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"Caballo i' Milico"

Zamba

Jaime Dávalos

 

 

 

 

 

 

VIDALA DEL NOMBRADOR


Vengo del ronco tambor de la luna
en la memoria del puro animal
soy una astilla de tierra que vuelve
hacia su antigua raíz mineral.

Soy el que canta detrás de la copla
el que en la espuma del río ha'i volver
paisaje vivo mi canto es el agua
que por la selva sube a florecer.

Nombro la tierra que el trópico abraza
fuente de estrellas, cintura de luz
Al corazón maderero de Salta
subo en bagualas por la noche azul.

Recitado

Yo soy quien pinta las uvas
y las vuelve a despintar
al palo verde lo seco
y al seco lo hago brotar.
Vengo de adentro del hombre dormido
bajo la tierra gredosa y carnal,
rama de sangre, florezco en el vino
y el amor bárbaro del carnaval.

Baguala: A

Apenitas soy Argona
nombre que no se ha'i de perder
y aunque lo tiren al río
sobre la espuma haí de volver.

Letra: Jaime Dávalos
Música: Eduardo Falú

 

MI FORD

Este poema de don Jaime Dávalos, dedicado a su hijo Jaime Arturo, lo recita siempre, junto a "La Muerte del Toro", José Luis Maradona Gómez en los concurridos asados organizados en la casa de Jorge Fantano, de la avenida Pizarro, en los pagos de San Ramón de la Nueva Orán. Yo lo conocí a Jaime Arturo en su casa de piedras en la "Loma de los Dávalos" en El Encón. Conocí la calidez de su amistad y la sencillez de su buen trato y cordialidad... Por eso pensaba en Jaime Arturo y en José Luis, dos extremos de una misma cuerda, el uno perteneciente a una familia de poetas y artistas, hacedores de las letras y, el otro, difusor de estos poemas, transmisor de la cultura salteña, para que la misma no duerma olvidada en libros cerrados de nuestras bibliotecas. Pero aun hay más coincidencias, la señora de Jaime Arturo era compañera de trabajo y muy amiga de los padres de José Luis en la recordada Caja de Jubilaciones que quedaba en la galería frente a la Plaza 9 de Julio de nuestra ciudad... Ahora si, disfrutemos de la poesía.



Con el escape libre para escuchar mejor el canto del motor ,
me voy a los campos montado en mi Ford.
Mi Ford es sencillo como el Clavileño de Alonso Quijano. Dócil a mi empeño,
va donde yo quiera, por valles y cuestas por cerros y lomas y verdes florestas .

Yo no tengo apuros, negocios ni estancias,
mas el que me vea, veloz como el viento,
tragar las distancias
rigiendo mi Ford,
cree que me protestan algún documento
o me ocurre un caso de fuerza mayor .

Nadie se figura,
nadie se imagina, ninguno sospecha,
el goce salvaje, rayano en locura,
de andar como flecha.

El hombre es un bípedo pesado, sotreta,
y por andar algo más que la tortuga,
domó los caballos y la bicicleta
inventó las máquinas de ponerse en fuga.

Por un cuesta abajo me largo en segunda,
mi alma en un vértigo tremendo se abisma,
y a medida que corro me inunda
un afán de romperme la crisma!

El Ford cruje entero,
ya parece saltar en pedazos!
y por el volante me sube a los brazos
una fragorosa vibración de acero!

Un pollo suicida se pasa en mi ruta y bajo las ruedas lo dejo extrachato .
Que no me perturbe la recta absoluta
ni perro ni gato,
pues voy sin disputa
sembrando el julepe y el asesinato.

Oh, Ford, auto cabra!
Auto mula, sencillo y liviano! Última palabra
del machinatismo norteamericano.

 

 

Jaime Dávalos

(1921 – 1981)

Jaime Dávalos es la más formidable catapulta de la mejor poesía y música del Noroeste a partir de la segunda mitad de los años cuarenta.

Nació en San Lorenzo, Provincia de Salta, el 20 de enero de 1921, y desde la cuna tenía el destino marcado: Su padre era Juan Carlos Dávalos, nada menos. Cursó estudios en su ciudad natal. Recorrió íntegramente su suelo patrio, de uno a otro confín, en contacto íntimo con la tierra y sus hombres.

Treinta y nueve años pasaron hasta que este salteño empezó a salir del velo del anonimato, aunque había empezado a publicar a los veintiseis. Y a partir de 1960 libros, y poesías, y cancioneros se sucedieron, y también los premios y los reconocimientos.

Formó una dupla inigualable con otro salteño, Eduardo Falú. Todos saben lo que salió de esa mezcla: la mejor letra con la mejor música. Y ganas de renovar el folklore, que por esos años ya sufría lo que sigue sufriendo hoy. Mal de muchos, consuelo de tontos. Junto con Manuel Castilla y Cuchi Leguizamón, los de estos dos salteños quedan grabados en el folklore serio de la época.

Cuentan que tocaba de oído la guitarra y el charango. Que, como buen poeta, nunca pudo estar mucho tiempo quieto y salió a buscar al país como dibujante, alfarero y titiritero. En cuál de esas tardes habrán nacido las obras maestras como Río de tigres, Zamba de la Candelaria o Las Golondrinas.

Jaime Dávalos tuvo siete hijos: de su primer matrmonio con Rosa, tuvo a Julia Elena (conocida cantante), Luz María, Jaime Arturo y Constanza. De su segundo matrimonio (con María Rosa Poggi) tuvo a Marcelo, Valeria y Florencia. Todos de alguna manera se mantuvieron ligados a la música y al arte, continuando la tradición de una familia de artistas

Le debe haber quedado poco por vivir. Fallece en Buenos Aires el 3 de diciembre de 1981.

Ha reunido en varios libros su producción de escritor, entre los que citamos:

  • 1947: Rastro seco (poemas, Salta)
  • 1957: El nombrador (poemas y canciones, Buenos Aires, dos ediciones)
  • 1959: Toro viene el río (relatos, Buenos Aires)
  • 1959: Coplas y canciones o Poemas y canciones (Buenos Aires)
  • 1960: Solalto
  • 1962: Canciones de Jaime Dávalos
  • 1967: La estrella
  • 1974: Cantos rodados
  • 1980: Cancionero
  • 1987: Coplas al vino
  • Dávalos por Dávalos, donde su hija Julia Elena Dávalos rescata parte del cancionero de su padre.

Con respecto a las coplas, que escribió y recopiló con ávido afán, dice Dávalos: «Desde México a nuestra Argentina, la copla bajó por sobre el geológico espinazo cordillerano del continente atando lenguas y corazones, fijando un alma y un idioma comunes, poniéndole palabras a nuestros desmesurados silencios planetarios, donde el hombre americano, síntesis de todas las razas, convive con su madre tierra, ama y trabaja atado a un solo destino: la unión definitiva de América».

Muchas de sus composiciones fueron recopiladas en 1962 en Canciones de Jaime Dávalos. Entre ellas se pueden citar:

  • Canción del jangadero
  • Hacia la ausencia
  • La angaquera
  • La golondrina
  • La nochera
  • La verderrama (cueca)
  • Pato sirirí
  • Tiempo dorado
  • Trago de sombra
  • Vamos a la zafra
  • Vidala del nombrador
  • Zamba de la Candelaria
  • Zamba de los mineros
  • Zamba de San Juan
  • Zamba de un triste
  • Zamba enamorada.

Temor del sábado

El patrón tiene miedo que se machen
con vino los mineros.
El sabe que les entra como un chorro
de gritos en el cuerpo.

Que enroscado en las cuevas de la sangre
les hallará el silencio,
el oscuro silencio de la piedra
que come sombra socavón adentro.

Que volverá, morado,
con bagualas del fondo de los huesos
su voz, golpeando dura como un puño
en el tambor del pecho.

Con pupilas abiertas como tajos
le pedirán aumento,
mientras quiebren, girando entre las manos,
el ala del sombrero,

y los ojos, de polvo y pena tristes,
les caigan como manchas sobre el suelo.

Hay que esconder el vino entre cerrojos,
el vino pendenciero.

Hay que esconder el vino como un crimen,
el vino pedigüeño.
Que ni una gota más caiga en la boca
desierta del minero,

donde el grito se tapa con la coca,
y con alcohol la sed de amor y besos.
Hay que esconder la primavera en sangre
del vino que descubre los secretos.

El patrón ha mandado que lo guarden
y se ha vuelto vinagre en el encierro,
de noche tiene vómitos y duendes
de luna que se bañan en su cuerpo.

Los ojos del patrón lo custodiaban
por arriba del sueño,
los ojos del patrón tienen dos ángeles
desvelados de miedo.

Jaime Dávalos

 

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