para cualquier cosa que significara salir de la chacra. Aquiles tenía la suerte de que Ulises pasaba a buscarlo en su nuevo caballo - el potro negro se había mancado y debieron sacrificarlo - pero sus padres y el tío quedaban anclados. “Cuando tu tío atropelló al perro, le abrió la puerta a las desgracias”, dijo la madre de Aquiles, sintiendo en los huesos el escalofrío de la mala estrella. Para darle la razón, poco después les llegó su hora a los chanchos, que desaparecieron de noche sin que nadie oyera nada y sin que ladraran los perros, pues habían sido cuidadosamente envenenados con vidrio molido. Ante la evidencia de que alguien les había declarado la guerra, los hombres de la casa arrearon cinco de las seis vacas que tenían y fueron a venderlas al matadero. «Es la única manera de salvarlas», dijo Sócrates, filosofando sin querer sobre la vida y la muerte. Sólo dejaron una lechera que tuvieron escondieron en la cocina para que nadie la despenara antes que ellos. “Esto ha pasado siempre”, decía Sócrates, “pero nunca creí que nos llegaría el turno ¿Cómo nos van a cuatrerear a nosotros, que somos pobres? ¿Quién será el desgraciado que nos quiere echar de aquí?”.

- Ha de ser ese Daud de mierda - Murmuraba Parquímides II, masticando un trozo de tabaco como si quisiera quebrarse los dientes - Pero la chacra vale más de los dos mil que ofreció.

- No se la vendería ni por el triple - Advirtió el hermano mayor, escupiendo en el suelo.

 Aquiles, que los estaba escuchando, salió muy temprano a la mañana siguiente y caminó los catorce kilómetros que separaban su chacra de la de los Daud. Julián lo escuchó azorado, con los ojos ardiendo por las lágrimas, pero sin interrumpirlo mientras el amigo reclamaba furioso un alto el fuego. El menor se tapaba la boca con una mano y abría los ojos tan grandes que provocaba miedo.

- ¿Acaso no somos como hermanos, vos y nosotros? - Dijo de pronto Julián, dejando caer una lágrima sobre su primera sombra de barba - ¿Acaso no nos hemos criado juntos, prácticamente? ¿Cómo podés creer que nuestro padre le haría algo, cualquier daño, a tu familia? ¡Para que vayas sabiendo, hermano, a nosotros también nos mataron los perros hace dos semana y nos robaron casi veinte vacas y nunca se nos hubiera ocurrido pensar que fuera tu padre!

Y Aquiles terminó abrazado con sus amigos del alma, pero a las dos noches, alguien que no vieron le prendió fuego al galpón donde Sócrates guardaba los utensilios de labor, lo que fue aún más grave que la matanza de los animales. En sólo tres días más, cuatro escopetazos atravesaron la puerta de calle y a la semana siguiente, mientras la vaca bebía agua de un balde se cayó de rodillas y rodó muerta entre escupitajos azules, con lo que descubrieron que el agua del pozo estaba envenenada sin apelación.

- Fueron ellos, carajo - Repetía Parquímides II, enjugándose las lágrimas mientras enterraban a la vaca - Tenemos que hablar con Daud y acabar con ésto.

Tragándose el orgullo, Sócrates envió a su hijo a buscar a Emir, con el mensaje de que quería hablarle. El otro le respondió que estaba muy ocupado, pero que fuera de todos modos al otro mes y que lo recibiría con gusto. «Quiere humillarme para asegurarse la victoria» murmuró Sócrates y cargó el revólver de seis tiros debajo de un pulóver rasposo y fue a negociar lo que restaba de su chacra. “Papá, déje el revólver, por favor”, le rogó Aquiles, queriendo cerrarle el paso junto a la tranquera. Sin responder nada, su padre lo hizo a un lado con firmeza y salió al camino. La esposa, que presentía que el marido no volvería más, apenas lo vio partir le pidió al cuñado que fuera a la ciudad a buscar una pieza de alquiler, para que la familia pudiera trasladarse cuanto antes.

Sócrates fue a parar a la cárcel del Regimiento ese mismo día, pese a que no acertó ninguno de los seis plomazos que le tiró a Daud. Los erró todos, quién sabe cómo, gatillando sin parar mientras su enemigo corría alrededor del Ford. Dos capataces lo redujeron cuando ya se había quedado sin balas y lo llevaron atado de pies y manos a la comisaría, de donde pasó al calabozo en el que envejecería los próximos dos años. A los pocos días, un emisario de los Daud fue a ver a Parquímides y pagó novecientos pesos por la chacra, plata con la que los Farjat desembarcaron en Nueva Atenas, una semana después. Allí comenzaron los tiempos verdaderamente difíciles. Se instalaron en los fondos de un bodegón oscuro, en cuatro piezas con paredes sin reboque y pisos de tierra que en nada mejoraban la precaria vida en el campo. Los techos de tacuara trenzada tenían una infinita cantidad de agujeros, el baño era una letrina que hubiera asqueado a la vaca Rosy y la cocina no pasaba de ser un fogón ceniciento, pero tenían un hogar. Claro que faltaban los árboles que albergaban colibríes y pitoués, no había un minuto en el que no extrañaran el olor de la yerba mate y se andaban chocando en la estrechez de los cuartos, aunque lo peor de todo era la ausencia de Sócrates, confinado a pan y agua quién sabía hasta cuando. Fueron los días en los que Aquiles aprendió a fumar, sentado en la vereda junto a Ulises. Se quedaban hasta muy tarde conversando sobre cómo organizarían la vida, si pudieran, hablando hasta que el amanecer despertaba los ruidos del mercado, media cuadra más abajo y luego se iban a desayunar unos mates con los changarines. A media mañana terminaban durmiendo sobre las bolsas de papas, hartos del mundo.

 

XXVI

 

Les tocó la milicia justo cuando habían inaugurado un puesto de venta de frutas, conseguidas un poco de la chacra de los Martínez - el viejo Sófocles se las vendió a precio reducido, pero no les regaló ni un limón - y otro poco de los puesteros más viejos, que se las pasaron en consignación hasta que les mejorara el viento. Allí estaban, gritando a voz en cuello las ofertas del día, cuando irrumpieron por la cuadra un Cabo y tres conscriptos, pidiendo documentos y separando a los que aparentaban tener entre dieciséis y veinte años. El jefe era un individuo retacón y cejijunto, fruncida la pequeña frente sobre un par de ojitos porcinos. Una pelusa lacia y rala le oscurecía la zona donde debió estar un bigote, pero en compensación lucía una pelambre dura y motosa, contenida a duras penas por la gorra militar. Llevaba un sable antiguo en la diestra y un Colt cuarenta y cuatro bajo el cinto, pero lo intimidante era más bien su actitud, esa forma de agachar el lomo sin dejar de mirar fijo, como si se propusiera atacar al primer motivo. Sus secretarios iban desarmados y descalzos, pero sin escatimar codazos y puntapiés a los que pretendieran eludir el llamado patrio. “¡A ver! ¡Documentos!”, ladró, plantándose frente a Aquiles mientras a sus espaldas se producía el desbande general. Se los llevaron ahí mismo, a él, a Ulises y a un changarín llamado Narciso, famoso entre los puesteros por su calidad de cantor y por el éxito que tenía entre las domésticas del barrio. Alegre y fanfarrón, Narciso se vanagloriaba de no haber dejado escapar ni una sola y tiraba apuestas sobre cuándo caerían las nuevas, las recién llegadas que recorrían la plaza por primera vez y escuchaban hablar, azoradas, del crédito del pueblo, dueño de una virilidad que les dejaba los ojitos en blanco. Era tal su atractivo, que durante los meses posteriores a la partida, las muchachas anduvieron desoladas por la ausencia del héroe y no faltaron las que propusieron viajar a verlo al Regimiento, aunque fuera de lejos. Sin embargo, con el tiempo lo fueron olvidando y sólo volvieron a hablar de él cuando ocurrió la comentada desgracia de Carocito Núñez. El pobre Narciso, que se marchó del pueblo tirando besos desde el camión militar, nunca regresó y al paso de los años ya no lo recordaba nadie, como si no hubiese existido. Si alguna vez, por ventura, alguien preguntaba por él, la madre respondía: «Se fue al Regimiento, allí está todavía». Pero claro, ya no era cierto.

- Quizás volvió y no lo reconocimos - Bromeaban los changarines - Dicen que nadie es el mismo, después de pasarse un año allá.

El Regimiento de Frontera «Teniente Rolando Serrano», estaba enclavado al fondo de un valle tapizado de los más espesos yerbatales que el mundo viera jamás. Debía su nombre al único muerto de la legendaria Guerra del Mate, riña fronteriza que involucró a capangas, mafiosos y colonos de los tres países y que se dio por terminada la noche en que murió - nunca se supo cómo - el susodicho oficial. Recuperada la paz y a fin de evitar un rebrote de la violencia, el coronel Leónidas Caballero - padre de los fundadores del Partido Republicano - se organizó con los vecinos y levantó una garita, la que con los años creció hasta ser un Regimiento auténtico, compuesto de arsenal, intendencia, panadería, escuela y un barracón que albergaba a un centenar de conscriptos, cazados a como diera lugar por la región. Hacia los fondos, sobre la ladera de una sierrita boscosa, tres cabañas cubiertas de maleza ocultaban a los presos que no cabían en las comisarías o que, por su peligrosidad, era menester mantener a distancia. Allí fue a parar el viejo Sócrates, tan cerca de los tres muchachos y sin que lo supieran, ocupados en aprender asuntos que no les servirían y despojándose de los últimos recuerdos dulces que les quedaban.

- Las tres primeras cosas que deben aprender aquí - Empezó diciéndoles el Cabo que los había atrapado, del que luego supieron se llamaba Gallinar - son las siguientes: primero, que no saben nada; segundo, que no tienen nada y mucho menos razón; tercero, que no son hombres. Ustedes son cosas y yo soy el dueño de todas las cosas que hay en el Regimiento. ¿Escucharon, manga de infelices?

Fue un buen comienzo, pese a todo, porque después conocieron al Teniente Verón, un oficial delgado y de piel pálida, bigotito rubio y unos ojos helados que parecían muertos. Era la máxima autoridad, pese a lo cual casi nunca hablaba. Vivía en una cabaña en extremo austera, justo detrás del arsenal, donde había instalado una pequeña biblioteca, un catre de campaña, un crucifijo y un tocadiscos en el que escuchaba unos valses  tristes y lánguidos. Era un hombre inabordable, capaz de crear un abismo entre él y el resto de los que sobrevivían el destierro de la conscripción. «Un fanático», diagnosticó Aquiles. «Un hijo de puta como los demás», aclaró uno de los soldados más viejos, «Un desgraciado que roba a dos manos mientras le reza a la Virgen y se cree aristócrata».

Aquiles recordaría aquellos seis primeros meses en el Regimiento como los más terribles de toda su vida. Tocaban diana a las cinco, se bañaban con un jarrito de agua turbia y luego de vestirse de fajina - sin probar bocado - salían a trotar alrededor de la cerca que rodeaba al Regimiento, hasta que los menos fuertes caían desmayados. A las ocho les daban un tazón de mate y un pedazo de galleta cuartelera, tras lo cual cargaban las mochilas y emprendían interminables marchas a través del monte, llenándose de espinas y garrapatas hasta que el vozarrón del Cabo les autorizaba cinco minutos para almorzar. Después había que regresar al cuartel, bañarse con cuatro gotas, colaborar en alguna tarea inútil y cenar - por fin - un mejunje de porotos y carne de cerdo, mezclada con legumbres que nadie había visto nunca y pequeños insectos de incontables patas. Finalmente, se acostaban a dormir, más muertos que vivos. Los sábados recibían la autorización de utilizar la laguna para bañarse, lo que constituía la única diversión semanal.

Eran un total de ochenta y dos reclutas, de los cuales la mitad ya había cumplido el servicio pero permanecía acuartelado en castigo por alguna falta, como quedarse dormido en la guardia, hablar durante la formación o desmayarse en las descuereadas. Eran los veteranos, los que habían aprendido todas las mañas y acumulado todos los resentimientos. Habilísimos en la simulación, delatores consumados y ladrones eximios, su ocupación principal era el maltrato a los conscriptos más débiles, un grupito de cuatro soldados a los que llamaban «Pandulce» y a los que obligaban a servirles en cualquier ocurrencia, práctica que a veces se volvía feroz y que el Cabo alentaba, haciendo la vista gorda. Los mártires lavaban y planchaban la ropa de sus verdugos, les lustraban las botas y les enjabonaban el cuerpo en la laguna, haciendo de novias por las noches, entre risas apagadas, gemidos y traqueteos de catres contra la pared. Al principio, Aquiles, Ulises y Narciso trataron de mantenerse siempre cerca el uno del otro, por si fuera necesario defenderse de alguna contrariedad. Los robos eran moneda corriente, tan comunes como el hambre que mordía a toda hora, sobre todo en aquella primera parte del año. Los veteranos, en cambio, no tenían problema, pues habían montado un sistema complejo y eficaz para saquear la despensa, a cargo del más antiguo de los Pandulces, un mancebo incorregible que ya llevaba seis años allí, sin mostrar apuro en renunciar. Se llamaba Gualberto Núñez, pero le decían Carocito en honor a su pequeño escroto, rosado y frágil. Lejos de los rigores del entrenamiento, se conservaba pálido y bien comido, feliz con su papel de dueño de las máximas apetencias de la soldadesca: comida y el sexo, tesoros que administraba a la perfección, vendiéndolos, prestándolos o canjeándolos según la necesidad o la cara del cliente, lo que le permitía ahorrar dinero y convertirse, de hecho, en la tercera autoridad del Regimiento. A decir verdad, los nuevos no se acordaban del sexo por aquellos meses, molidos hasta la exageración por el entrenamiento. Pero a partir del segundo semestre todo cambiaba, pues se daba por terminada la parte física y los reclutas del nuevo grupo se unían a los veteranos para las prácticas de tiro y de defensa personal, ocupando el resto del tiempo en aprender a marchar y a sobrevivir al insoportable tedio de las horas muertas. La vida se volvía menos dura, pero aumentaba el peligro, pues la ley permitía que sólo la mitad de la promoción fuera licenciada a fin de año, de modo que los veteranos procuraban lograr que los nuevos fueran castigados y ocuparan sus sitios, el cupo de los que permanecerían una temporada más. Como era habitual, aquel año también se multiplicaron los robos, las trampas, las peleas y rivalidades de toda clase, sobre todo cuando los veteranos decidieron incorporar a su servicio a los novatos Calixto Gauna y Epímides Guzmán. Aunque las peleas eran frecuentes, tanto porque uno le había robado algo a otro como por ganar los favores de alguno de los Pandulces, los tres amigos se habían mantenido a salvo de toda discordia o castigo, cumpliendo el tradicional mandato de pasar desapercibido y no diferenciarse del resto ni por mejores, ni por peores. Sin embargo, no pudieron evitar que empezaran los problemas el día en que Carocito Núñez vio por primera vez a Narciso, desnudo en la laguna y haciendo bailotear la pinga. El enamoramiento del mancebo fue arrasador, definitivo, pese a que por la época servía a la intimidad de dos de los peores rasos del batallón: Anunciado Battilana, un mocetón que hacía el papel de novio formal y Agamenón García, un rufián turbulento que le oficiaba de amante.

No lo habían notado al principio, pero apenas comenzaron a tener tiempo libre, descubrieron que la principal fuente de conflictos era el enredo propiciado por las relaciones privadas, a veces ocultas y a veces no tanto, que unían y separaban a los hombres en la oscuridad del cuartel. Los fines de semana, apenas Verón se retiraba a visitar el pueblo, se declaraba abierta la temporada de caza y el Cabo comandaba la búsqueda de nuevos talentos entre los más débiles, acosándolos hasta que alguno terminaba convertido en otro Pandulce. Era fácil notar quién era el nuevo cofrade, pues en los primeros días se alejaba del resto de sus compañeros, avergonzado, sin hablar con nadie hasta acostumbrarse a su nueva situación; algunos se volvían amargados y taciturnos hasta el final de la leva, pero otros le tomaban el gusto y se tornaban consentidos y volátiles, jugando a la prima donna de lo peor del cuartel. Sin embargo, había veces en que Gallinar hallaba resistencias formidables en novatos que parecían fáciles, muchachos de apariencia débil pero de un orgullo a toda prueba, jovencitos que a la hora de la verdad lo enfrentaban y terminaban muertos de un tiro, ahogados en la laguna, desnucados en accidentes confusos o suicidados sin gloria con el fusil con que montaban guardia. Eran sucesos tristes que nunca se aclaraban, porque sólo cumplían con la Patria los más pobres e indefensos, aquellos que nadie se molestaría en defender. Los parientes llegaban hasta el portón de entrada y recibían al muerto, pálido y frío, dormido para siempre en un cajón de madera barata. La entrega - triste y burocrática - se realizaba siempre a la hora de la siesta, a fin de que el solazo apurara el trámite y espantara a los deudos. Abrazados al ataúd, la madre y los hermanitos lloraban sin entender, apretando contra los rostros morenos la bandera nacional. Pero eso era todo. A los pocos minutos, el pequeño cortejo se había marchado por el sendero de tierra colorada y la vida cuartelera continuaba su inutilidad rutinaria.

Quizás fuera que a Narciso le afectaron estas historias, relatadas en voz baja en las horas de guardia y recordadas cada vez que alguno de los Pandulces cruzaba la barraca a medianoche, yendo a meterse en el catre del que lo había apalabrado en la tarde. Tal vez fuera porque añoraba el olor montuno de las sirvientas del barrio, o quiso divertirse un poco y probar algo nuevo, diferente. Por lo uno o por lo otro, o por todo junto, empezó a sostener las miradas a Carocito Núñez, a sonreir cuando le sonreía y a quedarse demasiado tiempo desnudo en la laguna, viéndolo al otro comerlo con los ojos. Excitado con la novedad, mantuvo el coqueteo durante semanas y sin darse cuenta, empezó él también a desear que algo sucediera. Y sucedió nomás, una noche en que percibió que alguien - él sabía quién – se había metido bajo la manta y le mordisqueaba los dedos de los pies. Embargado por una ansiedad irrenunciable, mantuvo la respiración mientras su visitante subía por los tobillos, las rodillas, los muslos, hasta quedarse allí donde los dos querían. Aquiles y Ulises lo notaron cambiado, pero sólo supieron el motivo cuando Agamenón García lo dijo a los cuatro vientos a mitad de un almuerzo. Rojo de vergüenza, Narciso no dijo nada, pero entonces Carocito cometió el error de servirle una ración que superaba por el doble a las de los demás, provocando la reacción airada de la soldadesca y el odio feroz de Anunciado Battilana, que le juró venganza.

- ¡No me pregunten nada, muchachos! ¡No me juzguen! - Decía Narciso, llevado fuera del comedor por sus amigos para evitarle una desgracia. Anunciado y Agamenón se pasaban un dedo índice por la garganta, prometiendo muerte. Al día siguiente, los despechados emboscaron al galán en las letrinas y le plantearon el ultimátum: o dejaba de ver a Carocito o lo destripaban. Narciso no se dejó intimidar, un poco porque tenía ese coraje callejero de los changarines y otro poco porque se había aficionado de verdad al botín en disputa. No sólo se dejaba visitar en las noches, sino que él mismo organizaba encuentros en la cocina, en el taller donde guardaban el camión o en la romántica laguna. Justo él, que siempre había alardeado de su masculinidad sin tacha, Rey de los Gavilanes y el Terror de las Palomas, terminó descubriendo en el cuartel que no había nada más apetitoso que el trasero de un palomo, vicioso y disponible.

- ¡Hermano, por favor, dejá a ese puto o te van a amasijar! - Aconsejaban los amigos, pero él no escuchaba razones. Un día, por fin, se trenzó a las trompadas con Anunciado. Terminaron con los ojos hinchados y las narices sangrantes, pero en empate. A la semana siguiente se repitió la pelea, pero con Agamenón, que era físicamente más chico que Anunciado, aunque más mañoso. Fue otro sufrido empate. Dispuesto a inclinar de una buena vez la balanza, Gallinar persiguió a Narciso con todos los medios a su alcance. Le redoblaba las guardias. Lo metía preso por delitos inexistentes. Lo torturaba a toda hora. Lo dejaba sin comer y sin dormir durante días seguidos, pero no había caso, Narciso y Carocito seguían juntos.

La historia tomaba las características de un amor imposible, pero imperecedero, de esos que se fortifican con las pruebas del destino y se hacen más grandes en la adversidad. Para complicar el panorama, la pasión se había degenerado tanto que los amantes se encontraban cada vez que podían, causando risa al principio y una general repulsa después, porque se les fue la mano. Una noche, cuando sólo quedaban dos meses de servicio, una sombra furtiva intentó acuchillar a Carocito en el baño, pero el muchacho se defendió con bravura, pegando alaridos y puntapiés hasta salir con bien. Aterrados, pero dispuestos a demostrarle al mundo que nunca cederían, Narciso y Carocito pusieron sus catres el uno al lado del otro, en abierto desafío al honor militar. Fue el acabóse. Gallinar los metió presos en celdas distintas y a la mañana siguiente dio parte del descalabro al Teniente Verón, quien ordenó que Narciso fuera subido a un camión y trasladado a un fortín en medio del Chaco, a donde partió sin despedirse de nadie. A los cuatro días, desolado, Carocito Núñez colgó una soga de una viga del techo y se ahorcó, poniéndole punto final al drama. Nunca supieron si Narciso llegó a conocer la trágica determinación, pues no regresó jamás a Nueva Atenas, donde las fámulas ya lo habían empezado a olvidar.

 

XXVII

 

Aquiles comprendió que nada de lo aprendido en aquel año tenía la menor importancia. Lo supo apenas llegó a su casa y la encontró más desvencijada de lo que la había dejado al partir. Su madre parecía una sombra, delgada y silenciosa. Caminaba apoyándose en las paredes, como si el menor soplo de viento la fuera a desarticular. Estaba tan ida, que ni siquiera demostró darse por enterada del retorno del hijo. Parquímides II tampoco se veía muy bien, aunque al menos hablaba un poco. Se había dado maña para mantener el puesto de frutas, gracias a lo cual lograron sobrevivir no sólo a la miseria, sino también al doloroso naufragio de la ausencia. “Y yo perdiendo el tiempo en ese cuartel de mierda”, murmuraba Aquiles a cada rato, viendo que sus antiguos competidores habían progresado, hundiendo su carrito al último rincón de la calle. Se asoció con Ulises, quien convenció al padre de comprar a crédito la mitad de lo que produjera la huerta, demasiado grande para una familia de sólo tres miembros. Hasta el Turco Julián le tendió una mano, deseoso de hacerle ver que no habían tenido nada que ver con el hundimiento familiar. Tragándose el orgullo, Aquiles aceptó el sulky y el caballo que le ofrecía y que sirvieron para el traslado de la mercadería durante el primer tiempo. Mucho después, cuando alguien le preguntó a qué debía su éxito, Aquiles respondió sin vacilar: “A la desesperación”. Como no tenía que pagarlas de inmediato, vendía frutas y verduras más barato que sus competidores y depositaba el ingreso diario en el Banco de Fomento, lo que le permitía ganarse - con los intereses - unos pesos extras cada mes. Por lo demás, todos sus días eran iguales. Se levantaba a las tres, recorría treinta kilómetros hasta la finca de los Martínez y recogía con Ulises lo suficiente para una jornada. Volvía a Nueva Atenas, abría el puesto a las seis y trabajaba de corrido hasta las siete de la tarde, cuando volvía a su casa, cenaba y se echaba a dormir, sin pensar más que en salir de la miseria a la que habían sido empujados por Daud. “Algún día me la pagarán”, masticaba con rabia, pese a que mantuvo carro y caballo prestados durante un año. Los devolvió recién cuando pudo comprarse una camioneta, destartalada y asmática, que además de acortarle los viajes le avisaba que estaba en el buen camino. El resto, ya llegaría.

Sócrates regresó una mañana, sin previo aviso. Apergaminado y torcido, Aquiles no lo reconoció cuando se marchó el último cliente y lo vio ahí, paradito en la calle, mirando con ojos acuosos el cajón de los tomates. Se dieron un abrazo callado y después el viejo se sentó en la vereda y aguardó, mudo y quieto, a que llegara la hora de cerrar el puesto. Nunca contó nada sobre la prisión, jamás soltó una queja ni volvió a mencionar a los Daud, como si la soledad del destierro le hubiera ahuyentado para siempre la rabia. No hablaba con nadie, ni siquiera con la esposa. Se levantaba al alba, acompañaba al hijo durante el día y después se dejaba caer sobre un catre arcaico que le habían dado en la cárcel. A veces se sentaba con el hermano a fumar cigarros de chala y parecía que iba a decir algo. Abría la boca desdentada, tomaba aire y se quedaba un instante como suspendido en la duda, pestañeando por la ansiedad. Luego se desinflaba, escondiéndose en la mudez de siempre. Sus confesiones, si es que las tenía, nunca pasaron de ser falsas alarmas. Una noche - para el tiempo en que el puesto se había transformado en un mercadito con paredes de ladrillos y techo de chapas duras - Aquiles descubrió que su padre escupía sangre y salió a buscar al Doctor Epaminondas. “Tiene tuberculosis y de las más avanzadas”, dijo el médico, garabateando una lista de medicamentos que no servirían de nada: los años de sufrimiento y miseria, finalmente, le estaban cobrando el precio. Sócrates se atragantó con la muerte un Viernes Santo, mientras se chupaba el pulgar de la mano derecha.  ¿Habrá estado soñando con su padre, trepado al árbol para ver cómo fusilaban al abuelo anarquista? Cuando lo levantaron del catre para meterlo al cajón, hallaron bajo las cobijas un revólver con seis proyectiles, comprados quién sabe cuándo ni cómo y listos para una venganza que ya no podría cumplir. “Otra deuda más de los Daud”, murmuró Aquiles, mirando al cielo.

Todos estos asuntos eran antiguos cuando Terámenes apareció con su estrafalaria oferta. El mercadito - convertido con el esfuerzo de su dueño en un almacén de ramos generales y corralón - se había mudado a un local propio y la vetusta camioneta dormía la siesta en un baldío vecino, reemplazada al fin por un camión de reparto. Llegando a la treintena, Aquiles era un hombre sólido y a salvo de los avatares económicos, pero también un solitario. Con su madre y su tío transformados en sombras silenciosas, su vida transcurría entre las paredes del negocio. Seguía soltero, no tenía gustos ni gastos, vivía para trabajar y casi para ninguna otra cosa, pues su única distracción era juntarse una vez por semana con Ulises a jugar a los naipes. Para entonces, el viejo Sófocles estaba muerto y enterrado y el amigo era el único dueño de la finca, reducida porque el padre la había ido vendiendo de a poco, para prestar en usura el dinero que obtenía. Durante algunos meses de infructuosa lucha, acompañó a Ulises una y otra vez a ver al Juez, pero no pudo probarse nada contra los Daud y para colmo, tampoco hallaron el libro donde se anotaba la nómina de sus deudores, así que no hubo a quién ir a cobrarle un peso. “Fue esa puta de Nuria Segovia”, lloró de rabia el amigo, derrotado. Fue la primera vez que Aquiles oía hablar de Nuria, la morocha a sueldo de los Manfredini, los Caballero, los Daud y quién sabe de cuántos apellidos más. Mujer desalmada y pérfida, calentona y bella, destinada a enseñar las mieles del amor verdadero al último de los Farjat.

- Don Aquiles, ahí afuera hay un cura que lo busca - Dijo el empleado. Era sábado y Aquiles estaba ocupadísimo con la suma de los remitos. Levantó la mirada y lo vio, aguardando a la entrada junto a un niño. «Decíle que pase», ordenó.

Alto como una puerta, sólido como una montaña y envuelto en su sotana, el padre Terámenes no pasaba desapercibido cuando bajaba al pueblo. Arrastrando sus sandalias polvorientas, entró a la salita donde Aquiles atendía sus asuntos y esperó, tan paciente como un león atrapado, a que el otro cerrara sus libros y lo atendiera. Dos o tres moscas ateas le revoloteaban alrededor de la cabeza, arriesgándose a quedar atrapadas por la pelambre salvaje. Aquiles despejó el escritorio y lo invitó a acercarse. El cura se presentó a sí mismo como el encargado de la Misión de los Nuevos Jesuitas y al niño como su sobrino Camilo. Sin quitarle un segundo los penetrantes ojos de encima, explicó que deseaba crear una granja modelo en los terrenos de la Misión - en realidad, dijo «un laboratorio agrario» - para que los hijos de los campesinos aprendieran allí, gratis, lo que no podrían aprender en una Universidad, porque era probable que jamás fueran.

- En España he sido director de la Escuela Agrícola de Navarra durante diez años, así que sé cómo enseñar el asunto, pero necesito de todos modos una ayuda - Aclaró, señalándolo con un dedo grueso y calloso. A continuación, metió una mano entre los trapos de la sotana y extrajo un papel escrito con una letra de trazos desparramados. Pidió bolsas de semillas, abono, cuatro marcas de químicos, herramientas y materiales para la construcción, ofreciendo a cambio la salvación eterna, garantizada con la firma del cura. Aquiles sonrió:

- Padre, no creo que yo pueda tanto, pero cuente con dos bolsas de semillas. Eso es todo lo que puedo hacer.

Terámenes se puso de pie poco a poco y dijo:

- Qué pena que no pueda, pero gracias por las semillas. Empezaremos con éso.

Aquiles llamó a uno de los dependientes, ordenó que le dieran dos bolsas de cincuenta kilos de semillas a elección y después volvió a encerrase en sus números y soledades. Todos los días alguien llegaba a pedir algo y él siempre accedía, pero aquella vez se quedó con una sensación incómoda, acaso fuera por la graciosa compensación que ofrecía el padre - ¡miren que garantizarle a uno la salvación! - o tal vez fuese por el modo en que lo miró el niño, como si lo acusara. Una hora más tarde, cerró la oficina y subió al camión para irse un rato hasta la finca de Ulises, pues había quedado en llevarle unos rollos de alambre que el otro necesitaba. Salió del pueblo, enfiló por el sendero de tierra colorada y de pronto descubrió la figura del cura, caminando medio doblado por los cien kilos que llevaba a la espalda. El sobrino lo seguía a pocos metros, apurando el paso entre nubecitas de polvo. Frenó el vehículo al lado de Terámenes y por no saber cómo disculparse, tomó uno de los bultos y lo cargó a la caja del camión. Luego, el otro. El rostro del sacerdote brillaba de sudor por el esfuerzo, pero el del niño estaba lleno de rabia. Aquiles siempre lo recordaría. «Padre, lo lamento - dijo, invitándolos a subir - no sabía que estaban a pie».

- Bah, no es nada. Usted ya había hecho todo lo que podía hacer - Respondió el cura, con un reflejo irónico que a Aquiles le pasó por alto. Manejó en silencio durante media hora, calculando todo el tiempo el sacrificio que le hubiera significado al sacerdote hacer todo ese trayecto cargando las semillas. «Cien kilos a la espalda, mierda, no cualquiera puede» Y ni siquiera lo hacía para su propio beneficio. «Bien, aquí puede dejarnos», dijo Terámenes, cuando llegaron a la entrada de la Misión, en cuyos fondos se alzaban los barracones de la escuelita rural. Aquiles bajó para ayudarle con las bolsas, pero el fraile se le adelantó y no hubo forma de quitárselas de la espalda:

- No se preocupe - Dijo, sonriendo con picardía - Es peor cargar remordimientos.

- Permítame ayudarle, por favor.

- Déjese de joder y en todo caso venga a ver para qué le pedí lo que le pedí - Respondió Terámenes y arrancó con pasos vigorosos. «Es todo un Sansón, el viejo», pensó Aquiles, tratando de darle alcance. Pasaron frente a una galería sombreada, donde una treintena de chicos almorzaba mazamorra alrededor de una mesa larga, mientras esperaban al cura para la clase de dibujo. Una mujer joven y muy bella - después supo que se trataba de la famosa Isabel - los vigilaba desde un sillón de mimbre. Terámenes no los presentó, pero se tomó todo el tiempo que quiso en mostrarle los terrenos que pensaba convertir en escuela agrícola, obligando a Aquiles a meterse entre el follaje y a sudar la gota gorda, subiendo y bajando por las lomas mientras soñaba sin parar:

- Todos los chicos que lo necesiten podrán venir aquí a educarse, a comer y a aprender a trabajar mejor la tierra que alguna vez irá a pertenecerles - Resumió, subido a una roca que le hacía las veces de pedestal. Parecía un profeta gigante, llenando el valle con su vozarrón de justiciero social. Aquiles pensó que así debió ser Moisés.

- Padre - Le dijo al rato, mientras caminaban de regreso a la escuelita, con la ropa empapada de sudor – Usted no es de aquí, del pueblo, ¿de dónde vino?

- Ah, muchacho. Lo que importa es adónde voy - Respondió el cura, riéndose. Aquiles le dio la mano y saludó a los chicos con un gesto vago. Al subir al camión, oyó la voz de Camilo diciendo:«Qué raro; un tipo tan miserable y al final nos trajo hasta acá».

No tardó más que un par de días en llenar el camión con todas las cosas que el cura le había pedido - más otras que se le ocurrieron a él - y enviarlas con Ulises, pues le daba vergüenza que se le notara la culpa. El martes apareció Camilo por el almacén y le entregó un sobre. En su interior había un papel que decía lo siguiente: «Certifico que el señor Aquiles Farjat le ha donado algunos bienes a la obra de Dios, por lo que se ha hecho acreedor a un pedazo de Cielo, el cual le es garantizado por la presente. Firmado: padre Terámenes Molina». Lo curioso es que conservó el papel hasta el final de su vida, como si hubiera querido recordárselo a Dios cuando llegara la hora. El día en que lo mataron, alguien se lo quitó de un bolsillo y lo rompió en mil pedacitos que se llevó el viento.

 

***

 

Capítulo 8

 

(Donde queda demostrado una vez más que los personajes secundarios

son los que en realidad sostienen la historia, mientras se ofrecen fortunas

por la virginidad de una bailarina amateur)

 

XXVIII

 

L

eón Valdéz cruzó el puente internacional como si se rindiera, nueve años después del día en que partiera en busca de su padre. Cargaba una bolsa marinera con algo de ropa y un libro ajado y leído mil veces, salvado por milagro de los ríos amazónicos, los guardias fronterizos y el sin fin de aventuras corridas por el camino de vuelta, marcado de desesperanza. Sentía que se había esforzado en vano, pues al fin y al cabo no halló más que pisadas antiguas, huellas que acabaron en una tumba perdida. Al principio le torturó la idea de que hubiera dado con su padre si no daba antes con la cama de Margarita y que entonces todo habría sido distinto. Quizás, por qué no, su padre aún estaría vivo. Hubiesen podido hablar, contarse cosas, explicarlo todo. Aprender y enseñar, darle un sentido a tanto sueño malgastado. Pero no pudo ser, así que emprendió la derrota del regreso con el alma desencajada por el espanto de haber fallado. Trabajando en mil oficios distintos, comiendo un día y ayunando dos, fue bajando por el mapa con la angustia del que no tiene horizontes. Ya no habría oportunidad de conocer los por qué de tanta ausencia, ni aprender nada del otro viajero. En plena retirada, divisó de lejos la cabaña de Ramón Orejuela, pero no tuvo ánimos para llegar de visita. El mar - que antes le luciera tan bello - se veía sucio y gris, como si fuera un mar distinto al que había visto en la ida. Cruzó el Ecuador, descansó un par de días en el cafetal de Sandalio Cienfuegos y deambuló sin sentido durante meses, hasta que fue a parar al Hospital de Iquitos, donde el Doctor Fagundes le contó que Yolanda había muerto el año anterior, mordida por una culebra. León se quedó un día completo sentado junto a su tumba, preguntándose cuáles eran las reglas de la vida, del amor y de la muerte. ¿Cómo saber qué decidir, qué es lo bueno y qué será lo malo si hay una sola vida y ningún modo de comparar qué hubiera pasado si elegía lo contrario? Lloró, por primera vez en la vida, sin contenerse. Por Yolanda y su belleza putrefacta. Por su padre, huyendo quién sabe de qué. Por su madre, muerta de tantas ausencias y abandonos. Y por sí mismo, por su rabia y por sentirse tan distinto al que había sido, al punto que ya no podía encontrarse ni cerrando los ojos. Fagundes no le hizo ninguna pregunta, le prestó una cabaña para que viviera y lo dejó a solas con sus recuerdos. A veces, muy de vez en cuando, León salía de su exilio selvático y visitaba al amigo en su despacho. Allí aprendió a jugar al ajedrez y a beber singani hasta que el último fantasma moría ahogado, retorciéndose entre las tripas por el fuego del alcohol.

- Voy a marcharme en uno de estos días - Dijo una noche, espantándose los mosquitos con una revista vieja. Fagundes contuvo un eructo y dijo:

- ¿Para qué? Adonde vayas vas a llevarte todo lo que crees haber enterrado aquí. Nadie huye tan rápido como para dejar atrás lo que teme. Por éso sigo en este sitio.

- Bueno, me voy igual, digamos que en busca del amor verdadero – Soltó una carcajada que sonó tan falsa como era - Tengo que saber qué más hay.

- Sólo más de lo mismo, muchacho. Traiciones, equívocos, cobardías, cosas que nunca son como uno las imagina. Por eso siempre terminamos llegando tarde. Yolanda lo sabía claramente: la selva está afuera, León. Allá, en la ciudad, ella era una apestada que provocaba asco. Aquí, entre nosotros, era una reina. A veces, cuando no es posible elegir el camino de ida, hay que contentarse con el de vuelta. Llega un momento en la vida en que uno comprende que ya no lo logrará, acepta la derrota y emprende el regreso, eligiendo un lugar para quedarse. ¿El amor? Bah, dura tanto como tardas en decepcionarte, pues uno sólo se enamora de la proyección de los propios sueños y tarde o temprano descubres que ella está llena de defectos insoportables; allí es cuando comienza tu camino de regreso.

- Estoy empezando a creer que es así: la mitad de la vida para ir y la otra mitad para volver. Si mi padre hubiera aceptado su derrota, si se hubiese vuelto, nos habríamos hallado el uno al otro. Pero él no cumplió su parte.

- Bueno, quizás sí. Estos nueve años de viaje son la educación que él te ha dejado.

León no dijo nada, pero se quedó un tiempo más. Sólo un poco. Al finalizar el tercer mes, subió a la barcaza y abandonó Iquitos para siempre. El Doctor lo despidió desde el muelle y un grupito de enfermos lo acompañó varios metros, corriendo por la costa con sus caras tristes, como si quisieran irse con él. Tardó todo el verano de ese año en cruzar Perú y casi medio otoño en llegar a Tarija, donde almorzó fricasé de pollo con Cipriano Pereyra - el tallador de lápidas -, quien le consiguió un pase para la destilería de Camirí. Allí, en la capital del oriente petrolero, pasó la otra mitad del otoño, todo el invierno y un cuarto de la primavera siguiente, embadurnado en una mezcla hedionda de lodo y petróleo. La ciudad era pequeña, pero bulliciosa y hasta cierto punto, moderna, pues el juicio al francés Debray le había dejado un aire de importancia que aún permanecía. León se hospedaba en un hotel que le recordaba al de Asunción, pero también al de Caracas. ¿Qué habría sido de Margarita, ligera y dulce, la muchacha del amor eterno? Pensar en ella aún le provocaba un sentimiento de humillación que lo desbarataba, así que se esforzó por iniciar el olvido, cubriendo su nombre con otros nuevos, menos dulces pero igual de ligeros. De todos modos, no quiso quedarse más de lo necesario en Camirí, pese a que el trabajo no era malo y le pagaban bien. En Octubre pisó de nuevo tierra guaraní, visitó a Pajarito Velarde en Mariscal Estigarribia y al fin llegó a Asunción una tarde bochornosa. Llevaba mucho dinero, pues había ahorrado cinco meses de sueldos, pero su aspecto era más harapiento que nunca. Por pura nostalgia, recorrió el puerto sin hallar a ninguno de los que había conocido una década atrás. Ni Pánfilo Abente, ni el capitán Gauto, ni la chiperita. “Lo mismo será en Nueva Atenas, mi regreso no le significa nada a nadie”, se dijo una noche, mirando el río desde los muelles vacíos. “¿A qué vuelvo?”. Y sin embargo, siguió rumbo al sur. Pasó por Puerto Stroessner con la idea de visitar al general del inodoro portátil, aunque a último momento cambió de opinión y cruzó a Foz. Comenzaba a atardecer y las primeras luces aumentaban el peso de una nostalgia nueva, como si la proximidad del final le provocara una tristeza mayor a la alegría del reencuentro. Entró al bodegón en el que había estado en el viaje de ida, se acomodó en una silla alejada del escenario vacío y pidió un café con leche. Escuchó una risita y luego una voz que dijo:

- Aquí nadie pide un café con leche, señor. Esto es un nigth club.

Levantó los ojos y se encontró con la misma muchacha que había visto una vez, saliendo de la casa de los Manfredini. El iba con su tío, que había ido a sacarlo de la comisaría. Ella, una niña con vestido de organzas, iba con una mujer mayor y decían algo así como que nunca volverían a ese apestoso pueblo. Casi chocaron, los cuatro. Y ahí estaba ahora, convertida en una mujer hermosa de ¿veinte años, veintiuno tal vez? León aspiró el olor a hembra - una mezcla suave de flores y sudor femenino - y sintió un escalofrío en el vientre. Un enamoramiento sanguíneo y seminal.

- Que sea algo de comer, entonces - Dijo, mirándola con intensidad. De pronto, todo el peso del viaje y el temor al futuro desaparecieron. Se quedó hasta tarde, esa noche, mirándola de reojo cómo iba y venía atendiendo las mesas, sonriendo a los parroquianos y devolviéndole - ¡a él! - las miradas de tanto en tanto. Cuando por fin tuvo coraje para dejar su silla, preguntó a la muchacha por qué nombre la llamaban.

- Clara - Respondió ella, sonriendo con picardía.

Después de recorrer miles de kilómetros durante tantos años, León se detuvo a sólo tres horas del retorno definitivo. Pasó la noche en una pensión barata y a la mañana temprano depositó su dinero en un Banco y salió a buscar trabajo.

 

XXIX

 

Mariazinha de Moraes creyó que tocaba el cielo con las manos cuando Pericles la contrató para seducir a Aristóteles Manfredini, pues siempre había querido acercársele cuando el millonario se sentaba a ver el show, cada viernes a la medianoche. Ella ondulaba el vientre y echaba unos ombligazos magníficos, anticipándole con las caderas lo que podría decirle con la boca si le diera oportunidad. Flameaba su negra cabellera entre las luces del escenario, le brillaba el sudor entre los pechos y le bullía la sangre, pero Manfredini nunca fue más allá de ponerse de pie para aplaudir o de dejarle unos billetes en el bretel, pues siempre andaba acompañado. Marguetta Sampaio, por ejemplo. O Dionisia Magallaes, rubias las dos. Despampanantes como actrices porteñas. Pero vino el Comisario a allanarle el camino, tejiendo sus redes policiales y logrando que la invitaran a una fiesta privada de fin de año. Fue una noche perfecta, pese a que todo terminó saliendo mal. La barcaza - la misma que usaban para el contrabando - estaba decorada como para una boda, cruzada de luces colgantes, flores y guirnaldas. Sobre el puente se había instalado una mesa cubierta de manjares y de la proa a la popa se codeaban los personajes más ilustres de la comunidad, militares, jueces y abogados enriquecidos con las prebendas fronterizas, amantes engordadas a caviar y amanuenses armados embriagándose discretamente desde el mediodía. Mariazinha llegó temprano, lo que le permitió jugar sus cartas antes de que aparecieran sus competidoras. Entró al camarote donde Manfredini se probaba el smoking y empezó, ahí mismo, una danza sin más público ni fondo musical que la respiración acezante del anfitrión, maravillado de la ropa que se deslizaba por los hombros morenos y caía sobre los pies descalzos de la muchacha. Cuando salieron del camarote, casi tres horas más tarde, ella había desplazado de un plumazo a las rubias que llegaron después. No se despegó de Manfredini ni un minuto y durmió con él esa noche y todas las noches que, con cualquier excusa, el contrabandista se escapaba de su esposa Laida.

La mulata no se acordó nunca del arreglo que la llevó al romance, se lo olvidó para siempre mientras retozaba en el barco, en el auto último modelo, en los hoteles caros o en cualquier sitio en que Aristóteles la reclamaba, de modo que el Comisario se quedó sin su espía sin obtener la menor información. Ella, que a los veinte años había tenido una larga lista de amores, cometió el error de tomar en serio su nueva pasión y en el descuido entreveró las fechas, confundió los días y se quedó embarazada. Mantuvo el secreto todo el tiempo que pudo, casi cuatro meses, hasta que se le volvió inocultable. Tuvo que decírselo. Aristóteles sonrió sin responder y de un día al otro desapareció de su vida. Fue el Turco Julián quien le dio la mala noticia, entregándole un primer cheque mensual y las llaves de un departamentito que usaban en Foz para encuentros furtivos, beneficios que duraron hasta un mes después del nacimiento. Convertida en una madre soltera más y sin nadie que le echara una mano, Mariazinha se recluyó en una piecita de la Favela Saravá, donde sobrevivió con su hija atendiendo camioneros a cinco pesos el normal y diez la francesa, pidiendo quince por un completo cuando el hambre acuciaba. Aguantó como pudo hasta que el cuerpo retomó sus formas y regresó al escenario, de donde no bajó hasta que Clarita cumplió catorce años y la reemplazó. Para entonces, madre e hija vivían en casa propia y si bien no les sobraba nada, tampoco les faltaba. Aunque seguía haciendo la vida para mejorar los ingresos familiares, Mariazinha se ocupó de que su hija tuviera la educación de una muchacha de buena familia, llegando incluso al extremo - así fue el comentario - de amenazar a la monja del colegio con un cuchillo, para que la inscribiera.

Manfredini  no volvió a aparecer y la única vez en que fueron a verlo a Nueva Atenas se negó a recibirlas, amenazándolas con la cárcel para la madre y el horfanato para la hija, si se atrevían a regresar. Ese fue el día en que se encontraron con el cura Rigoberto y su sobrino, suceso trivial que Clara recordó cuando vio a León en el bar. Para entonces, ya se había graduado en el colegio Santa Teresita y debutado con gran éxito en el escenario del bodegón y en la cama de Lucrecio Pezoa, el atrevido que casi pierde la vida por ofrecer cien pesos a cambio del virgo de la doncella. Se había enamorado de ella hasta la perdición, lo cual era un error perdonable. Lo imperdonable fue que la creyera en la misma función que las chicas del lupanar y ofreciera cien pesos por ella, con la ilusión de halagarla. Mariazinha alzó el cuchillo de matar chanchos y lo hubiera despenado en serio si el otro no salía a todo dar, balbuceando excusas. “Esa garota será más bella de lo que fue la madre”, comentó el Ruso Sojomavich, entre copa y copa, “Yo pagaría hasta cinco mil por ser el primero”. Alguien le fue con el cuento a Mariazinha, pero una cosa era espantar al idiota de Lucrecio - triste empleado de Banco - y otra a Sojomavich, decano de los joyeros locales. Al fin y al cabo, la oferta era un halago y no una ofensa. ¡Cinco mil! ¡Casi cien salarios básicos! “Ese himen vale diez mil”, discrepó con imprevista honestidad el Coronel Paulo Contreras, rico hacendado del Estado de Paraná, “Y yo los pago”. Mientras tanto, Clarita seguía contoneando el pubis hasta dejar frenética a la concurrencia, exacerbando el morbo popular a límites insospechados. Como para ella sólo se trataba de un juego, reía sin disimulo con las bocas babeantes de la primera fila, las frentes sudadas, los ojos enfebrecidos, las braguetas creciendo en su honor noche tras noche. Mariazinha, que al principio agradecía que le dieran a la hija la oportunidad de mostrarse, se sorprendió con el inesperado éxito. Nunca, ni en los mejores tiempos, la gente había hecho cola desde temprano para entrar. «Creo que debieras pagarle algo a la niña», sugirió y Maurizio le puso el mismo sueldo que a las demás chicas, todas expertas en el arte de la calentura bailable. Para recuperar la inversión, le subió el precio a todos los tragos y aún así vio redoblarse sin parar las ganancias, pues nadie estaba dispuesto a perderse la media hora en que la niña salía a hipnotizarlos.

- Si es cierto que esa fruta está todavía intacta - Murmuró una noche el General Centurión, famoso por la fortuna que había hecho contrabandeando y porque andaba de un lado a otro con su inodoro a cuestas - díganle a quien corresponda que yo pago cincuenta mil por darle el primer mordisco.

Lucrecio Pezoa, que había llegado a su límite con los cien pesos ofrecidos, rompió en llanto al conocer la oferta militar. Para su desgracia, tras ser corrido por Mariazinha le habían prohibido ingresar al bar, así que seguía los pormenores de la historia desde el exilio de la pensión. Soñaba con Clarita, vivía sólo para pensar en ella y consumía las horas de su desesperación en escribir unos poemas horribles, pero plenos de enloquecida pasión. Poco a poco y sin que la suegra supiera, los desangrados sonetos comenzaron a filtrar su vigilancia y a despertar la curiosidad de la niña, que los leía diez veces antes de guardarlos en el cuaderno de séptimo grado. Alejandrinos interminables, acrósticos insomnes y declaraciones encendidas se fueron sucediendo hasta que Clarita no supo qué hacer con tanto acoso epistolar. Para la muchacha, que había visto a las mujeres del bodegón irse con uno y otro por veinte pesos, que ofrecieran dinero por ella resultaba una diversión novedosa, pero muy distinto era que alguien la amara. No se hablaba de esas cosas en su ambiente.

- ¿Qué pensás hacer con este asunto? - Preguntó Scarpa una mañana a la madre de la estrella -El gordo ése, el militar paraguayo, me insiste con la oferta de cincuenta mil y me parece que no podemos seguir diciéndole que no. Es demasiado dinero, más del que vas a ganar por el resto de tu vida. El general...

- Que el general se vaya con su oferta a la puta que lo parió - Fue la respuesta de Mariazinha - Mi hija no está a la venta. Sólo danza.

- ¿Pero qué tiene de malo? Tarde o temprano le va a dar la chuchita a alguno y encima gratis, imagináte en cambio todo lo que podés hacer con esa plata. Clarita...

Mariazinha se puso de pie y apoyó las dos manos sobre el escritorio de su patrón, dejándolo con la frase cortada por la mitad. La mujer tragó saliva con esfuerzo, como si estuviera tragando rabia. Luego dijo:

- Mire, si me vuelve a tocar el tema sacaré a mi hija de aquí y su negocio se va a la mierda, así que...Mi hija va al colegio de las monjas. Ella será distinta.

En otros tiempos, Scarpa la hubiera echado sin miramientos, pues una mulata era fácilmente reemplazada por otra, pero Clarita ¿De dónde sacaría otra muchacha de catorce años que bailara tan bien, fuera tan bella, tan extraordinariamente sensual y además virgen, capaz de despertar pasiones que se cotizaban en cincuenta billetes grandes? ¡Ah, no podía arriesgarse a perderla! ¿Y si la madre se la llevaba a uno de sus competidores o cruzaba la frontera y la instalaba en el lado paraguayo? Sonrió, pensando en todos los años que tenía la joven por delante, bailando en el bar y atendiendo a sus mejores clientes en el amoblado del fondo. ¿Y no era, después de todo, mucho más rentable que siguiera con la virtud intacta, atrayendo a centenares de clientes cada semana y multiplicando las ventas y el trabajo de las demás chicas? Clarita despertaba los instintos y lo seguiría haciendo mientras todos se esperanzaran con ser el primero, pero en tanto eran sus compañeras de elenco las que aumentaban las ganancias del bodegón, aliviando las tensiones de la concurrencia con rápidas escapadas a la piecita de atrás. ¿Para qué apurarse, finalmente? ¡Ya terminaría Clarita por hacer lo mismo, tarde o temprano!

 

 

XXX

 

Las cosas continuaron más o menos igual por nueve semanas exactas. Clarita bailaba, los hombres se amontonaban a su alrededor y los ricos del pueblo redoblaban sus ofertas, compitiendo con sus billeteras por un virgo que pasaría a la historia. «Nunca - decían, filosofando con sorna - se volverá a pagar tanto por un pedacito de nada». Pero entonces sucedió lo que todos, secretamente, temían. Consciente de que su oferta había sido no sólo una estupidez - ¡cien pesos! - sino también una ofensa, Lucrecio multiplicó hasta lo impensable el desquicio poético con que agobiaba a la niña, matizándolo con cajitas de bombones que le enviaba a la suegra y exageradas inclinaciones de respeto al paso de Scarpa, quien no lo podía ni ver. «Ahí está el súcubo», se burlaba, cada vez que el otro aparecía envuelto en su traje negro y su pasión absurda. Mariazinha se comía los bombones pero no cedía ni un ápice el ostracismo que le había impuesto. «No sólo es un infelíz – decía - sino que además tiene cara de pervertido, con ese pelo aplastado a la gomina y la palidez de cadáver». Ni siquiera le caía bien a las otras chicas del salón - «Es un pajero», reían - cuando se deslizaba a dejar sus poemas para que alguna se lo hiciera llegar a la niña. Marginado y escarnecido, Lucrecio perseveró sin importarle las burlas y hasta se atrevió a aparecer por el bodegón el día de Navidad, metiéndose en el festejo con su habitual aire de mala muerte.

- ¿Quién invitó a Drácula? - Preguntó Scarpa, por lo bajo. Todos soltaron una carcajada y durante un rato no hicieron más que inventar nuevos apodos y bromas sobre el galán en desgracia.

- Jamás he visto a alguien menos atractivo - Dijo, muy seria, Mariazinha, que no lo echó por mantener el espíritu navideño - Es flaco como un tísico, pelado como un buitre, encorvado, pálido y encima de todo se viste de negro. ¿La verdad? Es un asco.

A Clarita, en cambio, le encantó. Su aspecto de pajarraco triste le pareció la encarnación misma del romanticismo. Allí donde otros veían flacura tuberculosa, ella vio un cuerpo consumido por el amor. Allí donde otros encontraban una calva grasienta, ella descubrió la amplia frente de un filósofo. ¿Encorvado? Sí, un poco, pero de tanto inclinarse a escribir bellos poemas. ¿Pálido? Sí, cierto, por la fragilidad a que lo exponían sentimientos tan fuertes y auténticos. ¡Y su traje negro, tan lindo! Desde esa noche reveladora, bailaba imaginando que el bar estaba vacío y que nadie más que él la observaba, único destinatario del contoneo fogoso de sus caderas, de los pequeños senos bajo la blusa. Por primera vez, los espasmos embrujados del vientre le despertaron un cosquilleo extraño, una tensión de urgencias que le erizaba el vello de la espalda, sofocándole el alma. ¿Sería así el deseo? Pero no fue enseguida a verlo. Primero sudó cuanto pudo sus calores raros, muriendo en secreto y despertándose a la madrugada con la ropa mojada y el corazón revuelto, sin entender qué ocurría. «Es la calentura de la edad - le explicó Marieta Zelaya, porque no se atrevió a contárselo a la madre - ha de ser que te prendió por andar leyendo las cartas del pajarraco». Y a Clarita se le cortaba el aire, comprendiendo que el alboroto de la sangre sólo podía apagarse en la cama, el mismo sitio al que le ofrecían fortunas para ir y que hasta entonces sólo le había dado risa y una leve, muy leve curiosidad. Pero todo cambió, después de conocer al súcubo. Terminado el baile, se escabullía con disimulo e iba a esconderse junto al cuartito trasero, a escuchar los gemidos de las muchachas, mezclados con el traqueteo del elástico y el resoplido final de los clientes. Cerraba los ojos para imaginarse que eran ella y Lucrecio, entregados por fin el uno al otro, dueños de un futuro en el que sólo habría poesía y amor.

Cuando estuvo decidida, aprovechó un domingo en que su madre no estaba para dar el gran paso. Era uno de esos días terriblemente húmedos y calientes, que embolsan un aire irrespirable y acaban a última hora en tormenta. A las chicas del bodegón se les ocurrió ir a bañarse al río y Mariazinha se fue con ellas, dejando a Clarita sola. «Yo mejor me quedo - había sido la excusa - el sol me hace doler la cabeza». Pero apenas se fueron, corrió a ponerse un vestido azul con florcitas blancas, ató su cabellera con un moño rojo y tomó prestado unos zapatos de tacos altos. Se miró en el espejo, sintiendo con nostalgia anticipada que la próxima vez que se viera ya no sería la misma. Pintó sus párpados, enrojeció los labios y luego, cargando todo el coraje que pudo, salió rumbo al departamento donde vivía Lucrecio. A esa misma hora, el poeta sudaba sobre la mesa del comedor, buscando una rima que fuera bien con la palabra éxtasis. Nervioso, fumaba un cigarrillo tras otro mientras se encorvaba a perseguir las musas sobre el papel, cuando oyó dos golpecitos en la puerta. Pensó en no responder, pero luego se levantó de mala gana, molesto de que alguien interrumpiera el arduo proceso de la creación. Ahí, paradita en su calentura inocente, estaba la dueña de sus desvelos. Se miraron el uno al otro, sin creer que fuera cierto, la bella ninfa y su pretendiente desquiciado, temblando por la emoción y el no saber qué hacer. A Clarita se le ocurrió pensar que nunca se habían hablado, por lo que ninguno sabía cómo era la voz del otro. Entonces, hizo lo mismo que había hecho su madre en el barco de Aristóteles, tantos años atrás. Cruzó el umbral, cerró la puerta y se quitó los zapatos. Luego comenzó a danzar, así nomás, sin música, ondulando el vientre y las caderas, contoneándose en el centro de un silencio absoluto. Lucrecio la miraba con el rostro descompuesto, viéndola ir y venir sobre las puntas de los pies, mostrando los muslos morenos y escondiéndolos, sacando la rosada lengua por entre los dientes blanquísimos. “Oh, Dios mío, Dios mío”, tartamudeaba, desconcertado. Clarita nunca pudo recordar cuánto duró el revoloteo, pues a medida que giraba le crecían en espiral las ganas de seguir, elevando la magia a límites que nunca había tocado. Pero, en algún momento, se rozaron los cuerpos y un fogonazo invisible estalló entre los dos. El se la llevó - ¿o fue ella a él? - hacia el dormitorio, girando con torpeza hasta caer sobre la cama revuelta. Ella olía a jazmines silvestres y él a sudor rancio, pero se abrieron la boca con la boca y entrelazaron las piernas, buscándose como predestinados. Clarita sintió que le arremangaba el vestido y la montaba con una urgencia de náufrago, separando con una mano sus muslos y sosteniendo, con la otra, un vergazo capaz de estremecer a la más audaz de las hetairas. Lucrecio abrió la boca para juntar aire y luego se introdujo de un envión, mezclando su olor de pajarraco bancario con la estrechez temblorosa de la niña. Ella soltó un grito y casi al mismo tiempo, él también, celebrando en el apuro el final de su abstinencia.

Se separaron al anochecer y ella corrió a su casa, esquivando las primeras gotas de lluvia. Llevaba los zapatos de taco colgando de una mano y el corazón liviano como un pájaro. Reía feliz, escondiendo bajo un bretel los cien pesos que él había insistido en darle y soñando con volver. Pero bastó llegar para que se rompiera el encanto. Mariazinha la atrapó al vuelo, le olió la piel y ahí nomás le soltó el primer cachetazo y enseguida el segundo, diciéndole «pendeja puta» mientras la empujaba al dormitorio y la encerraba con llave. Fueron inútiles los llantos, los pedidos de perdón y las amenazas de suicidio, acompañados de convenientes soponcios y desmayos. En vano fueron a interceder las chicas del bar, sugiriendo un poco de comprensión por algo que todas, hasta la madre castigadora, habían hecho. De nada sirvió que Scarpa se pusiera firme y le exigiera volver a Clarita al escenario, pues para eso le pagaba un sueldo. Perdieron su tiempo los parroquianos, que noche tras noche zapateaban y silbaban, reclamando a su estrella. Mariazinha no cedió. Revisó palmo a palmo su casa, quemó hasta la última carta de Lucrecio, le hizo tragar a la hija un bebedizo que evitaba un posible embarazo y luego de dos meses la dejó salir otra vez, pero sólo para llevarla de un brazo y dejarla pupila en el Santa Teresita.

 

XXXI

 

No volvieron a verla en los próximos cinco años y en realidad, no la vieron nunca más, pues cuando regresó - con el título de Bachiller bajo el brazo - ya no era la misma. Clarita se había convertido en Clara y aunque seguía siendo bella, había perdido esa alegría que la caracterizaba y abandonado para siempre la danza, las dos cosas que la habían hecho célebre cuando aún cursaba la primaria. Los años le habían permitido entender las razones de su madre, pero aunque olvidó para siempre la cara de Lucrecio, no dejaba de soñar con el muñón nervudo y fuera de toda proporción que el poeta escondía entre sus versos. Desaparecido el amor, apagada la pasión y lejos de la cursilería epistolar del poeta, quedaba el gusto de escandalizar a las otras internas con el morbo de su experiencia, describiendo al monstruo que multiplicaba su talla a medida que se despertaba. Cuando volvió al pueblo, muchos de sus viejos admiradores regresaron al bodegón con la esperanza de verla bailar, pero ella simuló no reconocer a ninguno. Indiferente, se ubicó del otro lado de la barra a ayudar a su madre y no le dedicó ni una sola mirada a nadie, mucho menos al súcubo que se encorvaba en un rincón todas las noches y escribía poemas que acababan en el basurero. Un buen día, él dejó de aparecer y fue como si nunca lo hubieran visto, pues nadie lo volvió a nombrar.

- Dios nos ha puesto la chucha tan separada del corazón para que sepamos diferenciar al amor de la calentura - Le decía su madre, que nunca había olvidado el desprecio de Aristóteles - pero a los hombres, en cambio, les ha puesto la pinga bien cerquita de la billetera, para que no puedan usarlas por separado. Significa que, así como ellos usan nuestro corazón para obtener la chuchita, nosotras debemos usar su pinga para alcanzar su dinero. Yo lo aprendí un poco tarde, pero vos aún estás a tiempo de ser alguien en la vida.

Para entonces, la Municipalidad les había clausurado la piecita en que atendían a los clientes, de modo que la mayoría de las coperas se habían marchado a otros sitios. Quedaban Mariazinha, que a los cuarenta y dos años seguía danzando, y la negra Simona, una virtuosa de la francesa que para entonces se ocupaba de la cocina. Scarpa estaba preso en Curitiba, así que el negocio había pasado a manos de las mujeres, quienes transformaron al célebre lupanar de otros tiempos en bar de paso, respetado en las Tres Fronteras por la pulcra calidad de su guiso de mondongo. Fue el tiempo en que a Clara le dio por preguntar sobre su padre, ese falso griego millonario que jamás se había ocupado de ellas. «Bien pensado, es mejor que no le debamos nada a ese infeliz», decía la madre, sangrando por la herida. «Y nunca te le acerques – remataba - porque si te hace daño no dudaría en ir a meterle un tiro». Sin saber que llegaría ese día, Clara solía pensar a menudo en la posibilidad de viajar a Nueva Atenas a conocer a Aristóteles, pero si no surgía una cosa surgía otra y terminaba postergando el viaje para mejor ocasión. Además, estaba el asunto de sus pretendientes, que se multiplicaban como hongos a medida que pasaban las semanas y ella no daba señales de aceptar a ninguno. No lograba interesarse en ellos, mucho menos sentir mariposas en las tripas o el cosquilleo del vientre, nada, como si una parte de su naturaleza se le hubiera apagado con los años de interna. Un día, por hacer algo, pensó en Lucrecio y no pudo hallar las razones de aquel amor juvenil. «Era romántico», pensaba, pero la palabra no tenía ya significado. «Me amaba con locura», creía, pero después razonaba que cualquiera puede amar con locura a alguien a quien no ha tratado nunca. «Era un poeta», agregaba, pero sin lograr acordarse de uno sólo de sus versos. “Si fuera cierto que me enamoré de él por esas razones”, se dijo un día, mirándose al espejo, “seguiría enamorada, pues seguro él sigue siendo un romántico poeta que me ama con locura ¿y? A mi ni me va ni me viene”.

Comprendió que, si había razones, no podrían haber sido esas, pues ni el más bello de los poemas haría que viera en Lucrecio algo más que el súcubo que realmente era. «Será que me había dado la calentura de la edad - pensó después - pero la calentura me sigue y de ningún modo iría otra vez a sentirle el olor a chivo viejo». Decidió que el amor sólo podía existir en la forma casual de un milagro, al que había que aferrarse incluso al costo de la vida, pero aún faltaba poco más de dos años para que se cumpliera el destino. Antes debía conocer a Maximiliano Saldívar, ingeniero agrónomo a cargo de la explotación forestal de una estancia de los Manfredini – justamente - y que apareció por el bar tan de pronto como llegaría León, más adelante. El ingeniero no tenía un pelo de romántico, jamás había escrito un verso y a los cuarenta años tampoco esperaba amar a nadie con locura, pero a cambio de esos defectos tenía una manera alegre y cínica de ver la vida, una risa fácil y un método infalible para ganarse la atención de las mujeres: era especialista en manifestar interés por cualquier cosa que le decían. Sabía componer un gesto de concentración absoluta, como si la composición del menú - carne asada, sopa, cerveza y pan - fuera la declamación filosófica más grande que hubiese escuchado en la vida. De estatura mediana, moreno y algo fornido, lucía un bigote recortado a la perfección y una dentadura impecable, pero lo que llamó la atención de Clara fue que no le dio ninguna muestra de interés. Al contrario de los otros hombres que llegaban al bodegón, el ingeniero - hay que recordar que era un experto simulador - ni la miró o por lo menos no lo hizo hasta que ella comenzó a hablarle, primero con cualquier excusa y después enganchando una excusa tras otra hasta crear una conversación fluida. Le habló de su niñez de niña sin padre, de su primera adolescencia como estrella de la danza y de los años en el internado, hasta que poco a poco pasó a conversar de cosas en las que ni siquiera había pensado antes. Sorprendida, una tarde descubrió que solamente ella hablaba, pues él se limitaba a escucharla con una mirada intensa, absorto en atenderla. Quizás fuera que él también se dio cuenta de lo que ella había percibido, pues esa misma noche la invitó a su cama y ella aceptó, sin amor ni ilusiones, feliz de haber encontrado quién se interesara en sus asuntos. La relación duró tres meses, de los cuales ella guardó cuatro conclusiones esenciales: primera, que aunque conociera buenos esgrimistas, ninguno tendría una espada como Lucrecio; segunda, que Aristóteles era aún peor de lo que le había dicho su madre; tercera, que el interés que Maximiliano le demostraba no era más que un truco para pasarla bien y cuarta, que el día que le llegara el amor lo reconocería como auténtico porque no se parecería en nada a los anteriores; ni Lucrecio ni Maximiliano habían pasado la prueba. Mientras tanto y durante varias semanas, acompañó al ingeniero a recorrer los infinitos cañaverales - nunca supuso que su padre tuviera tanto - y a copular a toda hora en hoteles de paso, en la camioneta, en el pasto, junto al río, en las oficinas del ingenio o en la tienda de campaña, cualquier lugar era bueno para lo que ella suponía una justa retribución por los años de internado. Pero eso fue sólo el principio, lo que duró la observación morfológica que la llevaría a la primera impresión. Al mes se le empezaron a agriar las ganas, cuando vio la miseria inaudita en que vivía la gente de los campos, familias escuálidas hacinadas en ranchitos pulguientos, sin otra esperanza que una muerte temprana para escapar del suplicio. «¿Acaso no trabajarían mejor y le rendirían más dinero al dueño si estuvieran bien comidos?», preguntaba ella, mirando por la ventanilla de la camioneta después de entregarse por enésima vez. «Si Manfredini pensara como vos, nunca hubiera hecho la fortuna que hizo - se reía el ingeniero, subiéndose el pantalón - pero no es así como se llega a ser alguien. Al contrario, si esta gente estuviera sana y bien comida no trabajaría más que lo que lo hace ahora, pues andaría pensando en estudiar, en sindicalizarse o en volverse propietarios como el patrón». Clara no dejaba de mirar un ranchito miserable, alrededor del cual jugaban unos chiquillos mugrientos. E insistía “¿Pero qué le costará a ese hijo de puta darles una vida mejor?”. Maximiliano se daba cuenta de que el tema la afectaba y la besaba dulce y se la llevaba a otro sitio, explicándole por el camino que de ninguna manera él pensaba lo mismo que su patrón, pero que ya que no podía hacer nada para cambiar las cosas, se limitaba a dejarlas así y cobrar su sueldo por mantener a los cañaverales en su sitio y a los campesinos en sus chozas, pues así había sido siempre y así lo sería, desde que el mundo era mundo y mientras lo siguiera siendo.

- Que a Manfredini no le importe, vaya y pase, que buen hijo de puta es - Se enardecía ella -¿Pero cómo no vas a hacer algo vos, como administrador?

- ¿Algo como qué?

- ¡Y qué se yo! ¡Por lo menos dales un sitio para que se hagan una huerta y no falte comida!

El se quedaba en silencio, sonriendo de costado sin que se pudiera saber qué pensaba.

- Vas a decirme que gracias a tipos como mi patrón hay tanta miseria en estas regiones y por ahí hasta tendrás razón - Le dijo una vez, poniéndose serio - pero es así como funciona el mundo. Si no fuera por esos piojosos campesinos, Manfredini no sería rico y yo no tendría quien me pague el sueldo y vos no tendrías quien te lleve a coger a lugares lindos.

Clara asintió en silencio, decidiendo que ya no le acompañaría a lugares a los que hubiera que pagar para entrar. Por un segundo, llegó a sentir que la pobreza que veía desde la camioneta era en parte culpa suya, como si el dinero que gastaba en ella el ingeniero le perteneciera a esa gente desconocida. Comenzó a separarse de él, sin darse cuenta. Otro día descubrió que a su novio le importaban bien poco las cosas que ella pudiera decirle, pues nunca las recordaba. Le decía algo el lunes y le hablaba de lo mismo el martes, pero para él era como si lo escuchara por primera vez. No la había tomado en cuenta, lo que significó para ella la tercera conclusión y el inicio de la cuenta regresiva. Dejaron de verse sin dramas de por medio. Simplemente, un día él fue a buscarla y ella no salió. Eso fue todo.

 

XXXII

 

León tampoco era un romántico, ni le atraían los bellos versos que hablaban de sentimientos que él sabía demasiado perecederos. Había amado, sí, intensamente, pero volvía a su casa vacío de toda emoción cuando conoció a Clara. Ella vio en él a un hombre envejecido antes de tiempo, alguien que nunca reía y que miraba a la vida como a una lucha inconclusa. Delgado, con el pelo castaño hasta los hombros y una barba de varios días, demostró enseguida que le importaba un rábano el menú o cualquier otra intrascendencia que ella pudiera decirle, pero se la comía con los ojos nada más verla. “Este es el hombre”, se dijo Clara y creyó que acertaba. A Mariazinha le cayó bien el nuevo yerno, aunque advirtió que había en él algo de súcubo, una sombra trágica que le hacía recordar a alguien que había visto una vez. «Tiene aspecto de marinero – dijo - es de los que siempre está pronto a marcharse». La Negra Simona, que también era medio bruja, aportó lo suyo, advirtiendo: «es de esos pájaros que terminan mal, vas a ver que más pronto o más tarde se va a ir». Pero no sería tan pronto.

Habituado a sobrevivir en cualquier sitio, a León no le costó mucho conseguir un trabajo - acomodaba y repartía la correspondencia del Correo - y mudarse al mes siguiente a un pequeño departamento amueblado, al que llevó a Clara a la primera oportunidad. Fue un primer encuentro fugaz, pero intenso. Ni el amor afiebrado del primero, ni el deseo inagotable del segundo. León no le rendía la admiración incondicional de Lucrecio, ni se comportaba con la alegre irresponsabilidad del ingeniero, pero actuaba con ella como si estuviera dispuesto a darle el resto de su vida. A Clara y sólo a ella, abrió su corazón y le confió sus miedos, sus desilusiones, el mundo imperfecto que había visto en diez años de viajes y el sueño loco de cambiar las cosas, quién sabía cómo, quién sabía cuándo. A cambio, ella le contó no sólo que lo había reconocido en el acto - «Dije que me iba a casar contigo cuando tenía cinco años» - sino que se atrevió a confesar su parentesco con el célebre Aristóteles, algo que sólo ella y su madre sabían hasta entonces.

- Es curioso - Dijo él - pero yo también me acordé de tu cara en cuanto te vi. Es más, todavía recuerdo que nos encontramos por primera vez un 17 de Octubre, que fue el día en que me soltó el comisario Pericles.

- ¡El día de mi cumpleaños! ¿Quién me ha dicho que la vida es una disparatada sucesión de casualidades?

A lo largo del año que vivieron juntos antes del regreso a Nueva Atenas, no quedó nada que no atravesara el tamiz de las confidencias, desde la chiperita del puerto a Margarita, pasando por el general Centurión y su inodoro portátil, el leprosario de Iquitos, la tumba en Caracas y mil historias de diversa consideración. Clara lo escuchaba encantada, pues nunca había sabido que el hombre que ofreciera una fortuna por su virginidad fuera así, tan gordo como para andar por el mundo con un inodoro a cuestas. A grandes rasgos, lo puso al tanto del malogrado romance con Lucrecio - pobre espadachín de portentosa espada - y de los tres meses pasados con el ingeniero, cuyo virtuosismo compensaba la pequeñez del arma. A León, que no encajaba en ninguna de estas definiciones, todo el asunto le causaba gracia y le daba pie para bromear con ella en la intimidad. No se imaginaba que muy pronto se vería mortalmente enfrentado a aquellos dos hombres, sus predecesores en la vida de su tercer amor.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 9

 

(Capítulo en el que, casualmente, se encuentran Camilo y Niké, dando origen

a una nueva serie de casualidades que culminarán en la Guerra de los Descalzos,

mientras León Valdez decide regresar del todo, sin saber para qué)

 

XXXIII

 

A

ristóteles ya era poderoso en la época en que conoció a la madre de Clara, pero veinte años más tarde lo era mucho más. Sin saber que estaba próximo al final de sus tres décadas de impune reinado, soltó una risita divertida cuando el ingeniero le llamó para avisarle que el personal de la estancia se reunía en asamblea. El tiempo y la buena vida lo habían convertido en un hombre robusto, sólido, con la piel un tanto abotagada. Pero no lo habían ablandado. «Dejáte de joder, Saldívar, solucionámelo vos y no me llamés más por pavadas», fue su respuesta y se olvidó del asunto, entretenido en confeccionar los requisitos para una nueva licitación. Las venía ganando a todas, desde el día en que se le ocurrió decirle a su primo Intendente que ése era el mejor camino para lavar los ingresos del contrabando. Emulando al legendario Aristófanes, elucubraron toda clase de construcciones y cuando ya no les quedó nada por construir se asociaron con los intendentes vecinos y diseñaron licitaciones tan perfectas que hasta las ganaban sin hacer trampas. Trazaron caminos que unían las estancias de amigos y socios comerciales, asfaltaron aeropuertos en sitios a los que no iba nadie y levantaron barrios en cada baldío más o menos grande, multiplicando los ingresos de sus propias empresas a costa del erario público, sobrefacturando con una facilidad que se les hizo costumbre. ¿Cómo podía ser tan fácil? Y lo era, al punto que comenzó a dejar de lado el contrabando, verdadera fuente de su posición social, pero menos rentable cada año. «Una vez que uno tiene su capital, es mucho más sencillo hacerse rico en negocios legales», pontificaba con aire doctoral entubando la boca para meterse un habano puro. «Si robás una gallina, sos un ladrón y vas preso, pero si robás un gallinero completo al Estado, sos un empresario exitoso y te invitan a todos los almuerzos, cenas y vernissages». Y empezaba a carcajearse, poniendo una mano gorda sobre el abdomen que corcoveaba de risa.

Pero al día siguiente volvió a llamarlo el ingeniero, nervioso porque los cañeros le habían puesto fuego a la garita del guardia. Aristóteles - que a esa hora estaba almorzando - sonrió con a su hija Niké, le hizo un guiño de ojos a su esposa Laida y respondió sin alterarse: «Sólo eran cuatro maderas y un techito de zinc, ingeniero, ¿por qué te ponés tan nervioso? Tranquilo, nomás, que yo mismo iré mañana a arreglar el asunto»

- ¡Voy contigo! - Exclamó Niké, saltando en la silla. «De ningún modo», dijo el padre, pero se dejó convencer. A los diecinueve años, reunía lo mejor de sus progenitores. Despreocupada y amistosa como el jefe de la familia, de quien había heredado también los ojos claros y el pelo rubio, pero la figura delgada y el rostro bellísimo eran de la madre, igual que el idéntico sentido de casta. «¿Es grave el asunto?», preguntó Laida, «Porque si no lo es, tal vez fuera buena idea llevarla y que conozca un poco del mundo real». Aristóteles hizo como que lo pensaba un poco y respondió que era cosa de nada, sólo dos cañeros que se habían emborrachado y quemado una casucha. Partieron, pues, padre e hija, felices como si fueran de camping. Ella llevaba un vestido floreado, una capelina blanca y zapatos de taco bajo. «Una indumentaria apropiada para que te vea el campesinado», le había dicho la madre, atenta a las cuestiones sociales. Aristóteles, como siempre que salía a recorrer sus campos, vestía un traje claro de medio uso y un sombrero alón con el que - según él - lograba identificarse con la gente. Por las dudas, debajo del cinto metió su infalible Smith & Wesson de seis tiros. La mitad de las tierras que cruzaron - tanto a la derecha como a la izquierda - durante casi cien kilómetros eran suyas. Grandes extensiones de cañaverales que se perdían más allá del alcance visual, ganadas para la familia desde los tiempos en que el anarquista fue fusilado por explotar la comisaría. Con paciencia o con violencia, según soplaran los vientos de la política, expulsaron a los colonos árabes hasta que no quedó ninguno, comprando cuando se podía y rapiñando cuando el caso obligaba. Aristóteles aceleraba la camioneta por los caminos impecables - asfaltados dos veces al año por una de sus empresas - pensando que era una pena que a su hija no hubiera seguido un hijo varón, un Manfredini que tomara las riendas del patrimonio y continuara su multiplicación eterna. Sufría ante la posibilidad de un yerno sinvergüenza, un cazafortunas, un juerguista, un embaucador, un canalla capaz de la más ruin astucia para ganarse el corazón de la hermosa Niké y el inmenso capital del suegro. “Sólo alguien como yo la merecería, pero nada sería peor que se la llevara alguien igual a mí”, filosofaba, hablando en confianza con sus amigos más íntimos, aunque nunca se le ocurrió que tal vez había algo peor a eso.  Celoso de que un día le quitaran a la hija y por detrás de ella todo lo demás, había mandado al Turco Julián a confeccionar un dossier con los datos de cada uno de los posibles pretendientes. Cualquier hombre bien nacido de entre veinte y cuarenta años figuraba desde entonces en su secretísimo archivo, incluyendo una foto tipo identikit, edad, talla, profesión, familia, actividades conocidas y desconocidas, gustos privados, relaciones anteriores y un sinfín de otros datos de menor y de mayor importancia. Del total - ochenta y tres candidatos - puso bajo discreta vigilancia a los ocho que ella hubiera aceptado, pero al resto lo hizo vigilar día y noche por un batallón de informantes, para asegurarse de que no tuvieran la menor oportunidad de acercarse a la heredera. La táctica le costó una fortuna y estuvo a punto de darle buen resultado, pero dejó fuera de la red al más peligroso de todos, justo al que su hija conocería en el viaje. «Vamos a ver qué es ese asunto que aflige tanto al ingeniero», dijo, franqueando la tranquera sin bajar la velocidad. Cuando llegaron al casco de la estancia, el ingeniero lo aguardaba con cara de circunstancias.

- A ver si me aclarás un poco el asunto - Ordenó, taconeando con fuerza sobre el piso de madera. Saldívar le tendió una mano nerviosa y Niké se fue a mirar por una ventana el ondulante mar de las plantaciones. Como puntitos blancos que flotaran sobre las olas, una hilera de gente caminaba a lo lejos.

- Hace unos meses comenzaron los problemas - Explicó Maximiliano - Quejas por la falta de alimentos, porque el sueldo no les alcanza, por...

- Pavadas - Interrumpió Manfredini - Para empezar que el sueldo no le alcanza a nadie, trabaje en lo que sea. Además, estos desgraciados se han quejado siempre, pese a que les construí un almacén de ramos generales en la plantación, lo que les ahorra caminar veinte kilómetros para ir a comprar en el pueblo. ¡Ingratos de mierda!

- Patrón, con todo respeto - Dijo el encargado, lamentando no callarse la boca a tiempo - Los precios del almacén son exageradamente altos y la gente se ha ido endeudando a un punto que ya no tiene crédito, así que me tomé la libertad de hacer algo para mejorar su vida, en fin...

- ¿Qué me estás diciendo, Saldívar? - Aristóteles estaba rojo de la rabia, pero se contuvo y le hizo al empleado una seña para continuar.

- Le quería decir que les habilité unas hectáreas para que tuvieran una huerta, pensando que así evitaríamos que la gente siguiera endeudándose y...

- Mirá Saldívar - Dijo el jefe, apuntándolo con un puro que acababa de sacar de su tubito - A la única gente que vos tenés que beneficiar es a mí. Ahora, ¿por qué entonces tenemos problemas si les hiciste una granja a esos sinvergüenzas?

- Precisamente, patrón - El ingeniero estaba pálido - Para que todo saliera bien hice traer a un especialista que los iba a asesorar, porque la gente que vive en las plantaciones sólo entiende de caña de azúcar y nada más, así que el tipo vino y resultó que no sólo les hizo la huerta, no una granja como usted dice, porque fue una huerta, pero además les empezó a hablar de justicia social y el hambre y la ignorancia y todas esas ideas bolcheviques que no se de dónde sacó, pero que...

- ¿Cómo? ¿Qué? ¿De qué carajo me estás hablando? - Aristóteles se puso tan furioso que le temblaba la papada. Su hija Niké dejó de mirar las dunas verdes y se volvió hacia él, sonriendo -¿De dónde fuiste a sacar a ese crápula alborotador?

- De la iglesia del padre Terámenes.

Aristóteles suspiró profundamente, meneando la cabeza con el gesto torcido.

- ¡Y tan justo tenías que ir a pedirle ayuda a ese cura comunista y pervertido! - Murmuró después de unos segundos - ¿Cómo se llama el tipo que mandó ese vejete verde?

- Camilo Insaurralde.

Manfredini se quedó con la boca abierta. ¿No podía haber elegido a alguien peor, el estúpido del ingeniero? Cerró los ojos y se mordió un nudillo, calculando que no habían pasado más de tres meses del fallido intento por acabar con esa sabandija. El Turco Julián envió al Chapa y al Botija con el encargo, pero el plan falló porque un perro de la escuela defendió al condenado, poniendo en fuga a sus inútiles verdugos. ¡Ellos lo mandan a matar y Saldívar lo contrata para que le solucione un problema! ¿Podía creerse un despropósito más grande? Sonrió, finalmente, porque en el fondo algo de gracia tenía el asunto. Y no era tan grave, ya que el Coronel no tardaría en meter a Camilo en el cuartel, ahora que estaba en edad de cumplir con la Patria. Era cuestión de días, sino de horas. «Bueno, ya pasó», dijo, recobrando la calma. Su hija volvió a enfocar los ojos en el paisaje y el ingeniero regresó al resto de la historia. Terámenes - según se comentaba - había organizado unas huertas comunales en las afueras del pueblo, algo así como un experimento agrícola que le había dado gran resultado y que le servía para su prédica sacerdotal. Según decían, en las barracas que oficiaban de escuela vivían unos trescientos chicos, hijos de campesinos que aprovechaban para estudiar, comer dos veces al día y hacer la primera comunión a fin de año. Maximiliano juraba que no tenía ni la menor idea de las veleidades políticas del cura, ya que sólo se interesó por el éxito del programa, con los mejores alumnos reclamados como asesores por los chacareros de las comarcas vecinas. Naturalmente, en ningún momento le dijo cómo le surgió la idea. «¡Por lo menos dales un sitio para que hagan una huerta!», le había gritado Clara aquella vez, mientras se vestían en la camioneta. Una frase entre las muchas sin sentido que había dicho ella, pero a la que dio atención cuando dejaron de verse. «¿Por qué no?», pensó, en mala hora. Le comentó la idea a un colega y éste le recomendó la escuela del cura Terámenes, el que a su vez le sugirió - con toda malicia, según se vio - que se llevara a Camilo, líder de la primera promoción y sin duda el más indicado para dejar en alto los valores de la escuela.

- El muchacho trabajó muy bien, se lo digo - Justificó el ingeniero, como dejando en claro que no todo había salido tan mal - y en dos meses había una huerta modelo francamente estupenda, pero ahí mismo comenzaron los problemas.

Niké dio la espalda a la ventana y fue a sentarse junto a su padre, pues había comenzado a interesarle el asunto que los había llevado allí. Aristóteles fumaba en silencio y Saldívar continuaba su relato, creyendo que si alababa a Camilo mejoraba su propia posición:

- Yo no digo que nuestra gente esté peor que la de las otras plantaciones, no digo eso, pero parece que este Camilo leyó muchas cosas y es un tipo muy preparado, muy bueno en lo suyo, pero se creyó un poco el salvador de los campesinos, alguien que llegó para librarlos de la miseria en la que han vivido siempre y ya le digo, patrón, que no es que yo piense lo mismo, pero se ve que este muchacho les fue metiendo ideas raras en la cabeza, como que habían conseguido una huerta que en realidad les pertenecía, así les dijo, que la huerta era de ellos y no del patrón, porque ellos la habían sacado de la tierra con sus propias manos.

- ¡Qué pendejo de mierda! - Interrumpió Aristóteles y su hija frunció el seño.

- Eso dije yo, patrón, pero ya era tarde. Enseguida me exigieron que construyéramos una escuela y mientras yo les decía que estudiábamos el asunto, formaron una comisión que tenía como asesor al mismo Camilo, que les influyó a que me presentaran un petitorio con aumentos salariales, seguros de vida, ropas de trabajo, luz eléctrica y hasta una rebaja en los alquileres de las barracas que les damos para que vivan como personas.

- ¡Qué gente de porquería!

- Y eso no es nada, patrón. Me advirtieron que si no accedía a sus pedidos harían una huelga general y ahí nomás aumentaron sus exigencias: querían que los precios del almacén fueran iguales a los del pueblo. Ahí fue que yo le llamé a usted, pero al otro día se me envalentonaron los de la comisión y prendieron fuego a la garita donde montaba guardia el cabo Cañete, que salió corriendo porque no tenía un arma para defenderse.

- ¿Cuántos son en la comisión ésa? - Preguntó Aristóteles, sacando lentamente el revólver y depositándolo sobre el escritorio. Niké volvió a sonreir, pues sabía que su padre era un buenazo incapaz de una violencia en serio.

- Son siete tipos, más el asesor que nos mandó el cura.

- Que nos mandó, no, que trajiste vos - Aclaró Manfredini, poniéndose de pie- Bien, yo te voy a enseñar cómo se arregla esto. Mañana a primera hora vas a prometer un aumento de sueldo a los que no formaron parte de la comisión, no importa cuánto, sólo decís eso. Ahí mismo despedís a los siete sindicalistas y los echás de mi propiedad con toda su familia, así que te recomiendo hacerte acompañar por el Comisario de Foz, que es un buen amigo mío. Anotá: Turcio Moraes. ¿Anotaste? Bien. En cuanto a Insaurralde, no te preocupés más por él, que ya se encargarán en el Regimiento. ¡A palo limpio le sacarán sus ideas!

- ¿Y a los que tengo que despedir? ¿Les pago, antes?

- Hacéle un cheque a cada uno, pero le das orden al banco de que no los pague.

- ¿Y qué hago con el asunto de la escuela?

- ¿Qué escuela?

- La que quieren los campesinos. Yo les dije que…

- Siete familias menos son justo una barraca, ahí tenés el local para tu escuela.

Al día siguiente, todo se cumplió según lo ordenado y sin mediar inconveniente, pues el ingeniero agregó promesas de su propio cuño - total, ya había decidido renunciar - y la gente se quedó con la idea de haber ganado la guerra. Con lágrimas en los ojos, los sindicalistas reunieron a sus familias, alzaron sus bultos y se marcharon en silencio, custodiados de cerca por un batallón prestado por el coronel Verón. 

 

 

 

 

XXXIV

 

Cuando Camilo se enteró del desastre y corrió a hablar con los campesinos, ninguno quiso escucharlo. “Por tu culpa han echado a siete familias”, le endilgaron, acusadores, “así que es mejor que te vayas de aquí y no vuelvas nunca más”. Golpeado por la inesperada derrota, no supo qué contestar y por no saber tampoco qué hacer regresó a Foz, masticando rabia. ¿Qué había fallado? ¿Por qué le daban la espalda, después de lo que él había hecho por ellos? Humillado, caminó los doce kilómetros que lo separaban del pueblo sin decidir qué actitud tomar. ¿Ver al ingeniero y obligarlo - quién sabía cómo - a reponer en sus puestos a los expulsados? ¿Insistir con ellos y ganar su reivindicación? ¿Olvidarse de todo y regresar a la escuela? Entre una cavilación y otra llegó al pueblo y tuvo la suerte que no creía tener a esas alturas: a través de la ventana de un bar, distinguió el perfil del ingeniero. Lo que fuera que haría, debía hacerlo allí mismo. León lo vio entrar al bar como una tromba y supo que el muchacho traería problemas, aunque no previó que se dirigiría a la mesa donde almorzaban el ricachón, una jovencita que parecía ser su hija y un segundo individuo de bigotes que ya había visto otras veces, pero a quien no conocía. Clara, que le había contado casi todo, nunca le había dicho que ése era el famoso Maximiliano Saldívar.

- ¡A usted lo quería encontrar! - Exclamó Camilo, plantándose frente a la mesa igual que once años antes se había enfrentado al Turco Julián. Tenía el pelo largo y revuelto, la camisa sudada por la caminata y el rostro descompuesto. Maximiliano enmudeció, sorprendido, pero Aristóteles reconoció al atrevido. El resto de los parroquianos permaneció a la expectativa, tenedor en mano.

- Yo que vos, me calmo un poco - Dijo el ingeniero, recuperando la sangre fría. Aristóteles, que había oído hablar cien veces de Camilo pero que no lo había visto nunca, llevó una mano al revólver y Niké se quedó sin aire, mirando fijo a quien le robaría el corazón. León, que en diez años de correrías había presenciado muchas situaciones parecidas, miró de reojo a Clara, que observaba desde un rincón.

- ¿Por qué despidió a esa gente? ¿A dónde van a ir ahora? - Rugió Camilo, temblando de ira - ¡Sólo pedían lo que era justo! ¿Qué clase de basura es usted?

- Muchacho, te voy a dar un consejo - Dijo Aristóteles, sacando su Smith & Wesson - No te metás nunca más en esa plantación y en lo posible, desaparecé para siempre de mi vista.

- ¿Y usted quién carajo es? - Preguntó Camilo, girando el cuerpo para mirar al que le había hablado. Estaba tan furioso que ni siquiera notó a la muchacha.

- Yo soy Aristóteles Manfredini, el dueño de todo lo que vos pisás - Respondió el patrón, hinchando el vigoroso pecho.

- Ah, ya veo, usted es el cerdo que habla - Siseó Camilo, pero cometió el error de acercarse lo necesario para que Aristóteles le acertara un culatazo. Fue un movimiento veloz, rapidísimo para alguien tan fornido. Camilo cayó de rodillas, manando sangre por la herida en la sien, igual que su padre, dos décadas atrás.

- ¡Alto! - Gritó León, saltando de su silla en cuanto vio que segundo hombre se avalanzaba a golpear al caído. En un instante de absoluta confusión, pegó un puñetazo en la cara del ingeniero y empujó con el mismo impulso a Aristóteles, que tropezó con la pata de la mesa y cayó sobre Camilo y el ingeniero, disparando sin querer el revólver y destrozando una ventana con el tiro accidental. Unos marineros en día franco organizaron el entrevero separando a los contendientes y golpeando, de paso, a uno y a otro. Maximiliano estaba enfurecido, tapándose con una mano el labio que le había partido León, quien trataba de esquivar el cañón del Smith & Wesson.

- ¡Tranquilos, tranquilos todos! - Gritaron varias voces a la vez. Alguien sacó a Saldívar a la calle y otro desconocido llevó a León a un costado. Cuando el grupo terminó de dispersarse, Camilo seguía en el suelo y Niké se había inclinado sobre él para cubrirle la herida con un pañuelo bordado. Echando fuego por los ojos, Manfredini se incorporaba sin dejar de blandir su arma.

- ¡Que nadie me toque porque lo mato! - Rugió, retrocediendo hacia la puerta - ¡Niké! ¡Dejá a ese infelíz y salí conmigo!

La muchacha clavó sus ojos en el sorprendido Camilo - que no sabía de dónde había salido ella - y luego corrió hasta donde estaba el padre. Maximiliano ya ponía en marcha la camioneta y a los pocos segundos sólo quedaba de ellos la polvareda. Poco a poco, cada uno regresó a su mesa y a su conversación, mientras Clara levantaba los vidrios de la ventana rota.

- ¿Estás bien? - Preguntó León, sin reconocer aún a Camilo, a quien no veía desde hacía más de diez años.

- Claro - Dijo él, observando el pañuelito manchado de sangre - ¿quién era ella?

León sonrió, pensativo, pero no respondió. Acababa de descubrir que había peleado nada menos que con el padre y con el ex amante de su novia.

 

XXXV

 

Del mismo modo, Maximiliano no tardó mucho en enterarse que el hombre que lo había golpeado era el nuevo novio de la chica del bodegón. Al principio no le dio importancia al asunto, pero cuando los vio juntos, abrazados y sonrientes, la garra helada de los celos le atenazó las tripas y el ardor del labio partido le revolvió el orgullo, pero no se sintió tan fuerte como para buscar otra pelea. Prefirió pensar. Quizás, sospechaba, ella lo engañaba con ese rasposo desde antes de que dejaran de verse. Probablemente fue una idea de Valdéz - un aventurero trashumante, le habían dicho - el estropicio que ese Camilo había armado en la plantación. Tal vez sí se conocían, después de todo. Conspiraron para causarle problemas y conseguir que Manfredini lo despidiera. ¿Quién ocuparía su lugar? ¡El desgraciado de Valdéz, claro! Con este estrafalario pensamiento en la cabeza, más absurdo aún en un cínico despreocupado como él, decidió que era una cuestión de honor hallar un medio de vengarse. Se le ocurrió que podría contratar un par de rufianes para que le dieran una paliza al rival. Incluso, se regodeó, podrían castrarlo, rebanarle los huevos para que ella perdiera su interés en él. ¿No era aquella una magnífica venganza? ¿Qué les pasaría a los tipos castrados? ¿No les empinaría más el instrumento? Se dio, pues, a contratar al par de vengadores. Robustiano Van Gogh, un capanga que pese al apellido no tenía un pelo de artista, le presentó un par de patibularios bajados de San Pablo, gente de la peor ralea. Justo lo que andaba buscando. Más excitado que nervioso, el ingeniero los llamó a su oficina y les planteó el negocio, que se cerró en doscientos pesos. Ahí nomás les hizo un cheque y los tipos se fueron sonriendo de costado, diciendo «délo por hecho».  Los miró marcharse, caminando con ese bamboleo típico de los guapos, las manos en los bolsillos y un desprecio absoluto por el asunto. Juzgó prudente desaparecer de Foz por unos días, no fuera que alguien atara cabos y terminaran endilgándole a él la castradura o – peor - la muerte de Valdéz. Sin pérdida de tiempo - ambos querían cobrar el cheque y largarse - los matones fueron esa misma tarde a hacer guardia al bodegón de Mariazinha, pues parte del cargo era darle la pateadura frente a la novia. Fumando un cigarrillo tras otro, aguardaron que él apareciera y ahí se dieron cuenta de que el ingeniero no les había dicho nada sobre cómo reconocer a la víctima. ¿Qué podían hacer? ¿Volver a la plantación a preguntarle? Comenzaba a anochecer, así que calcularon que no llegarían a tiempo. La oficina habría cerrado. Deambularon un rato más, esperando que el bar se llenara para vigilar sin hacerse notar. Luego cruzaron la calle y se mezclaron entre los parroquianos que caían para la cena. ¿Cual de todos sería Valdéz?

Como cualquier hombre acostumbrado a ser extranjero, León tenía el hábito de cuidarse la espalda donde fuera que estuviera. Incluso sin darse cuenta, siempre se sentaba mirando hacia la puerta, patrullando con los ojos sin pensar que lo hacía, escrutando en derredor. Una semana atrás, había sido el primero en ver entrar a Camilo, hecho una furia. La noche en que los paulistas llegaron al bar, también fue él quien los tomó en cuenta antes que nadie. Le pareció raro que anduvieran con la cabeza media gacha, sin hablar entre sí. Llevaban las manos escondidas en los bolsillos, señal de que estaban armados. León, que en ese momento estaba detrás de la barra - pasaba los platos que Clara iba distribuyendo por las mesas - hizo una seña a su suegra: «Ojo con ésos». Mariazinha, tan acostumbrada como su yerno a tratar gente rara, le señaló la escopeta apoyada en la pared y sonrió, despreocupada.

- Meu bem - Decía en ese instante uno de los bandoleros, tomando la hoja del menú que le pasaba Clara - a xeinte tem um amigo cá, en Foz, mais infelizmente nao dimos con ele. Pode que voce conheci. Seu nome é León Valdéz.

-Ahí está, detrás del mostrador - Respondió ella y siguió con otra mesa. ¿En qué parte habría conocido León a esos dos? En ningún momento pensó que pudieran tener alguna relación con la pelea del otro día.

- ¿Qué te hablaba el de la mesa aquella? - Le preguntó León, cuando ella fue a buscar más platos para repartir. Ella se lo dijo. - Pues no los conozco. No te les acerqués.

Los extraños - luego sabrían que se llamaban Raúl Mendonça y Elvio Antúnes - comieron en silencio y se quedaron en sus sitios hasta que el bar estuvo casi vacío, dudando entre cumplir el encargo o marcharse sin hacerlo. Se habían dado cuenta de que los tenían bajo vigilancia. Fumaban, sombríos, mirando los platos sucios y calculando una y otra vez sus chances, perdido para siempre el factor sorpresa. Como buenos matones, guardaban pistola y navaja en los bolsillos, pero no se ponían de acuerdo - mirada va, mirada viene - sobre cual usar, cómo y en qué momento, pues, al estar descubiertos, no podían pasar de esa noche. León seguía observándolos de reojo, cada vez más cerca de la escopeta, preguntándose quién los habría enviado. «Manfredini o el otro, al que golpeé», razonaba, sintiendo el frío del peligro en el estómago. Pasada la medianoche, el bar se quedó sin testigos y los paulistas seguían sin moverse, empuñando las pistolas bajo la mesa. León tragó saliva con dificultad y envió a Clara a la cocina. «Traéme un cucharón grande», le dijo. «¿Y para qué querés éso?», preguntó ella, tratando de mantener la calma. «Hacé lo que te digo». León abandonó el mostrador y caminó hasta donde lo esperaban los desconocidos. Como toda arma, llevaba un nudo en la garganta.

- ¿Ustedes me buscan a mi? - Dijo, levantando la voz para que no se le notara la angustia -¡Yo soy León Valdéz!

Durante algunos segundos, no sucedió nada. Los hombres continuaban sentados y mirando para otro lado, lo que hizo dudar a León. ¿Sería un error? De pronto, uno de los dos - nunca quedó claro si fue Antúnes o Mendonça - se levantó apuntándolo con una pistolita plateada. Se oyó un estampido grandioso y la mesa explotó, despedazándose junto a los platos y vasos que tenía encima. Una astilla se le clavó en el cuello a León y le hizo creer que era un balazo.

- ¡Atrás los dos! - Gritó Mariazinha, invisible tras el humo del disparo. Tenía la escopeta firmemente apoyada en un hombro y nada de miedo - ¡Fuera de aquí!

Los paulistas salieron corriendo, llevándose por delante cuanta silla encontraron en el camino y sin detenerse hasta estar seguros de que no los seguían. Con el arma bajo el brazo, Mariazinha los veía correr calle abajo, mientras la Negra Simona buscaba la escoba para barrer el destrozo y León calmaba a Clara, que temblaba con un cucharón en las manos. “Con el cagazo que se pegaron, ya no vas a volver a verlos”, dijo la suegra, que poca o ninguna importancia daba a los peligros del mundo. León, en cambio, no se sentía tan tranquilo. En un lugar como Foz, nadie podía ocultarse demasiado y tarde o temprano volvería a cruzarse con ellos, lo que sucedió a la mañana siguiente, cuando salió a trabajar. Llevaba unas cartas para el Banco Federal, dos de ellas dirigidas al gerente, el poeta Lucrecio Pezoa. Sorprendido por lo que consideró un raro capricho del destino - conoció a los dos amores de Clara con apenas una semana de diferencia - se propuso entregar los sobres él mismo, en vez de dejarlos en el mostrador de la entrada, como era habitual. «El licenciado está en su despacho - le dijo una cajera adormilada - suba nomás ». La oficina del gerente quedaba en el primer piso, al final de un largo pasillo de madera lustrada. León llamó a la puerta golpeando con los nudillos. Sentía una gran curiosidad. «Adelante», escuchó decir y empujó la ancha puerta de cedro. El gerente era un hombrecillo delgado y calvo, escondido detrás de unos gruesos anteojos de carey. Parecía un cuervo viejo, encasquetado en un traje Príncipe de Gales. A su lado, con cara de estar muy agitados, aguardaban los dos individuos de la noche anterior. León se quedó helado, pero Antúnes y Mendonça reaccionaron en el acto, saliendo a todo dar de la oficina. Uno de ellos, quien sabe cual, manoteó el cheque y el otro tiró abajo un armario, empujando contra la pared al cartero.

- ¡Pero entonces fuiste vos! - Gritó León, sintiendo que la rabia le subía a la cabeza.

- ¿Qué? ¿Yo qué? - Tartamudeó el gerente.

Sin pensarlo dos veces, tomó de las solapas a Lucrecio Pezoa y lo arrojó contra un bargueño con puertas de vidrio. Fue un desastre aún mayor que el del bodegón, porque el mueble se hizo pedazos y el gerente cayó al suelo, sangrando por las cortaduras que le provocaron los vidrios. «¡¡Socorro!! ¡¡Socorro!!, vociferaba, gateando entre los escombros de su bargueño. León hubiera seguido golpeándolo si no entraban en ese mismo momento los guardias y lo detenían.

- ¡Me quiso matar! - Gemía el poeta, tan pálido como si ya estuviera muerto.

- ¡Mentira! - Retrucaba León, mientras se lo llevaban a la rastra - ¡El me quiso matar a mí!

Así fue que lo metieron preso por segunda vez., en una celda mugrienta, pero con vista al río. A los cuatro días, cuando ya había comenzado a preocuparse por su suerte, apareció su tío, el cura Rigoberto. Entró a la celda con la única autoridad de su sotana, lo estrechó en un abrazo cargado de emociones y le profetizó: “Quizás a la tercera vez ya no esté tu viejo tío para sacarte”. Llevaban más de diez años sin verse, pero bastó que Clara le llamara por teléfono para que el viejo párroco corriera en ayuda del sobrino. A instancias del sacerdote, la policía citó a Lucrecio y entre todos aclararon la confusión causada por la primera pelea, los sucesos del bodegón y la casualidad de que los atacantes se encontraran con su víctima frente al gerente del banco, lo que hizo creer a León que el los había contratado. «Yo nunca había visto a esos tipos - explicó Lucrecio - vinieron a cobrar un cheque que me pareció sospechoso y los hice subir. Ya se los había autorizado, porque me dijeron que estaban construyendo una iglesia en la plantación, cuando entró este energúmeno y me atacó». Sin el cheque como prueba del delito y sin los paulistas para oficiar de testigos, el Comisario mandó a buscar al ingeniero para zanjar el asunto, pero Saldívar había salido de viaje y recién volvería en dos meses. “Bueno, acepto que fue un equívoco”, dijo el jefe policial, “pero sólo puedo dejar libre a Valdéz si el licenciado Pezoa levanta su denuncia por las lesiones”. Lucrecio, que odiaba a León más por ser el novio de Clara que por las heridas que le había causado, se negó de plano. «Es el mismo súcubo de mierda que fue siempre», dijo Mariazinha cuando se enteró que su yerno seguía preso. Con la determinación que la caracterizó siempre, fue a ver al gerente y le advirtió que si no levantaba de inmediato su denuncia, ella se encargaría de convencer a cada uno de los hombres de Foz de que mudaran sus depósitos a otro banco. “El gerente del Nacional, por ejemplo, me tiene de confidente desde hace quince años ¿no cree que me daría una buena comisión por llevarle todas las cuentas de este banquito pulguiento que vos dirigís?”. Lucrecio cedió, babeando una sonrisa falsa, y León quedó libre esa tarde.

- ¿No ves en todo esto una señal del destino? - Le planteó el cura Rigoberto, de pensionista en el bodegón de las putas - Acaso ya es hora de volver a casa. ¿Qué vas a hacer aquí, entre enemigos que van a buscar vengarse?

- ¿Y qué voy a hacer allá, donde no tengo nada?

- Esa puede ser tu ventaja, León, pero de todos modos me tenés a mí, que siempre voy a poder darte una mano.

Volver a casa, pensó León esa noche, oyendo respirar a Clara, que se había dormido. Recordó a su amiga Aspasia y al bar de Arístipo, tardes de café con leche mientras miraban televisión. Jugó con la memoria y ensayó los nombres de los viejos amigos. Los vecinos del barrio. Las caras que había visto desde la primera vez que salió a la calle. Ulises, por ejemplo, que una vez por semana les llevaba un cajón de verduras. Bien pensado, no era cierto que no tuviera nada. Allá estaba la biblioteca de su tío, adonde podría devolver con toda la gloria el ejemplar de Sandokán y los tigres de la Malasia. ¿Qué habría sido de Isabel, la española que llegó a compartir con ellos la sacristía? Se sorprendió en grande cuando su tío le dijo que el muchacho al que había defendido era el hijo de aquella inquilina. Era natural que no lo hubiera reconocido, una década más tarde, por más que el gurrumín se hubiese convertido en el que amenazaba ser cuando era niño. «Uno sólo regresa cuando comprende que no lo logrará», le había dicho una vez el Doctor Fagundes, en el leprosario de Iquitos. Abrazó la espalda de Clara y se pegó a sus nalgas para empezar a conciliar el sueño.

- ¿Lograr qué? - Se preguntó, antes de quedarse dormido él también.

 

 

***

Capítulo 10

 

(De los años escolares de Camilo Insaurralde y del estilo didáctico del cura Terámenes,

 clara demostración de que la verdad es casi necesariamente subversiva,

con más razón cuando es enseñada a los pobres)

 

XXXVI

 

C

amilo ingresó a la escuelita de Terámenes al cumplir los ocho años y sólo la dejó cuando lo mataron, doce años más tarde. Al principio iba nada más que los sábados, llevado por el Comisario o por Epaminondas, uno más convencido que el otro de la inutilidad del intento de convertirlo en artista. Apenas el cura se descuidaba un poco, Camilo abandonaba la carbonilla y salía disparado para el lado de los árboles, se metía en el arroyo o terminaba perdido en el bosque de tacuaras. “Yo lo quiero como a un hijo”, decía el Doctor, persiguiéndolo por las plantaciones con el saco bajo el brazo, “pero tengo que reconocer que el chico es indomable. O hacemos algo pronto o nunca tendrá remedio”. Terámenes no decía nada, lo dejaba hacer y al sábado siguiente le daba la misma hoja en blanco, con la carbonilla sin usar. Camilo daba las gracias y al segundo miraba hacia la sierra, abstraído por completo de cualquier asunto que no fueran sus ensoñaciones. Mientras los otros chicos se esforzaban en copiar las líneas de un florero sobre el papel, Camilo dejaba su silla y se iba a mirar de cerca las gallinas, a jugar con Muralla - que en aquellos días era un cachorrito - y a vagabundear sin rumbo hasta la hora de la salida.

- Yo les enseño el arte para que aprendan a amar la Naturaleza y a mirar la vida desde una perspectiva propia - Dijo una vez Terámenes, explicando por qué era tan permisivo con la disciplina de su alumno - pero este chico hace ambas cosas de todos modos. Lo que les sugiero es que me lo envíen toda la semana para que haga la primaria aquí.

Epaminondas opinó que sería un grave error, pues el nivel de enseñanza que se daba a los chicos campesinos era inferior al de la ciudad. Camilo, que ya cursaba el tercer grado, quedaría sobre los demás y retrocedería en su aprendizaje. El Comisario estaba de acuerdo en ese punto, pero también creía que en la escuela rural aprendería otras cosas útiles, lo que equilibraba la balanza. Isabel - que ya había notado que su hijo nunca sería dibujante - escuchaba a sus amigos y les hallaba razón, así que fue por un tercer criterio a lo del cura Rigoberto, quien la confundió del todo.

- La enseñanza es la misma en una escuela que en otra - Dijo el párroco, mientras se vestía para la misa de siete - y aunque es cierto que va más lenta en el campo, también es verdad que los chicos aprenden a ordeñar una vaca, a cuidar a las gallinas y a sembrar legumbres en la huerta, lo cual no está mal. Lo que me preocupa es ese loco de Terámenes, que siembra con buena intención pero sin fijarse a dónde tira las semillas. El día que meta la semilla errada en el cerebro equivocado, va a arder Troya.

Aspasia, que seguía yendo todos los domingos a visitar a Isabel y a leer cuentos a Camilo, dio su propia versión del asunto cediéndole la razón a los tres anteriores, pero aclarando que si ella fuera varón querría estudiar en la escuela rural. “Total”, filosofaba, “se puede ser artista de muchas formas, no sólo dibujando floreros y manzanas de plástico”. La balanza terminó por inclinarse el día en que Carápulo Tinguitella - un alumno de séptimo grado - desafió a Camilo probar quién era el más corajudo. “Si es cierto que le quisiste pelear al Turco Julián, no veo cómo no te vas a animar a toser durante la formación, mañana a la mañana”, fue la espina que dio comienzo al asunto. “Yo voy a toser en la fila”, respondió Camilo, sacando pecho, “pero si después sos capaz de hacer algo peor”. El Chato Ortiz, lugarteniente de Tinguitella, creyó que la respuesta era un insulto y así se lo hizo saber a su jefe, añadiendo que lo mejor era romperle la cara a ese enano. Mefístoles Saravia, a quien llamaban «Araña Pateada» por su renguera irremediable, se ofreció a encargarse del atrevido, pero a Carápulo le había picado el orgullo y exigió que la cuestión se definiera entre los dos.”Sólo él y yo”, dijo, haciendo crujir los nudillos, “esto es cosa de hombres. Vamos a ver quién es el más valiente”. La noticia corrió enseguida entre los compañeros del uno y del otro. Los de séptimo lo daban como pan comido, pues más de una vez habían visto a Manrique - el director - ponerle diez amonestaciones a cualquiera que se moviera en la fila. Estornudar o toser era pecado mortal. «No se va a animar», apostaban, pero al día siguiente, Camilo tuvo un ataque de tos agónico y Manrique tuvo que suspender el Himno hasta que la celadora se llevara al moribundo a la dirección. No lo amonestaron porque siguió fingiendo toda la mañana, mientras los de cuarto le palmeaban la espalda, admirados de su audacia. Pero eso no fue nada. Carápulo cumplió su parte tirando una bombita de olor en la sala de profesores, hazaña que Camilo empató quitándole el badajo a la campana y escondiéndolo en el baño. Parecía que había ganado la pulseada y se lo hacía ver a su oponente, paseando por el patio con todo cuarto grado de séquito. Durante dos días no sucedió nada, pero el jueves alguien aprovechó el recreo para echarle llave al séptimo y los alumnos se quedaron huérfanos por la canchita, mientras Manrique buscaba un cerrajero. En el recreo siguiente, Carápulo caminó triunfante hasta la barra de los de cuarto y le dio la llave perdida a Camilo, que la remató arrojándola al techo.

- Estos dos se van a hacer echar - Decían los alumnos de los otros grados, pues a esas alturas ya estaban todos enterados de la competición.

- ¿Por qué no la arreglan como machos? - Propusieron los de sexto. El Chato Ortíz estuvo de acuerdo y convenció a Carápulo de que lo mejor era acabar con Insaurralde de una vez por todas.

- A las tres, en la Playita del Muerto - Fue la contraseña, pasada de boca en boca hasta llegar a Camilo, que aceptó.

- Tinguitella te va a cagar a patadas, mejor no vamos - Le decían los otros chicos, deseando que no se echara atrás. Camilo se quedaba en silencio, pensando que el de séptimo era más grande que él, más fuerte y mucho más pillo, acostumbrado a romper los dientes a sus rivales en la playa donde el río hacía un recodo.

Pero fue nomás. Sus compañeros fueron a buscarlo con la excusa que se reunirían a estudiar e Isabel lo dejó ir, sin sospechar el peligro. Estaban exultantes, saltaban y aplaudían a Camilo, sin poder creer que iba a pelearse con el bravo Carápulo, el rompehuesos más famoso de su Promoción. Bajaron al trotecito por la calle que terminaba en el río, revoltoso y marrón. Cuando llegaron a la cita, los de séptimo ya estaba allí, sentados en la arena y fumando entre todos un mismo cigarrillo.

- Miren; ahí llegó el cadáver - Dijo Tinguitella y se levantaron a la vez, rodeando a los de cuarto, que había ido perdiendo el entusiasmo a medida que se acercaban. Camilo siguió caminando hasta plantarse frente a Carápulo, sobrador, con el pucho entre los labios. «No va a poder vencerlo nunca», comentó uno de los de cuarto, acobardado.

- ¿Estás listo, Insaurralde? ¡Te voy a partir la cara! - Gruñó Tinguitella, tirando el cigarrillo al suelo. Se había quitado la corbata del uniforme y arremangado la camisa.

- Dejáte de pavadas, Tinguitella, vos no sos más valiente que yo - Dijo Camilo, caminando unos metros hasta donde la barranca se abría y comenzaba el río - y si no, vamos a ver quién se atreve a meterse al agua y llegar a la otra orilla.

- ¿Qué? - Se sorprendió Araña Pateada.

- ¡Ese no era el trato! - Saltó el Chato Ortiz.

- ¡Ya se sabía que Insaurralde está loco! - Dijeron varios. Sobre la Playita del Muerto -llamada así desde el día en que un bañista de otro pueblo intentó cruzar el cauce y terminó ahogado- los rivales se miraban en silencio. Camilo estaba pálido y tranquilo. Tinguitella parecía preocupado.

- Es que no sé nadar - Dijo, encogiéndose de hombros.

- Yo tampoco. Precisamente, ésa es la gracia - Respondió Camilo, quitándose los zapatos.

- Yo no voy a meterme en ese río asesino.

- Yo sí - Rió Camilo, quitándose también el pantalón y las medias - y te voy a demostrar que soy el más valiente de los dos. Pelear, cualquiera pelea.

Un murmullo de admiración unió por un momento a los dos grupos. Los de cuarto intentaban hacer desistir a su representante y los de séptimo animaban al suyo, que miraba con aprehensión los casi cincuenta metros que separaban una orilla de la otra.

- ¡Basta ya, se van a matar los dos! - Gritó una voz no identificada, cuando Camilo llegó al borde del agua y Carápulo no tuvo más remedio que quitarse los zapatos - ¿Y si declaramos un empate?

- No sé vos, pero yo no me rindo - Dijo Camilo, metiendo un pie en el torrente. El agua fría le provocó un estremecimiento inmediato.

- Yo tampoco - Dijo Carápulo, bajando por la barranca con mucha seriedad. Junto al río, el rugido de la corriente terminó por apagar los últimos restos de su coraje. Sintió que se desvanecía, pero aguantó, temeroso de que lo vieran desde arriba.

- ¿Tenés miedo, Tinguitella? - Rió Camilo, sintiéndose mejor que nunca. Al igual que en otras ocasiones, la cercanía del peligro le provocaba esa tarde un placer irresistible.

El aire de la siesta estaba cálido, pero cuando la pierna derecha se le hundió hasta la rodilla al primer paso, Camilo sintió que un escalofrío le recorría la espalda. Se dio vuelta para observar al grupo que estaba en lo alto de la barranca, los rostros atentos, las miradas tensas. El miedo reflejado en la inmovilidad absoluta. Hizo un ademán hacia adentro del río y la corriente lo arrastró casi un metro, haciéndole perder pie por un instante. Entonces sí, algo parecido al pánico le heló la sangre y pensó en la cara que pondría su madre cuando lo sacaran muerto del agua.

- Basta, Camilo, hermano - Casi llorisqueaba Carápulo, metido hasta las rodillas en el torrente fangoso - dale, hermanito, dejémonos de joder ¿qué sentido tiene morirnos aquí los dos, si somos amigos?

Camilo sintió que el miedo del otro le devolvía el coraje. Sonrió triunfal, alzando las manos en dirección a sus compañeros. «¡Vamos, salí de ahí, ya ganaste!», le gritaban los chicos, pero él creyó que aún no le había sacado demasiada ventaja a su oponente y se dejó llevar por la fuerza del río, suponiendo que podría detenerse unos pasos más allá. Fue un error. Cuando quiso volver a pisar el fondo, no encontró más que el vacío del abismo y se hundió hasta el cuello. Desesperado, alcanzó a ver el rostro descompuesto de Carápulo y en el próximo segundo se le apagó el sol, arrastrado hasta el fondo por un remolino salvaje. Le silbaron los oídos, inundados de agua. Sus pulmones se cerraron violentamente, quedó sin aire y comprendió que iba a morir. Cuando Isabel lo vio, estaba tendido sobre la arena, desnudo y azul. Pero vivía. Una rama providencial lo había atascado antes de que el río se lo llevara para siempre y un pescador lo atrapó de los pelos y lo sacó a la orilla, donde el Comisario - atraído por el griterío, una vez más - le había hecho la respiración artificial. Medio inconsciente, escupía agua sucia con los ojos desorbitados. “¡Yo no tuve la culpa!”, gritaba, presa de un ataque de espanto, Carápulo, que al día siguiente recibió veinte amonestaciones por instigar a un alumno menor a un desafío de muerte. Para su desdicha, nadie le creyó que había sido al revés y los de cuarto no dijeron esta boca es mía. En la playita, mientras intentaban revivir a Camilo, los de séptimo se habían retirado al paradero y miraban desde allí, como si no supieran qué pasaba. Cuando un agente los llamó a declarar, salieron corriendo.

- No me pudo vencer, mamá - Murmuró Camilo, cuando se sintió a salvo. Isabel, que acababa de llegar, pensó que su hijo se refería al río y eso le dio un gran orgullo, pero enseguida Pericles le contó el verdadero motivo del accidente.

- Esta vez fue demasiado lejos, señora, tiene que hacer algo para que este chico no se juegue la vida por diversión - Dijo, quitándose la chaqueta policial para cubrir al náufrago. Camilo sonreía, mirando de reojo a Tinguitella.

Isabel no supo qué decir, dudando entre mantenerse aferrada a su personal idea del coraje o ceder a su natural aflicción, pues comprendía claramente que su hijo había estado a un paso de perder la vida.

- Ay, Camilo - Suspiró, tratando de contener las lágrimas - ¡Cuántas veces más le romperás el corazón a tu madre!

- Tiene que hacer algo, Isabel - Insistió el Comisario, meneando la cabeza - Este chico es una cosa seria.

Ni qué decirlo. Al día siguiente, a la hora de la formación, todas las miradas estuvieron fijas en él mientras Manrique dirigía un Padrenuestro de agradecimiento por su salvataje. Al entrar al grado, la señorita Porfiria lo hizo pasar al frente para que narrara la odisea y después le dijo que si llegaba a sentirse mal podía pedir permiso para irse a su casa. ¡Como si fuera a hacerlo, Camilo, con lo feliz que estaba de ser el héroe del grado! En los recreos, los de cuarto sacaban pecho y lo rodeaban fascinados, pidiéndole una y otra vez que les contara cómo había vencido a Tinguitella y qué se sentía al hundirse en la oscuridad del río, a desafiar a la muerte. Le llenaban los bolsillos de caramelos y galletitas. Le palmeaban y mantenían alejados a los pendejitos de primero y segundo, que se amontonaban para ver de cerca al campeón.

 

XXXVII

 

Terámenes apareció a la media tarde del sábado, llevando de su correa a Muralla y cubriendo con su enorme figura la puerta de entrada. Isabel y Aspasia preparaban una torta en la cocina y el Doctor conversaba en el patio con el Comisario, vigilando de reojo las acrobacias de Camilo en lo alto del guayabo.

- Ven, Isabel, quiero hablarte - Dijo el sacerdote, con esa voz cavernosa que a algunos chicos les provocaba terror. Salieron al porche. El médico hizo una seña a Pericles de que bajara la voz y se quedaron escuchando. Hasta Camilo, cuando descubrió quién había llegado, bajó del árbol y corrió a jugar con el cachorro.

- Se trata de mi hijo, ¿verdad? - Dijo Isabel, secándose las manos en un repasador. Le había entrado la sospecha de que - tarde o temprano - el padre ya no lo recibiría más en su escuela, lo cual era comprensible, con tantas travesuras. «El padre no va a querer responsabilizarse más de un chico que en cualquier momento causa una tragedia», le había anticipado Aspasia.

- Sí, vengo por él - Contestó el cura, rascándose distraído la cara peluda - Quiero llevarlo conmigo como interno, para que estudie. Puedo traértelo todos los sábados para que se quede contigo hasta el domingo a la noche.

- ¡Vaya! - Suspiró Isabel - ¿Y por qué haría usted tal cosa? No es un secreto que mi Camilo le ha dado más de un dolor de cabeza. Y por cierto; creí que venía a decirme que ya no lo recibiría.

- Es un muchacho valioso - Respondió el director, sacando de un bolsillo de la sotana un pedazo de tabaco para mascar - Y yo te prometo que responderé por él.

Picado por la curiosidad, Epaminondas abandonó su asiento y fue acercándose al porche. De saco y corbata - pese a que era sábado y la temperatura pasaba de treinta grados - hacía un raro contraperfil a la figura tosca, ensotanada y pilosa de Terámenes. Isabel lo puso al tanto de la oferta y al rato tuvo que repetir la frase, pues el Comisario también llegaba a curiosear. Sólo Camilo, que ya había advertido que hablaban de él, permanecía en el patio.

- Me parece una gran idea - Comentó de inmediato el Doctor, calculando sin querer que así tendría más facilidades para ver a solas a la viuda - pues nadie puede ser madre y padre a la vez. La disciplina de un internado le hará mucho bien al muchacho.

- Pues no sé - Dudaba Isabel, mirando a su hijo. Camilo simulaba no prestarles atención, pero estaba tenso, a la expectativa.

- El regimen de estudio semanal - Explicó el cura - es muy distinto al de las clases de los sábados, donde lo he dejado hacer a su gusto. De lunes a viernes tendrá tanto trabajo que no hallará tiempo ni le sobrarán ánimos de mandarse ninguna macanada.

- Conozco muchos chicos que van a esa escuela, señora - Intervino el Comisario - y ninguno salió malo. Allí aprenderá todo lo necesario para su vida.

- Yo me comprometo a buscarlo los fines de semana - Ofreció el médico, sonriendo al modo que mejor le quedaba.

- Pues yo no sé ¿No estaban ustedes en contra de que lo enviara a esa escuela? ¿Qué les ha pasado a todos, que han cambiado de opinión así, tan drásticamente? - Dijo Isabel, llamando a su hijo con una seña - ¿Tú qué dices, Camilo?- El niño saltó de su silla y se acercó con desconfianza, mirando a uno por uno como para captar el tono de la conversación. Aspasia le guiñó un ojo, lo que lo dejó más tranquilo - El padre quiere llevarte a estudiar a su escuela durante toda la semana, es decir, sólo vendrías a casa los sábados al mediodía y hasta el domingo a la noche.

- ¡Qué bueno! - Exclamó Camilo y el perrito comenzó a ladrar.

Ese mismo domingo lo llevaron, todos juntos, en el Ford del Doctor. El Comisario le regaló una bolsa con el escudo policial, para que guardara sus cosas. Epaminondas, una valijita de cuero con jabones de tocador, peines, toallas y talco para los pies. Aspasia le obsequió su último libro favorito «Tiempos difíciles», de Charles Dickens. E Isabel, que en fondo de su corazón no quería saber nada de desprenderse de él por cinco días, le dejó entre sus cosas la manta con que lo había abrigado al nacer. Abrazó a su hijo con todas sus fuerzas, le acarició el pelo, le besó la cara. Se miraban, el uno al otro, como si supieran cosas que los demás ignoraban.

- Nos vemos el sábado - Dijo el cura y enseguida lo tomó de una mano y se marchó con él por el senderito de las barracas. El Doctor carraspeó, emocionado. Le daban ganas de consolar a Isabel, de decirle que no estaría sola ni un segundo, pues él la visitaría más seguido ahora que no estaba Camilo. Pero no se atrevió. Cuando subieron de nuevo al automóvil, notó sorprendido que también al Comisario le brillaba la mirada. Isabel, en cambio, había vuelto a sumergirse en esa fría indiferencia en que se resguardaba a veces. Miraba hacia afuera sin ver más que sus propios pensamientos, acaso recordando los ocho años pasados hasta esa tarde en que debió - ¿qué más iba a hacer? - abrir la puerta a su hijo y dejarlo partir. No había sentido la misma angustia cuando lo llevó a la escuela por primera vez, allá en el pueblo. Ni cuando lo envió el primer sábado a su clase de arte. “¿Sabes?”, le dijo a Aspasia, después de un buen rato de viajar todos en silencio. “Intuyo que acabo de dar el paso que me quitará a mi hijo para siempre. Ya nunca volverá, por más que me visite todos los fines de semana”. Tenía razón.

 

XXXVIII

 

Aquella primera noche solo, arropado con la manta de su madre en el barracón de la escuela, Camilo descubrió el sabor definitivo de la libertad. Nunca antes le había prestado tanta atención a la infinitud de los ruiditos nocturnos, al murmullo sibilante del viento en los árboles, al respirar del bosque. Con los ojos abiertos en la oscuridad, pasó las horas intentando descifrar el motivo de cada queja en las maderas del techo, el andarigueo de los animales montunos y el chistido agorero de las lechuzas. Era, ni más ni menos, como estar abandonado en el centro de un mundo hostil y tan desconocido como cada uno de los chicos que dormían a su alrededor, igual que sombras muertas. Fue una experiencia iniciática. Una sensación confusa de inmensidad y peligro que sólo volvería a recordar después en dos ocasiones: la noche en que durmió en la casa de Aristóteles y aquella del final, escondido en esa misma barraca con un fusil en las manos. El cura los despertaba a las cinco en punto, golpeando con un pedazo de riel sobre la campana del patio. Era una campana antigua y descuajeringada, rota en tres partes y colgando de una viga con una soga de arriero. El pedazo de hierro, según decían, era un recuerdo de la tarde en que Ibrahim Farjat hizo descarrilar al tren. Terámenes - de quien corría el comentario que jamás dormía - pegaba tres golpes duros y precisos, haciendo tañer la campana con tanto efecto que hasta la escuchaban en el Regimiento, a treinta kilómetros de allí. Con el primer tañido, los internos daban un salto en sus catres, sorprendidos de que la noche durara tan poco. Con el segundo golpe caían al suelo frío de la madrugada y el tercero ya los encontraba corriendo descalzos, rumbo al baño. «¡El último es marica!», gritaba el líder de la barraca y el pelotón galopaba por la galería a todo dar, aunque en silencio, pues la bulla exagerada se castigaba con la pérdida del postre por el resto de la semana. Bien lavaditos, corrían de vuelta al dormitorio, se vestían y a las cinco y media formaban en fila de a dos frente al fogón, donde el cura repartía el jarrito con mate cocido y una hogaza – flaquita - de pan. «Quiere matarnos de hambre para poder vender nuestros cuerpos a los compradores de órganos», decía todas las mañanas Efigenio Cáceres, hijo de un plantador de mandioca de las cercanías y líder de la escuela hasta el día en que Camilo le quitó el puesto. Se le había dado por esa broma desde principios de año y todas las semanas le aumentaba algún detalle siniestro, como el tipo de niños que preferían los compradores, el modo en que les quitaban los órganos y los lugares donde después enterraban los restos. Los internos más jóvenes se morían de miedo y rogaban que les dieran un poco más de comer, provocando carcajadas disimuladas entre los más grandes y una sonrisita cómplice en el cura, que estaba al tanto de los crímenes que le endilgaban.

A las seis comenzaba la práctica de campo, que variaba según la edad de los alumnos, su grado de experiencia en la escuela y la estación del año en que se encontraran. Todos hacían de todo, dividiéndose el batallón en equipos de dos a cinco muchachos - según la tarea - que durante tres horas estrictas amasaban pan, preparaban mantequilla o mermelada, ordeñaban las vacas, daban de comer a las gallinas, trasladaban a las ovejas hasta el pastizal y ensuciaban un poco el chiquero de los cerdos, además de carpir la huerta, regar los almácigos y recoger las frutas y verduras para ese día. De tanto en tanto, el cura supervisaba las tareas desde una pequeña atalaya de troncos, pero el principal contacto de los alumnos era con los campesinos que los instruían, viejos desheredados que habían perdido sus chacras y hallado refugio en la escuela rural, donde a cambio de techo y comida, enseñaban a los chicos los secretos del amor a la tierra. Los conocimientos transmitidos de generación en generación se complementaban con las clases que dictaba, tres veces a la semana, un ingeniero agrónomo de nombre Manganeso Ruiz, llamado así porque su madre había creído que Manganeso era el nombre de un filósofo griego y no el de un mineral. Antiguo amigo de los Farjat  - en tiempos lejanos los había asesorado con los frutales - había pasado un tiempo experimentando la reforma agraria en Bolivia, pero cuando volvieron los militares regresó a Nueva Atenas y empezó a buscar dónde llevar a la práctica lo visto y oído. «Hay un cura medio loco haciendo éso mismo», le dijeron y así conoció a Terámenes. «Yo no reparto tierras - le aclaró el sacerdote, de entrada - y además, ni siquiera las tengo, pero mi trabajo consiste en enseñarle a los chicos, a los hijos de los campesinos, a trabajar la tierra del mejor modo posible, pero también a desearla y a amarla como pro-pia, en la esperanza de que algún día les pertenezca».

Era una idea atractiva para Ruiz, que nunca había simpatizado con los terratenientes y hasta había intentado - sin éxito, hay que decirlo - unir a los pequeños propietarios en cooperativas y no había olvidado sus ínfulas. Apenas habló con el cura, se puso a discursear en El Areópago a favor de la reforma agraria y faltó poco para que Pericles lo metiera preso, por agitador. Corrían tiempos confusos - pocas semanas antes habían encarcelado a León por encabezar una manifestación - y nadie quería parecer un simpatizante de asuntos foráneos. «Una cosa es que Terámenes ande hablando de trabajo social, reparto de tierras y todos esos asuntos modernos, pero otra cosa muy distinta es que lo haga un ingeniero. La gente podría creerle», fue la sagaz interpretación de Aristóteles, que enseguida envió al Turco Julián a que le hiciera ver a Manganeso lo inoportuno de su alocución. Manganeso cerró la boca en el pueblo y consiguió trabajo en una estancia de los Caballero, lo que no impidió que siguiera hablando de lo mismo tres veces por semana en la escuelita rural. «Soy un idealista pragmático», decía, tomándose unos mates de madrugada con el cura. Fue por su pragmatismo que enseñó a los alumnos a cosechar lo mismo que comían, pues de tal modo nunca faltaría la motivación. A las nueve en punto - también por su consejo - volvía a escucharse la campana y los aprendices dejaban las herramientas y corrían a concentrarse en el comedor, donde los esperaba el desayuno en serio, compuesto de leche espesa y tibia, recién ordeñada, acompañada de pan, mantequilla y dulces que se producían allí mismo. Lo que no se consumía era vendido en el pueblo para cubrir los gastos, repartiéndose el excedente entre todos por igual. No era gran cosa, pero servía de aliciente.

A las nueve y media, satisfechos y espabilados, asistían a la clase de matemáticas, que se estiraba hasta el mediodía. Divididos en siete grupos según sus edades, pero todos en el mismo sitio y con el mismo maestro, los chicos terminaban aprendiendo más, más rápido y mejor que con el sistema convencional, pues los de cada grado escuchaban no sólo lo que les correspondía a ellos, sino lo que tocaba a los demás. «Es un poco loco al principio - había explicado Terámenes a Isabel- pero después funciona. Con este método, los más inteligentes aprenden mejor que con cualquier otro y los menos hábiles recuperan el paso siempre». A la hora del almuerzo, como era de prever, el menú contenía lo que producía la granja y muy rara vez algo comprado en el pueblo. Los chicos llegaban al comedor bien lavados y recién peinados, se distribuían entre los seis tablones que oficiaban de mesas y aguardaban que los que estaban de turno repartieran los platos rebosantes. Era todo un jolgorio, pues las particulares reglas de Terámenes permitían reir, bromear y cantar sin restricciones, mientras él almorzaba solo, en una mesa pequeña, enfrascado en la lectura de algún libraco tan viejo y polvoriento como él. De pronto, como si estuviera regido por un reloj invisible, a la una y media cerraba el libro y se levantaba pesadamente, dando por terminada la diversión. Los alumnos se desparramaban en silencio absoluto - a partir de allí corría la veda de la siesta - y llevaban sus platos, vasos y cubiertos a la cocina, tras lo cual podían hacer cualquier cosa menos bulla. A las dos y media sonaba la campana que indicaba las clases vespertinas: lenguaje, historia y geografía, materias en las que se enfrascaban hasta las cuatro y media. A esa hora, otra vez el tazón de mate con la rodajita triste y vuelta a la chacra, a terminar lo que habían comenzado a la mañana. Traer de vuelta los animales, regar aquí y allá, reparar alguna cerca o recoger las frutas, huevos y verduras para el día siguiente.

- Esto es como la cárcel, sólo que no se come tan bien - Se quejaba Efigenio, hundiendo el estómago para que se le notara el costillar.

- Ya te va a tocar la conscripción, a vos - Le retrucaban siempre los instructores, a los que aún les dolía en las tripas el hambre militar.

A las siete de la tarde volvían todos a las barracas. Los más chicos se tambaleaban de sueño y hasta a los mayores les costaba disimular el cansancio, pero aún faltaban las tareas escolares. El director en persona les controlaba el estudio, paseándose con el gesto ceñudo, revisando una suma aquí y un verbo mal puesto allá, hasta que el campanazo de las ocho salvaba a todo el mundo del esfuerzo, llamando a cenar. Nunca faltaba el chiquilín que se quedaba dormido antes de tiempo y al que había que despertar para que fuera a soñar a su catre. A las nueve y media se apagaban las luces y un silencio satisfecho caía sobre el campamento. Todos dormían, o mejor dicho casi todos, pues no faltaban los dos o tres noctámbulos que se quedaban hablando con el cura. Efigenio, por supuesto. Y Segundo Chavarría, que era el hijo mayor de un estanciero que lo había perdido todo en la timba. Y Camilo, que no podía ser de otro modo.

- Vos sos muy nuevo, pendejito - Lo detuvo Efigenio, la primera vez. Camilo no le dijo nada, pero tampoco se echó atrás. Sentado al lado de Terámenes, escuchó en silencio la historia de los anarquistas, los cuentos de la Mulánima y - de tanto en tanto - otros relatos aún más fantásticos, pero reales.

- Hay lugares donde el pobre es el dueño de la tierra que ocupa - Decía el cura, bajando la voz para que le prestaran más atención. Efigenio y Segundo se acomodaban nerviosos, sintiéndose partes de un secreto grandioso. La primera vez que oyó hablar del asunto, Camilo se quedó pasmado. Nunca se le había ocurrido pensar que la tierra tuviera  dueño.

 

XXXIX

 

Sin saber que un día serían sus lugartenientes, Efigenio y Segundo le tenían poca simpatía al hijo de Isabel. Les molestaba su independencia, el modo indiferente con que los miraba cada vez que le daban alguna orden. Ninguno de los otros chicos era capaz de ponerles en duda el liderazgo, pero él – simplemente - lo ignoraba. Furiosos, en los partidos de fútbol se turnaban para golpearlo, pero él devolvía los golpes con disimulo y sin quejarse, hasta que un día le pegaron tanto que el cura tuvo que suspender el encuentro y definirlo por penales. Ganaron los de cuarto, nada menos, gracias a los dos pelotazos que desvió Efigenio, con Camilo de arquero en la ocasión. Terámenes observaba sin intervenir casi nunca, pues era de la idea que en tales asuntos había que dejarlos formar el carácter. Había acertado en la presunción de que el muchacho no daría problemas de conducta  y estaba más que satisfecho con su rendimiento escolar. Camilo era un estudiante curioso y metódico, de ésos que cuando hacen una pregunta no se detienen hasta obtener la totalidad de su respuesta. Era bueno en matemáticas, regular en lenguaje y muy bueno en historia, así que tuvo que mandar a pedir libros prestados para satisfacer su voracidad intelectual, quien al finalizar el séptimo grado le hablaba de griegos y romanos como si hubiera vivido entre ellos. Era rebelde para algunas cosas, indoblegable en otras y muy disciplinado si se trataba de algo que le gustaba. Terámenes notaba que así como aceptaba las reglas de la escuela sin protestar, hacía lo posible para infringirlas cada vez que podía, pero sin dejar de cumplir con lo que era obligatorio. “Por ejemplo”, comentó una vez el cura al Doctor, “les doy diez minutos para higienizarse a la mañana, pero éso le molesta, porque le gusta quedarse un rato en la ducha. Entonces se levanta media hora antes que los demás y se da el gusto sin dejar de cumplir con el horario del desayuno. ¿Lo ve? En infinidad de otros pequeños asuntos, él infringe y cumple a la vez, haciendo lo que quiere sin desobedecer lo que digo. Suele arreglárselas para hacer su voluntad sin entrar en conflicto conmigo”.

No siempre sería así, pues no dudaría en enfrentar a Terámenes cuando llegara el caso. Fue en quinto grado y estuvo a punto de ganarse la expulsión, de la que se salvó porque - después de mucho hablar - el cura terminó por aceptar sus argumentos. La cuestión comenzó por la verdadera pasión que Camilo tenía por los tomates. No sólo se los devoraba en la ensalada del almuerzo, sino que se las apañaba para tener alguno en un bolsillo, negociado a escondidas con los otros chicos. Un día calcularon que comía más de lo que podía conseguir con el contrabando escolar, lo que disparó las suspicacias ¿de dónde los sacaba? Cuando lo descubrieron, ya llevaba varios meses explotando su propia huerta, en los límites de la escuela. Manganeso se quedó admirado de que hubiera podido realizarla él solo, trabajando en secreto durante la hora de la siesta o tal vez de noche, llevando las semillas en los bolsillos y las herramientas quién sabe cómo. La plantación era un cuadradito de diez por diez y se notaba que había seguido al detalle lo aprendido en las clases. Las hileritas eran impecables. Los plantines, perfectos. Nada quedaba fuera de lugar, salvo el hecho de que el dueño de la propiedad estaba por completo fuera de la ley. “Me parecía raro que comiera tomates todo el día”, dijo Efigenio, creyendo que los robaba de la cocina, pero día siguió al sospechoso y destapó el misterio. Fue un escándalo. Nadie podía creer que uno de los alumnos montara su propio negocio en las narices de los demás, sin que nadie lo advirtiera. Terámenes, el ingeniero, los campesinos que oficiaban de ayudantes y la totalidad del plantel escolar salieron en procesión, tranqueando el paso, siguiendo al delator mientras el acusado quedaba confinado en la barraca.

- Ese chico es cosa seria - Dijo Manganeso, sonriendo frente a la perfección de la pequeña huerta - ¡Mire lo que hace a los nueve años!

- ¡Qué lástima que tenga que castigarlo! - Suspiró el cura - Pero sin disciplina no le servirá lo que aprenda en esta escuela. Mañana será expulsado y esta huerta arrasada, para que ninguno se atreva a seguir su ejemplo.

Camilo recibió la sentencia un día más tarde, conteniendo las lágrimas. Estaba de pie, firme frente a la mesa a la que estaban sus compañeros, aguardando el almuerzo. Terámenes cruzaba los brazos y miraba el piso, como si dudara en anunciar la condena. Por fin habló, con una voz que expresaba más pena que enojo: «Serás expulsado por indisciplina», dijo. Efigenio bajó la mirada, arrepentido. Chavarría meneaba la cabeza, pues aunque odiaba a Camilo, lamentaba que lo echaran así. “Usted, Insaurralde, traicionó mi confianza al actuar a escondidas”, añadió el cura, “rompió el reglamento al hacer lo que hizo. Hoy se le avisará a su madre y mañana se irá. Esa plantación de tomates que hizo debe desaparecer a pico y pala, para que no quede ningún rastro de su mala acción”. Todas las miradas convergieron sobre el acusado. Manganeso hizo un gesto amenazante a Efigenio, quien – avergonzado - no sabía qué decir.

- Usted, padre, se equivoca completamente - Dijo, de pronto, Camilo.

Se quedaron boquiabiertos, sin poder creer que su audacia llegara a tanto. Una luz de alegría brilló, sin que nadie la notara, en los ojos del cura y Muralla movió la cola, excitado. Efigenio sonrió de oreja a oreja, codeando a Segundo como si le advirtiera «mirá lo que se viene ahora».

- ¿Cómo es éso de que yo me equivoco? - Rugió Terámenes, descruzando los brazos.

- Sí, usted se equivoca - Repitió, tragando saliva. Estaba pálido y le temblaba la barbilla, pero siguió adelante - Para empezar que yo no traicioné su confianza porque no actué a escondidas. Trabajé mi huerta en el horario de descanso, en el que se puede hacer cualquier cosa menos ruido. Y si no me vieron es porque estaban durmiendo, no porque yo me escondiera. No es mi culpa que ustedes duerman cuando yo trabajo.

Manganeso tuvo que levantarse de su silla y salir al patio para reprimir una carcajada, pero el cura permanecía en un silencio absoluto, serio y cejijunto. Los alumnos estaban azorados. Nadie se había atrevido jamás a contestarle al director, de quien se decía que era capaz de arrancarle la cabeza de un mordisco al que le discutiera una orden.

- Y tampoco rompí ninguna regla de la escuela - Continuó Camilo, tomando coraje a medida que avanzaba - porque nadie me dijo nunca que no se podía hacer una huerta en un lugar en el que trabajamos haciendo huertas. Y por último, usted no tiene ningún derecho a destruir mi huerta.

- ¡¿Cómo?! - Terámenes apoyó los enormes puños sobre la mesa, diciéndose que ese chico y ese caracter habían ido demasiado lejos - ¿Pero cómo decís, atrevido? - Exclamó, furibundo.

- Que la huerta es mía. Usted no puede destruirla - Respondió Camilo, bajando la voz pero levantando más la mirada. Seguía desafiante, pese a todo.

- ¡Pero cómo que la huerta es tuya! ¡Lo que me faltaba!

- ¿Acaso no dice siempre que la tierra debe ser del que la trabaja? Pues yo la trabajé, por lo tanto, es mía. Como puedo ver, yo no hice más que lo que usted nos enseñó. Lo que sí reconozco es que debía compartir mis tomates con los compañeros, pero es que aún produzco muy poca cosa...

Terámenes se quedó callado durante tres, tal vez cuatro minutos. Inmóvil, mirando fijamente a los ojos del niño que seguía frente a él, asustado pero sin retroceder. Después, poco a poco, tomó asiento en su silla de almorzar. Se rascó la barba, distraído, durante otro buen rato. Suspiró un par de veces y finalmente mandó a que sirvieran la comida.

- Siéntese, Insaurralde. Ya vamos a hablar después.

Almorzaron en silencio, expectantes de la continuación del incidente. El cura no decía nada y los alumnos miraban a Camilo, dudando entre admirarlo o tenerle lástima por haberse cavado la fosa. Mientras servían el postre, Efigenio fue a decirle al oído: «Yo te delaté y lo lamento, no debí haberlo hecho. En todo caso, tenés razón. La huerta debe ser tuya, pues te la ganaste a lo macho». Camilo le devolvió una mirada triste y no dijo nada, acariciando bajo la mesa a Muralla. Fue una tarde distinta a las demás. A la hora del descanso, los cincuenta y cuatro chicos que eran ese año se deslizaron sigilosos hasta el catre donde Camilo leía las historietas de El Tony. Se le notaba, en la tensión del entrecejo, que apenas aguantaba las ganas de llorar, pero no derramó ni una lágrima, ni dijo nada al que había ido con el cuento. Por cierto, Efigenio permanecía a su lado, traspasándole sin darse cuenta el liderazgo escolar. Al día siguiente, el cura llamó al condenado y habló un largo rato con él, ante la ansiedad general. ¿Qué estaría pasando detrás de esa puerta, en el despacho de las grandes decisiones? El plantel completo de alumnos y ayudantes aguardaba, sin disimulo, que la condena fuera levantada, aunque los antecedentes conocidos eran poco prometedores. Cuando el viejo Terámenes decía que no, era no, pero “¡Ahí sale, ahí sale!”. Al fin, después de un rato muy largo, la puerta se abrió y Camilo apareció con las manos en los bolsillos, seguido del director. “La expulsión ha sido anulada”, dijo el cura, serio y circunspecto. No volaba ni una mosca, pero de verdad. “La huerta puede continuar, pero el tomate que se produzca será repartido entre los que la trabajen”, agregó Terámenes, “Y ni se les ocurra otra vez hacer algo sin que me entere, porque les corto las pelotas”. Giró lentamente, se metió otra vez en su oficina y cerró, dando un portazo. Una ovación inolvidable sacudió a la muchachada.

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***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 11

 

(Capítulo en el que se sacan varios trapitos al sol, como la causa por la que Miguelito

no será Intendente, los celos del Doctor Epaminondas y una noche de sexo entre dos náufragos,

mientras se desata un incendio y un brujo profetiza desgracias)

 

XL

 

M

iguelito Caballero era el único de los vástagos de Espeucipo y Helena que aún estaba con ellos cuando la enfermedad - nunca se dijo cual - atacó al Intendente, obligándolo a buscar un sucesor. Su padre no confiaba en él; antes bien, lamentaba haberlo traído al mundo, pero ya que estaba, lo hizo llamar a su despacho y le informó que a fin de año sería Intendente. Miguelito sonrió de costado, sintiendo llegada la hora de su triunfo. Cruzó las piernas, acomodó uno a uno los anillos que poblaban sus dedos y luego se desprendió un botón más de la camisa, dejando su pecho escuálido al descubierto. «No sé - respondió - tendría que pensarlo». Espeucipo, que en el fondo lo amaba tanto como lo odiaba, sintió una oleada de rabia. «Mocoso estúpido – dijo - no se trata de que lo pensés o no, se trata de que todos los negocios que han sido de la familia durante generaciones no pueden caer en manos extrañas. Ser intendente es tu obligación, no tu opción». Miguelito no cedió, igual que no había retrocedido nunca ante las furias de su padre. Simplemente volvió a sonreir y aclaró: «Siempre he creído que la política es un nido de ladrones y oportunistas, así que no siendo yo ni lo uno ni lo otro, sigo sin comprender por qué me querés empujar ahí». A prudente distancia, Nuria enarcó las cejas y Aristóteles se aguantó las ganas de carraspear. Ambos pensaban que no era prudente nombrar sucesor a alguien tan volátil. Podrían, Dios no lo quisiera, terminar todos presos. Pero Espeucipo estaba determinado a renunciar y a que le sucediera su hijo, lo que pasó a ser comentario público cuando el periodista Casimiro Reyes la publicó en el Diario Regional. El Turco Julián se preocupó, preguntándose qué riesgos corría con Miguelito al frente. ¿Y si el muchacho - ya andaría por los veinticinco años - aún le guardaba inquina por lo de aquella siesta, en el barco de Manfredini? Más de uno conocía la historia y sería capaz de usarla, llegado el caso. Nuria, por ejemplo. Sentada sobre la alfombra, a un costado de la cama, ella vio todo. Y Agripino Malatesta, que no vio pero escuchó, haciendo guardia afuera. ¿Cuántos más lo sabrían? Habían querido obsequiarle una experiencia iniciadora. Le dieron alcohol, se bañaron los tres juntos y luego - ¡oh, sorpresa! - Miguelito eligió el cuerpo rudo del sindicalista al suave y ondulante de la muchacha. Entre carcajadas, Julián le untó vaselina y siguió hasta el final, pese a las lágrimas del chico. Fue Nuria quien lo llevó luego al Doctor Epaminondas, quien curó las heridas de la cabalgata y olvidó el asunto. Ahora, Miguelito iba a ser nombrado Jefe, con lo que eso significaba para el futuro. “Hay que ayudar a Miguelito a decidirse por el no. El Intendente voy a ser yo”, dijo Manfredini, en reunión secreta con Julián. “Yo me encargo de eso”, prometió el capanga. “Ni quiero saber cómo”, sugería el ricachón. Claro que no iba a ser tan fácil, pues antes de que sucediera, Espeucipo mandó a los monaguillos del cura Rigoberto a encuestar al vecindario y descubrió que un alto porcentaje veía con buenos ojos al sucesor, reafirmando su voluntad de pasarle el cargo. «¿Lo ves, mi hijo? - decía Helena, con dulzura - el pueblo desea verte Intendente». Y Miguelito flaqueaba en sus ganas de rebelarse, pensando en las cosas que podría hacer si fuera Jefe. Viajar, por ejemplo. Organizar concursos de belleza y de peluquería. Ferias de arte. Un Corso que durara un mes completo. Fiestas de disfraces. Bailes a los que asistirían los hombres más elegantes de la región y - por qué no - del mundo…

- Pero también vas a tener que gobernar - Le advirtió Aspasia - Si la gente te mira bien es porque te consideran distinto a toda tu familia, pero si llegás a ser la misma mierda que el resto, te aseguro que voy a ser yo la primera en ir a meterte un tiro en el culo.

- Ya lo decidí: voy a ser Intendente, un gran Intendente.

A los veintinueve años, soltera y con fama de intelectual insobornable, Aspasia se daba el lujo de una sinceridad sin concesiones. Acodada en el mostrador, aconsejaba en amores al Doctor Epaminondas, discutía de filosofía con el cura Terámenes, comentaba libros nuevos con León o intercambiaba entredichos políticos con Aquiles y Ulises, por hablar de los más conocidos. De ella decían que era leal y confiable, título que muy pocos de los vecinos llegarían a lucir. León, que la visitaba cada vez que Clara viajaba a Foz, le preguntaba a veces cuándo se pondría de novia, qué estaba esperando. «Algunos tienen la suerte de encontrar el amor a cada paso que dan - decía ella, fumando un cigarrillo negro, sin filtro - pero mi destino es que los hombres vean en mí a una amiga, o mejor dicho, a un amigo con tetas, porque me ven más como hombre que como mujer. Por eso confían en mis consejos». León, que era su amigo desde siempre, le hacía bromas sobre la virginidad y ella lo echaba del bar, entre risas. “Andá nomás”, le dijo uno de esos días, “que soy la mejor amiga del futuro intendente”. Sin embargo, muy poco después fue ella la primera persona en enterarse del cambio de opinión del candidato.

- No me voy a presentar.

- Pero ¿No me habías dicho que sí? ¡Todo el mundo te quiere de Intendente!

Estaban solos, como de costumbre. Era la hora de la siesta. Apoyado en la barra, Miguelito se tapó la cara con las manos y soltó un sollozo. Aspasia le sirvió un vaso de agua fría, comprendiendo que la determinación de su amigo había sido forzada. Lo abrazó y durante un largo rato, él no hizo más que llorar y llorar. Después dijo:

- Una vez hice algo y ahora alguien me amenaza con hacerlo público si me presento. Así que ya le dije a mi madre que no seré Intendente y esta noche me iré de viaje por un par de meses, hasta que la gente se olvide.

- ¿Tan grave es? - Preguntó ella, sonriendo para que no se le notara la desilusión- ¿Tanto puede embromarte que se sepa?

- No a mí, pero tengo una familia. Una madre. Lo que digan de mí, no me interesa, pero a mi madre la harán pedazos. No seré Intendente jamás.

- ¿Así de definitivo?

- Absolutamente.

Sin que el vecindario lo supiera, Miguelito salió esa misma noche hacia algún lugar de Brasil y Aquiles se enteró de su renuncia recién al mes siguiente, cuando el Juez lo dijo en voz alta en medio del bar. Pomposo y circunspecto, se puso de pie para anunciar que habría elecciones y pedir un brindis por el único candidato: Aristóteles Manfredini, que estaba en una mesa junto al Coronel -acababan de ascenderlo - Verón. Aquiles vio que el Turco Julián era el primero en aplaudir y ahí mismo tomó la decisión de pelearles el cargo.

 

XLI

 

Isabel llevaba ya tantos años de viuda, que a veces le costaba rearmar en sus recuerdos la cara de Jeremías, el amante de la orilla del mar. El amor, devastador y magnífico mientras brilló, no era más que una pátina amarillenta y triste, once años más tarde. Los besos mojados, el calor de las caricias, los gemidos arrullados por las olas, parecían ya el reflejo de algo que quizás nunca había ocurrido. Cuatro semanas de una loca felicidad, apenas, pagadas con la soledad eterna en un pueblo que nunca sería suyo. Celebró los doce años de viudez el mismo día en que Camilo festejaba el final de la escuela primaria, con buenas notas y un pedido especial de Terámenes para que siguiera la secundaria en el mismo sitio. Madre e hijo tenían, para entonces, la misma estatura, pero no se parecían mucho. «Ha de ser igual al padre», comentaba el Doctor, viéndolo andar con un aire noble y mirar al mundo con su mirada mansa, lejana en la apariencia al coraje turbulento del muchacho. En la fiesta de la graduación, ella lo observaba desde cierta distancia, bromeando en voz baja con sus inseparables amigos Efigenio y Segundo. Se veía tan independiente, que Isabel dejó escapar un suspiro: “Pronto será un hombre y se irá, como se van los hombres. ¿Qué será de mi sin él?”. Epaminondas notó que la mujer tenía los ojos húmedos y – discretamente - le pasó su pañuelo. De pronto, él también se sintió un poco más viejo. Había transcurrido una década desde que ella llegó al consultorio con su embarazo a cuestas. Demasiado tiempo de soledad para ambos, por más que la amistad se había fortificado, pasando por sobre las contrariedades a que los exponía su situación. Las habladurías del vecindario, por ejemplo, hasta que ganó la evidencia de que allí no pasaba nada, pues en vano los vigilaron, persiguieron y auscultaron durante años, intentando conocer el día en que el honorable médico entraba a la cama de la extranjera. Nunca sucedió, para eterna decepción de Epaminondas y tranquilidad espiritual de Isabel, que temía lo que pudiera acontecer después. Fue él quien hizo de padre postizo para el muchacho, quien asistió a los actos escolares y lo regañó cuando se hizo necesario. Fue él, amigo incomparable, quien compró la casa de Isabel cuando supo que la Municipalidad se proponía a desalojarla. Y lo hizo en secreto, sin decirle nada, de modo que ella lo supo recién muchos años más tarde, cuando la Guerra de los Descalzos había terminado.

- Esa viuda desgraciada se lo llevó para siempre - Murmuraba, en tanto, Filoxena, acostada en un sillón a causa de los dolores que le atenazaban el vientre. Un día se hartó de seducir al marido y decidió enfrentarlo, echándole en cara la paternidad del hijo de Isabel. Epaminondas la escuchó con paciencia, mientras ella clamaba al cielo por una traición inexistente, pues ni siquiera era cierto que visitara a la viuda los lunes, miércoles y viernes, como la mujer sospechaba. Después, cuando se quedó sin aire y sin acusaciones, el marido suspiró hondo y respondió:

- Nunca hubo nada entre esa señora y yo, te doy mi palabra. Mucho menos puede ser mío ese hijo que tiene, pues ya lo tenía en el vientre la primera vez que la vi. En cuanto a mis reuniones de los lunes, miércoles y viernes, podés llamar a las esposas de Espeucipo y Aristóteles y ellas te las corroborarán. En cuanto al Juez, él es soltero, pero podés preguntarle, por ejemplo, si no me dejé la lapicera en su casa, el viernes pasado.

Filoxena creyó lo del hijo, pues lo confirmó con la asistente de su marido, pero se quedó en duda sobre lo demás, ya que nunca se atrevió a llamar a las esposas de sus amigos. Para ella, la verdad estaba en las ausencias constantes del esposo, en su desinterés, en sus silencios, en las miradas perdidas los domingos a la tarde. Sentía que él la engañaba, de todos modos, incluso sin hacerlo. Y le daba una rabia ciega que él fuera culpable sin pecar, pues algo tan absurdo sólo podía suceder en el nombre de un amor demasiado grande, de una pasión que incluso fuera capaz de aceptar la resignación de la desesperanza. ¿Qué podía haber más sucio que el sexo? Sólo el amor verdadero. Esta certidumbre terminó por destrozar sus nervios y acelerar la enfermedad que la llevaría a la tumba. Se decía a sí misma, en las largas horas de espera, que hubiera perdonado una infidelidad común, una revolcada decente con una puta de Foz o incluso con una enfermera del hospital, como era de prever. Una cana al aire. Un desahogo varonil y pasajero. Pero lo que le partía el alma era que su marido se había enamorado hasta la perdición de una mujer que no le daba nada a cambio. Eso era lo peor de todo, lo más humillante. «¿Tanto vale esa maldita como para hacerse amar durante años sin entregar el culo?», se desfogaba frente al espejo del baño, rompiendo el maquillaje con el que había querido borrar las huellas de su desolación. Después, cuando de algún modo empezaba a acostumbrarse a que la vida ya no sería la misma, un análisis de rutina descubrió en su útero las sombras de un enemigo más implacable que el desamor. El Doctor lloró en su consultorio, al leer el fatídico veredicto del laboratorio. Se sentía culpable, como si hubiera sido su falta de cariño lo que le había dado lugar al carcinoma. Desamparado, fue hasta la casa de Isabel aunque no era el día correspondiente y por primera vez le contó que era casado, algo que ella sabía desde hacía mucho.

- No sé qué utilidad puedo tener yo en esta situación - Dijo Isabel, consolándolo con un apretón de manos más cálido que los habituales - pero aquí estaré, siempre y a cualquier hora. Usted sabe que cuenta conmigo.

- ¡Ahora estarás contento! - Exclamó Filoxena, bañada en llanto - ¡Por fin vas a deshacerte de mí para ir a revolcarte con esa gallega puta!

Epaminondas cayó derrumbado en su sillón de leer, incapaz de articular palabra. Rogaba que el informe estuviera errado, pero no podía dejar de pensar en la libertad que lo esperaba en la viudez. Necesitaría otros análisis, pruebas definitivas que comprobaran los resultados anteriores y que le dieran una idea del tiempo que les quedaba juntos, amargados y contando las horas. No podía ser mucho, en todo caso. Tal vez unos meses, quizás un año. Y sin embargo - milagro de la ciencia o simple determinación de la esposa, empeñándose en no dejarle el marido a su rival - Filoxena vivió aún largos años más, consumiéndose a fuego lento por el odio y por la enfermedad.

 

XLII

 

Aquiles guardaba un vago recuerdo del jefe del Regimiento, la tarde en que fue a verlo para interceder por Camilo, preso en el cuartel con dos de sus amigos de la escuela rural. Acompañado del cura, Pericles y el infaltable Epaminondas, estacionó la camioneta a la entrada de las barracas, preguntándose qué podrían haber hecho los chicos para acabar en prisión.

- Así que usted es el famoso fraile comunista, el que le enseña estupideces a los muchachos de la zona - Bramó Verón, ascendido a Mayor por la época en que metió preso a Camilo. Varios años más tarde, ya Coronel, se preguntaría si no había sido aquel, precisamente, el comienzo de la Guerra de los Descalzos. La tarde en que le dijeron quiénes estaban en la guardia, lo primero que pensó fue en sacarse las ganas con el sacerdote, del que siempre había escuchado hablar pero a quien nunca había visto.

- Vuelva a hablarme en ese tono y tal vez me olvide de poner la otra mejilla - Dijo el cura, haciendo crujir un puño frente al rostro del militar - y en todo caso, yo no enseño nada contrario a mi Señor Jesuscristo. Estupideces se enseña en cuarteles como éste, donde la mitad de los chicos sale sodomita o ladrón.

- Vamos a hacer esto del modo simple, Mayor - Intervino el Comisario, enemigo declarado del oficial desde que se opuso a perseguir el contrabando - somos gente adulta y establecida, respondemos en todo por esos tres muchachos, así que usted nos dice si se le debe algo y los libera de inmediato, que ninguna ley lo autoriza a tenerlos encerrados en un cuartel.

- Y ninguna ley lo autoriza a usted a entrar a terreno militar - Advirtió, amenazante, el Mayor. Un par de soldados llegaron trotando con sus fusiles al hombro.

- Bueno, basta de pavadas - Dijo Aquiles, hablando en general. Por demorarse cerrando el camión, se había perdido la discusión anterior - ¿Por qué no nos dice qué pasó con los muchachos y los deja salir de una vez?

- Se lo diré, para que vean hasta qué punto son dañinas las enseñanzas que se imparten en esa escuela rural - Respondió Verón, recobrando la calma. Miró durante algunos segundos a Aquiles, intentando recordar de dónde lo conocía, pero después hizo un gesto vago, restándole importancia. Sonrió, incluso, haciéndolos pasar por el caminito que llevaba a las barracas del fondo - Vinieron hace tres días, el viernes, con el cuento de que el cuartel tiene demasiadas tierras sin producir y que ellos podían hacer una plantación de tomates. Como les hice decir que se fueran al carajo, me enviaron la oferta de un treinta por ciento de la producción para el cuartel y el resto para ellos, a cambio de la autorización y el préstamo de las herramientas.

- ¿Y por eso los metió presos?

- No, por éso no. Fue porque estos pendejos apalabraron a los soldados que salían de franco y los convencieron de asociarse para producir tomates en las tierras que se ven allá al fondo, hasta les hicieron creer que si trabajaban la tierra sería de ellos, porque la tierra es del que la trabaja ¿De dónde sacaron esa mierda? ¡Ahora los tengo presos a todos juntos, a ellos tres y a los quince soldados que se les unieron! ¿Qué quieren sus alumnos? ¿Sovietizarme el Regimiento?

Aquiles soltó una carcajada y se le unieron el policía y el médico, aunque el cura seguía ceñudo. Ya era la segunda vez que Camilo causaba problemas con ese asunto de la propiedad rural. Tendría que hablar seriamente con él, explicándole nuevamente el concepto.

- ¡Cabo! ¡Tráigame a esos tres revoltosos de inmediato! - Ordenó el oficial - Y ustedes, señores, francamente no sé de qué se ríen, que si en vez de venir a meterse en líos al cuartel hubiesen ido a la estancia de algunos que conozco, terminaban baleados. ¡No hay que joder con la propiedad privada! En mi cuartel...

- El cuartel no es propiedad privada, es del Estado - Interrumpió Terámenes, abanicando una mano como para espantar los argumentos de Verón.

 - ¡Cabo de guardia! - Interumpió Verón, dándole la espalda - ¿Qué pasa con esos tres, que no vienen?

- No quieren salir, mi Mayor - Respondió el Cabo, volviendo al trotecito poco después- Dicen que no saldrán si no libera también a los quince compañeros, perdón, a los otros presos, mi Mayor.

- ¡Pero, se dan cuenta! - Vociferó el jefe del Regimiento, quitándose la gorra como si fuera a arrojarla al suelo- ¿Qué carajo es lo que tienen en la cabeza sus alumnos?

- Ideas, Mayor. Ideas - Dijo Terámenes, abriéndose paso - Déjeme hablar con ellos y no se sulfure más.

- ¡Cabo, acompáñelo y que se vayan todos de una puta vez! - Gritó Verón y dio una media vuelta de desfile, furioso, antes de salir taconeando para el lado opuesto.

A los pocos minutos, los precoces revolucionarios dejaban el encierro entre el aplauso de los que se quedaban, liderados por un campesino bajito y pendenciero llamado Zenón Ferrás. Soldado raso en la época y Cabo siete años más tarde, cuando Camilo regresaría a pedirle que le abriera el arsenal, Zenón era un hombre de lealtades eternas. ¿Cómo ignorar la actitud de pretender quedarse, hasta que soltaran a todos? Su amistad con los muchachos, firmada para siempre en la celda del cuartel, sería fundamental en los hechos que ocurrirían más adelante, pues los protagonistas de esa tarde no se olvidarían jamás entre sí. Mucho menos el Mayor, que anotaría en su diario los nombres de los tres audaces - uno de ellos, el líder, recién salido de séptimo grado - junto a la palabra que marcaría con sangre la década siguiente: subversivos.

 

XLIII

 

Filipo González reapareció un lunes a la noche, a mediados del año en que Camilo comenzó la secundaria. Haciendo equilibrio sobre las muletas, trepó por el caminito de la casa de Isabel y le sonrió desde el porche, rogando que ella lo reconociera. Habían pasado más de diez años sin verse. Ella se sobresaltó, pues hacía ya mucho tiempo que se había olvidado de él, como hacía siempre con lo que le causaba daño. Nunca había vuelto a pensar en su madre, por ejemplo, ni en ninguno de sus hermanos. Mucho menos en el Capitán de la Guardia, asesino del artista. Pero ahí estaba Filipo, cargando con las huellas del balazo y sonriendo como si le dijera que se le había ido la rabia, el odio repartido entre ella y el Turco Julián. Isabel, que en esos días había cumplido treinta y dos años, lo hizo pasar a la cocina y le sirvió el tradicional vaso de limonada. Filipo se disculpó por lo inusual de la visita y le confesó que llevaba largo tiempo preparándola, pero que por una cosa u otra terminaba postergando el día elegido para realizarla. «No sabía cómo aparecer, qué cosa decir», se sinceró y a ella le pareció de mal gusto que lo hiciera, pues al fin y al cabo no habían sido más que compañeros de trabajo, amigos de ocasión. Apenas poco más que desconocidos. Y estaba esa pierna ausente, el hueco colgando a la altura de la mitad de un muslo, como una acusación muda y constante. «Fue por mi culpa», pensaba ella, evitando mirarle la desgracia. «Si yo no le hubiera pedido que me acompañara, hoy tendría dos piernas, se hubiera casado y engendrado hijos y en cambio, ahí está, sonriendo sin saber cómo seguir, quizás preguntándose a qué coño vino». Menos mal que no se estuvo mucho rato y que sólo habló de asuntos banales, chismes del pueblo y esas cosas, haciéndola reir con las historias que atribuían a Miguelito. De pronto miró el reloj, puso cara de contrariedad y saltó de la silla con esa rara habilidad de los inválidos, un poco exagerada. No quiso que ella lo acompañara hasta el portón - «No quiere que lo vea rengueando», pensó Isabel - y le soltó un beso aéreo con la mano libre, antes de desaparecer con el mismo impulso con que había llegado una hora antes. Pero volvió el viernes, cuando a Isabel se le había empezado a pasar el mal sabor. Lo vio subir con esfuerzo por el caminito de grava y por un momento deseó que tropezara y cayera rodando hasta la calle. «Debiera estarle agradecida y sin embargo no soporto verle», se decía a sí misma, sintiéndose peor. Lo soñaba casi todas las noches, pálido mortal, mirándose con ojos desorbitados el agujero negro del balazo. Lo escuchaba, a mitad de la pesadilla, quejarse y llamarla. Más aún, a veces lo veía aparecer sonriendo, dando saltitos con la pierna viva y trayendo en los brazos la pierna muerta, como una ofrenda de amor. “¡Coño, qué mal me pone este tipo!”, gemía, cada vez que lo escuchaba llegar, pues - para colmo - las visitas empezaron a ser más frecuentes – “¿Qué le habrá picado para aparecer así, después de tanto tiempo?”.

Resignada a soportarlo, preparaba temprano las sillas bajo la guayaba y cocinaba scones para acompañar el mate, convencida de que tarde o temprano se le pasaría lo que fuera que le hubiera dado. Al principio, sus visitas se limitaban a una media hora los lunes y otra media hora los viernes, pero después incluyó los domingos, los miércoles y finalmente, cualquier día y cualquier hora. Isabel estaba frenética, aunque reconocía que Filipo no era del todo insoportable. Sabía conversar de muchos temas, era tranquilo y educado, pero lo mejor era que jamás - ni por asomo - habló de la fatídica emboscada del Turco Julián. Lo malo, en realidad lo único malo, era su insistencia en aparecerse todo el tiempo. El Doctor Epaminondas, que en más de una ocasión coincidía con él en las visitas, empezó a mandarle indirectas. Muerto de celos, veía en el tullido a un rival temible. Filipo era más joven, mejor parecido - pese a la falta de una pierna - y además, soltero. Lo odiaba cordialmente, temeroso de que Isabel decidiera un día recompensar su sacrificio con aquello que el médico tanto había perseguido sin resultado. Hizo todo lo que la buena educación le permitía, creándole dolorosos vacíos en las conversaciones y hablando todo el tiempo de asuntos que el inválido desconocía, pero al cabo de varias semanas tuvo que reconocer que no sería fácil sacarse de encima al descarado. Entonces se jugó a una decisión heroica:

- En honor a la amistad con que usted me honra - Dijo una tarde, dirigiéndose a Isabel y remarcando el «me» sin mirar a Filipo- creo conveniente espaciar estas visitas tan felices, pues nada quisiera menos que alguien pusiera en duda su integridad moral. La gente, ya se sabe, comenta. No es posible venir a su casa cualquier día, a toda hora, por lo que espero contar con su comprensión.

- Tiene toda la razón del mundo - Admitió Filipo - sobre todo en el caso suyo, que es casado.

El Doctor se sintió tocado en lo más profundo, pero a partir de esa tarde no volvió a encontrar a su oponente, en parte porque Filipo limitó sus visitas a los días en los que no iba el médico y en parte porque las redujo en general, temeroso de que las palabras de Epaminondas hubiesen sido sugeridas por la dueña de casa. Regresó al sistema de los lunes y los viernes. Sin embargo, la viuda y el tullido terminaron por hacerse amigos poco a poco. Isabel fue bajando sus defensas. Dejó caer la barrera que los separaba y él se dio cuenta de que comenzaba a ganar la partida. Más seguro, se atrevió a especular un poco y una vez que la acostumbró a llegar siempre los mismos días y a la misma hora, comenzó a demorarse o a faltar a las citas. Sorprendida, ella descubría entonces que lo extrañaba. Se quedaba hasta la noche, sentada frente a la mesa donde esperaban los scones y la limonada sin tocar. «¿Qué le habrá pasado?» Y Filipo aparecía a la cita siguiente, dicharachero y amable, pero sin excusa alguna. «¿Tendrá una novia de la que no me habla?», se preguntaba Isabel y no por celos, sino por curiosidad. Un día cualquiera, él le tomó una mano y ella no se atrevió a retirarla por miedo a ofenderlo, pero se sonrojó tanto que igual se la soltó de inmediato. Isabel no hizo comentarios, pero el pequeño gesto la desasosegó por completo. No pudo dormir, ni esa noche ni las siguientes, fantaseando con lo que hubiera ocurrido si él insistía. Ella, que creía haber cerrado a cal y canto las emociones del vientre, sintió por primera vez en doce años algo parecido al deseo. Quizás no por Filipo, a quien no podía dejar de ver como al cordero sacrificado, sino por el hecho en sí. «Hacerlo – pensaba - hacerlo otra vez». Doce años más tarde, casi trece. “¿Qué sentiré? ¿Será igual?”. Y sin amor, pero ¿quién piensa en el amor cuando el hambre o la confusión acucian? “Follar de nuevo, coño, ¿y por qué no?

Dos semanas después, cuando parecía ya que el avance quedaba en el olvido, él volvió a tomarle una mano y ella no se rebeló. Lo dejó entrelazarle los dedos y seguir hablando como si no pasara nada. O como si ya hubiese pasado todo, que era aún más grave. Un rato más tarde, mientras lo observaba bajar la pendiente en precario equilibrio, pensó: «Esa pierna le falta por venir a la busca de lo que aún no le he dado. Toda su vida hubiese sido distinta si él no se fijaba en mí. Joven y buen mozo como es, nada le hubiera faltado. Pero yo lo desgracié. Fue por mí. Y encima, por nada. Pobre hombre. ¿Y qué me cuesta, después de todo?» Elsa, la madre de Filipo, puso el grito en el cielo cuando supo que su hijo visitaba a la viuda. «¡Fue por esa loca que estás como estás, hijo mío - decía, llorando como sólo pueden llorar las madres - y aún así vas a verla! ¿Qué buscás? ¿Que ese amor estúpido te lleve a la tumba?». Y Filipo - que siete años más tarde moriría en su último intento por llegar a Isabel - no respondía nada. Sólo soñaba, uniendo sus manos con las de la viuda y sintiéndola temblar y sudar bajo el vestido. Una noche la abrazó y ella se deshizo en un gemido de niña, como si le faltara el aire. Filipo quiso acariciarle el talle, pero perdió la muleta y sin querer, terminó empujando a Isabel contra la mesa de la cocina. Cara a cara, la boca del uno casi pegada a la del otro, se quedaron atónitos, espantados de que por fin hubiera llegado el momento. Filipo hundió la nariz en el pelo de Isabel - como siempre había querido hacer - y en su urgencia manoteó sin querer el interruptor de la luz, dejando el escenario a oscuras. Se acomodaron como pudieron, ella sobre la mesa y él sobre su única pierna. Sin decirse nada, acezantes, embistiéndose entre resuellos que acabaron a los pocos segundos y los dejaron más náufragos y necesitados que al principio, mojados de angustia. «No vayas a encender la luz», fue lo único que dijo ella, cuando él comenzó a desprenderse. Le aterraba que pudieran verse el uno al otro en el abrazo absurdo, perdida la vergüenza en la desnudez a medias. Pero la frase, quién sabe por qué, hirió en lo más hondo a Filipo, que terminó de abotonarse y se marchó tanteando en la oscuridad, para no regresar hasta el mes siguiente. Sonreía impávido, igual que la primera vez. Isabel, que ya no lo esperaba, lo recibió como si nunca hubiera ocurrido nada entre ellos y así continuaron, disimulando hasta la tarde en que las balas del Turco Julián le quitaron la vida.

 

XLIV

 

Nunca se supo quién fue el iniciador del incendio de San Pedro, llamado así por desatarse en el aniversario del santo. Comenzó de madrugada, anunciado por los ladridos de Muralla y mientras los alumnos todavía dormían. «¡Fuego, la puta que lo parió!», gritó Terámenes, más de fastidio que de preocupación, al ver la llamarada sobre el techo del establo. «¡Fuego!¡Fuego!», repetían los internos, a medida que se despertaban y salían envueltos en sus frazadas, empujándose unos a otros para ver mejor las evoluciones del cura, que corría carajeando con dos baldes llenos en cada mano. Al principio - según narraron luego - no creyeron que el incidente fuera gran cosa, ni que hicieran falta más bomberos que el director, pero de pronto hubo un viento traicionero y las flamas se abrazaron a las paredes de madera del barracón principal, lleno de semillas y herramientas del programa agrícola.

- ¡Muchachos, se nos quema la escuela! - Exclamó Efigenio y se lanzó sin pensar a través del humo negro. Chavarría corrió tras él y enseguida se los perdió de vista, desaparecidos entre el chisporrotear del fuego.

- ¡Allá voy! - Se oyó gritar a Camilo, desprendiéndose del grupo que observaba con alegría digna de mejor causa. Salió a la carrera y se hubiera metido también si no lo atrapaba a mitad de camino el cura, emergiendo del infierno con los pelos chamuscados y la sotana arollada a la cintura.

- ¡Todos atrás! - Vociferó Terámenes, que los había alcanzado a ver ingresando al barracón en llamas - ¡Camilo, vayan a pedir ayuda! - Ordenó, con el rostro crispado. Pero justo en ese instante se desplomó la viga que sostenía al portón de entrada.

- ¡Están atrapados! - Quiso decir Camilo, pero la voz le salió como un hilito. Era la primera vez en su vida que sentía miedo; con el portón clausurado, los dos muchachos morirían sin remedio. Los ojos del sacerdote se enardecieron de un modo salvaje y ahí nomás tomó carrera y se arrojó furioso contra la pared del galpón, haciéndola crujir. Sobre los ruidos del incendio y el griterío de los internos, se oían los aullidos de Efigenio y Segundo, clamando ayuda. Terámenes levantó su puño, ancho y pesado como un ladrillo, lo llevó lo más atrás que pudo y lo descargó como un rayo contra la madera, partiéndola. Camilo vio cómo las astillas hacían saltar la sangre en las manos del sacerdote, que seguía golpeando como enloquecido hasta que pudo hacer un boquete. “¡Déjeme a mí!”, clamó el niño, recuperando el coraje y saltó por el agujero, yendo a caer entre la humareda del barracón. “¡Efigenio! ¡Segundo! ¡¡Dónde están!!”, llamaba, tapándose la nariz y entrecerrando los ojos. Tuvo la suerte de encontrarlos casi enseguida, medio ahogados, a pocos pasos de la puerta. El calor era tan espantoso, que muy pronto sintió el chisporroteo de su pelo al encenderse. Se quitó la camiseta y se envolvió con ella la cabeza, mientras seguía animando a sus amigos a salir. Segundo estaba inconsciente, pero Efigenio se mantenía en pie, mirando en derredor como perdido, sin reconocer a quien iba en su ayuda. Camilo lo aferró de un brazo y lo obligó a salir, empujándolo hasta hacerlo pasar por el agujero y ponerse a salvo.

- ¡Camilo, vení aquí, carajo! - Rugía el cura, pegando unos puñetazos terribles para agrandar la puerta de escape. Camilo no lo oyó, embriagado por la satisfacción de haber recuperado el coraje. Corrió esquivando el fuego y el humo, tomó a Segundo de los pies y fue arrastrándolo hasta situarlo junto a la abertura, pero entonces le fallaron las fuerzas, perdió el sentido y cayó al suelo. En un último esfuerzo, el director de la escuela se avalanzó con manos y brazos contra la pared y logró atravesarla, cayendo dentro entre un huracán de chispas y llamas. Con un manotazo arrastró a Cavaría y con la otra a Camilo, los alzó en vilo, pasó quién sabe cómo entre el fuego y aún corrió con ellos varios metros, antes de caer de rodillas, con la sotana ardiendo.

Casimiro Reyes relató la odisea en el diario del domingo y los chicos se la leyeron al cura en el hospital, donde el Doctor lo obligó a quedarse tres días para asegurarse de que mantendría las manos quietas. No sólo tenía múltiples fracturas, sino también quemaduras hasta cerca de los codos, así que no pudieron enyesarlo. El dolor, que debía ser terrible, lo tenía silencioso y malhumorado, pero no se quejó ni una vez. Sólo puteó - y a lo grande - cuando una enfermera le rapó la melena y le afeitó la barba, en busca de otras heridas. «¡Diecinueve años - decía a quien fuera a visitarlo - diecinueve años sin ver una tijera y estos médicos del carajo me rapan por una nada!». Se veía raro, sin la pelambre bíblica. Parecía un niño grande. Hasta sus enemigos tuvieron que admitir por esos días que el viejo era un héroe. El Intendente fue a verlo, sólo por conocer al hombre cuya fuerza descomunal había atravesado una pared a puñetazos. Terámenes lo escuchó en silencio, como si no creyera una palabra del discurso con que alababa su hazaña, pero apenas Caballero terminó de hablar, retrucó:

- Lo que me gustaría que me digan es quién fue el hijo de puta que le prendió fuego a mi escuela, porque ese incendio fue provocado. Yo ví los bidones de querosene.

- No se preocupe, padre, se investigará hasta las últimas consecuencias - Prometió Espeucipo, levantando la mano derecha. Pero nunca se supo nada, por más que hubo aquí y allá versiones que achacaban el crimen a Manfredini, en reproche a las ideas que el cura inculcaba en sus alumnos. «Imagínense - dicen que dijo Aristóteles - que andan con ese tema de que la tierra es del que la trabaja y así me van a alborotar a la peonada en menos de lo que canta un gallo, cura de mierda». De todos modos, nunca se comprobó esta acusación y con los meses se fue olvidando el incidente, hasta que ya nadie habló de él. Ni siquiera el Comisario, que realmente investigó y siguió todas las pistas, pudo hallar al que destruyó buena parte de la escuela rural. «No se preocupen, muchachos     - dijo Terámenes, el día que salió del hospital y pudo ponerse otra vez al frente de sus chicos - que lo que no mata, engorda. Vamos a levantar la escuela otra vez, más fuerte y más grande, pues para acabar con ella primero tendrán que acabar conmigo». Proféticas palabras.

 

XLV

 

Pero la proeza de Terámenes había dejado en un segundo plano la de Camilo, que se jugó la vida - y estuvo muy cerca de perderla - por rescatar a sus amigos. A los trece años se lo reconocía como líder indiscutido de la escuela, pese a que no era ni el más grande ni el más fuerte. Su ascendencia nacía en su temeridad, en esa audacia natural con que enfrentaba toda clase de desafíos. Sin embargo, así como los chicos lo admiraban, los adultos empezaban a preguntarse si no había llegado la hora de ponerle un freno a esa valentía insensata.

- Fue muy bravo lo tuyo - Le dijo Epaminondas - pero no podés esperar que siempre haya algo que te salve. La vez anterior fue una rama sobre el río, ahora fue el cura, pero si en vez de ser el bestia que es hubiera sido un padre esmirriado como Rigoberto, no habrías contado el cuento. La valentía es sólo estupidez sin una mente clara que discierna lo posible de lo imposible. La próxima vez, hacéme el favor, pensá diez veces antes de tirarte de cabeza al agua, al fuego o a lo que sea.

- Pensá en tu madre, muchacho, no seas loco - Fue el consejo del Comisario.

- Mirá cómo terminé yo, por valiente - Le dijo Filipo, haciéndole tocar el muñón.

Aspasia, que adoraba a Camilo como si fuese un hermano menor, no le dijo nada, pero habló con Isabel y le propuso ir juntas a visitar a un vidente, el que quizás podría decirles cómo encausar las energías indomables del muchacho. Isabel no quiso, al principio, pues no era afecta a las chapucerías. Pero Aspasia insistió, haciéndole notar que ella tampoco creía en los adivinos, pero que Marcó Del Pont era algo especial. Además, no dejaba de ser una buena excusa para viajar hasta Foz - allí atendía el brujo - y hacer algunas compras. Isabel terminó por acceder.

Jándula Marcó Del Pont tenía sesenta y dos años el día en que presagió la muerte de Camilo. Bajito, macizo y encorvado, tenía el pelo rojo como de fuego y la piel y los ojos casi transparentes. Las manos, increíblemente blancas y perfectas, lucían las uñas largas y pintadas de negro, acaso para compensar la falta de pigmentación en el resto del cuerpo. Era un hombre muy requerido por la precisión de sus vaticinios, obtenidos - decía él - en sus paseos nocturnos por el mundo de los muertos. Vivía en una casita blanca y con tejas negras, a las afueras de Foz, rodeado por una pandilla de gatos de la más notable variedad, bajo la jefatura de un albino de diez años llamado Belcebú, un animal gordo y malhumorado que hipaba cada vez que un extraño se sentaba frente a su amo. Después de aguardar que el oráculo despachara media docena de clientes, Isabel y Aspasia entraron a la sala y se ubicaron en un sofacito, expectantes. Jándula se hallaba casi perdido en un sillón rojo de grandes proporciones, inclinado sobre un vaso de agua colocado sobre su escritorio. Belcebú clavó sus ojos odiosos en las dos mujeres y empezó a hipar de un modo horrible. El brujo lo hizo callar con un gesto seco.

- Buenas tardes - Dijo Isabel, nerviosa - nosotras venimos porque...

- ¡Sh! No diga nada. Cállese - Interrumpió el hombre, sin levantar del agua sus ojos muertos.

Isabel sintió un escalofrío de miedo y deseó, intensamente, salir corriendo. Pero ya era tarde. El brujo abrió las manos sobre la copa con agua y preguntó:

- ¿Qué tiene que ver el número cuatro con su hijo?

- Bueno - Isabel dudó- nació un día cuatro.

- Ah, claro. Y fue en la madrugada de un jueves - Sonrió el adivino y la miró como si no la viera- a las cuatro de la madrugada, ¿eh? Y además, en Abril, el cuarto mes. Ya lo ve, cuarto día de la semana, cuarto día del mes, cuarta hora del día ¿Fue su cuarto intento?

- Es mi único hijo.

- Eso ya sé. Lo que no tengo claro es por qué sigo viendo un número cuatro, anterior al nacimiento. ¿Cuatro años? ¿Cuatro meses? No, claro, cuatro semanas.

- Sí, así fue - Respondió Isabel y tuvo más miedo que antes.

- Sólo estuvo cuatro semanas con el que se la engendró, ya lo veo...

- Mi marido.

- El ya no importa. Su hijo nació con la muerte a cuestas, por eso no le teme - Continuó Del Pont y a Isabel le dieron ganas de llorar. Aspasia estaba pálida - Mataron a su padre por él, aunque el matador no sabía aún que él existía. Un militar. Un hombre alto que se dio un tiro un día cuatro. Cuatro años después de su crimen.

Una lágrima comenzó a descender por el rostro de Isabel, que bajó la mirada. «Así que el Capitán ha muerto» - Ese niño estaba destinado a morir en su vientre, no debió pasar del cuarto mes - Dijo el vidente, con una voz ronca que le salió de pronto, como si no fuera la suya - pero usted lo quiso demasiado. Lo hizo vivir con la fuerza de su voluntad.

El gato soltó un aullido lastimero y se le erizaron los pelos. Miraba a Isabel y lanzaba unos bufidos raros, como de advertencia.

- Un gran amor, ¿verdad? - Marcó Del Pont sonrió por segunda vez - Por el hombre que han matado. Entiendo. Algunas personas pueden sentir esas cosas. Yo no. Las envidio un poco, pero no demasiado. Ya ve usted, sólo puede amar a su hijo, por eso los hombres temen acercársele. Quiero decir, los hombres que realmente podrían quererla. Pero no habrá nadie mientras su hijo viva. Algunos intuyen que la muerte estará siempre cerca de ese chico. Y de usted también, mientras él viva. Eso se siente a simple vista.

- ¿Qué puedo hacer para alejarlo de la muerte? - Preguntó Isabel, intentando deshacer con las palabras el nudo que tenía en la garganta.

- Nada. Sólo Dios puede y no lo hará - Respondió el brujo, rápidamente - Su hijo ya estuvo a punto de morir por agua, ¿verdad? No, no me responda, déjeme seguir. También estuvo a un paso de morir por fuego. Cuídelo del aire, que es el tercer elemento que intentará acabarlo. Lo que le digo es una profecía. Ese chico, cuyo nombre comienza con la letra «c», morirá por una conjunción de esos tres elementos. Veo un líquido, veo un fuego, veo un aire. Sangre, fuego y aire. Es un disparo. No. Son cuatro disparos.

El gato lanzó un alarido humano y salió corriendo de la sala.

- ¿Cuándo será? - Preguntó Isabel, conteniendo la respiración.

- Después de que los descalzos tengan sangre en sus pies.

- No lo entiendo. ¿Quiénes son los descalzos? ¿Falta mucho para éso?

- No sé cuánto es mucho, pero falta. Primero dejará su descendencia.

- ¡Oh, Dios! - Sollozó Isabel, pero sin lágrimas.

- Ya tiene lo que vino a buscar - Dijo Jándula y de un solo trago se bebió toda el agua de la copa - pero si quiere, aún puedo decirle otras cosas de los hombres que están cerca suyo.

- Sí, dígalo - Intervino Aspasia, pues Isabel se tapaba la boca con una mano.

- Veo tres hombres. Uno morirá, otro desaparecerá y otro la acompañará en su vejez.

- ¿Y el hijo de mi hijo?

- Será una hija, no un hijo. Y nacerá con el mismo destino de muerte, pero no sé si a la hora del parto caerá sobre ella la desgracia, o si será sobre su madre. No veo claro.

- ¿Por qué habrá tanta muerte? - Preguntó Isabel, estrujándose los dedos fríos.

- Suena muy alto la voz de los que no tienen voz - Respondió el hombre y ella pensó en Jeremías, gritándole amor con las líneas que trazaban sus manos o dejando un beso sobre la huella de su pie en la arena. De pronto, Jándula Marcó Del Pont cerró los ojos y se quedó dormido. Al rato roncaba profundamente y el gato endiablado maullaba desde la puerta, dando por terminada la atención. Las dos mujeres abandonaron de la sala en puntas de pie y un secretario rengo les recibió a la salida los diez pesos de la consulta.

 

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 12

 

(Donde se habla de filosofía y tal vez por mucho profundizar se entiende mal y uno

de los alumnos sale a contar que Jesús era comunista y un Intendente con sensibilidad social

despide al médico, por socialista)

 

XLVI

 

A

quiles conversaba en voz baja con su tío Parquímides II y con Ulises, cuando llegaron León y Clara, cargando unos libros que pensaban intercambiar con Aspasia. Arístipo juntó dos mesas contra la pared del fondo y en pocos minutos estaban enfrascados en el asunto que cruzaría sus destinos para siempre. Todo el pueblo sabía ya que Miguelito no sucedería a su padre y que habría elecciones, con Aristóteles como candidato oficial. Pocos habían escuchado decir que Aquiles estaba dispuesto a disputarle el cargo.

- Sigo pensando que es una locura lanzarse contra los Caballero a sólo dos meses de las elecciones - Dijo León, que de todos modos se había unido a la empresa - pero no significa que sea imposible, sólo tenemos que convencer a quienes los detestan de que la única manera de sacárselos de encima es votar a Aquiles. Los que les deben favores deben sentir que de algún modo se librarán de la deuda si dejamos a Manfredini fuera de juego.

- El problema es que prácticamente todo el mundo les debe algo, ya porque les alquilan o porque tomaron créditos - Opinó Arístipo - y no se atreverán por temor a las consecuencias. No contaría con muchos votos en la ciudad. El secreto está en las personas que viven en la zona rural; ésos son los votos que hay que disputar. ¿Cuántas personas votaron en la última elección?

- Pero la última vez - Intervino Parquímides II, carraspeando un poco - el único candidato era el Intendente. Es posible que con más candidatos haya también más votantes.

- Yo resumiría la situación en tres puntos - Terció León, haciendo con la lapicera un dibujo imaginario en el aire - Se puede ganar si tenemos de nuestro lado a los campesinos, atrayéndolos con un programa que los beneficie y que ellos crean que vamos a cumplir.

- Eso es casi imposible - Murmuró Arístipo, meneando la cabeza - Salvo que tuviéramos un líder campesino que hiciera el trabajo por nosotros. Camilo, por ejemplo, el hijo de la gallega. Si hay alguien a quien los campesinos van a escuchar, es a ese chico.

Así se inició la campaña por la intendencia. Aquiles se ocuparía de visitar personalmente a los más de cuatrocientos comerciantes del pueblo. Ulises, como secretario general del movimiento, coordinadoría los asuntos de prensa. Aspasia, sería tesorera. Parquímides II, asesor rural y León, el ideólogo. Clara, su mujer desde hacía poco más de un año, ayudaría en todo lo que pudiera, mientras Arístipo se autotitulaba Jefe de Reclutamiento. La elección sería en sesenta y cuatro días, justo después de la Procesión de San Crispinito.

 

XLVII

 

La convalecencia de Terámenes duró tres meses, tiempo en el que comenzó la verdadera educación de sus alumnos, como se vería después. Fueron semanas de trabajo intenso, ya que hubo que suplantar las barracas devoradas por el fuego y reconstruir lo que ellos mismos rompieron en su afán de apagar el incendio. El cura iba y venía con los nervios de punta, carajeando a los operarios pagos y animando a los voluntarios, hasta que las clases se pudieron reanudar. La mitad de los internos, capitaneada por Camilo, Efigenio y Segundo, salía a recorrer Nueva Atenas buscando donaciones, mientras el resto vendía en el mercado las frutas y verduras que aún producía la huerta, sobreviviente en la catástrofe. Mucha gente colaboraba de buen grado. Hasta los conscriptos que conocieron cuando los metieron presos, usaron los francos para ir a trabajar en la construcción de la nueva escuela, llevados por Zenón Ferrás. Otros vecinos, se negaron de plano, argumentando que el incendio era una advertencia divina contra las prédicas comunistas del cura. «Lástima que no se murió en la quema», decían algunos, de ésos que nunca faltan en la desgracia. Sin embargo, así como había tanto para hacer, sobraba el tiempo libre, pues la vida se había desorganizado. Impedido de trabajar con las manos - le quedaron deformes por el resto de sus días, aunque poco a poco las volvió a usar - el cura se paseaba a la sombra de los eucaliptus con algunos alumnos. Hablaban de la vida, de la muerte y del absurdo que muchas veces parece ignorar a ambos extremos. Filosofaban, dudando y poniendo patas para arriba al mundo. «¿Ustedes creen que Dios existe?», preguntaba, por ejemplo, el sacerdote, escandalizando a sus seguidores. «Claro que sí», «Por supuesto», eran las respuestas más comunes, a las que retrucaba con una segunda estocada: «¿Y por qué creen? ¿Acaso lo han visto? ¿O sólo creen porque no tienen las agallas para ponerlo en duda?». Los chicos se veían en figurillas tratando de justificar la respuesta, hasta que alguno terminaba por decir que no creía. «A mí me parece tonto creer en algo que no se puede tocar, ni ver», dijo Camilo, un día. «Tampoco ves el aire y está por todas partes - replicaba el cura, pasando al contragolpe - y ves al fuego y no hay forma de tocarlo, lo que parece indicar que no se puede llegar a Dios a través de los sentidos ¿cómo, entonces, vas a acudir a ellos para decidir por sí o por no?». Y Camilo se quedaba pensativo un largo rato, mientras los demás iban cambiando de tema, pero él siempre volvía sobre la misma cuestión: «Pero que no se pueda ver ni oir ni tocar a Dios, así como no prueba su inexistencia, tampoco prueba que exista. Además, ¿no nos han dado los sentidos para conectarnos con lo que existe, según nos ha enseñado usted mismo. De ser así, si los sentidos no nos sirven para conectarnos con Dios, es porque El no existe». El cura sonreía, satisfecho de haber provocado pensamientos tan intensos. Luego retrucaba: «Pero es posible que Dios no tenga los mismos cinco sentidos que tenemos nosotros, por lo que tendrá que comunicarse por otra vía». Camilo se rascaba la quijada, molesto. Murmuraba: «Pero entonces no es omnipotente, si tiene menos sentidos que cualquiera de nosotros» «Yo no dije menos - aclaraba Terámenes - dije otra vía ¿Y cual sería ésa? ¿La fe?». «Por ejemplo, podría ser» «¿Pero la fe no es como creer?». «De algún modo, sí». «¿Y creer no es lo contrario a saber? ¿Cómo voy a tratar de probar algo mediante la ignorancia de ése algo? ¿O cómo voy a creer en algo que no es posible probar? ¿No es un poco tonto?». Los otros alumnos escuchaban atentos, tratando de descubrir cual de los dos era más ateo o más creyente. «¿Un poco tonto? Depende.¿Vos amás a alguien, a tu madre, por decir?». «Claro». «Es decir, vos creés que amás a tu mamá». «No, yo sé que la amo». «¿Sabés? Saber, para nosotros, no es más que una idea que creemos cierta, ¿no?» Camilo sonreía, meneando la cabeza y el cura lanzaba su ataque a fondo: «¿Y alguna vez has visto a ese amor que creés o sabés que sentís?» «No, bueno, no, pero…». «Me estás diciendo que estás seguro de creer en algo que no ves, pero que sentís con tanta fuerza que sería imposible negar su existencia» «Si, pero…» «Y si no vieras a tu mamá, ¿la seguirías amando?» «Por supuesto». «Bien, en tal caso yo pensaría que no es tan tonto creer en algo que no veo, que no toco, pero de cuya existencia tengo la más plena convicción. Yo te diría que ésa es mi definición personal de la fe».

- Amar a la madre es natural, pero ¿es natural creer en Dios? - Replicó Camilo, sin poder salirse del asunto. La mayoría del grupo se acomodaba para descansar sobre la hierba, muy cerca del río. Muralla ladraba, correteando a una ardilla. - ¿Quién ha visto a Dios?

- Bueno, natural no, porque entonces tendría que ser innata la creencia - Contestó el cura, mirándolo con desconfianza - cuando en realidad nos es transmitida por la sociedad. ¡Bueno, vamos a almorzar!

- Entonces, padre, la fe no es más que una costumbre, es decir, no prueba nada.

- Oye Camilo, como diría Protágoras, «el asunto es complicado y la vida es breve», así que mejor comamos unas frutas ahora y después seguimos - Todos se rieron - pero de todos modos, no recuerdo haberte prometido todas las respuestas, ni siquiera sé si todas las preguntas las tienen.

- ¿Pero no se supone que un maestro sepa todo? - Preguntó Camilo y los chicos aplaudieron.

- Tampoco recuerdo haberte dicho eso jamás, aunque en tal caso acudiremos a Sócrates y diremos que «yo no haré más que ayudarles a parir sus propias certezas», pues no sería un buen maestro si simplemente me limitara a transmitirte las mías. Sócrates era hijo de una comadrona y solía bromear con el oficio de la madre, del que aseguraba haber heredado su pasión por alumbrar a los demás. Mi trabajo no es darte respuestas, sino enseñarte a hacer preguntas.

- ¡En lo que a mí toca, padre, sigo en la más completa oscuridad! - Confesó Camilo, riendo con picardía - ¡Me pregunto, me pregunto y no me sale ninguna respuesta! ¿Nunca se envenenó usted con esas respuestas que jamás llegan?

- No tengo dudas de que la filosofía está más en las preguntas que en las respuestas - Dijo el cura, deseando acabar con la cuestión - Y por cierto; algún día van a descubrir que en una sola pregunta hay más veneno que en mil respuestas.

- Pero al menos una cosa quiero que me quede clara - Insistió el muchacho, pelando una banana - Exista Dios o no, ¿cual es el sentido de aprender todas las cosas buenas que supuestamente dijo que hiciéramos? ¿Porque las dijo El o porque son buenas? Porque si sólo las dijo alguien de quien no podemos probar su existencia...

- Vuelvo a Sócrates: «quien sepa lo que es bueno, hará el bien».

- ¿Lo bueno para quién? ¿El bien con respecto a qué? - Saltó Camilo, abriendo las manos como si clamara - Además, hablábamos de Dios, no de Sócrates. ¿Cómo respondería usted a mis dos preguntas?

- Esas dos preguntas sí son una respuesta - Suspiró Terámenes - porque como todo es tan relativo, la única manera de ampliar las posibilidades de acierto es ampliar el conocimiento que uno tiene de lo que lo rodea. Cuanto más cosas buenas sepa, mayores serán las chances de que el bien que haga incluya a un mayor número de beneficiarios. Es decir, ni falta hace molestar a Dios con esa duda, pues la simple lógica te contesta.

- Entonces - Camilo cerró los ojos, haciendo un poco de teatro - ¿Lo que es bueno para la mayoría es más bueno que si lo fuera para una minoría? ¿Y qué si la mayoría tiene mal gusto o está equivocada?

- No dije que se aumentara el número de los que creyeran que tal cosa fuera buena, sino que se aumentara el número de los que percibieran como buenos sus efectos - Dijo el sacerdote, muy serio, señalándolo con uno de sus dedos torcidos.

- ¿Y no es lo mismo?

- No, no lo es. Cuando tuvimos la famosa clase de Educación Cívica y yo les hablé del concepto de que la tierra, que en principio le pertenece a Dios, debiera ser del que la trabaja y no del que se la apropia, quise que notara la diferencia entre dos posibilidades: cuando un señor...

- Manfredini, por ejemplo.

- Cualquiera, un señor cualquiera. Cuando un señor se apropia de grandes extensiones de tierra, se hace dueño también de la totalidad de los beneficios que esa tierra representa - Explicó el maestro, abriendo las manos deformadas - ¿Eso es bueno o es malo? Es bueno para él, pero es malo para los demás. Volviendo a la frase de Sócrates, ese señor tiene un concepto de lo que es bueno y actúa en consecuencia, pero como su idea es muy pobre, es decir, su conocimiento de lo bueno es muy limitado, el bien que realiza también lo es: apenas alcanza para sí mismo. Muchos señores como él, que unieran sus propias ideas de lo bueno, no sólo no contribuirían a aumentar la bondad del efecto de sus actos, sino que aumentarían la miseria, la pobreza, la especulación. ¿Vas viendo, ahora? Paradójicamente, la suma de pequeños bienes no da necesariamente como resultado un bien mayor. ¿Se entiende? Que haya más ricos no reduce el número de pobres y ni siquiera el aumento de la riqueza disminuye la miseria.

- Entonces, la riqueza es mala.

- No, para nada. Sólo es mala su injusta distribución.

- ¿Y qué pasaría si todos los campesinos fueran dueños de la tierra que trabajan?

- Si así fuera y además, todos y cada uno de ellos tuviera un concepto razonablemente abarcador de lo bueno, pasaría que todos estarían en igualdad de condiciones para negociar, canjear, comprar y vender, mejorando sus vidas unos y empeorándolas otros, pues no hay una persona que sea igual a otra, pero - he aquí la gran diferencia - estarían partiendo de un plano de igualdad, cosa que hoy no sucede. El que nace pobre, tiene una gran posibilidad de morir pobre, pues todos los caminos hacia la riqueza ya están ocupados por los que nacieron ricos. Y les insisto en esto para que después no vayan a meter la pata por ahí: la riqueza no tiene nada de malo, como tampoco lo tiene la propiedad. Lo que no es cristiano y es contrario a las enseñanzas de Jesús, es que una sola persona se apropie -de un modo o de otro- de toda la riqueza, de todas las propiedades y de todos los beneficios que ambas puedan generar, lo cual sólo podrán lograr en detrimento del derecho de los demás. De la inequidad nace de la injusticia y de ésta, el odio y la ambición que sí engendran todos los males.

- Me pregunto, padre, de dónde sacamos entonces las ideas de lo que está bien y de lo que está mal, si desde que nacemos sólo vemos la injusticia, es decir, lo que está mal - Refunfuñó Camilo, terminando su banana - ¿No es más razonable tratar de imitar a los que se enriquecieron en vez de filosofar? ¿Por qué buscaríamos el bien?

- ¡Ah, por fin llegamos al meollo! ¡Porque fuimos creados por el Bien! - Respondió el cura, triunfante - Nuestra alma viene de Dios, salió de El y aún conserva un vago recuerdo de su perfección, por eso pretende volver a ella buscando el bien. ¿Lo ves? Al final de las preguntas, está Dios.

- Será cuando no hay respuestas.

- O será que El es la respuesta. Todo va desde lo más Alto hacia lo más bajo y viceversa.

- A ver, padre - Intervino Efigenio, que había estado escuchando todo con mucha atención -pero si venimos del Bien, como usted dice, ¿por qué hay tanto mal en el mundo? Porque eso de lo más alto, por ejemplo, no se cumple mucho que digamos: ya ve que no hay peor gente que la que está arriba y nos gobierna ¿acaso no son todos ladrones y corruptos? ¿No sobra acaso la injusticia, como dijo recién Camilo?

- Porque el bien y el mal que vemos en esta vida - Explicó el cura - no son más que leves reflejos del verdadero bien y del verdadero mal. El hombre elige, pero elige el mal por falta de conocimiento sobre el bien. Elige sobre la ignorancia y el egoísmo, por eso provoca la injusticia, el caos, la degradación. Platón creía que los países debían ser gobernados por filósofos y ponía como ejemplo al cuerpo humano. Vean ustedes, muchachos: el cuerpo de una persona, según Platón, se divide en tres partes fundamentales: la cabeza, el pecho y el estómago. La cabeza se ocupa de mandar, el pecho de cumplir y el estómago de que los otros dos sobrevivan. Un país es la misma cosa: gobernantes, soldados y productores, pero lo ideal sería que el gobierno radicara en la cabeza, que es donde anidan la razón y el conocimiento. ¿Sucede así? ¡Claro que no! O nos gobiernan los soldados o nos gobiernan los estómagos, pero nunca la razón.

- Una última pregunta, padre - Dijo uno de los chicos que casi nunca hablaba - ¿por qué pasan estas cosas? ¿Por qué son así y no de otro modo?

- Es como si me preguntaras para qué llueve - Respondió el cura, juntando las cáscaras en una bolsa de plástico.

- Eso es fácil - Replicó Efigenio - Lo vimos en la clase de Ciencias Naturales. Llueve porque el calor provoca la suba del vapor del agua, el que se concentra en forma de nubes, las que a su vez se convierten en agua al chocar contra una masa fría del aire...

- Y la fuerza de gravedad de la tierra la atrae y la hace caer, por eso llueve...- Aportó Segundo Chavarría, encantado de saber algo.

- Bueno, pero yo les pregunté para qué, no por qué - Aclaró Terámenes, haciendo una seña para emprender el regreso - Podríamos decir que llueve porque las plantas necesitan del agua y nosotros necesitamos de las plantas, es decir, existe una finalidad para todo, por más que no la veamos habitualmente. Creo que cada uno de nosotros debe responderse para qué las cosas son como son. Tal vez ésa sea la finalidad: inducirnos a preguntarnos, a saber, a actuar. A buscar el bien. A buscar a Dios.

- ¿Usted cree éso? - Preguntó Camilo, muy serio.

- Creer significaría que ya encontré la respuesta. Yo sólo sigo haciéndome preguntas en un mismo sentido, por lo tanto me parece que lo mío es más una cuestión de fe. Yo creo que la respuesta debe estar hacia el lado de Dios, por eso voy hacia allí. Esa es mi fe.

- Ya lo dijo un griego, padre, el asunto es arduo y la clase es corta - Parafraseó Efigenio, tirando de la cola a Muralla. Todos rieron.

Tales eran las conversaciones entre el maestro y sus alumnos. Semanas más tarde, con los barracones reconstruidos, Terámenes mantuvo la costumbre de salir a caminar con los muchachos, pues había descubierto que así se sentían más libres para hacer toda clase de preguntas y aventurar una gran variedad de opiniones. Después, conforme se hubiera desarrollado el tema, les decía, por ejemplo, «anoten en sus cuadernos que tuvieron clase de religión». O «ésta fue la hora de historia». Y todos aprendían de todo, pues cada pregunta se multiplicaba en infinidad de nuevos interrogantes y temas para discutir. Cada uno de ellos comprendió que no debía avergonzarse por no saber una cosa, pues era la oportunidad de aprender muchas otras. La duda, que al principio los dejaba inseguros, con el tiempo fue el gran acicate para el aprendizaje y la superación, por lo que nunca hubo chicos mejor educados que los internos del cura Terámenes, cualidad que a la larga les significaría la ruina.

- Padre, ¿es cierto que nosotros somos comunistas? - Preguntó una mañana Severino Sosa, un muchachote alto y fornido, hijo de un cortador de caña.

- No sé - Rió el sacerdote - ¿qué decís vos? ¿qué nos convertiría en comunistas?

- Mi padre lo escuchó decir en el mercado, sabe, dicen que nosotros estamos en contra de que la gente tenga tierra y obreros, que queremos acabar con la propiedad privada.

- ¡Ah, era éso! ¿Y ustedes qué dicen, señores? A ver, opinen.

- Para mí que no está mal que la gente sea dueña de la tierra - Dijo uno de los alumnos, sentado al fondo de la barraca - algún dueño habrá de tener.

- ¿Y eso por qué? ¿Y si no tuviera dueño alguno? - Propuso Efigenio.

- Nadie se ocuparía de mejorarla - Respondió el mismo Severino, bastante práctico.

- Finalmente - Agregó Efigenio, burlón - la Biblia dice que todo lo creado es para el hombre y no hace referencia a con cuánto puede quedarse cada uno.

- Yo creo que está mal que Manfredini sea el dueño de todo - Terció otro.

- Pero si fuese malo que Manfredini sea el dueño de la tierra - Opinó Segundo - también lo sería que lo fuéramos nosotros, pues el pecado es cualitativo y no cuantitativo, ¿verdad, padre? ¿Es así como lo dijo usted una vez?

- Así es, pero sigan opinando. Quiero que todos expresen lo que piensan al respecto. ¿Es buena o mala la propiedad privada?

- Lo que yo creo - Dijo Camilo - es que la propiedad privada no es mala ni buena, siempre y cuando todos tengan derecho y oportunidad a ella. Lo malo es que sólo cuatro o cinco familias tienen propiedad privada en Nueva Atenas y todas los demás dependen de ellas. Eso es lo que yo digo que tenemos que cambiar, padre.

- Bien, pero ¿somos comunistas o no?

- ¡Usted no nos enseñó qué son los comunistas, padre! - Respondieron todos, riendo - ¿Cómo vamos a saber, entonces, si lo somos o no?

Terámenes soltó una carcajada, pero enseguida se puso serio y comenzó a explicarles las reformas económicas y sociales de los bolcheviques, continuó con las persecuciones de Stalin y terminó con una definición de diccionario:

- Es un sistema político, en síntesis, basado en teorías que proponen que todos los medios de producción tengan un sólo dueño, en este caso el Estado, para asegurar que sus beneficios lleguen por igual a toda la población.

- No parece tan malo - Dijeron algunos.

- Los Caballero son los comunistas, entonces - Bromeó Efigenio - pues todos los medios de producción están en sus manos.

- ¡Pero se olvidaron de la parte de repartir los beneficios! - Gritó alguien.

- Pero nosotros - insistió el cura - ¿somos o no somos comunistas?

- Claro que somos - Dijo Severino, preocupado - porque acá en la escuela, todos los bienes de producción son del padre y él distribuye los beneficios en partes iguales para todos ¿o no comemos todos lo mismo?

- Más comunista es la Municipalidad donde trabaja mi madre - Intervino Camilo, levantando una mano - pues el intendente es el dueño de todo y reparte el mismo sueldito para todos los empleados.

- ¿Y qué me dicen entonces de una gran empresa privada? - Sonrió Terámenes, disfrutando el debate - ¿Acaso no están todos sus recursos en manos del dueño, quien reparte los beneficios en forma de salarios para todo el personal?

- ¡Esto es muy confuso, padre! ¿Qué significa, entonces?

- Que no es más que un rótulo, señores - Respondió el maestro - A lo largo de la historia, siempre hubo un sanbenito para los opositores del poder. En la época de nuestro Señor, a los que no estaban con Roma se los identificaba con el título de «bárbaros». Después, ya con el cristianismo en el poder, se torturó a los infieles, se persiguió a los judíos y ahora les toca a los comunistas, no importa si lo sean o no, no importa si los que acusan sepan de qué están hablando o no. Comunista no es un sistema de economía, sino una manera de justificar la muerte del otro. Mañana serán los «negros». O quizás los «pobres». Siempre habrá un mote, pues de éso se trata.

- ¿Y Jesús, padre, qué era El? - Preguntó Camilo.

- Jesús era todos los perseguidos juntos, Camilo. Era judío, pues había nacido en el país de Judáh; era bárbaro, porque no era romano; era un infiel, porque traía otra manera de ver la relación de Dios con los hombres; era comunista, porque nada tenía y todo lo repartía con sus hermanos; era negro, porque no pertenecía a la clase dominante; era pobre, así que ya lo ven, Jesús era la Humanidad completa.

- Jesuscristo comunista ¡Quién lo hubiera dicho! - Murmuró Severino y así lo fue a comentar luego a sus amigos del barrio, quienes de inmediato lo repitieron en sus casas, lo que provocó que en pocos días llovieran las denuncias en la comisaría. Pericles anotó todo en un papelito y después se mató de risa, sin pensar en ningún momento las trágicas consecuencias que traería el equívoco.

 

 

 

XLVIII

 

Bordeando la cincuentena, el Doctor Epaminondas era un hombre que aún esperaba mucho de la vida, pese a que la enfermedad de la esposa lo había encanecido antes de tiempo, agregándole arrugas de culpa en la frente y una carga nueva en los hombros, que lo hacía parecer mayor. Se levantaba a más tardar a las cinco, sigiloso, para no despertar a Filoxena. Hacía sus abluciones, se vestía sin encender las luces y salía para el hospital, donde permanecía hasta las dos o tres de la tarde. Almorzaba con las enfermeras, se daba una ducha en el vestuario del personal y de allí pasaba al consultorio, a leer o a dormitar hasta que llegaban los pacientes. Atendía con la amabilidad de siempre, palpando almorranas, revisando gargantas y tanteando hígados, pero sin sustraerse jamás a las angustias que lo atormentaban. Dos o tres veces cada día, por educación, levantaba el teléfono y llamaba a su mujer para saber cómo estaba, si se sentía bien o necesitaba algo. «No te preocupés por mí - respondía siempre Filoxena, simulando una humildad que lo zahería dolorosamente - hace mucho que estoy en las manos de Dios. Vos hacé tu trabajo y no te pongás mal por tu esposa». Y Epaminondas se sentía peor, preguntándose cómo podía haberla dejado de amar y culpándose de la necesidad, cada vez más imperiosa, de alejarse de ella. A las ocho de la noche, cuando cerraba el consultorio, se quedaba un rato más ordenando los archivos, o pasaba por la casa de Espeucipo a tomar una copa, o se encontraba con el Juez en el Areópago, cuando no se quedaba solitario, escuchando música en el interior del auto. Dejó de visitar a Isabel durante la semana, sólo iba los sábados y entonces le resultaba imposible hablarle como antes, pues siempre estaban Aspasia, Pericles y el odioso Filipo, alardeando de su invalidez por amor a la viuda.

- Qué pena no haber tenido un hijo - Se decía a sí mismo, sintiéndose acercarse al recodo del medio siglo con la desesperanza del que no entiende para qué ha vivido.

Sin el amor que alguna vez le había dado a Filoxena y dolorido por el desamor de Isabel, veía pasar los meses con el espanto de quien cree que la vida le sigue debiendo lo mejor y que tal vez ya no hubiera tiempo de obtenerlo. Con la mirada perdida frente al plato de sopa, se preguntaba si el desánimo que cargaba no era más que la muerte lenta de su esposa, contagiándolo un poco. Tal vez, sospechaba avergonzado, cuando ella ya no estuviera ahí él volvería a vivir. Abriría de par en par las ventanas, como cuando eran jóvenes. Pondría flores en la mesita de luz y sábanas nuevas en la cama donde habían sido felices. Regalaría la ropa de la muerta, escondería sus fotos y cubriría con sahumerios el olor a encierro de sus últimos años. La borraría para siempre y no por desagradecido, sino porque no habría otra forma de seguir viviendo. Otras veces, mientras ella dormía, recorría la casa para acariciar los lugares por donde andaría Isabel, después del entierro. Dejaría pasar un tiempito, guardaría las conveniencias de la viudez decente y después la invitaría de a poco. Un anisito hoy, un cafecito mañana, una cena primeriza cuando nadie los viera y una cama que no volvería a enfriarse jamás. Le gustaba, sobre todo, imaginarla desnuda en la bañera, deambulando descalza por la sala o envuelta en un batón de esposa, cocinándole un postre. “Isabel aún es joven y yo, si me cuidara un poco...”, murmuraba, fantaseando con auscultarle el vientre otra vez, quince años más tarde. «¡Podríamos ser tan felices!», suspiraba, pero justo en ese momento Filoxena se daba vuelta en la cama o hablaba en sueños, despertándolo a la realidad. Entonces se arrepentía de todo lo que había estado pensando y la abrazaba, anidándola contra su cuerpo como hacía en los tiempos en que aún la quería. Llorando en silencio, se quedaba dormido sin saber muy bien a quién tenía al lado. Necesitaba encontrar nuevos alicientes en su vida, pero ignoraba dónde buscarlos. «Lo peor del cáncer - dijo una vez en una reunión con las enfermeras - es que uno termina por desear que el enfermo se muera de una vez. Resulta desesperante saber que no podemos salvarlo. A veces me pregunto si es justo que alarguemos artificialmente su vida, si no sería más humano dejarlo morir rápido, sin la humillación de transformarse poco a poco en alguien que no se puede reconocer a sí mismo. ¿Cual es nuestra misión, al fin y al cabo? ¿Salvar? ¿Curar? ¿Aliviar? A veces, el único alivio posible es el que trae la muerte».

- Los doctores piensan demasiado - Conjeturaba Gertrudis Alonso, jefa de pabellones - por eso viven menos que las enfermeras.

- Viviendo tan cerca de la muerte - Respondía el Doctor - es imposible no pensar.

Durante todo un año le estuvo dando vueltas al asunto, sorprendido de que nunca antes se lo hubiera planteado. Se había hecho médico porque de chico soñaba con adquirir la importancia de los doctores, con sus guardapolvos blancos y el estetoscopio colgado del cuello, la letra ininteligible y la chapa de bronce en la puerta de entrada. El día en que regresó al pueblo, el Diario Regional publicó una nota de bienvenida que había pagado su madre. Era un recuadrito pequeño, perdido entre los avisos de funerarias, florerías y clasificados de última hora, pero era la primera vez que veía su propio nombre en letras de molde, símbolo del triunfo que empezaba a paladear. Lo había logrado, ya era alguien. Un Doctor, nada menos. Y además, un soltero que podría elegir entre las mejores niñas de la comunidad ateniense. Cuando conoció a Filoxena, supo que era la indicada. Sin ser muy bella, era refinada, culta y con una gran habilidad para mantenerse al tope de la escala social, justo lo que a él le hacía falta. Se casaron tras un corto y fogoso noviazgo, compraron una casa con dinero aportado por los suegros, la llenaron de muebles de roble y al año siguiente tuvieron el primer auto. Se hicieron amigos de los apellidos más influyentes, frecuentaron el Club Social y disfrutaron del matrimonio mientras duró la pasión. Fueron felices y lo fueron tanto, que ni se dieron cuenta del momento en que empezaron a dejar de serlo. Para el año en que Isabel entró en sus vidas, del fuego de los primeros años sólo quedaban unos carboncillos humeantes.

- Nunca la traicioné, pero sólo porque no pude - Se confesó una noche, caminando bajo los abedules con el cura Terámenes - Aunque a veces me digo que el haber amado a otra mujer, todos estos años, fue una canallada todavía más grande. Siento que la enfermedad de mi esposa es un castigo, una forma que tiene Dios de decirme que me la quita porque yo no le dí el valor que tenía. ¿Qué dice usted, padre?

- Bueno, éso haría yo, pero Dios...- El sacerdote se encogió de hombros - No sé si Dios actuaría de un modo tan infantil. Supongo que El no es de los que dan o quitan, pero tal vez sí sea de los que dejan las cosas al alcance. Y allá nosotros. Si fuera que Dios te la dio, tendríamos que creer que con el mismo modo te dio a esa otra mujer, que si no me equivoco es una que yo conozco.  No le echemos la culpa a Dios, amigo.

- No, no, claro que no - El Doctor movía las manos, buscando otra manera de encarar el asunto para que el cura entendiera lo que él mismo no entendía - En realidad, padre, me siento tan culpable de no quererla que me temo que su enfermedad es producto del desamor que le impuse...

- Pero dejáte de joder, Doctor. Yo detesto las habas y no por eso dejan de brotar todos los años en la huerta. Ni siquiera el amor es capaz de torcer un destino.

- Bien, pero sigo siendo su médico y es ahí donde más me confundo - Explicó, un poco mejor - ¿Cual es mi misión? ¿Curarla? ¿Salvarla? ¿Aliviarla?

- ¡Salvarla! - El cura suspiró - Sólo nos salva Dios. Y en cuanto a curarla, no sé, me has dicho que su cáncer es terminal. No hay curación posible. Sólo te queda aliviar sus últimos tiempos, hasta que llegue el final.

- ¿Y si el alivio incluyera el dejarla morir, para que sufriera menos?

- Dios y tu conciencia juzgarán la oportunidad y la motivación de tus actos, no yo. Y si el problema es el choque de intereses entre tu papel de médico, tu papel de esposo y tu papel de enamorado de otra mujer, cuidado. Sólo está permitido el bien, sin medir jamás la conveniencia de sus efectos.

Y el Doctor, en su afán de no dejarse llevar por los malos pensamientos, se ofreció esa misma noche a dar clases de enfermería a los alumnos de la escuela rural. Habilitaron un cuartito en el que instalaron una vieja camilla, un armario repleto de remedios de uso libre, un par de banquitos y hasta una lámina del cuerpo humano. Durante algunos meses, al menos, le renació el entusiasmo. Todos los viernes, a la hora de la siesta, daba clases de anatomía, higiene y nociones elementales de primeros auxilios, las que tan útiles serían cinco años más tarde, cuando estallara el desatino final.

 

XLIX

 

Fue por la época en que inauguraron el dispensario, que Epaminondas se enemistó con sus tres amigos de toda la vida, precisamente en el almuerzo que organizó el Intendente para celebrar la apertura del consultorio rural. Estaban todos. Empresarios, miembros del Consejo Deliberante y hasta la prensa, pues el Diario Regional envió a su periodista estrella, el conocido Casimiro Reyes. Reunidos alrededor de una mesa en la que no faltaba manjar alguno, los hombres fumaban sus habanos y las mujeres comadreaban los últimos acontecimientos sociales, envueltas en el halo de sus perfumes de contrabando. Espeucipo estaba radiante, pues se había dado maña para donar chucherías de último momento y apropiarse a cambio de la inauguración, así que el Diario había publicado su foto con la leyenda: «Intendente de Nueva Atenas construye un Centro de Salud en la zona rural, demostrando gran sensibilidad por los problemas de los marginados».

- ¡Pero si el desgraciado no hizo nada! - Exclamó el Doctor, arrojando el periódico. Había ido a buscar al cura para asistir al brindis solidario que les había ofrecido la Intendencia y al llegar a la escuela se dio con la noticia. Al sacerdote no le pareció importante: «Lo que diga el intendente me tiene sin cuidado – aclaró - mientras colabore. Vos sabés tan bien como yo que nos entregará sus donaciones de modo que se sepa, para eso es el almuerzo al que vamos. ¿Y qué? Dejémoslo que se beneficie, no importa, si al fin y al cabo su vanidad les será útil a los que después vendrán a atenderse al consultorio». Cuando llegaron al Club Social, una gran fotografía de Espeucipo les dio la bienvenida, montada sobre un slogan armado con letras de papel azul: «Caballero: un Intendente con Conciencia Social y Vocación de Servicio a la Comunidad. Nueva Atenas en marcha».

- Creo que vamos a tener que poner una foto del Intendente en nuestro dispensario - Dijo el cura, soltando una breve risita mientras abría la puerta y entraban juntos al salón.

Todas las voces se acallaron de golpe, pues casi ninguno de los presentes había visto nunca al famoso fraile. La crema del pueblo se quedó estupefacta, observándolo andar. Inmenso, envuelto en su sotana raída y con la barba y la melena a medio crecer, el director de la escuela rural se abría paso majestuoso. Sus pies leñosos, metidos a duras penas en las alpargatas flecudas, cruzaron a buen paso la distancia que lo separaban del Intendente. Sus manos deformes se alzaron en un gesto de bendición. «¿Ese es el cura?», preguntó alguien, poniendo cara de asco. Las damas, absortas, se codeaban entre sí. “La debe tener enorme”, dijo una de ellas y las demás soltaron una sonora carcajada. Espeucipo, que no por nada era el Intendente, le dio un abrazo de afecto falso y ahí nomás comenzó el acto, consistente en un largo discurso que explicaba el gran trabajo comunitario que llevaba adelante la intendencia, obra magnífica de la cual el dispensario sólo era una mínima muestra. A continuación y ante el aplauso de la concurrencia, hizo una seña y cuatro secretarios aparecieron portando una voluminosa caja, que depositaron con gran ceremonia a los pies de Terámenes. El Intendente se acercó riendo, palmeando la espalda del cura para animarlo a hablar:

- ¡Vamos, padre! ¡Queremos escucharlo antes de que nuestros invitados se tienten con los manjares de esta opípara mesa, frutos del desarrollo de Nueva Atenas!

Terámenes sonrió con picardía. Cuando se hizo silencio otra vez, paseó sus ojitos salvajes por el público - muy lentamente - y después dijo:

- Cientos de niños que nunca en su vida han visto estos manjares, agradecen estos remedios que tanta falta les hacen. Yo también los agradezco y me disculpo por no quedarme a comer cosas tan ricas. Las comeré el día en que no haya uno solo de mis chicos al que le esté negado este opíparo desarrollo.

Dicho esto, se inclinó y levantó él solo la caja, cargándosela a la espalda. Salió del salón en medio de un silencio sepulcral y sólo cuando ya se hubo marchado, otra voz anónima lo despidió, diciendo «Ingrato de mierda».

- Pero ¿qué carajo le pasa a ese viejo loco? - Preguntó Espeucipo, riéndose.

- Lo que pasa - Respondió el Doctor - es que para ser un Intendente con conciencia social, resultaste bastante obtuso. ¿Cómo se te ocurre invitar esos manjares a un sacerdote misionero? Una cosa es que alardees de su trabajo como si fuera tuyo y otra es que lo insultes en sus convicciones más profundas. ¡No podés ser tan bruto!

Con las venas del cuello hinchadas por la rabia, el médico abandonó el salón y alcanzó al cura en la vereda, donde se esforzaba todavía en acomodar el peso de la caja sobre los hombros. Epaminondas estacionó el Ford a su lado y abrió la cajuela.

- Volvé con tus amigos, Doctor. Yo puedo solo - Dijo Terámenes.

- Con todo respeto, padre. Déjese de andar eligiendo usted a mis amigos. Suba al auto y volvamos a la escuela con los chicos - Respondió Epaminondas - salvo que prefiera regresar por los manjares ésos.

- Ser cura es como ser médico - Respondió el fraile, dejando caer el paquete en el interior del auto - O se es todo el tiempo, o no se es nunca.

 

L

 

A las dos semanas, cuando ya se habían acallado los ecos del desaire, Aristóteles pasó por el hospital a saludar al médico y a llevarle un mensaje del Intendente. “Espeucipo está muy dolido por lo que le dijiste”, explicó Manfredini, “pero como al fin y al cabo somos amigos, quiere invitarte a cenar conmigo y con Cinoscéfalos, hoy, en su casa. Los cuatro, como en los buenos tiempos”. El Doctor, que había aprendido con su esposa que el amor se muere mucho antes del día en que uno lo descubre muerto, supo que el afecto por sus amigos también se había acabado. ¿Cuándo? «Quince años atrás - se dijo a sí mismo - el día en que se burlaron de mi interés por Isabel Insaurralde». Y sin embargo, fue. Llegó a las nueve en punto, cenó con ellos como si nada los separara y hasta los acompañó al patio a fumar los habanos de costumbre, lejos de los oídos indiscretos de las mujeres. Recién entonces, Espeucipo le dijo el verdadero motivo de la reunión. Lo del cura era una pavada, concedió, generoso. «Son cosas del momento», aportaron Aristóteles y el Juez. «¿Para qué vamos a acordarnos de burros muertos?», rieron los tres. Y mucho menos esa noche, cuando lo que tenía para ofrecerles era el mejor negocio de sus vidas:

- Mirá, Epaminondas - Dijo Espeucipo, juntando las manos bajo la barbilla - Te lo voy a decir en pocas palabras: con los muchachos vamos a construir un hospital de lujo, algo especial, nunca visto. Costará una fortuna, pero nosotros tres vamos a poner la plata. Vos pondrás otra cosa: te vas a hacer cargo de enviarnos para la internación a la mayoría de los pacientes pobres que te visiten en el hospital o en el consultorio.

- ¿Estás loco? - Rió el médico - ¡Esa gente no podrá pagarte!

- No pagarán ellos - Intervino el Juez - Pagará Previsión Social, es decir, el Estado. En vez de operarlos gratis en el hospital, cobraremos fortunas y nos pagará el Estado, es así de fácil. Todo lo que tenés que hacer es derivarnos a los pacientes y el veinticinco por ciento de las ganancias que ellos dejen será tuyo.

- Serás rico en medio año - Añadió Aristóteles.

- ¿Y con qué excusa voy a enviarte a mis pacientes, si mi hospital tiene todo? - Preguntó Epaminondas, a quien no le cerraba la idea.

- La Municipalidad está pobre - Dijo Espeucipo - y tendrá que bajar su presupuesto de Salud, así que tu hospital irá perdiendo enfermeras, médicos, remedios, en fin, que no tendrás más que hacer que derivarnos al noventa por ciento de la gente.

- Lo tienen todo estudiado.

- Por supuesto. Ni siquiera van a quedar en pie los dispensarios como el que inauguramos la semana pasada.

- ¿Y qué va a pasar con los miles de personas que no trabajan en relación de dependencia y que, por lo tanto, no tienen el carnet de Previsión Social?

- Tendrán que ir a atenderse con los curanderos.

El médico se quedó en silencio, mirándolos a uno por uno.

- No sé por qué dudás tanto, Epaminondas - Dijo el Juez - Es un negocio legal.

- Sí, ya sé - Respondió el aludido - El aceite de ricino también es legal, pero me da tanto asco que lo vomito enseguida. Igual que esta propuesta, muchachos. Me provoca náuseas ¿Y qué, si no quiero?

- Tendremos que cambiar al director del hospital - Respondió el Intendente, tan de prisa que pareció que esperaba que le dijeran éso.

- ¿Vas a echarme, Espeucipo, después de veinte años? - Preguntó Epaminondas, sintiendo un escalofrío - ¿Eso vale la amistad para ustedes?

- No mezclés la amistad con los negocios, Epaminondas - Interrumpió Aristóteles - ¡Te estás dejando influenciar por ese loco de mierda de la escuela rural!

- ¡Ese comunista rasposo! - Agregó el Juez.

- De tanto tratar con esa gente, te vas olvidando a qué clase pertenecés - Lamentó Espeucipo, meneando la cabeza - ¡Toda esa gentuza!

- Pensálo, Epaminondas, no hace falta que nos respondás ahora.

- No, muchachos, se los voy a decir ahora mismo: váyanse a la puta que los parió.

El Doctor se levantó de su silla y salió de la casa evitando cruzarse con las mujeres, a fin de que no le preguntaran por qué se iba tan temprano. Nunca regresó a la casa de los Caballero y no volvió a encontrarse con sus amigos hasta varios años más tarde, cuando nació la hija de Niké Manfredini y Camilo Insaurralde.

 

 

            ***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 13

 

(De cómo se incubó la revolución en Nueva Atenas, entre errores y malos entendidos,

azuzándola sin querer cuando lo que se pretendía era ponerle fin. Muralla demuestra

por qué un perro es el mejor amigo del hombre, pero no de todos los hombres)

 

LI

 

L

os acontecimientos fueron definiéndose, tomando forma y encaminándose hacia un idéntico destino más o menos por la misma época. Mientras León se acercaba al final de su odisea de diez años y Filoxena entraba a la última etapa de su enfermedad, Camilo disfrutaba del sexto año de secundaria con el entusiasmo de siempre, labrando la tierra y discutiendo filosofía mientras afianzaba su liderazgo sobre los casi trescientos chicos que ya tenía la escuela. Para entonces había formado un equipo de trabajo con Efigenio y Segundo, a los que sumaba los fines de semana a sus antiguos enemigos de cuarto grado, Severino Sosa, Carápulo Tinguitella, el Chato Ortiz y Araña Pateada, cuyo nombre era Mefístoles Saravia. Los muchachos - acompañados de vez en cuando por el ingeniero Ruiz o el cabo Zenón - habían fijado una larga lista de desafíos y dedicaban los fines de semana a resolverlos, con el mismo ímpetu con que más tarde organizarían a la gente para tomar el poder. “¿Quiénes son ustedes?”, preguntaban los que no los conocían, viéndolos llegar un sábado, cargados de herramientas, semillas e ideas de las más variadas. “Somos Los Descalzos”, respondía Camilo, porque le encantaba alardear de su desapego por la comodidad burguesa. Ahí nomás, se quitaban las zapatillas y se ponían a trabajar en la mísera huerta del favorecido, desbrozando el terreno, abriendo surcos para el riego y plantando la semilla de un futuro posible. Durante los dos años que Los Descalzos recorrieron el valle, casi medio millar de pequeños propietarios aprendieron con ellos algún modo de mejorar sus pobres vidas, pero además, se convencieron de enviar a los hijos a estudiar, a fin de que lo que habían iniciado no lo apagara el tiempo. Los Descalzos fueron tan eficientes en su prédica, que cuando el Ejército arrasó la escuela, asistían a clases casi dos mil chicos, reclutados por toda la región. Sin darse cuenta, se volvieron celebridades. Gente que nunca habían visto los llamaba por sus nombres y los recibía con guirnaldas colgadas en las tranqueras de sus casas. Hablaban de ellos en la misa de los domingos. Los alababan en el mercado. Agradecían su buena fe y el idealismo que el viejo Terámenes les había insuflado, enseñándoles la libertad y el pensamiento. Pero entonces comenzó la cuenta regresiva.

- ¡Hay que acabar con esa payasada! - Bramó el Intendente en una reunión del Concejo. El Tuerto Ozuna acababa de llegar de una recorrida por las chacras y el informe presentado les había puesto los pelos de punta. No había habitante del valle que no dijera algo de Camilo y su bandita de Descalzos - ¿Cómo puede ser que esos pendejos de mierda hayan construido, armado o como carajo se diga más de doscientas huertas familiares en tan poco tiempo? ¿De dónde sacan las semillas, los abonos, los antiparasitarios que regalan?

- No regalan, señor - Explicó el Chapa Barrios, sicario del Turco Julián - las venden al costo, que es casi lo mismo, lo que provoca que los campesinos ya no compren más en los almacenes de usted o de don Aristóteles. Sólo regalan lo que sacan de la escuelita del cura comunista.

- ¿Y las otras cosas, las herramientas, dónde las obtienen? - Preguntó el Juez, buscando tipificar algún delito más o menos viable.

- Se las provee Farjat, que ha de ser rojo también - Dijo el Botija Salcedo, limpiándose las uñas con la punta de un cuchillito.

- A mi me importa un carajo el color que tenga - Murmuró entre dientes el Jefe Comunal -Este es un asunto comercial, no ideológico.

- Puede ser que a usted no le importe - Intervino Julián, que había permanecido callado, recordando el día en que el pequeño Camilo lo atacó a puñetazos - pero le importará al Mayor Verón. Bastará que le digamos que esos pendejos son subversivos para que los borre del mapa.

- El cura les enseñó que Jesucristo era guerrillero - Juró el Chapa y Ozuna se persignó con gran alharaca.

- Yo escuché decir - Insistió el Turco - que Terámenes busca levantar a los campesinos contra los grandes propietarios para que todo el valle caiga en sus manos. Hablan de cooperativas, de grupos solidarios, cosas así.

- Quieren sovietizarnos - Advirtió Aristóteles, rascándose la barbilla.

- Vendernos al marxismo internacional.

- Pisotear nuestro estilo de vida.

- Sólo son siete u ocho idiotas, pero no podemos matarlos y crear un escándalo - Murmuró Aristóteles - ¿qué clase de accidente pueden tener si ni siquiera andan en un vehículo? Ni otro incendio serviría de nada.

- No, esperá, tampoco tenemos que ser tan brutos - Se enojó el Intendente - ¿quién habló de matar a nadie? Para acabar con la rabia bastará con hacer desaparecer al perro principal.

- ¿A Terámenes? - Se sorprendió el Juez - ¡La Curia se nos echará encima!

- No, al pendejo ése que hace de mano derecha, el hijo de la gallega.

- Camilo Insaurralde.

- A ése - Dijo Caballero, siseando con un desprecio mal contenido - Sáquenlo del medio y terminará el asunto. Desaparézcanlo.

El Turco Julián estiró las piernas por debajo de la mesa, sonriendo con satisfacción. A su lado, el Chapa y el Botija se miraron de reojo, mientras el Intendente daba por terminado el asunto y pasaba a ocuparse de otras cuestiones: el Mayor Verón, por ejemplo, a quien pronto ascenderían a Coronel, quería una comisión más jugosa por declarar en las listas el triple de conscriptos que tenía. Era un negocio simple y rentable, pues se quedaban - cada año - con las dos terceras partes del presupuesto militar, mitad para Verón y mitad para el Intendente y su primo consejero. «Ahora quiere el sesenta por ciento, porque dice que corre con los riesgos», explicó Aristóteles, calculando que igualmente les quedaba una millonada y por no mover ni un dedo. «Digámosle que sí», sugirió Espeucipo y como ya era el mediodía, suspendieron la sesión y se fueron a almorzar al Areópago.

 

LII

 

Jándula Marcó Del Pont había predicho que los tres elementos fundamentales terminarían con la vida de Camilo, una vez que lograran unirse para tal fin. Lo que no aclaró fue que, mientras tanto, lo intentarían por separado. Ya se había salvado del agua y del fuego, pero lo que mantenía tranquila a Isabel era que no se le ocurría modo alguno en que el aire pudiera hacer daño a una persona. Nunca había sabido de alguien que muriera por exceso de aire. Y sin embargo, el día llegó. Sucedió a mediados de Setiembre del último año de secundaria, a la hora en que su hijo caminaba por el senderito de regreso al pueblo. Pocos metros más atrás lo seguía Muralla, su inseparable perro. Habían pasado la mañana leyendo a Federico García Lorca y discutiendo versos de gitanos aceitunados, cristos morenos y lunas de sangre, llorando la suerte de Antonito el Camborio. Era la cuarta vez que leían a Lorca.

- Sólo hemos leído el Romancero Gitano - Dijo aquel día Camilo - ¿Por qué? ¿Es que no hay otros poetas que valgan la pena?

- Nadie te ha impedido leerlos - Respondió el cura, mirándolo desde abajo de la melena, que le había vuelto a crecer.

- Claro, pero tampoco me habló nunca de ellos - Insistió el muchacho - ¿Por qué?

- Mi trabajo era enseñarte a descubrir la poesía, no leerte todas las que existen.

- ¿Y por qué no? - Volvió a insistir Camilo, en un tono ligeramente zumbón - ¿No se supone que la gran cultura es la mejor base para una buena educación?

- La gran cultura sirve de poco - Gruñó el fraile, aparentando indiferencia - Si ella bastase para formar genios, cualquier idiota con una biblioteca lo sería. La verdadera sapiencia no consiste en aprender muchas cosas, sino en comprender aquella que regula a todas las cosas, en todas las ocasiones.

- Será mejor que la comprenda pronto, entonces, pues sólo me quedan dos meses de clases...- Sonrió el alumno, sintiéndose ligeramente picado por la curiosidad.

- Si de verdad creés que tu educación termina a fin de año, es que no has entendido un carajo de todo lo que hablamos en estos años - Se enojó Terámenes, señalándole con un dedo grueso y torcido.

- No, pero como usted mismo dijo, el asunto es complejo y la vida es breve, así que, ¿por qué no me explica lo de la uniformidad de las leyes, o como fuera que usted va a llamarlo ahora?

- No yo, en todo caso - Contestó el cura - pues fue Heráclito el de la idea, veinticinco siglos antes de que a vos y a mi se nos ocurriera sentarnos al lado de este río a pensar. El decía que el mundo aparece cambiante sólo ante los ojos de los estúpidos, pues lo que los ojos ven no son más que variaciones, formas de un mismo elemento: el fuego. El resto lo sabés: del fuego se desprenden gases, los que se precipitan al agua, de cuyos residuos se forman cuerpos sólidos que los tontos confunden con la realidad, cuando la realidad verdadera es sólo una: el fuego, con sus atributos de condensación y rarefacción, un continuo transformismo del gaseoso al líquido, al sólido y viceversa. Es decir que nada es, todo se torna. ¿Has entendido?

- Francamente, no.

- Será porque he sido demasiado superficial al explicarlo -Dijo Terámenes, matándose un mosquito que vanamente intentaba aguijonearle un talón - Heráclito entendió que había descubierto qué son las cosas y cómo cambian, lo que lo condujo a la desalentadora conclusión de que todo presupone su propio contrario.

- Eso ya lo hablamos: existe el día porque existe la noche, el invierno porque puede transformarse en verano y todo éso...

- Bien, pero según Heráclito, hasta la vida y la muerte son en el fondo la misma cosa, como lo son el bien y el mal en sus estados más puros, pues al cabo no hay más que fluctuaciones del elemento primordial: el fuego.

- ¿Por eso Dios no puede ser ni bueno ni malo?

- No me compliqués las explicaciones, Camilo, que ya acordamos que la vida es breve y el asunto es complejo - Rió el cura, pero enseguida retomó la seriedad y dijo: - Así como la tensión de una cuerda crea las vibraciones que llamamos «notas» y produce la música, la continua alternancia de los opuestos crea lo que llamamos «vida». ¿Entendés el significado profundo de las cavilaciones de Heráclito?

- No sé - Dudó Camilo, reconcentrado - pero si nada es y todo se transforma metódicamente, me pregunto de qué nos serviría en tal caso un Dios inmóvil y eterno, incapaz de transformarse a su vez, si el fuego ya monopoliza todos sus poderes y atributos. Para Heráclito, entonces, quizás Dios no existe...

- Esperá, muchacho, no te apurés a sacar conclusiones. Heráclito se preguntaba: ¿por qué habría de ser inmortal el hombre? ¿Acaso no representa más que una débil llamita, escapada del gran fuego central?

- ¡Pero sin embargo, el fuego sí es inmortal! - Exclamó Camilo, entusiasmado. Muralla lo miró, curioso - ¿Cómo se entiende éso? ¿O el fuego es Dios?

- Vamos por partes - Dijo Terámenes, alzando una mano - Yo diría que tanto la vida como la muerte, o siguiendo el ejemplo: tanto el acto de encender la llamita como de apagarla, no son más que fases omisibles del continuo cambio del Todo, bajo el estímulo del fuego eterno. ¿Le damos el nombre de Dios? ¿Por qué no? - Terámenes abrió de par en par sus fuertes brazos - Por comodidad, vamos a darle el nombre de Dios, pero no le alteremos sus atributos, que al fin y al cabo todo lo que decimos y pensamos corresponde a nuestras convenciones, no a las suyas.

- Pero entonces, padre, para El no existirían cosas buenas ni malas, porque cada una de ellas - teniendo en sí y equivaliendo al propio contrario - estaría igualmente justificada, ¿o no es así? Y antes de que me responda, le agrego algo más: si Heráclito tuviera razón, ¿cuál sería el sentido del bien, si no es más que una parte del mal? ¿Acaso la ausencia de uno no eliminaría al otro?

- Bueno - El cura carraspeó - éso es un misterio, pero es cierto que lo que nosotros llamamos «El Bien» es lo que sirve a nuestros intereses, pero no sabemos si sirve a los intereses de Dios. Al fin y al cabo, quién sabe qué es el Bien.

- De ser así - Camilo parecía agobiado - ¿Cómo podrá Dios juzgarnos?

- Como juzga el fuego - Respondió el sacerdote, mirando hacia el cielo azul y límpido de la mañana - destruyendo todas las llamitas, las buenas y las malas, para encender otras que a su vez serán también destruidas. Mi gran pregunta es con qué criterio se llevará adelante esa destrucción. Quien aprenda a mirar al mundo, recogerá una Razón, es decir, una Lógica. El Bien y el Mal, en el sentido más absoluto que podamos comprender, consistirá entonces en adecuar la vida individual a la Virtud que rige el Universo, sin entrar en rebeldía con ese continuo cambiar.

 -¡Eso suena a resignación! - Exclamó Camilo, creyendo que todo lo que había comprendido antes carecía de sentido - ¿De qué sirve luchar contra la injusticia, lanzarnos a construir el bien si de todos modos nunca lograremos desprendernos del mal? ¿Cómo lograr que lo que hacemos marque una diferencia?

- Te estás adelantando otra vez - Dijo Terámenes, paciente - Mirá las cosas de este modo: quien haya comprendido la necesidad de las oposiciones - acordate que en todo está contenido su contrario - soportará el sufrimiento como la alternativa inevitable del placer y hasta perdonará a su enemigo, reconociéndolo como un complemento de sí mismo ¡pero no por eso va a dejar de ser el que es, es decir, la contracara de aquello a lo que combate! ¡Hemos de luchar, Camilo, no porque persigamos el triunfo o el aniquilamiento del otro o de lo que no nos gusta, sino porque buscamos mantener el equilibrio de la Razón!

- Jesuscristo no derrotó a nadie - Murmuró Camilo, sintiendo un vago estremecimiento, como si alguien caminara sobre su tumba - ¿Es que El no vino a vencer? Y no me diga que su Reino no es de este mundo, porque las batallas sí que se libran en este mundo. ¿Cómo mantendrá allá lo que no gana acá?

- Ganar, vencer, Camilo, no significa nada en un plan tan vasto - Dijo el padre, levantándose poco a poco - ¿Vencedores o vencidos? ¡Todos serán arrasados por el mismo fuego!...

Eran pensamientos demasiado grandes y desalentadores para un chico de dieciocho años, rebosante de ansiedad por cambiar al mundo. Sin embargo, el sustrato de esta conversación le duró hasta el último instante de su vida, convenciéndolo de que aún en la debacle más espantosa existía un algo necesario, una razón justificando el dolor, la muerte, el fuego igualitario y salvaje.

 

LIII

 

Nunca supieron de donde salió, pero al cura le dio por pensar que se había perdido cuando los gitanos dejaron el pueblo, allá por la época en que Isabel decidió mandar a su hijo a la escuela rural. Apareció una noche, empapado hasta los huesos y medio muerto de frío, hecho un ovillo junto al portón de entrada. Cuando Terámenes se agachó a examinarlo, el perrito trató de morderle un dedo, mostrando ya el carácter que lo distinguiría después, convertido en un perrazo temible. Con esa paciencia que siempre les tuvo a los cabezaduras, el cura le perdonó el atrevimiento y se lo llevó a la cocina, le armó una cobija con una frazada vieja y le acercó un plato con leche, que el cachorro devoró en segundos. “Mierda que tenías hambre”, rió el director y se sentó a ver cómo el animalito se atragantaba una y otra vez, hasta que se durmió satisfecho. Al día siguiente, la visita le había cagado todo el piso de la cocina, así que lo mandó a Efigenio a limpiar, pero la orden no iba a ser cumplida así de fácil. “Padre, ese picho de porquería se para en la puerta y me quiere morder, ya se cree el dueño de la cocina y se planta como una muralla, no me deja pasar”, se quejó Efigenio, entre las risas de los demás. Tuvo que ir el mismo cura para que pudieran entrar y desde entonces, el perrito se quedó en la escuela, asumiendo el apelativo de Muralla con que pasaría a la historia. Sus anécdotas y travesuras fueron innumerables, con inclusión de colchas destrozadas y patas de muebles comidas a dentellazos, más el susto de muerte que se llevaba el que iba por primera vez a la escuela y se encontraba de frente con el perro, que en su apogeo llegó a pesar cien kilos de fibra, músculos y pelo negro como la noche en que apareció. Para los tiempos en que Camilo se aprestaba a dejar la escuela, Muralla ya había entrado en la etapa final de su vida. “Tenés como setenta años humanos, sos un viejo choto”, le decían los alumnos, que lo veían como un símbolo de la escuelita rural. “Déjenlo de joder, que todavía puede mancar a un caballo”, lo defendía Camilo, en memoria a aquella vez, cuando Muralla todavía era joven, que se puso loco porque un overo se metió sin permiso y le dio un tarascón tan grave que le quebró una pata. Camilo y el animal se habían, si se puede decir, adoptado el uno al otro. Eran inseparables, pero eso no lo sabían los que llevaban la orden de dar muerte a Insaurralde.

Aquel sábado, con el sol del mediodía cayendo a plomo sobre el monte, Camilo se despidió de Terámenes, ordenó a Muralla que se quedara y salió caminando por el senderito que llevaba al pueblo. Su madre lo estaría esperando para almorzar juntos, conversando bajo la guayaba con Aspasia o el Doctor Epaminondas. Hacía calor y una bruma húmeda se levantaba entre el follaje, alborotando a las nubes de mosquitos que zumbaban a media altura, luchando entre ellos. «Ojalá pase alguien y me lleve», pensó, calculando la hora de caminata que tenía por delante. Antes, más o menos hasta que cumplió trece años, los amigos de su madre iban siempre a buscarlo. El Doctor en su auto oscuro o el Comisario en bicicleta, encantados del papel de tíos que se habían dado a sí mismos. Pero un día les pidió que no fueran más, porque lo hacían sentirse distinto al resto de los chicos, desbandándose alegremente a pie a la salida de la escuela. Desde entonces - habían pasado cinco largos años - volvía caminando, acompañado por sus amigos o solo, apurando el paso hacia el olor a arroz con pollo que salía de su casa.

Para Isabel, esos días eran una fiesta. Se levantaba temprano, horneaba un bizcochuelo para la merienda y manzanas con dulce de leche para el postre, ananá batido con hielo para acompañar el almuerzo y amor a manos llenas para todo el día, pese a que Camilo se quedaba cada vez menos. Comía a las disparadas y salía con sus amigos para ir a recorrer las chacras. Volvía pasada la medianoche, sucio y cansado, oliendo a monte y a estiércol, pero feliz. Isabel lo observaba quitarse la camisa y caer rendido sobre su catre de niño, donde apenas cabía desde que empezara a hacerse hombre y pasara el metro setenta. Lo oía respirar, hundido en el sueño del agotamiento, y los ojos se le llenaban de lágrimas, preguntándose cuánto tiempo faltaba para que los pies de los Descalzos se llenaran de sangre.  Le hubiera gustado poder hablar más con su hijo, conocer sus pensamientos más profundos, saber qué soñaba. Pero Camilo ya no tendría nunca más el tiempo que ella deseaba pedirle. Estaba ocupado en mil cosas, atareado como si supiera que la vida le sería demasiado corta y quisiera hacerlo todo en pocos años. «¿Por qué tendré que perderlo a él también, igual que al padre?», se preguntaba Isabel, quedándose despierta hasta el alba. «¿Qué me quedará después, más que el dolor de no tenerlos?». Y no podía dormirse, mientras él dormía. Vigilaba la respiración del hijo con el alma en un hilo, sentada al lado del catre. Unidas las manos en un ruego silencioso, buscaba cada noche cómo evitar el espanto de una muerte joven, absurdamente pronta y sangrienta. Rezaba, Isabel, rogaba sin parar hasta que los albores del día despertaban al hijo, que abría los ojos y le sonreía ampliamente, partiéndole un poco más el corazón. “Vamos, remolón, a desayunar”, le decía, disimulando la angustia con que lo había velado.

A Camilo le encantaban esos desayunos, sentados en la cocina apenas salido el sol. Bebían un café negro y humeante, comían el pan que ella horneaba a la última hora del sábado y conversaban de todo un poco, hasta que Carápulo o Efigenio pasaban a buscarlo.  Fue en una de esas mañanas mágicas que ella le contó la historia de Jeremías, muerto de cuatro tiros por perseguir un sueño. Camilo abrazó a su madre, deseando poder decirle que él no la dejaría sola por ninguna causa, pero calló a tiempo. Sentía que nunca podría cumplir. Lo sabía desde el día en que casi se lo llevó el río, cuando lo sacaron del agua medio muerto y una voz interior - muy nítida para haberla imaginado - le dijo que aquello sólo era un anticipo. Pocos años más tarde, en una noche de tormenta idéntica a aquella en la que vino al mundo, soñó con un hombre al que nunca había visto en su vida. Era bajito y rechoncho, con unos ojos sin vida bajo el pelo pajizo y colorado. A su espalda, un gato gordo hipaba sin cesar mientras el desconocido le hablaba en sueños y le decía que nunca llegaría a tener los años de su padre. «Morirás con sangre en los pies descalzos», decía la aparición, una y otra vez. Camilo - tenía doce años cuando lo asaltó la pesadilla - se despertó aterrado, envuelto en temblores fríos y jamás le relató a nadie el extraño, profético sueño. Pero nunca lo olvidó.

- ¡Eh, pendejo! - Exclamó de pronto el Chapa Barrios, saliéndole por atrás.

Camilo se dio vuelta, sorprendido de haber pasado al lado del otro sin verlo. El Chapa tenía un cuchillo de doble filo en la mano derecha y sonreía, mostrándole dos dientes de oro. Camilo retrocedió, preparándose a pelear, pero algo cayó entonces sobre su cabeza y le tapó los ojos. Sintió el olor del plástico y un fuerte dolor en la espalda, donde el Botija Salcedo le hundía un rodillazo para obligarlo a abrir la boca. La bolsa se cerró con violencia sobre su rostro, cortándole de cuajo la respiración. Un calor intenso y repentino le oprimió la cabeza y sintió que los pulmones entraban en crisis, como si fueran a estallar. Supo que se moría, allí, perdido en un camino del monte, asesinado por los hombres del Turco Julián. Creyó ver el rostro de su madre y al mismo instante, superpuesta, la cara blanca del brujo que le decía «¡Agua!¡Fuego!¡Aire!» y a Camilo le hubiese gustado poder preguntar qué significaba aquello, pero la vida se le apagaba en el pecho, asfixiada y ciega. Sintió que sus músculos perdían la tensión y percibió el calor de la tierra, cuando cayó de bruces. “Creí que me moría y a lo mejor me morí de verdad por un rato”, diría luego a sus amigos. Soñó, a las puertas de la muerte, que estaba durmiendo en su casa y le pareció raro que Muralla estuviera allí, despertándolo. Sentía su lengua, áspera y mojada, recorriéndole la cara, obligándolo a recuperar la conciencia. Pensó decirle que se fuera, que quería dormir un rato más, pero de pronto el sol le hirió los ojos y le avivó los sentidos. El animal estaba a su lado, gimiendo con esa aflicción que suelen tener los perros por sus amos. Camilo se incorporó con lentitud. Aún estaba en medio del senderito, pero los hombres de Julián habían desaparecido. El plástico con el que lo habían querido matar estaba más allá, despedazado por las dentelladas del ovejero. “¡Muralla! ¡Amigo!”, murmuró, cerrada la garganta por el dolor. Muralla comenzó a ladrar. Tenía cortes profundos en las patas, en el hocico y en el grueso cuello. Su pelambre azabache estaba teñida de sangre, pero el espíritu de su raza lo mantenía en pie, excitado aún por la brava pelea que lo había enfrentado a los capangas armados. Camilo lo abrazó y aprovechó que no lo veía nadie para llorar a gusto.

- Debió seguirte sin que te dieras cuenta - Dijo Terámenes, revisando las huellas que el ataque había dejado en el cuello de su alumno - El perro te salvó la vida.

Camilo no pudo decir nada. Miraba al animal y lo acariciaba, emocionado, sintiendo que ambos compartirían el mismo destino. Cuando Epaminondas fue a buscarlo a la tarde, enviado por Isabel, le explicó que de ningún modo podría ir, pues eso significaba abandonar al animal herido. «Y ni una palabra a mi madre», pidió. O mejor dicho, exigió, haciéndolo jurar al médico que cumpliría. «Esos tipos ya han ido demasiado lejos», masculló el Doctor, «Vamos a denunciarlos y que Pericles los meta presos de una vez». Camilo sonrió con tristeza y dijo:

- ¿Para qué? ¿Para que el juez los suelte en una hora? No te preocupés, tío, que ya mi amigo Muralla se encargó de ellos.

El Doctor abrazó al muchacho y deseó tener las agallas de ir a buscar a los desgraciados y ajustarles las cuentas, pero nunca podría. No sabría cómo hacerlo. Se burlarían de él, si osara una amenaza. Se le reirían en la cara. «Pero algo voy a hacer», se prometió a sí mismo. No se le ocurrió preguntar por el sacerdote, que ya se había al pueblo a buscar justicia.

 

LIV

 

Helena, la esposa de Espeucipo, se quedó de una pieza cuando lo vio cruzar el jardín, envuelto en los aleteos presagiosos de su sotana rasposa. Sorprendida, lo observó trepar de un salto los cuatro escalones que llevaban a la galería y recién cuando lo tuvo a un paso, soltó un grito. El fraile estaba empapado en sudor - había caminado a todo dar los quince kilómetros que separaban a su escuela del pueblo - y tenía la melena revuelta, tapándole la mitad del rostro furibundo. Levantó un dedo acusador, temblando de ira, rabioso como pocas veces había estado, pero entonces escuchó un ruido a su espalda y se volvió como una tromba.

- ¿Qué lo trae por aquí, padre? - Preguntó el Intendente, rodeado de Agripino Malatesta y el Turco Julián. Manfredini se había quedado unos metros atrás y allí permaneció, expectante.

- ¡Vos, desgraciado! - Rugió el cura y le lanzó un manotazo terrible al Turco, un mandoble poderoso que no llegó a destino de milagro. Julián saltó a un lado y buscó la pistola que llevaba al cinto, pero Aristóteles corrió a interponerse - ¡Turco, salí de aquí! - Exclamó y enseguida llegaron corriendo los guardias de la casa, que habían dejado pasar al cura sin imaginar el motivo de su visita. Julián se abrió paso y desapareció, mientras los demás entretenían al director de la escuela.

- ¡Pero padre! ¡De qué se trata esto! - Exclamó Espeucipo, simulando con tanta convicción que el sacerdote creyó que estaba de su lado. Se lo explicó, atragantándose de rabia y reclamando una reparación inmediata:

- ¡Quisieron matar a un chico, desgraciados! - Gritó. Helena seguía espantada y Aristóteles intentaba encender un cigarro, pero le temblaban las manos y se le apagaban los fósforos - ¿Por qué? ¿Porque ayuda a los campesinos a sobrevivir a la explotación? ¿Porque sueña con cambiar este mundo roñoso que ustedes instauraron? ¡Clamo a Dios, canallas! ¡Que paguen en su propia carne lo que estuvieron a punto de lograr este día!

- ¡Padre, se lo ruego, cálmese, déjeme explicarle! - Decía el Intendente, al tiempo que Laida y Niké llegaban a toda prisa desde la sala, atraídas por el alboroto - ¡No es lo que usted cree, se lo juro! ¡Fue ese chico Camilo, que le echó el perro encima a los muchachos que mi empleado envió a hacer un mandado! ¡Vaya, vaya a verlos al hospital! ¡Ese perro salvaje casi los mata!

- ¡Escúcheme! - Explotó el cura, abriendo y cerrando su enorme puño derecho frente a la cara de Caballero - ¡Yo soy un cura y mi única arma es la fe, pero si llego a ver a uno de sus hombres en mi escuela, le juro por Dios que con este mismo puño le aplastaré la cabeza, lo haré pedazos! ¿Me entendió?

- Padre, por favor, cálmese, a ver, dígame, ¿qué puedo hacer por usted? ¿Qué donación quiere para su escuela? ¡Vamos, pida, nomás! ¡Lo que sea! - Al Intendente se le entreveraban las palabras tanto como las intenciones, pero a esas alturas el cura no le creía más nada y salió a los trancazos, dando aletazos negros.

- ¿Es cierto? ¿Es verdad lo que dijo? - Preguntó Helena, viéndolo cruzar el patio. Algo había cambiado en el semblante de la mujer, como si por primera vez creyera una de las acusaciones que había escuchado contra su marido.

- ¡Pero qué decís, mujer! - Gruñó su marido, golpeando con una mano abierta contra la pared - ¡Ese tal Camilo es un delincuente juvenil que el cura apaña, pero jamás le quisimos hacer ningún daño! ¿Cómo se te ocurre? ¡Para librarnos de nuestros enemigos está la ley!

A su lado, pero sin que él la viera, estaba Niké, muy seria. Una sombra de mala muerte acababa de cubrir su casa y ella la sintió, por primera vez en su vida, como algo parecido al miedo. Su madre tenía el rostro pálido y le temblaban las manos.

Terámenes cruzó el pueblo y entró al hospital con el mismo ímpetu de un rato antes, pues estaba lejos de calmarse. El Chapa y el Botija pegaron un grito al unísono, cuando lo vieron irrumpir a la sala de guardia. Tenían vendajes por todo el cuerpo, pero los olvidaron a la voz de una para saltar de sus camas y arrinconarse en el baño, jurando inocencia. Una enfermera gorda y bajita se santiguó justo a tiempo, pues el cura estaba a punto de derribar la puerta de un piñazo.

- ¡Ustedes dos, pecadores! - Vociferó el sacerdote, pegando un grito tan fuerte que las paredes se estremecieron - ¡Los acuso de haber querido asesinar a Camilo Insaurralde! ¡Demonios! ¡Mal nacidos! ¡Dejo de testigo a todo el que escuche; si algo le sucede a cualquiera de mis alumnos, yo iré por ustedes y me encargaré personalmente de que el mismo Satanás los reciba!

La noticia corrió tan de prisa, que Isabel la supo enseguida y el Doctor no tuvo más remedio que decirle la verdad. Aspasia, que como todos los sábados estaba de visita, se acordó en el acto de Jándula Marcó Del Pont y su profecía sobre los tres elementos. «Siempre creímos que con el aire no podía haber peligro – pensó - pues nadie muere por exceso de aire. Nunca se nos ocurrió que sería por la falta». Esa noche, mientras una pequeña multitud de vecinos se reunía en la escuela junto a Camilo y su perro, en la casa de Nuria parlamentaban Espeucipo, el Mayor, Aristóteles y el Turco Julián. Habían bebido mucho, pero estaban tranquilos. La mulata deambulaba por la casa, atenta a que nada faltara a sus amos, que jugaban al truco mientras planificaban los próximos pasos. Lo primero que decidieron fue que los frustrados asaltantes desaparecieran por un tiempo de la ciudad. Aristóteles los enviaría a su estancia de Foz, por lo menos hasta fin de año. El Intendente, como para que al público le quedara claro que no había tenido nada que ver, haría una donación de útiles escolares, semillas y herramientas a la escuela rural, lo que calmaría los ánimos y salvaría las apariencias. “En cuanto al chico ése, el tal Camilo”, dijo Verón, “apenas terminen las clases lo meteré en el cuartel a hacer la milicia. Ya van a ver cómo me lo saco de encima y sin que nadie tenga nada de qué acusarme. Yo le voy a dar al subversivito ése...”

- ¿Y el cura? ¿Qué hacemos con el cura? - Preguntó el Intendente, que había llegado a sentir un auténtico pavor frente a los ciento cincuenta kilos de rabia clerical - ¡Ese salvaje es muy capaz de romper un cráneo con las manos y no quiero que sea mi cráneo!

- Ese viejo de mierda ya tiene más de sesenta años - Respondió el militar, mirándolos a través de un vaso de whisky - ¿Cuánto más puede vivir? Además, no nos había causado problemas antes de que apareciera este pendejo, así que ¿qué les hace suponer que los causará después, cuando sólo sea una lápida?

- Es cierto - Dijo Aristóteles - Eliminemos al chico, que es el ejecutor de sus ideas, saquemos del medio a Farjat, que le hace las donaciones y el cura también será historia vieja.

Nuria Segovia, que a los cuarenta y dos años seguía sintiéndose imbatible en los enredos de alcoba, sonrió desde la penumbra. Antes de que nadie se lo dijera, ella sabía que le iban a encargar ocuparse del amigo del hijo del prestamista. Ninguno imaginó entonces que las cosas no saldrían como las estaban planeando, pues la línea del destino era ya demasiado fuerte. Las decisiones tomadas esa noche serían como escupitajos al cielo y caerían sobre todos ellos.

 

LV

 

Aquiles Farjat sentía, cada vez con más fuerza, que se acercaba la hora de la revancha. Pronto les cobraría a los Daud las desgracias vividas en la adolescencia, la muerte amarga de su padre, la solitaria decrepitud de su madre, los años de miseria y desconsuelo. «Farjat Intendente», repetía, mirándose de reojo en el espejito de la camioneta y sin poderlo creer. Fue su tío quien le dio la idea, apenas supieron que Miguelito no sucedería al padre. «Podés ganar», le dijo, acicateándolo. «Podés vengarte de todas las que nos hicieron esos desgraciados». Aquiles se echó a reir la primera vez, pero cuando se lo contó a Ulises, el amigo se lo tomó en serio. «¿Y por qué no?”, contestó. «Quizás no haya nadie más que se atreva a enfrentar a Caballero. Hagámoslo nosotros». «La política fue la ruina de mi familia», gambeteaba Aquiles, sin querer reconocer que la idea le andaba haciendo cosquillas. «Mirá cómo terminó el bisabuelo Ibrahim». «Ahora ya no se fusila a nadie», replicaba Ulises, ignorando que erraba por completo. «Y tendremos la venganza servida en bandeja. Vos, yo, todos los que alguna vez sufrimos por culpa de esta gente de mierda». Aquiles se quedó pensativo. Después, cuando decidió presentarse y la noticia corrió por el pueblo, supo que podía ganar. Cruzaba la plaza y los vecinos lo aplaudían, deseándole buena suerte y prometiéndole el voto. En el mercado, los changarines festejaban que a los Caballero se les acababa la cuerda. Aquí y allá, la gente multiplicaba sus expectativas, pidiéndole que corrigiera entuertos de un siglo de impunidad. “¡Hay que bajarles la caña de una vez!” Azuzaban y el candidato juraba que no se detendría ante nada ni nadie. «El que las hizo, que las pague», fue su frase feliz, transportada boca en boca como grito de campaña. «¡Van a pagar! - agregaba y repetía - ¡Empezando por los Daud, pasando por Espeucipo y hasta el mismísimo Juez, cómplice y beneficiario de la impunidad!». Todo el que guardaba una inquina, se relamía con el desquite, incluso el Comisario, que canturreaba en voz alta, recordando uno por uno los insultos que le había infringido Aristóteles. El de Laida, sobre todo, por siempre imperdonable. La venganza, tantos años negada, le quedaba ahora a un paso.

Y Aquiles sonreía, conduciendo su camión rumbo a la casa donde vivía Camilo. Todos los días aparecía alguien denunciando una ofensa antigua. La viuda Pane, dueña del supermercado, le mandó a decir que contara con ella a cambio de atrapar al asesino de Asclepios, baleado veinte años atrás. «O me dedico a hacer justicia o me dedico a gobernar», murmuró el candidato, bajando la velocidad y estacionándose frente a la casa de Camilo. El perro Muralla - achacado por los primeros síntomas de la vejez, aunque todavía temible - le soltó unos ladridos roncos cuando lo vio. Gruesas cicatrices blanqueaban el cuerpo del animal, recuerdo de su heroísmo. Aquiles hizo sonar la bocina y al rato vio aparecer a Camilo, caminando descalzo sobre la tierra recién abonada de la huerta. Una niña pequeña estaba trepada a sus hombros y reía en una alegre sucesión de ruiditos. «De tal padre, tal hija», pensó Aquiles y fue como si él lo hubiera escuchado, porque soltó una carcajada feliz. Curiosamente - una muestra más de la «conjunción cósmica» de la que tanto se hablaría después - a la misma hora en que Aquiles llegaba con su propuesta, en las afueras de Foz morían Jándula Marcó Del Pont y su gato Belcebú, así de pronto, sin motivo aparente.

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 14

 

(Donde el lector se entera de ciertas intimidades de la vida del Coronel Verón,

justo antes de que Camilo fuera llevado a cumplir con la Patria en el cuartel. De paso,

también se echa luz sobre viejos asuntos nunca aclarados de la milicia)

 

LVI

 

A

hogada por malos presentimientos, Isabel había visto partir a su hijo rumbo a la ciudad de Foz, contratado por el ingeniero Saldívar para hacer un trabajo. Después del incidente de aquella tarde, cuando salvó la vida gracias a la bravura del perro, no hacía más que contar las horas hasta que Camilo estaba de vuelta en casa. Pero siempre partía de nuevo. Aquí. Allá. A todas partes, rumbo a algún sitio. Cuando lo vio regresar, trepando la explanada de la casa con su bolsito al hombro y un vendaje en la frente, no supo si sentir alivio o prepararse para una nueva aflicción. Pero Camilo restó toda importancia a la herida que traía. “Me levanté al baño de noche y me llevé un postigo por delante”, dijo, sonriendo. Ella no le creyó, aunque guardó silencio. Su hijo estaba nervioso, tal vez porque había vuelto desilusionado con los resultados de su misión. «Tuve un exitoso fracaso», fue lo que dijo, sin mencionar nada más. Isabel lo observó comer en silencio y después quedarse pensativo, mirando hacia ninguna parte. “A este le pasa algo más”, se dijo a sí misma. A la tarde, Camilo se despidió de nuevo y fue a recluirse en la escuela durante varios días, en secreta conferencia con el cura y el resto de los Descalzos, que lo aguardaban ansiosos. Lo que Isabel ignoraba era que había viajado para practicar por primera vez lo que había hablado con sus amigos durante años. Y no le había salido bien. Su plan de despertar las conciencias campesinas había acabado en un fracaso rotundo, con escándalo policial incluido. «Nos dividieron fácilmente -describió, fumando a cortas bocanadas un ñaco de chala - con el simple argumento de expulsar a los sindicalizados y prometer algunos beneficios al resto. Un poco más y los campesinos me echan a palos, creyéndome culpable de todos sus males». Terámenes lo escuchaba en silencio, meciéndose con los dedos la canosa barba. Camilo habló y habló durante horas, sin que el cura interviniera ni una vez. Al fin, cuando el muchacho se encogió de hombros y quedó en silencio, miró con fijeza a cada uno de muchachos y preguntó: «¿Y ustedes qué opinan? ¿Por qué salió mal?».

- La gente lo traicionó, pero eso puede pasar - Respondió Efigenio, sentado en el suelo y haciendo arabescos en la tierra con un palito.

- Debió crear un sindicato más grande, de esa manera el dueño no hubiera podido despedirlos a todos y parar el trabajo - Dijo Carápulo.

- Hicieron mal en quemar la casilla antes de negociar - Añadió Segundo - Yo la habría quemado después, si no me hacían caso...

- Esa gente no valía la pena - Se desanimó el Chato Ortiz - Llevan demasiados años de esclavitud y no saben ver la libertad cuando se la ponen delante.

- Tal vez no era el momento - Filosofó Araña Pateada - Y no todo puede lograrse, ¿no?

- Yo creí que lo lograría - Dijo Camilo, apesadumbrado - y estuve tan seguro, que tal vez no me esforcé lo necesario para que se cumpliera. Me confié.

- ¿Usted qué dice, padre? ¿Qué falló? - Preguntó Efigenio - ¿Puede suceder lo mismo con las huertas que atendemos en el valle? ¿Y si la gente un día piensa que somos un estorbo?

- A mi me parece - Respondió el fraile, sentado en el viejo tronco en el que solía leer a la siesta - que si Camilo hubiera hecho un mal trabajo, Manfredini no hubiera ido a solucionar el intríngulis. Habrá cometido algún error, porque siempre ocurren cuando intervenimos las personas, pero no pienso que la gente lo traicionó. ¿No hablamos de la percepción del Bien que cada uno tiene? Un padre de familia que debe decidir, porque así lo entiende, entre el pan de sus hijos o la lealtad con un extraño, no tiene por qué dudar. Es natural que así sea, pues no es vileza lo que se hace por desesperación. Ahora ¿qué hubiera pasado si Camilo hubiese tenido tiempo de sindicalizar a la mayor parte de los obreros, o a todos ellos? Después de todo, la concientización más eficiente no la logra la prédica, sino la educación.Y eso lleva años.

- Ellos tampoco hubieran luchado - Dijo Camilo - ¿Cómo? ¿Con qué armas?

- Con ninguna, Camilo - Interrumpió Terámenes - las armas no son parte de nuestro proyecto social. Uno no puede matar por sus ideas, Camilo. No debiera, al menos. ¿Y de qué habría servido, además, iniciar una guerra que jamás se podría ganar?

- Pero padre - Intervino Carápulo - Sin lucha no se vence.

- ¡Y nosotros luchamos, carajo! - Explotó el cura, golpeando con el puño derecho la palma abierta de la mano izquierda - Pero no con armas, sino educando, asistiendo, dando un ejemplo de solidaridad. ¿Quieren fusiles? ¡Están locos! Yo ya estuve en una guerra, cuando joven, y puedo decirles que nadie gana. Todos pierden e incluso los que sobreviven quedan un poco muertos. Francamente, opino como Segundo que no debieron quemar la casilla del guardia ¿Para qué? Si cometen un acto de violencia, la otra parte siempre esperará uno peor y actuará en consecuencia.

- Creímos que los presionaríamos - Se excusó Camilo.

- ¡Y vaya que los presionaron! - Dijo Terámenes - Pero no sirve hacerlo con el que tiene todo el poder de su lado. Si tu presión no puede ser más o menos similar a la del otro, es mejor olvidarse de ella. Recuerden, muchachos, la violencia es un punto sin retorno y hasta el más noble argumento se desmoraliza si para imponerlo es preciso ejercer algún grado de fuerza. ¿Cómo decía el Che? «Cualquier idea a la que tengamos que vencer a palos, es una idea que nos lleva ventaja» Usar el mal para que gane el bien suena muy retorcido y no tiene nada que ver con lo que aprendemos aquí.

- Puede que el mal sólo sea la forma que tiene el bien al empezar - Murmuró Efigenio, filosofando con su malicia habitual.

- Además, tiró sus buenos tiros, el Che - Suspiró Mefístoles.

- Cuando vio que no tenía otro camino - Aclaró Severino.

- ¿Y cómo vamos a saber nosotros cuando eso suceda?

- No va a suceder nunca, porque nuestro camino es el bien y el bien no termina.

- Bueno, ya, sólo fue una mala experiencia.

- No. Las experiencias no son ni malas ni buenas; lo que importa es lo que aprendamos de ellas y cómo lo apliquemos - Dijo el sacerdote, interrumpiendo el debate - De todos modos, las huertas fueron realizadas y allí están, dando sus frutos aunque nunca más las veamos. Y en cuanto a lo que dijo el Chato, que esa gente no valía la pena, pues no me lo imagino a Cristo diciendo lo mismo de los que vino a salvar y no lo salvaron a El de la cruz. La gente, muchachos, incluso la que no lo parece, vale la pena a los ojos de Dios y siempre es el momento adecuado para ayudar, para asistir como hermanos. ¿O es que no somos todos iguales?

- Ya ven, por eso nos dicen comunistas - Replicó Severino y el grupito se unió en una sonrisa melancólica. Un poco más tarde se despidieron del cura. Mientras caminaban de regreso al pueblo, Mefístoles preguntó:

- ¿Será que el padre tiene razón en lo que dijo?

- El padre tiene razón - Respondió Camilo - pero me pregunto cuándo dejará de tenerla.

- Yo también me lo pregunto - Aprobó Carápulo.

- Y entre tanta pregunta - Dijo Efigenio, muy seriamente - me gustaría saber quién decidirá que el padre Terámenes dejó de tener razón.

- No seremos nosotros - Dijo Camilo - sino las circunstancias.

- Nos ha enseñado cosas que estuvieron vigentes por miles de años - Recordó Efigenio - ¿Por qué dejarían de tener vigencia de pronto? Sería como cambiar la letra a una obra que no es nuestra.

- La obra es la misma - Explicó Carápulo - no ha cambiado, pero estamos llegando al último acto y empiezan a sobrar algunos personajes. Manfredini, por ejemplo. ¿Para qué nos ha enseñado el padre tantas cosas si no van a servirnos para cambiar lo que funciona mal? Heráclito dijo que...

- A ver si se dejan de hablar de esos griegos del carajo y van al grano - Interrumpió Severino, que por ser el más fuerte marchaba detrás del grupo. Desde que el Chapa y el Botija habían atacado a Camilo, tomaban sus precauciones- ¿Qué es lo que quieren decir? ¿Que ser buenos samaritanos no es suficiente? Si es éso, estoy de acuerdo. Aquí hay que poner los huevos y ver quién es más macho.

- Sólo somos seis gatos locos - Advirtió Segundo y luego agregó, riendo: - Seremos machos, pero no somos muchos...

Se rieron un buen rato. Después, Camilo se detuvo en la mitad del sendero y dijo:

- Recuerden que se trata de encontrar la Razón que rige todas las cosas todo el tiempo. ¿No es esa Razón la continua guerra entre la justicia y la injusticia? Yo pienso que sí, así que si se trata de luchar para mantener el equilibrio del cosmos o de lo que fuera, no veo por qué estaría mal que cambiáramos el modo de hacerlo para mejorar los resultados. Tampoco creo que baste con ser buenos muchachos y ayudar a la gente, pues tarde o temprano nos lo van a impedir, igual que me lo impidieron a mí en Foz ¿Por qué? Porque aún no hicimos nada por cambiar el estado de cosas que provoca la necesidad que tiene la gente que ayudamos. Es como pasarle un trapito con agua a un leproso. El problema, amigos, no es que Los Descalzos seamos pocos. El problema es que mientras un Caballero en el poder, ni un millón como nosotros podrá hacer algo definitivamente bueno. ¿Cómo vamos a lograrlo? No sé, no tengo idea. Ni siquiera sé cual es el modo en que tendremos que actuar y tal vez tampoco lo sepa Terámenes, me temo que sólo hasta aquí llega su razón al respecto, pues el cómo nos lo impondrán las circunstancias, inevitablemente. Estoy muy seguro.

De una manera un poco teatral, Efigenio estiró una mano y entrelazó la que Camilo tenía alzada frente a sí mismo. Enseguida se les unió la diestra de Carápulo y al rato ya estaban los seis, juramentándose un destino que en modo alguno hubieran podido entrever.

 

LVII

 

Verón ya no era el capitán flaquito y enigmático que conociera Aquiles, dos décadas atrás. Los años le habían dado cierta robustez y un aire menos aristocrático, lo que compensaba con el grado de Coronel y una abultada cuenta bancaria en el extranjero, producto de sus chanchullos con Aristóteles, el Intendente y el Juez. Claro que seguía, como en los viejos tiempos, comulgando en misa los domingos y escuchando los valses más tristes por las noches, hundido en una soledad a la que se abrazaba cada vez más, desde la muerte de Inesita Saravia. La había conocido por los meses en que persiguió a los guerrilleros del Comandante Segundo, por Colonia Santa Rosa. Morenita de piel blanquísima y ojos de almendras, ella tenía veinte años y unas ganas de vivir tan grandes, que nadie entendió qué pudo haberle visto a la sequedad estirada del militar, llegado una medianoche con la orden de liquidación bajo el brazo. A los dos meses, la guerrilla estaba terminada, pero el romance crecía viento en popa. Inesita se dejaba montar a la orilla del río y él la adoraba exultante, honrando su entrega con promesas de honor y matrimonio. Algo falló, aunque el Capitán fue ungido Mayor y recibió una medalla por la bala que le metió a un subversivo, un estudiante de sociología con cara de artista. La boda, jurada entre cartas con olor a muerte, nunca llegó a concretarse, pues les ganó la tragedia. La noticia del accidente le llegó dos días antes al cuartel y fue un mazazo. Un golpe mortal que lo dejó sin habla y con la mirada muerta, perdida para siempre en la nada. De la pena, de la rabia, se volvió loco y corrió al patio pistola en mano, dispuesto a pegarle un tiro al Dios que se la había llevado. Sus hombres lo vieron caer de rodillas, llorando como un chico, pero ninguno se atrevió a darle la información completa, ésa que Gallinar desparramó entre la tropa:

- Ella le metía los cuernos con un maestro de escuela y con él murió, volviendo de un baile.... Se tragaron un camión cañero. Cagaron fuego los dos; él por vivo y ella por puta.

Y parece que era cierto, porque Verón no asistió al entierro. Quemó los poemas que le había escrito - dicen que eran mejores que los del vate Pesoa - y sólo volvió para escupir en la tumba de la infiel, muerta de alegría en un camino sin nombre. Tardó años en apagar la rabia que le daba el recordarla riendo, imaginando su dicha con el viento en la cara, llena de vida hasta que el camión cañero le arrancó la cabeza, la boda y todos los sueños que alguna vez se habían dado el uno al otro. Algo indefinible se quebró, entonces, en la mente del militar. Acaso por no saber en quién vengarse, dedicó días y noches a pulir un odio frío y despersonalizado, una rabia metódica que podía encender y apagar a voluntad, incrementándola o reduciéndola con el placer de un artista por su obra más sublime. Su cuartel - el Regimiento Rolando Serrano - fue el más disciplinado de la frontera y sus soldados, los más duros y bestiales, por éso los eligieron para sofocar el tractorazo del sesenta y ocho, el motín del setenta y dos y la huelga de los portuarios en el setenta y tres, cuando el Mayor en persona liquidó de un tiro al Gringo Gasparutti, un inmigrante marxista que había tenido el tupé de exigirle retirada. Verón simuló acceder, pidió que le firmara un papel donde constara la petición y el líder cayó en la trampa. ¿Cómo sospechar de ese militar flaquito y pálido, de ojos escurridizos? Apenas se agachó a poner la rúbrica, Verón le voló los sesos y el resto de los portuarios se rindió de inmediato, aceptando sin chistar al Turco Julián como nuevo secretario general del Sindicato.

Durante más de veinte años, fue el socio ideal para Aristóteles, el Intendente y el Juez, con los que se unió en toda clase de arreglos a cambio de un porcentaje que crecía conforme se sentía más fuerte e intocable. ¿Quién podría contra él, si el mismísimo embajador norteamericano lo había premiado por defender la democracia? No sólo era rico - inmensamente rico, decían - sino que tenía al ejército a sus espaldas, los boinas verdes a su derecha y el visto bueno del gobierno central a su izquierda, pues corrían tiempos difíciles y nadie quería que los comunistas entraran al país como en Cuba, en Rusia y – juraban - en otras partes del mundo. Eso no sucedería jamás en Nuevas Atenas. «El día en que nos demos cuenta - advirtió Espeucipo, profético - este tipo habrá crecido tanto que ya no tendremos modo de pararlo. Nos comerá crudos». Los socios se reían. «Es sólo un milico ambicioso, sin más cerebro que el que cabe en una latita de Azafrán», subestimaba Aristóteles. «Quédense tranquilos - los calmaba el Juez, incluso cuando Verón llegó a coronel - el cabezotas ése no tiene más jurisdicción que la de su cuartel, así que mientras no salga de ahí no habrá inconveniente». Pero saldría un día, el cabezotas. Saldría con toda su rabia vengativa para arrasar la escuelita del cura Terámenes y tragarse crudos, de paso, a sus tres socios de toda la vida.

 

LVIII

 

Así era el hombre que metió a Camilo en el cuartel, luciendo una sonrisa tan torcida que al muchacho se le clavó un mal presagio. Le habían dado caza cuando salía del corralón de Aquiles. A empujones y culatazos, cuatro soldados lo metieron en un camión militar y lo llevaron hasta el Regimiento. El Sargento Gallinar lo bajó a grito pelado y lo obligó a cuadrarse, duro como estatua, al rayo del sol. Así lo tuvo durante toda la siesta, hasta que el jefe lo llamó a revista.

- Así que nos volvemos a ver - Dijo Verón, golpeándose las botas con una fusta. Estaba de riguroso uniforme, pero se había desprendido el botón del cuello y un mechón de pelos grises le caía sobre la frente, escapados quién sabe cómo de la gomina prusiana. Sobre el escritorio, una jarra de limonada presidía los restos del almuerzo, junto a una pistola desarmada y varios proyectiles del 11.25 -Acá te vas a enderezar, carajo, o te van a llevar de vuelta en una caja de pino.

Camilo se mantuvo en silencio, sintiendo cosquillear el peligro. Le hubiera encantado decir algo, contestarle con una frase aguda, pero el instinto le advertía que eso era, precisamente, lo que el otro esperaba. Se quedó mirando hacia la pared, impávido, mientras le anunciaban una larga lista de calamidades para el año de la conscripción. Verón se le acercó hasta casi rozarlo y concluyó la perorata con una risita falsa, murmurando: «Esta vez, nadie va a venir a socorrerte, así que podés abandonar toda esperanza». Camilo ya no pudo contenerse y también sonrió, antes de responder:

- No veo de quién podrían tener que defenderme.

El Coronel empalideció, cerrando los puños. Pegó un taconazo en el suelo y llamó con un grito a Gallinar, que apareció enseguida.

- ¡Una semana de calabozo y a pan y agua, para empezar! - Ordenó y el Sargento salió a la orden, empujando con el caño del fusil al nuevo recluta.

Se lo llevaron al trote, perseguido por las risas de los conscriptos más antiguos, hasta los barracones donde una vez había estado el viejo Farjat. Allí pasó los primeros siete días de servicio a la Patria, sentado en un catre de tientos y espantando los mosquitos, que atacaban en coordinación perfecta. Al principio, ocupó las horas en recordar escenas de Papillon, aquella historia que le había prestado Aspasia. Se puso a medir el cuarto, uniendo la punta de un pie con el talón del otro, igual que en la novela. Treinta pasos por cuarenta, no estaba mal. La celda era amplia, pero hacía un calor insoportable, no había más abertura que la puerta y se estaba a oscuras todo el tiempo, lamentando el atrevimiento que lo había llevado hasta ahí. Una sola vez al día, el guardia de turno le llevaba una jarra con agua tibia, dos galletas cuarteleras y un plato de mazamorra, espesa y encebada. Después lo abandonaban al marasmo de su cautiverio, tan solo como si estuviera en el fondo de un pozo. Las horas, interminables, se iban sucediendo sin que notara cuando acababa una y empezaba otra. Los capítulos de Papillon se entreveraron. Los pasos para un lado y para el otro parecieron ir perdiendo el sentido y la ansiedad comenzó su propio tormento, superponiendo los días y las noches hasta quitarle el sentido. «Me trajeron un martes, hoy debe ser viernes», se dijo en algún momento, pero en realidad era jueves. Y le empezó la rabia, las ganas de rebelarse contra la prepotencia del cuartel. Por lo demás, estaba asustado. ¿Le habrían avisado a Terámenes? ¿Lo sabría Isabel, allá en casa? Le desesperaba pensar que su madre estuviera afligida. Por fin, a la madrugada del martes siguiente, el Coronel abrió la puerta de par en par y le pegó cuatro gritos:

- ¡Arriba, marica! ¡Ahora sí que te vas a portar bien!

- Tan bien como la puta que te parió - Le contestó Camilo y aunque lo dijo entre dientes, tuvo la mala suerte que el oficial lo escuchara y lo dejara otra vez a oscuras, dando un portazo y una nueva orden: «¡Dos semanas más, una por rebelde y la otra por pelotudo!». Camilo se lamentó de inmediato: «¡Para qué habré hablado!», pero después pensó en la cara de sus amigos cuando se los contara y empezó a reir, carcajeándose con ganas hasta que escuchó la voz de Zenón Ferrás, del otro lado de la puerta:

- ¡Eh, Camilo, soy yo! - El preso saltó del catre y fue a pegar la oreja contra la madera - ¿Me escuchás? - Seguía el otro, ahuecando una mano para no llamar la atención de la guardia.

- ¡Zenón, amigo, andá a avisar a Terámenes que estoy aquí! - Dijo Camilo, convencido de que su cautiverio terminaría apenas el cura pusiera un pie en el cuartel.

- El ya lo sabe - Respondió Zenón - Estuvo aquí hace dos días, hablando con el coronel. No pudo hacer nada, amigazo, porque Verón le advirtió que la ley lo autoriza a tenerte un año de servicio militar e incluso a negarte las visitas mientras dure la instrucción.

- ¡Mierda! - Exclamó Camilo - ¿Y cuánto dura esa instrucción?

- Tres meses.

- ¡Pero...! ¿Y mi trabajo en las granjas? - Camilo, que nunca había creído que pudiera tocarle a él también pasar por las barracas del Regimiento, se indignó.

- Me dijo el cura que te quedés tranquilo y no hagás despelotes - Continuó el Cabo - que ya vendrán todos a verte cuando se cumpla el plazo. Mientras tanto, todos los días lo manda a Efigenio con una canasta de tomates, carne, huevos y pan para tu almuerzo...

- ¡Pero si sólo me han dado mazamorra!

- Porque Verón dio la orden y Gallinar se queda con tus víveres, pero no te hagás problemas, que apenas se descuiden te voy a traer algo mejor que la mazamorra de mierda que sirven aquí.

Camilo volvió a sentarse en su catre, ya sin ganas de reir. Le dio tanta rabia sentirse atrapado, que a los quince días - cuando el Coronel apareció triunfante a reclamarle la rendición - no pudo aguantarse las ganas de reiterar el insulto:

- Esta vez sí que me voy a portar mucho mejor que la puta que te parió.

Y el Coronel, que tampoco era de echarse atrás, le tiró por la cabeza otras cuatro semanas de encierro. Treinta días desesperantes, en la más completa oscuridad y sin otra compañía que los jejenes y un plato de mazamorra cada dos días, porque el ayuno era parte del castigo. Con el orgullo en carne viva, Camilo no dijo ni una palabra y se esforzó en dormir el máximo tiempo posible, para no pensar. A los treinta días, Verón abrió la puerta y un retazo de sol de dio en los ojos, haciéndolo parpadear.

- Qué pasa, che, parecés dormido - Dijo el militar, golpeando con la fusta sobre el marco - ¿Te cuesta despertarte?

Camilo despegó los párpados de un solo ojo, lo miró de arriba abajo y respondió:

- La verdad, sí, es que estaba soñando con la puta que te parió.

Y Verón volvió a dejarlo encerrado, con la orden estricta de no darle más que pan y agua hasta que se cumplieran los tres primeros meses de vida militar. Sin embargo, una semana antes de que venciera el plazo envió a Gallinar con la misión de poner en condiciones al preso. “Dale doble ración de mazamorra, que debe estar hecho un palo”, sugirió por lo bajo, buscando evitar las quejas del cura cuando cayeran las visitas. Gallinar abrió la puerta de la celda, sacó al reo a los empujones y se quedó mirándolo con la boca abierta, sin poderlo creer. Camilo llevaba meses sin bañarse y una barba sucia le cubría la cara, pero había subido peso de un modo notable. Furioso, el Coronel mandó que lo encerraran de nuevo, le puso una guardia de cuatro reclutas y le decretó una jarra de agua como todo alimento por los días que le quedaban, tras lo cual castigó a todo el pelotón con un descuereo implacable. “¡Y olvídense de los francos hasta que yo sepa quién fue el hijo de puta que le pasó comida a ese infeliz!”, vociferó, mientras Gallinar espantaba al reclutaje a puro ladrido. Al día siguiente, con la tropa echando lagartijas al rayo del sol, hizo sentar a Camilo en medio del patio para que sufriera la más espantosa de las rapadas, a mano de Gallinar. Sin mostrar contrariedad, Camilo se aguantó los tirones, la media docena de tajitos sangrantes y un tableteo incesante de insultos cuartelarios, antes de calzar el uniforme desentallado, los borceguíes estrechos y el birretito militar, más un fusil de la guerra del Chaco – sin balas - al hombro y la orden de estar plantón hasta el amanecer. Sin una palabra, sin un gesto, esta vez obedeció. «Parece que comencé a domarlo», se dijo Verón poco después, viéndolo pasar rumbo al portón de las visitas. «Mírenlo al cogotudo - pensaba Camilo, observándolo de reojo - se cree que ya me venció». Se quitó el birrete, para dar a sus amigos la oportunidad de retorcerse de risa con su corte de pelo, pero también para que Verón advirtiera que el asunto le importaba un bledo. Besó a su madre con cierta displicencia, abrazó a su perro Muralla con todas sus fuerzas y después a Aspasia, al padre Terámenes, al Doctor, a Aquiles y al Comisario, antes de pasar a estrechar las diestras de sus amigos, tan luminoso que nadie diría que se había pasado tres meses completos en la más completa oscuridad.

 

LIX

 

Cuando comenzó la lucha por la intendencia y Aquiles lanzó su candidatura, el paso de Camilo por el Regimiento había quedado tan atrás que nadie lo recordaba, pero en su momento fue el principal comentario de Nueva Atenas. Conociendo el carácter temerario del muchacho, nadie apostaba que saldría bien librado. En el mejor de los casos, decía la gente, recibirá un tiro por accidente y su madre lo tendrá envuelto en madera de pino, sin explicación ni consuelo. En el peor, pagará de tal modo su osadía que no se atreverá a volver. Vagará por la comarca como un paria hasta esfumarse en la nada, como Narciso. O como Natalio Oviedo, el valiente que marcó historia con su mal destino, allá por los tiempos en que el Coronel no pasaba de Teniente y Gallinar sólo era un Cabo ladino y rencoroso. Nadie hubiera dicho que Natalio tuviera las agallas que tuvo, pues todo su aspecto sugería lo contrario. Flaquito, un poco encorvado, medio tapado el rostro por unas gafas culo de botella. Estudiaba filosofía y hacía sus primeras armas como aprendiz de cronista en el Diario Regional cuando le tocó la milicia. Estoico, soportó el descuereo de los primeros meses igual que los demás e ignoró las burlas con que Gallinar lo perseguía, llamándolo lechuzón, pedo de laucha y otras lindezas por el estilo. Con los anteojos cubiertos de barro y el cuerpo molido por las marchas, aguantó tan firme que hasta el pérfido Cabo llegó a la conclusión de que tal vez sirviera para algo y lo puso a cargo de la contabilidad, puesto clave que requería no sólo cerebro, sino también discreción absoluta. Avispado como era, a Natalio le bastó una mirada para comprender que alguien estaba enriqueciéndose en grande y como además de valiente era ingenuo, no dudó en ir a avisarle a Verón: “Mi Teniente” - dicen que dijo, resumiendo lo visto - “Todo lo que se compra está sobrefacturado hasta en un mil por ciento, figuran tres veces más soldados de los que hay y se vendieron, por dos pesos, cien hectáreas de buenas tierras a una empresa llamada VE.IN.S.A., sin anotar dirección ni teléfono. Acá hay algo raro”. Con su frialdad de siempre, Verón agradeció los informes y le prometió un ascenso a cambio de su perspicacia. Natalio salió del sin imaginar que la sigla significaba «Verón Intendente Sociedad Anónima» y que quien se enriquecía con el robo era, precisamente, el Teniente. Esa misma tarde, Gallinar le dio una paliza tan bestial que fue un milagro que el indiscreto no muriera. Perdió dos muelas, un diente inferior y el colmillo superior derecho. Tuvo tres costillas fracturadas, hematomas de las más diversas y hasta se quedó sin sus lentes culo de botella, pisoteados con rabia por no haber respetado la cadena de mando.

- ¡Esto es para que aprendás a no ir con cuentos al Teniente! - Gruñía el Cabo, estrujándole las tripas con una mano férrea y sanguinaria.

Sobrevivió, quién sabe cómo, el aprendiz de mártir, arrastrándose de su catre al baño para vomitar a medianoche, ciego y aterrado, pero vivo y para colmo, con ganas de tomarse el desquite. Porque era valiente, el tal Natalio. Esperó que curaran sus heridas, simuló no guardar rencores y a la primera ocasión se robó los libros contables y fue a esconderlos detrás de la cisterna. Y del baño de Verón, nada menos. Lo atraparon el viernes, cuando salía de franco, porque tuvo la mala suerte de que a Gallinar se le ocurriera revisar qué era el bulto que le inflaba el uniforme.

- ¡Ah, traidor! - Exclamó el Cabo y lo llevó a sopapo limpio al calabozo, donde lo encerraron bajo llave. Creyéndose perdido, Natalio pasó el fin de semana intentando abrir un hueco en la pared, raspando desesperado con una cuchara. No lo logró, pero para su sorpresa, el lunes fue el Cabo a liberarlo y a ordenarle que se reintegrara a la tropa. No sólo estaba perdonado, sino que en prueba de confianza, esa misma noche lo dejarían hacer guardia. ¿Qué habría pasado? Comenzó a saberlo por la tarde, cuando le llegó la consigna de ir de centinela al último rincón del Regimiento, casi al fondo del valle. «¿Cómo voy a vigilar sin lentes?», sospechó, llegando al desatino de agregar: «Me escaparé durante la noche y contaré todo a la prensa». Sin duda lo hubiera hecho, si no fuera porque apenas llegó al puesto se encontró a solas con Gallinar, que lo estaba esperando. Se oyó un estampido y el fogonazo iluminó los ojos miopes de Natalio, que cayó sentado, sin poder creer que acababan de matarlo. Boquiabierto, vio alejarse corriendo a Gallinar y después, para asegurarse que era cierto, se metió un dedo tembloroso en el agujero que le había dejado el plomo en la frente. Aterrado, se apoyó en la pared de la garita para ponerse de pie y luego salió a los tumbos, rumbo al cuartel. El Cabo reculó asustado, viéndolo aparecer en la cocina bañado en sangre. “¡Asesino!”, gimió Natalio, antes de caer al suelo, impresionado de su propia muerte. «Fue un milagro», dijeron los enfermeros que lo atendieron a la medianoche, para salvar las apariencias. La bala no había penetrado el cráneo, sólo lo había rodeado completamente antes de salir por una oreja y perderse en el monte. Temblando de pies a cabeza, el corajudo los insultaba entre dientes, dudando entre creerse muerto o saberse vivo. Para que acabara de convencerse, lo mandaron de nuevo al calabozo y pareció que se olvidaban de él.

Anunciado Battilana y Agamenón García, los mismos que años más tarde serían enemigos jurados de Narciso, ya formaban por aquellos días parte de lo peor del Regimiento. Eran la mano de obra, dura y sin escrúpulos, que el Teniente utilizaba en casos extremos. A cambio, tenían vía libre para hacer de las suyas, a partir del momento en que se apagaban las luces y el cuartel quedaba a su disposición. No sólo robaban y maltrataban a los nuevos reclutas que no se atrevían a enfrentarlos, sino que además salían de caza, pues la especialidad de Anunciado y Agamenón eran los jovencitos de sexualidad difusa. Directamente, se los apropiaban. Los tenían de esclavos para todo uso. Eran sus novias, llorosas y asustadas, cada vez que el Cabo cerraba la puerta de la barraca y decretaba la indefensión. “Que esos dos pervertidos se encarguen de él. Un mes, por lo menos”, fue la orden de Verón, “Cuando acaben de sacarse el gusto, ya no hará falta meterle un tiro. Nadie le creerá lo que diga”. Y fue así nomás. Durante diez noches espantosas, el Cabo encerraba a los sádicos en la celda donde estaba Natalio y sólo los dejaba salir de madrugada, una vez saciados sus instintos. Fue inútil que el condenado se defendiera con bravura, pues los verdugos terminaban doblegándolo y humillándolo entre risotadas, golpes y jadeos. Tal vez incluso un tratamiento tan perverso hubiera soportado Natalio, pues tenía un corazón de hierro. Lo que realmente lo destruyó fue el modo en que lo liberaron, justo el día del desfile y frente al pueblo reunido a pleno en el cuartel. A mitad de la función, el Teniente leyó en voz alta la expulsión del soldado Natalio Oviedo, por infracción al artículo que penaba la homosexualidad manifiesta. Fue como si le atravesaran el alma, con su madre y sus hermanos allí, escuchando espantados la infamia. Eso lo dejó muerto en vida. No volvió a ser el mismo. Fuera de la celda, se recluyó por propia decisión en un silencio enfermizo y terminante. Nunca más habló con nadie y el día en que terminó la milicia, regresó al pueblo y se metió en su casa para siempre, huyendo de la vergüenza. Sólo lo volverían a ver un cuarto de siglo más tarde, el día en que salió decidido a cobrarse la mayor afrenta de su vida.

 

LX

 

Con tales antecedentes, nadie culparía a Isabel por la angustia mortal que la invadió cuando supo que su hijo había sido llevado al Regimiento. Corrió a ver al Doctor al hospital y de allí fueron a buscar a Terámenes, que no sabía nada del asunto. De inmediato, el cura se colgó un Rosario hecho con coquitos a modo de cuentas y salieron a parlamentar con Verón, quien los hizo esperar dos largas horas antes de atenderlos. Fue una reunión tensa y de la que no sacaron nada, pues el Coronel se limitó a leerles el reglamento que lo autorizaba a reclutar a cualquier muchacho mayor de dieciocho años que no estudiara ni trabajara formalmente. «¡Pero mi hijo trabaja de sol a sol, los siete días de la semana!», exclamó Isabel, creyendo haber encontrado la puerta de salida. «Es sólo un voluntariado, nada formal», la contrarió el militar y después agregó, sonriendo: «Al fin y al cabo, su hijo ya es un hombre y a todos los hombres les toca el momento de cumplir con la Patria, así que harían muy bien en retirarse y dejarme hacer mi trabajo. Su hijo no es diferente de los muchachos que tengo en el cuartel ¿qué les aflige?».

- Mire, usted sabe muy bien qué es lo que nos aflige - Dijo entonces Terámenes - Tanto Manfredini como el Turco Julián quisieron matar a este chico y ahora está aquí, en manos de un socio de esa gentuza. ¿Para qué fingir? Usted no representa ninguna garantía.

- Bien, ya dijeron lo que querían, así que ahora retírense - Respondió Verón, tan frío como siempre. Isabel y Epaminondas abrieron la boca para decir algo, pero el sacerdote se les adelantó, gruñendo y levantando un puño amenazante:

- Yo todavía no terminé, Verón, todavía me falta decirle lo mismo que ya le dije a sus socios: ¡tóquele un pelo a ese chico y seré su peor enemigo!

- Déjese de joder, padre - Rió el militar - que ese Rosario que se puso no lo protege de nada, aquí adentro.

- Idiota. Este Rosario lo protege a usted, no a mí - Respondió el sacerdote y se levantó de la silla. Isabel le apretó una mano y el Doctor hizo un gesto de marcharse. Cuando salían, oyeron la risita del Coronel subrayando la frase de despedida:

- Un Rosario no para una bala, padre, no lo olvide.

Fue un amargo regreso, lleno de malos augurios. Con los días, sin embargo, fue cediendo la angustia inicial y al cumplirse los tres meses de instrucción llegaron a pensar que se habían afligido en vano, pues Camilo se veía fuerte y sano, libre de todos los males que habían temido. Sólo Isabel sospechó que no podía ser tan sencillo. «Lo peor puede estar aún por comenzar», se dijo. Y acertó. Apenas se fueron las visitas, Gallinar lo mandó de nuevo al calabozo y a pan y agua, creyendo que así lo obligaría a decir quién lo había alimentado durante su prisión. Daba por seguro que había sido Zenón, pero quería una confesión en toda la regla, escrita y firmada. Así pues, aquello fue sólo el principio. Para evitar nuevas filtraciones, mandó a llamar al pérfido Agamenón García - Anunciado Battilana ya se había muerto, baleado en un extraño suceso - y le encargó montar guardia de noche junto a la puerta de la celda. «Salvo yo o el Coronel, acá no entra nadie», fue el mandato. De modo que Camilo tuvo que cumplir con la condena, pese a que su amigo deambulaba sigiloso por las cercanías, aguardando la menor ocasión para romper el aislamiento.

- Ese no va a hablar, ni aunque se muera de hambre - Dijo Verón, a las dos semanas - Metélo al monte, a marcha forzada hasta que reviente.

Como Agamenón se había retirado con el rango de Cabo de Reserva, le dieron un uniforme, una paga semanal y la encomienda de acompañar al Sargento día y noche, no fuera que el prisionero intentara la fuga de la desesperación. «A la menor sospecha, un tiro en la nuca», fue la consigna, pero no haría falta. Camilo estaba determinado a aguantar, aunque salió de la celda tan debilitado que sentía vértigos. Gallinar le cargó una mochila de treinta kilos a la espalda, un fusil sin balas y un casco que sólo servía para agregar peso, tras lo cual salieron a los gritos, rumbo al monte. El sargento y el verdugo, a lomo de mula y el preso entre los dos, tambaleándose. A la media hora, cayó al suelo, extenuado. «¡Arriba!¡Arriba!», ordenó Gallinar, animando a la mula a dar unas coces al conscripto. «¿Para qué nos tomamos tanto trabajo?», se quejó García, pasándose la manga del uniforme por el rostro sudado. «Ni siquiera llegamos al monte y éste ya se nos cae. Matémoslo acá mismo». Pero ya Camilo estaba incorporándose, aferrado al correaje de la mula de Gallinar. «Si son tan machos, bájense de las mulas», dijo entre dientes y el Sargento le asestó un rebencazo por la cabeza. Menos mal que tenía el casco. «¡Vamos, carajo, a cumplir con la Patria! ¡Carrera march, uno!», exclamó Gallinar y Agamenón resopló con fastidio, azuzando a su propio animal. Camilo apretaba los dientes y sacaba fuerzas de la vergüenza para no caer de nuevo, empeñado en llegar hasta la primera hilera de eucaliptus. No lo consiguió. Perdió el sentido cuando ya estaba a punto de alcanzar la sombra y se desparramó con estrépito, de cara al suelo. El casco rodó varios metros.

- ¿Este es el bravo del que me hablaste tanto? - Se burló Agamenón, saltando a tierra. Tomó a Camilo de la ropa y lo arrastró hasta obligarlo a recobrar la consciencia - ¡Vamos, Pandulce, que aún falta lo mejor!

Acicateado por la humillación, Camilo volvió a incorporarse. Soportando el descuereo toda la mañana, cayó y se levantó tantas veces que al final ya no distinguía si estaba de pie o en el suelo. Tenía las manos y la cara llenas de sangre, lastimadas por las espinas, pero no sentía dolor. Sólo cansancio. Un agotamiento tan parecido a la muerte, que no era posible resistirse más. Sintió que se hundía, que caía al fondo de un pozo sin ruidos. «Será el hambre de estas dos semanas», se dijo, antes de que la extenuación fuera absoluta.

 

LXI

 

Por una cosa u otra, Camilo perdió todos los francos de los cuatro meses siguientes, pero sobrevivió al empecinamiento feroz con que lo persiguió Gallinar. Hasta Verón tuvo que ceder a la evidencia de que no podrían deshacerse del rebelde por medios naturales. Si Manfredini y Caballero lo querían muerto, tendrían que hacerse cargo ellos mismos, pues de ninguna manera pensaba darle a Terámenes un motivo para una acusación formal.

- Ese cura de mierda es un problema y yo no lo quiero aquí - Dijo en voz baja, una tarde en que sus socios fueron a visitarlo al cuartel - así que dentro de cinco meses, al Insaurralde ése le doy la baja y allá ustedes.

- ¡No puedo creer que ese chico haya logrado vencerte! - Respondió Manfredini, masticando molesto la punta de un cigarro.

- No me venció, pero ya llegué al punto al que estaba dispuesto a llegar - Corrigió el militar - Lo intentamos todo, marchas que hubieran reventado al más duro y hambrunas larguísimas, pero siempre se las arregló para salir bien parado. Tiene siete vidas, se los aseguro.

- ¿Y no probaste de darle la medicina aquella, la que le diste una vez a Natalio Oviedo, el que quiso demandarnos? - Preguntó Espeucipo, rascándose la nariz.

- Por si no te acordás, al loco de Anunciado lo pusimos frío aquella vez de...

- Sí, ya sé, pero nos quedaba el otro, el socio...

- Agamenón - Dijo el Coronel - Ya lo intenté. Lo hice pasar a la celda de Insaurralde y el pendejo le rompió la mandíbula. No sé cómo hizo, pues Agamenón es ancho y fuerte como un toro, pero lo hizo. Tuve que pagarle el hospital y darle dinero para que se fuera lejos por algún tiempo. ¡No, no hay caso! ¡A ese pendejo no le entra bala!

- ¿Cómo que no? Un tiro, viejo, un tiro y listo.- Dijo Manfredini - ¿Cómo no se lo pegué yo mismo, aquella vez, en Foz? ¡Tenés que hacer que se suicide!

- No, de ningún modo - Volvió a negar Verón - El cura me tiene en la mira, así que ese chico no puede suicidarse en mi cuartel.

- ¿Le tenés miedo al cura? - Rió Espeucipo.

- No seas idiota - El Coronel estaba muy serio - Si el cura se me viene encima, tendremos un problema de esos que no se resuelve metiéndole un tiro a alguien. Con la iglesia no se jode, nadie le gana una guerra a Dios.

- Bueno, hay que ver que has hecho todo lo posible - Aceptó Manfredini, encogiéndose de hombros - así que si de verdad queremos a ese chico fuera del juego, nos tenemos que comprometer los tres y planear algo en serio. Ya lo ven, desde que está aquí, la banda de los Descalzos no jode a nadie y hasta Terámenes parece menos belicoso.

- ¿Cual es tu plan?

- Si hasta dentro de un mes, ese muchacho sigue vivo - Continuó Manfredini - voy a venir a pedirte voluntarios para unas refacciones en mi casa. Vos me los das y del resto me encargo yo.

- Así que tu desafío es de un mes - Dijo el Coronel, sonriendo - Bien, lo acepto, pero antes me gustaría hacer una pregunta que me da vueltas desde hace rato ¿no estamos dando demasiada importancia a este chico?

- ¡Sabía que tarde o temprano ibas a decir eso! - Exclamó Manfredini, golpeando las palmas -Miralo del siguiente modo: hace catorce años, Terámenes estaba a punto de abandonar la escuela rural. Hoy, gracias a este Camilo, su escuela funciona viento en popa y aprovecha hasta el último metro cuadrado de las hectáreas que le donó el gobierno. Nosotros tres, te incluyo, necesitamos esa tierra. Nos es imprescindible, porque si por alguna razón alguna vez perdemos la intendencia...

- ¡Eso no va a pasar! - Interrumpió el Intendente, ignorando que al año siguiente debería abandonar el cargo, con el agravante de que su hijo se negaría a sucederlo.

- Esperá, sólo digo que podría pasar - Se defendió Aristóteles - Y si pasara, no tendríamos ningún territorio seguro para la entrada y salida de mercaderías. No siendo los terrenos fiscales que por ahora controlamos, la única manera de llegar al río es a través de la escuela rural. ¿Vamos a arriesgarlo todo por un mocoso de mierda? ¿Por qué esperar a ver si la cosa llega a mayores o no?

- Entonces - Dijo el Coronel - nuestro verdadero problema es esa escuela de mierda. ¿Y si encontrara un argumento suficiente para arrasarla? ¿Y si dijéramos que plantan marihuana?

- ¿No era que nadie gana una guerra contra Dios? Olvidáte - Concluyó el Intendente, molesto de que Aristóteles hubiera mencionado la posibilidad de perder el poder. ¿Cómo podría suceder tal cosa? ¡Su familia había estado por más de cien años a cargo de la intendencia! Incómodo, inició la retirada. Saludó al militar sin estrecharle la mano y trepó enseguida a la camioneta. Manfredini se sentó a su lado y cerró las puertas.

- ¿Qué es eso de que yo puedo perder el poder? - Gruñó, mientras salían del cuartel a buena velocidad - ¿Cómo vas a decir algo así delante del cuervo ése? ¡Fue como decirle al zorro que el gallinero estará abierto!

- Quedate tranquilo, primo - Respondió Manfredini - que con un poquito de suerte, nuestro socio se dará maña no sólo para librarnos del cura Terámenes, sino también de sí mismo. Ya vas a ver que por ambicioso mete la pata.

Pero Espeucipo no se quedó tranquilo. Algo le decía que llegaría el momento en que cada cual tiraría para su lado, en cuyo caso el Coronel tendría claras ventajas. «Es tan ladino ese milico», pensaba, «que no me sorprendería enterarme que no se esforzó con Camilo porque en realidad le gusta que nos cause problemas». Miró de reojo a su primo, que fumaba despreocupado, mirando por la ventanilla. Volvió a pensar en Verón. ¿Y si realmente encontraba un argumento suficiente para arrasar la escuela? ¿Qué le impediría entonces arrasar también con sus socios de toda la vida?

 

LXII

 

El Coronel no se enteró jamás de que la noche en que Agamenón entró a la celda de Camilo, por detrás suyo se coló Zenón, el fiel amigo del preso. Tampoco lo supo Agamenón, que siempre creyó que había sido sorprendido por el prisionero, oculto tras la puerta. En un asalto silencioso y feroz, Zenón se deshizo del violador con golpes tan certeros que por poco no lo dejan muerto. No hacía falta, de todos modos. Con la mandíbula rota y el prestigio esfumado para siempre, no volvió a pisar el cuartel por el resto de su vida. Desapareció, simplemente. No se lo vio más. Algunos días después, cuando Verón no tuvo más remedio que liberar al reo, la tropa lo recibió con un aplauso triunfal. El Coronel nunca lo olvidó. «Este tipo es algo especial», diría después, en vísperas del final de la Guerra de los Descalzos. «Es un líder nato, por eso debemos asegurarnos de que no salga vivo de aquí». Para cuando soltó esta frase, casi todos los amigos de Camilo estaban muertos, incluyendo al entrañable Zenón. Sin embargo, por la época en que se propuso ganar el desafío a sus socios, el final aún estaba lejano. Tenía cuatro semanas por delante para deshacerse del rebelde, pero ninguna idea sobre cómo lograrlo. El Sargento, ofendido a muerte por la solidaridad dada al desgraciado, redobló los castigos e injusticias. Puso a todos a pan y agua durante cinco días. Carrera march a medianoche, por el medio del monte. Guardias de doce horas seguidas, parados, sin beber ni comer. Mochilas de cincuenta kilos para trepar el cerrito, a la siesta y con casi cuarenta grados. Pruebas de resistencia que diezmaban al batallón y dejaban el tendal de abatidos por las serranías. En fin, todo lo intentó, todo lo hizo, pero nada consiguió opacar la estrella de Camilo. Al contrario, para la fecha en que Aristóteles regresó con su propuesta, la mitad de los conscriptos hablaba de iniciar un motín. Gallinar tuvo que mostrar los dientes para  reunirlos en el patio principal.

- ¡El empresario Manfredini tiene cinco vacantes para los que deseen dejar el cuartel y trabajar en su casa hasta el final de su conscripción! ¡Quién se ofrece! - Anunció, a voz en cuello, el Coronel. Los reclutas escucharon atentamente y se miraron unos a otros, pero ninguno levantó la mano.  Nadie respondió.

- Creo que tenemos un problema - Dijo Manfredini, en voz baja. Gallinar estaba tan nervioso que abría y cerraba los dedos, como si practicara un estrangulamiento.

- Así que no hay voluntarios - Murmuró Verón, bajando de la galería al patio. Con la fusta, pegó un par de golpes sobre sus botas y agregó: - No importa, porque a este cuartel no han venido a decidir por sí mismos, sino a recibir órdenes ¡A ver, usted!

- ¡A la orden, mi Coronel! - Respondió un soldado bajito y esmirriado llamado Néstor Ottamendi y apodado Pajarito Triste, quién sabe por qué. Manfredini sonrió, mirando de reojo a Camilo, que simulaba estar muy interesado en una nubecita que cruzaba el cielo.

- ¡Usted, el cuarto de la primera fila! - Continuó Verón, ladrando bajo el sol - ¡Un paso al frente, nombre y apellido!

- ¡Bienvenido Morales, mi Coronel, a la orden! - Gritó, desafinando por el esfuerzo, el segundo elegido. Moreno, ancho de hombros, pero bajito, era el hijo mayor de un cacique de los avá guaraní y había llegado al cuartel como voluntario, medio año atrás.

- ¡Ese de ahí, el gordo con cara de luna llena! - Bramó el oficial y Temóstecles Santacruz, llamado en adelante Luna llena, se cuadró como pudo en el tercer lugar. Luego, en una rápida sucesión de alaridos marciales, les tocó el turno a Perímetro González y a Camilo Insaurralde, con lo que quedó cerrado el cupo. Y ya que lo nombramos, quede dicho que al igual que Manganeso Ruíz, Perímetro debía el nombre a un error de sus padres, quienes creyeron que correspondía a la genealogía helénica y no a la geometría, como supieron mucho más tarde, cuando el hijo entró a la escuela. De mediana estatura y muy delgado, solía ufanarse de su habilidad para no caerle mal a nadie, por eso se sorprendió de que lo incluyeran entre los que partían al ostracismo. Algunas semanas más tarde, cuando lo enterraron, el pueblo comentó que era increíble que un muchacho tan bueno pudiera tener enemigos. “Hasta Dios los tiene”, filosofó esa noche Espeucipo, consolando a los padres del infortunado. Pero esto sucedería después. Mientras tanto, al trote ligero, los reclutas alzaron sus bártulos y treparon a la caja de la camioneta conducida por Manfredini. Por un segundo, Camilo y el Coronel cruzaron sus miradas en la despedida. Los dos estaban serios. Es probable que sintieran, tanto el uno como el otro, que tarde o temprano se volverían a ver.

 

***

 

 

 

 

 

 

 

 

Capítulo 15

 

(Capítulo un tanto cursi, en el que varios se enamoran al mismo tiempo, aunque de personas distintas. Entra en escena un personaje siniestro, pero santo, cuya mayor virtud radica en

no hacer uso jamás el don que lo sacraliza. Aspasia, que hasta ahora se había portado  como

una santa, decide pecar cuanto antes)

 

LXIII

 

E

l monaguillo Arcadio llegó a la capilla del padre Rigoberto el mismo día en que los reclutas entraron a la mansión de Aristóteles, detalle que tendría en cuenta el periodista Reyes para discurrir sobre las conjunciones cósmicas. Pelirrojo y cejijunto, Arcadio miraba al mundo con cautela, entrecerrando los párpados pecosos para que sus ojillos azules no vieran demasiado, apenas - decía él - lo necesario para no chocar con nadie. Era su filosofía. Nunca molestar. Jamás interrumpir y menos contradecir, por motivo alguno. No muy alto, pero huesudo, tenía la costumbre de andar medio inclinado, como si husmeara los rastros dejados por alguien. De nariz portentosa, cada vez que miraba fijo a una persona, parecía que la estaba señalando, así que había tomado la costumbre de mirar de soslayo, como si no quisiera. Aspasia lo conoció un domingo en que fue a llevarle la vianda al párroco. «¿Quién será?», se preguntó, frunciendo la nariz con aprehensión al tiempo que el inocentón estiraba una mano para recibir las ollitas encastradas. Sorprendida, lo vio desaparecer luego con un sigilo exagerado hacia el fondo de la sacristía. Arcadio tenía algo de película truculenta, un aire siniestro que llamaba la atención. Incluso en misa y vestido de arcángel, no dejaba de parecer un pajarraco. Se sentaba encorvado en una silla, igual que un cuervo en una horqueta y la gente lo miraba a él e ignoraba al cura, subido al púlpito para el sermón. Y Arcadio dormitaba, babeando levemente.

- No sé como el padre puede tener a un monstruo así en la iglesia - Comentó una de las beatas - Nada más verlo, se me atraganta la hostia.

- Tiene aspecto de pervertido - Dijo otra.

- No, qué va, si estuvo años en el Seminario de la capital - Retrucó Epaminondas, cuando la mala intención le llegó a los oídos. Resultó que Arcadio era sobrino de una prima del cuñado del hermano de Filoxena, que fue quien pasó el dato que quitó el sueño a los vecinos: Arcadio no sólo había pasado media vida en el Seminario, sino que llegó cerca de la ordenación. Pero fue expulsado.

- ¿Por qué? ¡No puede ser por nada bueno! - Clamaron las damas de la Acción Católica, temiendo un presente griego de Lucifer - ¡Seguro que es un degenerado!

- Nuestras hijas apeligran con el monstruo - Dijo Ña Chiquitunga, la paraguaya, despegando con un pañuelito el carmín pegado a los dientes. A tanto llegó la inquina, que el párroco tuvo que darle un descanso a su teniente y aprovechar la ausencia para hablar de él, reclamando caridad:

- ¡Y aún si fuera todo lo demoníaco que ustedes dicen! - Exclamó, como para dar un cierre ejemplar al asunto - ¡Es aquí, en la casa de Dios, entre los hijos de Dios, donde el pobre muchacho hallaría la cura de todos sus males!

Después del rapapolvo, hasta las arpías recalcitrantes se calmaron y saludaban con espantada inclinación de cabeza el paso del monaguillo, pero al poco tiempo, Empédocles Gutiérrez, un empleado de Aquiles que era amigo de la novia de otro ex seminarista, desparramó el motivo de la expulsión. “Era un fanático”, contó, en rueda de amigos, “y en el Seminario ya lo veían convertido en Obispo. Hasta se flagelaba con un cuero trenzado, igual que los santos de antes. Un loco total. ¡No iba a parar hasta llegar a Papa!” Pero Arcadio tenía un defecto. O una virtud, según quién y dónde se lo juzgara. En todo caso, su característica más saliente estaba por completo fuera de lugar en una vocación como aquella y en un medio como aquel. Se la descubrieron pocas semanas antes de la ordenación, mientras se repartían a toda prisa las invitaciones. Y fue de pura chiripa, como suelen suceder las cosas más complejas. «Otra puta casualidad», al decir de Arístipo.

- Su cumplimiento fue magnífico - Había dicho el Arzobispo, soltando el humo pálido de un habano mientras hojeaba el currículum de Arcadio, propuesto ese año para medalla de oro de la promoción. Los profesores, que lo habían tratado de cerca durante más de un lustro, aseguraban que no habían visto nunca tanta santidad.

- Nadie puede ser tan perfecto - Sugirió con malicia el padre Felino, aspirante a Rector. Miró hacia la ventana a través del vino de su copita y agregó: - Cuando uno no encuentra el defecto es sólo porque no se fijó bien, o porque está muy escondido, así que en vez de alabarlo harían mejor en vigilar día y noche a ese pollo, pues es mejor que lo que sea que tenga sea descubierto ahora y no que la Santa Madre Iglesia cargue un día con la cruz del muchacho.

- ¿No le parece, padre, que si nuestro muchacho tuviera una cruz por cargar, sería justamente la Madre Iglesia quien debiera ayudarle a hacerlo? – Intervino, muy sarcástico, el cura Palomino, Vicerrector y confesor de los seminaristas.

- Dejáte de joder, Palomino - Respondió el Arzobispo, parpadeando porque el humo le había entrado en los ojos - que no hay carga más pesada que tener en la congregación a un cura liviano, a ver si me entendés.

- Mirá si es puto - Añadió, entre risitas, el aspirante a Rector.

De modo que se pusieron en campaña para escudriñar a Arcadio. Husmeaban lo que comía. Cómo masticaba y tragaba. Cuánto dormía. Revisaron sus pertenencias y hasta leyeron sus cartas. Pusieron bajo la lupa de la suspicacia hasta el modo en que miraba a sus compañeros. Si los tocaba. Si les sonreía. Pero Arcadio tendía a aislarse y ni siquiera se bañaba junto a los demás, después de los partidos de fútbol. Aguardaba a que el vestuario estuviera libre para quitarse la ropa y refugiarse en la ducha, solitario y feliz. «¿Por qué se esconde tanto?», se alarmaron los frailes. «Aquí hay gato encerrado; vamos a la ducha, detrás de él». Así lo descubrieron, el sábado anterior al de la graduación. El Arzobispo se quedó pasmado. El Rector no supo si santiguarse o maldecir y hasta el padre Palomino reconoció que el asunto se le escapaba de las manos. Era demasiado grosso.

- Olvidáte, Palomino - Fue la tajante decisión del Arzobispo - nadie que tenga una pinga como ésa puede ser un cura. ¿Has visto esos huevos? ¡Parecían naranjas!

- Pero Eminencia - Se defendía el confesor, todavía aturdido - a lo mejor un día le crece el resto del cuerpo y se le equilibran las proporciones. Además, el chico es todo un santurrón, ni sabe lo que tiene.

- Pero lo sabrá, tarde o temprano. Y lo que es peor: lo sabrán las mujeres de la parroquia que atienda - Se escandalizó el Rector, enarcando las cejas - ¡Se le tirarán encima y él se olvidará muy pronto de su santidad actual!

Así fue como Arcadio fue declarado «no apto» y separado del resto de sus compañeros de ordenación. A los pocos días, abandonó los claustros en los que había pasado buena parte de su vida y partió sin despedirse de nadie, pero sin una queja. Salió al camino y vagabundeó durante meses por los pueblos fronterizos, ganándose la vida como monaguillo de paso hasta que recaló en Nueva Atenas y conoció al cura Rigoberto.

- Así que casi fuiste sacerdote - Murmuró aquella vez el párroco, hojeando las notas de recomendaciones que había firmado el buen Palomino, sin que nadie las pidiera.

- Ajá.- Respondió Arcadio, echándole una ojeada a la sacristía - ¿No quiere saber por qué no llegué a serlo? Quiero que sepa que fui expulsado.

- Mirá vos - Dijo el padre, sin sorprenderse en absoluto. Desde que lo había visto entrar, supo que en el muchacho había algo trágico.

- ¿Y no quiere saber por qué? - Preguntó el recién llegado, susurrando.

- No. Eso es asunto tuyo - Respondió Rigoberto, sonriendo - Pero acá me hace falta un buen monaguillo, así que te puedo dar casa, comida, libros para leer y algunos pesitos cada tanto, si te interesa quedarte.

Y Arcadio se quedó, agradecido. Limpiaba los pisos, las paredes y los bancos hasta sacarles brillo. Tañía las campanas con arte inigualable y preparaba unas hostias sin comparación, por lo que al cabo de unas semanas la gente fue olvidándose de su aspecto y lo dejaron en paz. Cuando lo supo, Aquiles prohibió a su empleado que anduviera divulgando las miserias del monaguillo y hasta los que ya sabían dejaron de hacer comentarios, volviendo el mundo a la normalidad. Pero justo entonces lo supo Aspasia y algo delicado y secreto se quebró - ¿o despertó? - en ella.

 

LXIV

 

Camilo tenía diecinueve años la tarde en que vio por segunda vez a Niké Manfredini, que ya había cumplido los veinte. La reconoció de inmediato, por supuesto. Leía un librito a la sombra de un inmenso mango, acompañada de una mujer altiva y hermosa que sólo podía ser la madre. Era Laida, en efecto, lo sabría luego. Se miraron apenas una décima de segundo, pues los guardias de la mansión estaban de por medio, apurando a los reclutas rumbo a una cabaña que quedaba al final del parque. Pero se vieron. Y se hallaron. Niké sintió el cosquilleo del destino por el vientre. Un algo presagioso que a Laida le pasó desapercibido, pues en vez de mirar a su hija estaba mirando al muchacho.

- Así que ése es el famoso Camilo Insaurralde - Dijo - ¡Es un niño!

- Es un presumido - Respondió Niké, retomando la lectura.

- Yo no sé por qué tu papá lo trae aquí, si es como dicen.

Pero, por más que Niké se esforzara en retomar el hilo de la narración, las palabras habían perdido significado. Estaba segura de que él le había sonreído un poquito, apenas nomás, como para que nadie lo viera. Fue una mirada fugaz y un poco burlona. Y nadie la miraba así. Ninguno de sus pretendientes se hubiera atrevido, jamás, tal vez por eso ella se sintió tan desprotegida, incluso con su madre al lado. Tomó coraje y giró la cabeza para mirarlo de nuevo, pero ya no lo halló. El grupo había pasado la línea de los pinos y sólo se distinguía claramente a Aristóteles, alto y fornido, dando indicaciones.

- ¿Los hará dormir aquí, en casa? - Preguntó, dejando caer el libro sobre la gramilla. Se agachó para levantarlo, molesta de haber parecido demasiado interesada.

- No - Dijo su madre - Sólo estarán durante el día. De noche volverán al cuartel.

Niké simuló no escuchar la respuesta, así que Laida se olvidó del asunto y regresó a la revista que tenía sobre el regazo. Su hija pensaba en Camilo. ¿Tendría aún el pañuelo que ella le diera una vez, allá en Foz?

- Es una belleza, ¿no? - Susurró Perímetro González, codeando ligeramente a Camilo. Bajo la atenta mirada de los guardias, los reclutas guardaban sus bolsos en un armarito.

- ¿Quién? ¿La casa? - Respondió Camilo.

- No, vos sabés a quién me refiero. Vi cómo se miraron - Aclaró el otro, sin dejar de sonreir - Lo que no sé es por qué te trajeron justamente a vos. O el viejo es un idiota o te tiene una trampa de aquellas ¡No entiendo!

- Así funciona el universo, compa - Rió Camilo, volviéndose - con cosas que no entendemos.

Al poco rato, Aristóteles los reunió a la sombra de un alero y un segundo personaje - luego sabrían que era el arquitecto - les explicó el trabajo que se esperaba que hicieran. No era gran cosa, en realidad. Se trataba de levantar un muro de píedra de dos metros de alto por casi cien de largo y después cambiar el diseño del jardín que daba a los fondos. La tarea demandaría - según el experto - entre cuatro y seis semanas y los colimbas serían traídos por la mañana y llevados al cuartel por las noches, de lunes a viernes, en un camioncito de Manfredini. Si se portaban bien, los viernes podrían salir de franco directamente, sin pasar por el cuartel. Cobrarían cada semana el equivalente a un cuarto de sueldo básico y llevarían en todo momento un kepis que había dispuesto Aristóteles, de un color distinto para cada uno, a fin de que pudieran identificarlos. A Camilo le tocó el blanco.

Niké no pudo dormir aquella noche, inquieta por la novedad. Se levantaba a cada rato e iba a pararse frente a la ventana del cuarto, mirando hacia el jardín. El perfil del cobertizo, convertido en barraca para que se cambiaran y bañaran los muchachos, lucía abandonado en la oscuridad, pero durante el día lo guardadan tres hombres armados. Eso le molestaba. ¿Por qué los trataban así, como si fueran presos peligrosos? ¿Y por qué su padre había traído justamente a Camilo, cuando todo el mundo sabía que no lo podía ni ver? Se lo preguntó al día siguiente, durante el desayuno.

- Quizás el chico no sea tan malo - Fue la respuesta de Aristóteles - y pensé que lejos de la influencia de ese cura maniático, pero… ¿a qué viene ese interés?

- No es interés - Sonrió Niké, desarmándolo con su dulzura - sino curiosidad. Aquella vez, en Foz, no pensabas igual.

- Ah, es cierto. Bien, sólo se trata de darle una oportunidad - Aristóteles hizo un gesto vago, como si el tema no valiera perder el tiempo en él - En todo caso, mi reina, no es asunto tuyo y por nada del mundo se te vaya a ocurrir siquiera hablarle a ese rufiancito.

- Por supuesto que no.

Naturalmente, lo primero que hizo ella fue buscar cómo llamar la atención del rufiancito sin que nadie lo notara, tarea difícil teniendo en cuenta que los conscriptos trabajaban de sol a sol y que los guardias no los perdían de vista ni cuando iban al baño. Lo único que logró en cuatro días de intentos, fue cruzarse con él un par de veces. Una mirada fugaz. Una sonrisa llena de picardía y nada más. Pero alcanzaba para comenzar, por más que pronto terminarían las vacaciones y se iría a la universidad. ¿Volverían a verse alguna vez? Era tonto pensar en Camilo, se decía todo el tiempo. Después de todo, ni siquiera lo conocía. Sólo sabía de él lo que se comentaba en el pueblo. Un chico temerario. Un audaz indomable, comunista para peor. Alguien que ningún padre querría de yerno. Pero tenía esa sonrisa. Esos ojos. Y ese andar de noble, pese al uniforme raso y a la cabeza rapada. El viernes, cuando fue a sentarse bajo el árbol, encontró un papelito, atravesado en el mimbre de la silla. Supo que lo había dejado él mucho antes de quitarlo de su escondite. Lo puso entre las páginas del libro y luego lo abrió. Decía así:

«Hola! ¿Qué leés? ¿Está bueno, tu libro? Aún tengo, en casa de mi madre, el pañuelo que me diste aquella tarde. Juro que te lo devolveré, algún día»

Se sintió desfallecer. Dio de un salto, temerosa de que alguien la hubiera visto, aunque estaba sola en el jardín. Volvió a sentarse y se quedó allí hasta que comenzó a oscurecer, simulando leer y suponiendo que él aparecería en cualquier momento. Después, cuando se convenció de que tal cosa no sucedería, corrió a su cuarto y escribió una respuesta que creyó apropiada:

«¿Y a vos qué te importa lo que leo?»

Dobló la esquela en varias partes, conteniendo una risita. ¿Qué diría él? Pero después dudó. ¿Y si se enojaba? ¿Y si no le respondía más? Tal vez sería mejor agregar una frase más amable. O tal vez no, pues quizás serviría para que él no la tomara en serio. Decidió dejar el mensaje como estaba y bajó al jardín, pero a mitad de las escalinatas vio al grupito de conscriptos abandonando la casa para salir de franco. Camilo iba al frente, destacándose en la penumbra del crepúsculo con su kepis blanco y su risa alegre. Niké sintió una punzada de tristeza, pues ya no lo vería hasta el lunes. Esperó a que los sonidos de los muchachos se perdieran en la calle y regresó a su cuarto, caminando lentamente. Por primera vez en su vida, se sintió sola.

 

LXV

 

Agazapado en una esquina, el Turco Julián vio pasar a los cinco muchachos y comprendió que el plan tenía un error. No podía tirarle al del kepis blanco delante de los otros, así que guardó el revólver en un bolsillo y regresó a su oficina en el puerto, donde lo aguardaban Manfredini, el Juez y el Intendente. «Hay que ver el modo de que salgan por separado», dijo, recibiendo un cigarro que le pasaba Espeucipo. El juez se revisaba las uñas, incómodo; no le gustaba ese asunto de matar gente. «No hay tanto apuro», respondió Aristóteles, que había estado pensando lo mismo durante la tarde. A él tampoco le caía bien un crimen tan cercano. La gente hablaría, ataría cabos y terminarían echándole la culpa a él. ¿Matan a Camilo justo a la salida de la casa de Manfredini? Demasiada coincidencia. «Es mejor que te tomés tu tiempo», explicó, «En tres semanas habrán terminado el trabajo y yo estaré en el Carnaval de Foz; todo el mundo me verá allí.¿Por qué no esperar hasta entonces?». El Turco se encogió de hombros; le daba lo mismo matarlo un día que otro. «Cuestión de coordinar con Verón, entonces», resumió y pasaron a otro tema:

- ¿Y cómo va el asunto que le encargamos a Nuria? - Preguntó el Juez, mientras hacía girar con un dedo el cubito que flotaba en su vaso de whisky.

- Nada todavía - Respondió el Turco - No sé si el tipo desconfía o qué, pero hasta ahora ella no ha podido acercársele. ¡Y pasó casi un año!

- Quizás haya que buscar una mujer más joven - Rió el Intendente - ¿cuántos años tiene ya nuestra amiga? Tal vez debiéramos darla de baja.

- Nunca hubo ni habrá una puta más fiel que ella - Sentenció el Juez, levantando su vaso en su honor - ¡Nunca olvidaré esa primera noche!...

- ¿Cómo pudo acostarse con todos nosotros, más todos los tipos a los que la enviamos, sin perder jamás la lealtad? -Intervino el Turco - Sabe tanto de todo, esa mujer.

- Demasiado, ¿no?

Los cuatro hombres se miraron entre sí. Era cierto y ninguno lo había dicho antes. Ella sabía mucho de muchas cosas y estaba entrando en el declive inevitable de su vida. Tarde o temprano tendrían que plantearse qué hacer al respecto. O mejor dicho, cuanto antes. No era posible que en diez meses no hubiera logrado cazar a su última presa. Algo fallaba. O estaba reblandeciéndose o el dueño del corralón era un hueso más duro de lo que habían supuesto.

Sin embargo, ninguna de las opciones era correcta. A los cuarenta y tres años, ella seguía tan eficaz como en sus mejores tiempos, cuando volvía un guiñapo al más perspicaz de los hombres. Aquiles, un solterón sin experiencia en el campo amoroso, no podía ser rival. Jamás. Salvo que ella quisiera. Fue a verlo un sábado por la mañana, con la excusa de que necesitaba unos arreglos en la cocina. Aquiles no la había visto nunca, de modo que no sabía quién era. La atendió con su mejor cara y prometió que iría a la tarde a ver de qué se trataba, pero cuando la mujer le dio el nombre, se le borró la sonrisa. Durante veinte años había oído hablar de ella, desde el asesinato de Sófocles hasta unas pocas semanas atrás, cuando Ulises comentó que la habían propuesto para reemplazar a Epaminondas, defenestrado del Municipal. ¿Quién no conocía las mil andanzas de la atorranta? ¿Quién no había jugado a contar las decenas de amantes que le atribuían? ¡A cuántos había hecho caer, decían, en las redes húmedas de su cama! Y allí estaba, la pérfida. La peor de todas. Envuelta en su lujo mal habido y aparentando una dignidad que estaba lejos de tener. Aquiles regresó de inmediato a su oficina y desde allí la miró por el intersticio de la puerta entreabierta, sentada en un silloncito. Cruzadas las piernas, tan campante. De rabia, nomás, mandó a un ayudante a decirle que no podría ir, pues tenía muchas cosas que hacer. Ella dio un respingo y respondió que no importaba, que si el señor estaba tan atareado, volvería a la semana siguiente. Y volvió, elegante y amable como si en vez de ser lo que era fuera una mujer de las que uno sueña encontrar. Aquiles volvió a decirle que no y le sugirió el nombre de dos competidores que con gusto la atenderían, pero ella insistió. Regresó por tercera vez a los siete días y por cuarta el sábado siguiente, hasta que él perdió la paciencia y la hizo pasar al escritorio. De tan molesto que estaba, ni siquiera levantó la vista de sus anotaciones cuando ella atravesó el umbral. Le dijo, en seco, que no daba la clase de servicios que ella andaba buscando. Pero se lo dijo de un modo que no dejaba dudas sobre su hostilidad. Por primera vez, ella perdió la sonrisa.

- No comprendo su actitud, señor - Dijo - Francamente...

- Déjeme que sea más directo entonces, señorita - Interrumpió Aquiles, poniéndose de pie para indicarle la puerta - He oído hablar de usted durante buena parte de mi vida y no es la clase de persona que deseo tratar, así que le agradeceré que se retire.

La mujer se sobresaltó como si la hubieran abofeteado. Se puso pálida. Tragó saliva y luego respondió:

- Haya oído lo que haya oído, señor, sigo siendo una clienta. Pero, por sobre todas las cosas, sigo siendo una mujer.

Giró sobre sus tacones y abandonó la oficina. Cruzó el salón de ventas conteniendo la rabia y sólo se detuvo cuando llegó al estacionamiento. Tenía ganas de llorar, pero no hubo tiempo. Aquiles la alcanzó casi enseguida, presuroso y avergonzado.

- Señora. Discúlpeme - Dijo, con una expresión tan auténtica que a Nuria se le pasó la  furia en un santiamén - No sólo iré a tomar las medidas a su casa, sino que yo mismo colocaré los muebles en su lugar.

- Tal vez - Contestó la mujer, mirándolo de un modo extraño. Luego subió a su auto y se marchó, dejándolo con otra disculpa a medio salir. Aquiles no volvió a tener noticias suyas hasta tres meses más tarde, cuando lo llamó para decirle que lo había pensado y decidió que no tenía interés en trabajar con él. Recién entonces, comprendió cuánto había pensado en ella durante las últimas semanas, pero aún no estaba listo para reconocer que la malvada no lucía como la había supuesto. Arpía sin alma. Bruja corrupta y mercenaria. La había imaginado voluptuosa y sórdida. Ordinaria y gastada. Nada que ver con lo que era. Al principio pensó comentarle a Ulises la visita, pero fue postergando el asunto de un día al otro, hasta que terminó por desecharlo del todo. «Con todo el daño que le hizo esa mujerzuela - se decía a sí mismo, justificando el silencio - Ulises consideraría una traición el sólo hecho de que yo le haya hablado». Claro que, al fin y al cabo, no era más que una clienta. Y ni siquiera éso, porque se había marchado sin comprar.

Pasó el tiempo. Para la época en que Camilo engordaba en la celda de castigo, Nuria fue nombrada directora del Hospital en reemplazo de Epaminondas, cesado por su enemistad con la intendencia. «¡Es absurdo!», comentó de inmediato el vecindario. «Su única preparación para el puesto - rabió Ulises, en medio del Areópago - es su eximio conocimiento del aparato reproductor masculino». Los parroquianos carcajearon y Aquiles bajó la cabeza, recordando la mañana en que ella le había dicho que, por sobre todo, seguía siendo una mujer. «Merece más respeto», pensó y aunque no lo dijo, fue la primera vez que estuvo en desacuerdo con su amigo de toda la vida.  Esa noche y sin que lo invitaran, asistió de saco y corbata al acto de posesión del mando, en el hall del nosocomio. La vio enseguida. Brillaba como una estrella, envuelta en un vestido negro que hacía honor a la sensualidad de sus formas. Su boca, experta en las dulces maravillas del pecado, se entreabría de a ratos para dejar escapar una tenue sonrisa. Aquiles se quedó helado, preguntándose cómo pudo tratar mal a tremenda mujer. «Al menos no va a desentonar con la jerarquía», suspiró, «Parece una reina». Pensó en acercarse a felicitarla, pero había mucha gente. El Juez, además, no se despegaba de ella, clavándole los ojos con descaro. Y no era el único. Obsequioso, el Coronel le pasaba un brazo por la cintura y hasta el Intendente le habló un par de veces al oído, pese a que la esposa se hallaba entre los asistentes. «Se los come crudos a todos», pensó Aquiles, asombrado y celoso. Espeucipo leyó un corto discurso, Manfredini propuso el brindis, Casimiro Reyes tomó unas fotos para el Diario Regional y poco después concluyó la ceremonia. «Y a mí, ni siquiera me miró», ronroneó el admirador, marchándose. Creyó que no la vería más, pero para su sorpresa, ella regresó al corralón la semana siguiente, cuando Aquiles no estaba. «Volvió la señora ésa; dice que va a hacer la compra, nomás», le dijo el jefe de vendedores y él supo de inmediato de quién se trataba. No podía ser otra. Preguntó si había dejado un teléfono, una dirección, pero no, sólo el mensaje. ¿Qué podía hacer? No se atrevió a andar averiguando, así que se limitó a esperar que apareciera de nuevo, cosa que sucedió casi dos meses más tarde:

- Como ya le expliqué, necesito hacer unos arreglos en mi cocina - Dijo ella, como si no hubiera pasado medio año desde su primera visita - ¿Será posible que, pese a mi mala reputación, usted me visite para tomar las medidas y hacer las sugerencias correspondientes? No me propongo corromperlo, señor.

Aquiles abrió la boca para responder, pero las palabras no acudieron. Hizo aún dos o tres intentos más antes de emitir un murmullo agonizante, que sonaba a disculpa. Quiso sacar el bolígrafo del bolsillo, pero con los nervios sólo consiguió impulsarlo a través de la oficina, igual que un pequeño cohete. Turbado hasta la médula, rastrilló el escritorio hasta encontrar un lápiz, con el que finalmente anotó la dirección de la mujer.

- Bien. Iré esta tarde – Dijo - ¿A qué hora le viene bien?

- Hoy no - Respondió ella, poniéndose de pie - Es sábado y ya tengo mis compromisos. Lo espero el próximo, en todo caso, como a las ocho.

- ¿Ocho de la mañana?

- Por supuesto. No esperará que lo invite a cenar.

- No, no, claro. Disculpe.

Y se fue de nuevo, dejándolo con el alma en un hilo y el corazón lleno de oscuros presagios. ¿A qué se debían, después de todo, las idas y venidas? ¿Por qué tanto interés en él, cuando la había tratado tan mal? ¿Cómo no se fue a comprar a otra parte? Además, si fuera cierto que deseaba hacer esos arreglos, ¿a santo de qué esperar tantos meses para comenzarlos? «Acá hay gato encerrado», concluyó y no se aguantó más las ganas de ir a contárselo a Ulises. El amigo escupió en el suelo, asqueado. Luego sentenció:

- Te la envió alguno de sus amantes, de éso no hay duda. El tema es cual de ellos. Y para qué. Yo creo que no deberías ir a su casa. Es muy peligroso.

- No pienso ir, por nada del mundo - Respondió Aquiles, con firmeza.

Pero a medida que se acercaba la fecha se le desbarataba más el alma, imaginando las razones que la habrían llevado a buscarlo. Seguro que Ulises tenía razón y la enviaron para seducirlo, quién sabe con qué intenciones. ¿Qué no podría hacerle ella, toda una experta en el arte de la ignominia? ¿Con qué magníficos pecados lo vencería? ¡Ah, si al menos lo supiera! El viernes no pudo dormir. Pensaba en el dormitorio de Nuria. ¿Cómo sería? Una gran cama redonda, sin duda, con alfombras espesas y espejos en el techo. Luces tenues. Aromas asiáticos. Ungüentos irresistibles. Sábanas en las que no pecar sería un pecado. «Un templo», suspiraba, «Un templo de la fornicación». Y el sudor le empapaba el cuello y la espalda y los temblores le debilitaban las piernas, reduciéndolo al grado de piltrafa. «Quizás me asesinen», fantaseaba, navegando en el insomnio. ¿Cómo podría dormir en tal estado? «Me citó temprano para esperarme desnuda, envuelta en un deshabillé transparente, a la salida del baño», calculaba en voz alta, tiritando de un deseo aprehensivo y sin poder espantar a los fantasmas del amanecer.

 

LXVI

 

Camilo encontró el papelito el lunes, apenas regresó a la mansión. Escondió la esquela en un bolsillo y continuó acarreando piedras con sus compañeros, seguro de que ella lo miraba desde la casa, cruzando el jardín. Hacia el atardecer, cuando la vigilancia se relajaba por el aburrimiento, se recluyó a un costado y escribió: «Me importa lo que leés, porque me importa todo» Clavó el mensaje en el mismo sitio de la primera vez y luego se arrepintió, porque pensó que era una frase pretenciosa. Pero no podía arriesgarse a ir dos veces seguidas hasta los sillones. Alguien podría verlo. «¿Cómo pude escribir algo tan idiota?», pensaba, caminando con los otros reclutas de vuelta al cuartel. Perímetro González le pasó un brazo por el hombro y le dijo, tan seriamente como pudo: «Me estaba acordando de esa vez que Terámenes nos hizo leer el Martín Fierro, sobre todo de la parte que dice «Es zonzo el cristiano macho, cuando el amor lo domina». Camilo se sonrojó, pero como no se le ocurrió nada que contestar, le tiró un puñetazo sin fuerza. Los otros muchachos se plegaron a la risa, golpeando la espalda del enamorado. Regresó al día siguiente, sabiendo que no habría respuestas y así fue. El sillón de mimbre yacía abandonado y mudo, acaso porque su dueña había decidido darle una lección al presuntuoso. Recién por la tardecita, poco antes de que les dieran la orden de marcharse, vio a Niké cruzando el patio con un libro entre las manos. La observó, desde lejos y con el alma en un hilo, acomodarse con indolencia y enfrascarse en la lectura como si nada más le importara.

- Ahí está la princesa - Murmuró Perímetro, como para darle ánimos.

- Sí. Lástima que enseguida nos van a dar el raje y no tendrá tiempo de dejarme nada.

Pero sí lo tuvo y hasta se cruzaron por el mismo senderito, mientras ella regresaba a la casa y él salía para el cuartel. Oportunamente, Camilo simuló un tropiezo y sin que nadie se lo impidiera, se apoyó en el sillón de mimbre y al levantarse ya tenía en una mano el segundo mensaje. Decía así:

«Si es cierto que te importa todo, debieras tener en cuenta a la hija de quién le estás escribiendo. En todo caso, estoy leyendo Cien Años de Soledad.»

- Me gustaría hacerle un comentario ingenioso sobre lo que está leyendo - Comentó Camilo a su amigo Perímetro - pero no leí el libro. ¿Qué te parece que sea?

- Una novela de amor, seguro - Dijo Perímetro, acomodándose en el catre - ¿Qué más puede ser? Es lo que leen las mujeres, ¿no?

Camilo escribió «Cien años es demasiado tiempo para estar solo, sin embargo, creo que llevo ya como noventa y nueve. Y otra cosa: no le escribo a la hija de nadie, sino a vos»

- Mamá, ¿Cómo hace una para saber si está enamorada? - Preguntó Niké al día siguiente, después de encontrar el papelito dejado a través del mimbre.

- El primer paso es preguntarle a la madre lo que me acabás de preguntar - Respondió Laida, enarcando una sola ceja - ¿Por qué? ¿Es alguien que conozco?

- No lo digo por mí - Mintió la muchacha - Además, los únicos tipos a los que mi papá les permite acercarse son unos imbéciles. Nunca me enamoraría de ellos.

- Si los considerás unos imbéciles, es porque los estás comparando con alguien - Dijo la madre - ¿Será alguien que conozco o no?

- No, no, es sólo el libro que estoy leyendo.

- Ah.

Niké miró para otro lado, pensando que no le sería nada fácil engañar a su madre. Ni ella ni Aristóteles aceptarían jamás, de ningún modo, la más mínima relación entre la única hija y ese recluta patibulario, capitán de una banda de gente descalza. Muchas veces, en las sobremesas de los domingos, Niké había escuchado hablar de las andanzas de su galán. Su padre, que aún se enfurecía cuando recordaba aquel asunto de Foz, se refería a Camilo como «ese delincuente juvenil» y torcía la boca con rabia, cerrando los puños hasta que intervenía Laida para decirle que exageraba: “No es

más que un chico, no sé por qué te ponés así”. Y él cambiaba de tema, porque no quería que volvieran a preguntarle por qué había golpeado a Camilo aquella vez, partiéndole la frente de un pistoletazo. A Niké se le desbarataba el alma cuando recordaba la escena, por eso tardó tres días y despachar su tercera esquela: «Si mi papá sabe de estos mensajes, vamos a pasarla muy mal. Me agrada que guardaras mi pañuelo, pero no hacía falta. Tengo muchos. ¿Es cierto que sos un delincuente juvenil? Ah, pronto voy a terminar de leer este libro. ¿Me recomendarías otro?»

- Esta chica es boba - Dijo Perímetro, que siempre acompañaba a Camilo a retirar los recados y vigilaba que nadie lo pescara - ¡Mirá que venir a enamorarse de un culo roto como vos! ¿Qué les pasa a los ricos, hoy en día? ¡La aristocracia ya no es lo que era!...

Camilo no pensaba en tales pequeñeces. Es más, no pensaba en nada desde que ella respondió la primera de sus cartas. Vivía en el aire. Ignoraba las miradas torvas del Sargento. Hacía caso omiso a la presencia del Coronel y ni siquiera le afligía que Manfredini supiera. «Nada pasará», decía. Lo sabía. Lo sentía con fuerza, como si lo rodeara el aura de la inmunidad. Nada ni nadie se interpondría en la rueda de su destino. Al menos, no todavía. Esa noche se recluyó en una de las letrinas y allí, bajo la cómplice luz de una vela, escribió lo siguiente: «Leyendo entre líneas, quizás hayas querido decirme que podríamos pasarla muy bien si tu padre nunca supiera de estos mensajes. Si esto fuera cierto, significaría también que lo que vi aquella tarde en tus ojos, aún está ahí. Por éso te escribo y no por tu pañuelo, que de todos modos lo guardé no porque pensara que era el único que tenías, sino porque era tuyo. ¿Así que vas a terminar el libro? Qué bien. Te recomendaría muchos, pero quizás un día puedas ir conmigo a la escuela de Terámenes y elegir vos misma. Hay muchos. ¿Te parece que haya un modo de vernos, en alguna parte, a alguna hora? En cuanto a lo de mi delincuencia juvenil; si así fuera, tu padre no me tendría en su casa.»

Niké debió pensar que habían llegado demasiado lejos, porque apenas terminó de leer la esquela juró que no respondería más. Un extraño miedo, parecido a un mal presagio, se instaló en sus pensamientos. A la hora de la siesta se arrellanó en el sillón de mimbre para que él la viera, pero sin darse cuenta se quedó dormida. Tuvo malos sueños. Soñó que estaba sola, parada sobre un puente que tenía destruidos los dos extremos. «Vayas a donde vayas, igual caerás», le decía una voz. Luego, ya casi al recobrar la conciencia, su mente fue ocupada por la cara de un hombre pelirrojo, de piel demasiado blanca y ojos transparentes. Como ella nunca había visto a Jándula Marcó Del Pont, no lo reconoció y tampoco le dio importancia al vaticinio que el brujo le enviaba desde la tumba. Pero esa tarde lo escuchó claramente. La voz, fría y húmeda, reptó por su alma y le oprimió el corazón. «Huye, Niké, la muerte sonríe con dulzura». Despertó sobresaltada, como si todo el mundo la estuviera mirando. Sin embargo, no había nadie. Ni siquiera la espiaban los reos, ocupados del otro lado de la arboleda. Tuvo frío. Con una sensación extraña, cruzó el patio, subió a su cuarto y dio un paso más hacia el desastre. Escribió: «Muy atrevido de tu parte, creer que la podrías pasar bien conmigo, como si yo fuera una de esas campesinitas que seguro conocés muy bien. De todos modos, ¿qué es lo que viste en mis ojos aquella tarde? Según recuerdo, no estabas en condición de ver nada, pero si tu intención fue darle un toque de cursilería a tu cartita, dejáme que te diga que lo lograste. Y otra cosa, si te di mi pañuelo no fue para crearte un compromiso de por vida, ni mucho menos. Se lo hubiera dado a cualquiera, en tu situación. Incluso a un perrito lastimado. Por cierto: estabas sangrando. Algo más, don veleidoso: ¿qué es eso de que me recomendarías muchos libros, como si hubieras leído muchos Y ni se te ocurra que yo iré a la escuela de ese loco de barba, mirá vos. Sólo te pedí un libro como una manera de ser gentil, no para que lo hicieras. Tengo una casa llena de libros, aquí mismo. Y por último, si realmente querés recomendarme uno, podés venir a elegirlo vos mismo, pues mis padres se irán a Foz el próximo fin de semana. No éste, el otro. Voy a quedarme sola. Claro que no veo cómo te las podrás arreglar para entrar.»

Camilo se quedó boquiabierto.

 

LXVII

 

Aspasia ardía la noche en que mataron a Perímetro González. Ella, que durante años había guardado bajo siete llaves su mayor tesoro, estaba a punto de suplantarlo por uno mejor, cuando sonó el disparo. Era un dibujo realizado por Afrodita Soria, la peor del curso, una atrevida que había conocido la virtud de Narciso y la delineaba en hojas de su cuaderno de química, una y otra vez, para regocijo del mujerío. “¿Tiene todo eso?”, había exclamado Aspasia, ante la hilaridad general. Pero poco le importaron las chanzas. La verga de Narciso, célebre en Nueva Atenas hasta que se desgració en el cuartel, pasó a dormir para siempre bajo su almohada, manoseada mil veces hasta transformarse en un papel atizado y transparente. La noche en que mataron a Perímetro González, ella estaba acuclillada frente a la puerta del baño, luchando por mantener en foco la imagen que percibía por el ojo de la cerradura. A su alrededor, todo era silencio y penumbras, pues el padre Rigoberto jugaba al bingo en la intendencia y el monaguillo Sansón visitaba a sus padres, en un pueblo vecino. Sólo se habían quedado Arcadio - parco y escurridizo - y Aspasia, que aprovechaba la quietud de los sábados para leer algún libro de la biblioteca parroquial. Al principio, a su padre no le gustó que lo dejara solo justo a la hora pico, con el bar repleto. «¡Cómo se te va a ocurrir tomarte un descanso en el mejor momento!», clamaba, persiguiéndola por la casa, pero ella no cedió. «Me he pasado la vida atada al bar y me merezco un poco de diversión», replicaba, cada vez que Arístipo sacaba el tema. «¿Pero clase de diversión es ésa?», se confundía la madre y con razón. «¡Encerrarte en una iglesia a leer un libro!». Al párroco, en cambio, le pareció una idea grandiosa:

- ¡Pero con todo gusto te cedo la biblioteca, hija! - Se alegró - Y de paso me cuidás la capilla mientras me tiro unos cartoncitos en el bingo municipal. Total, ese Arcadio ni habla, así que no te va a interrumpir.

- Siempre fue tan rara esta chica - Terminó por conformarse Arístipo, viéndola salir el primer sábado, como a las siete de la tarde - ¡Mire que irse a una iglesia a leer, un sábado por la noche!

Sólo cuando fuera demasiado tarde, Arístipo sabría que el interés de su hija no pasaba esa vez por ningún libro, sino por alguien que deambulaba entre los bancos vacíos. Arcadio, el jorobado, deslizándose en puntas de pie y con el cuerpo inclinado, como buscando huellas. «Algo esconde ese tipo», decía Sansón, un flaquito torcido y sin dientes, dejado en herencia por una viuda pobre. «Quien se agacha así sólo puede estar buscando algo o escondiéndolo; y acá no hay nada que buscar». Aspasia había conocido el secreto unas semanas atrás, oyendo sin querer una conversación llena de susurros y risas. Eran tres empleadas de la Municipalidad, cuchicheando en el bar el asunto de la expulsión del Seminario, sin esquivar ningún detalle. Escondida tras la máquina de café, Aspasia contenía el aire. ¿Sería verdad? ¿Más grande que el de Narciso? Se miró a sí misma, desconcertada: ¿Cómo podría entrar algo tan grande en una vaina tan chica? No era posible. No en ella, al menos, aunque de todos modos, nunca lo sabría. Desde la primera vez que se quitó la ropa y se miró a un espejo, allá por la adolescencia, entendió que los hombres no hallarían en ella mucho que desear. Le faltaba todo lo que debía abultarle y le sobraba todo lo que no le hacía falta. Demasiados dientes, nariz y ojos. Nada de caderas ni redondeces. En su pecho chato y pálido sobresalían, como dos uvitas tristes, un par de pezones sin gracia. Y eso era todo. Hasta el vello del pubis se veía ralo, insuficiente, como si no esperara nunca servir para algo. Avergonzada, juró que a nadie le daría el disgusto de una ración tan pobre y se olvidó de los hombres, aplastando sin rencor cualquier atisbo carnal, año tras año, con la esperanza de que un día dejara de importarle. Pero cuando escuchó el chisme, se le ocurrió que tal vez no fuera demasiado tarde. El horrible Arcadio, con su aspecto perverso, no vería en ella fealdad alguna. ¡Era el hombre ideal! Esa tarde, oculta tras la máquina, cambió su vida, sobre todo cuando escuchó el modo en que la que hablaba logró la información: «Un sábado yo estaba ahí, esperando al cura y como no venía, se me ocurrió curiosear un poco y me di con que alguien se estaba bañando, ahí nomás, en un bañito que tiene la sacristía. Miré por la cerradura ¡Y ahí estaba el monstruo, chicas!» De modo que el horrible Arcadio, además de admirable, estaba disponible. Desde ese día, iba todos los sábados a quedarse en la capilla hasta la medianoche, sólo para ver, más mal que bien y entre sobresaltos, al animal colgando manso bajo el agua caliente. Después, cuando el cura volvía, daba las gracias y volaba en bicicleta hasta el Areópago, envuelta en llamas, cruzando el bar sin hablar con nadie hasta meterse en el baño, ahogada por una necesidad insensata. Bajo la ducha fría, su cuerpo recuperaba poco a poco la cordura, para perderla de nuevo cuando se iba a la cama. Desnuda, con los ojos cerrados y la boca abierta, el vientre se le llenaba de vértigos extraños y un sudor de hembra le mojaba las sábanas. Entre temblores, soñaba toda la noche con los huevos del seminarista, grandes y colorados, igualitos a los mangos que en el verano cubrían el patio de su casa. La noche en que mataron a Perímetro González, como ya se dijo, Aspasia se incendiaba frente a la puerta del baño. En la más absoluta inmovilidad, concentraba toda su atención en la bestia que dormitaba sobre los huevos de Arcadio. Ahí estaba, oscuro y cruzado por venas gruesas como cables de la heladera, se bamboleaba cabeza abajo, cerrando su único ojo por el agua caliente.

- ¡Padre! ¡Padre! ¡Venga, que ha ocurrido una desgracia! - Gritó de pronto alguien, desde la calle. Asustada, Aspasia se incorporó de un salto y corrió a atender. Rogaba que la tragedia no tuviera nada que ver con ella. Abrió la puerta de un tirón: era Temóstecles Santacruz, «Luna llena», uno de los amigos de Camilo. Aspasia se atragantó con un sollozo de angustia.

 

LXVIII

 

Pese a todas las prevenciones con que fue esa mañana a casa de Nuria, Aquiles sintió alivio cuando escuchó los pasos, acercándose para abrir la puerta. Había temido, a último momento, que no estuviera. O que la cita hubiera sido un error. Una mala broma de ella, en venganza por su rechazo inicial. Sin embargo, allí estaba, vestida con un batoncito de entrecasa, el pelo recogido en un rodete y ni rastros de pintura o perfume. Nadie hubiera reconocido a la espléndida mujer de aquella noche, en el acto del hospital. ¿Cual de las dos sería la auténtica y cual la copia?

- Ah, es usted. Pase, pase - Saludó ella, como si acabara de recordar la cita. Aquiles entró a una sala amplia, pero sencilla. Con disimulo, buscó algún detalle que traicionara la verdadera personalidad de su anfitriona, pero nada se veía fuera de lugar. Ni alfombras rojas, ni grandes espejos, nada. Sólo paredes blancas, sin cuadros ni adornos. Un juego de living que parecía recién comprado. Una biblioteca con pocos libros. Una lámpara fabricada con un obús antiguo - regalo del Coronel, más que seguro - y una mesita central, cubierta por una pila de revistas de modas.

- Espero no haberla obligado a madrugar - Dijo, siguiéndola por un corredor al que daban otros ambientes que él no pudo ver, pues estaban las puertas cerradas. Ella sonrió, sin responder. Estaban llegando a la cocina.

- Bien; he aquí al motivo de su visita a mi casa - Aclaró la mujer, como advirtiendo que no se trataba de ningún asunto personal - Quiero agrandar mi cocina, por lo menos al doble, pero no tengo ni la menor idea de cómo empezar.

- Yo llamaría a un arquitecto - Respondió Aquiles, con franqueza.

- No tengo tiempo para esas cosas - Cortó ella - Mire; lo que pretendo es que usted se haga cargo de todo. Contrate gente, compre cosas, haga lo que quiera, pero entrégueme una cocina que me guste. Sólo me dice cuánto va a salir a listo.

- Bueno, yo...- Aquiles se rascaba la barbilla, dubitativo. Era la primera vez que alguien le pedía un trabajo así - La verdad es que...

Nuria Segovia separó dos sillas y lo invitó a sentarse. Trajo un termo con café, llenó un par de tacitas y explicó:

- Más allá de lo que usted crea de mi, lo cierto es que a la hora de hacer algo tan simple como una ampliación de mi cocina, no tengo a nadie con quién contar - Hizo una pequeña pausa - Una mujer como yo, Aquiles, no tiene amigos. Sólo patrones y e