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Los Investigadores de la Ciencia del Folklore en Argentina

Antecedentes:

El inglés Williams Thoms, piedra angular, inventor del término folk-lore, y el finlandés Julius Krohn le dieron peso académico a la disciplina. Para la segunda mitad del siglo XIX, el folclore era considerado ya una ciencia, que siguiendo el modelo las ciencias naturales buscaba descubrir, clasificar y ordenar especímenes, en su caso especies tales como cuentos, danzas, creencias y prácticas rituales. El medio donde se desarrollaban estos fenómenos era las “sociedades folk”, es decir pequeñas comunidades donde todos sus miembros se conocían unos a otros, donde la creación artística era anónima, los conocimientos se transmitían principalmente en forma oral, y donde la vida diaria seguía siendo regulada por la tradición y formas noindustriales de producción.

Con respecto a la relación de Folklore con Patrimonio Cultural Intangible podemos decir que el Folklore nace con Williams Thoms con esa concepción básica. Luego se separaron los conceptos por las diferentes corrientes filosóficas y epistemológicas que influyeron en los científicos involucrados en el estudio. Es decir, puede afirmarse que la investigación de lo que hoy se denomina patrimonio intangible fue históricamente desarrollada por la disciplina del Folclore, en una dirección muy similar a la que se observa en la mayor parte de las corrientes de pensamiento de preservación patrimonial en la actualidad. En los últimos años, pasó a utilizarse la denominación «patrimonio intangible, inmaterial y folklórico» para designar fenómenos que hasta ese momento se calificaban como folklóricos. Este cambio de nomenclatura, no implicó, sin embargo, una transformación en la dirección de las investigaciones, sino que éstas siguieron lineamientos similares a los clásicos, pero con una idea superadora con respecto a la definición de FOLKLORE.

En Argentina:

En un principio era interés del Folklore como ciencia tradicional las “supervivencias” culturales que se mantenían vivas entre estos grupos aislados, de la misma forma que los paleontólogos y geólogos se interesaban por los restos dejados por las distintas etapas de la historia natural.

En estos primeros tiempos la folklorología y la etnografía se mezclaban, confundían y superponían y aunque sus objetos de estudio eran diferentes a raíz de un plan político esencial que constituía en la construcción de un estado moderno, corporativo y capitalista pero siguiendo un concepto puramente romántico –y por tanto irracional– que asignaba a esas sociedades folk la categoría de “auténticamente nacional”.

“El Norte Argentino” desde un comienzo se posicionó como el lugar donde las tradiciones nacionales permanecían vivas y donde residía el verdadero espíritu de la argentinidad. No importaba que estas provincias estén sumidas en la más grande de las pobrezas y marginalidad; gobernadas feudalmente por clases terratenientes fuertemente posicionadas en el espectro nacional.

Este lugar especial que ocuparía el Noroeste en la construcción imaginaria de la nacionalidad había comenzado a tomar forma en la década 1890 con los trabajos arqueológicos y etnográficos de Samuel Lafone Quevedo, Adán Quiroga, Eric Boman, Roberto Lehman-Nitsche y Juan Butista Ambrosetti y se articuló como paradigma con los trabajos de Joaquín V. González, Ricardo Rojas, Andrés Cahazarreta y Leopoldo Lugones.

Estos, no consideraron a las distintas ramas de la antropología -arqueología, etnología y folklore- como compartimentos estancos sino como diferentes etapas intercomunicadas del desarrollo de la cultura.

El Folklore como mecanismo nacionalista:

A principios del siglo XX, intelectuales, académicos y educadores comenzaron a referirse al Noroeste y al interior en sentido más amplio como la verdadera Argentina contrapuesta a Buenos Aires, ciudad cosmopolita y desarraigada. El dualismo cultural conllevaba una valoración moral. Mientras que Buenos Aires se europeizaba, los supuestos valores argentinos se corrompían por la multiplicación de efectos disolventes

El nacionalismo, como movimiento intelectual reaccionario, en contra de la inmigración y de las ideologías foráneas como el anarquismo y socialismo europeo, definía a los pobladores criollos del interior profundo, el arriero cuyano, el zafrero tucumano, la telera puntana, o el gaucho salteño como los poseedores de valores morales acendrados. Estos campesinos criollos habían conservado una sabiduría sencilla e incontaminada, que ponía la religión católica, la protección de la familia, la defensa de la patria, y el cumplimiento de la palabra prestada, por sobre sus intereses personales. Dichos valores aparecerían reflejados en el arte anónimo que practicaban, especialmente las décimas rememoradas por los músicos campesinos. El criollismo había ya definido esos valores como propios del gaucho pampeano, el arquetipo máximo de la nacionalidad. Pero mientras el gaucho se daba por extinguido o contaminado por los inmigrantes vecinos, los criollos del interior continuaban conservando hasta el presente los valores y creencias de la “Edad de Oro” pasada, que los nacionalistas localizaban entre la Conquista española y la llegada de la inmigración a fines del siglo XIX.

Pero al margen de esta nacionalidad a ultranza había un proyecto de país que apostaba a la homogenización para generar un proceso de unificación de poblaciones heterogéneas y desiguales, establecer el perímetro del territorio nacional y desarrollar en el ciudadano un sentido de lealtad hacia la nación. A través esta homogenización se buscaba absorber las diferencias étnicas, sociales y políticas previas a la formación de la nación. Dicho dispositivo se desarrolló, efecti­vizado por intelectuales, a través del uso letrado de la cultura rural folklórica para la elaboración de un imaginario colectivo nacional.


Década del 20:

Bajo las consigas nacionalistas el estado argentino manifestó interés en el rescate del patrimonio tradicional, especialmente el inmaterial, al menos desde 1921 en el que el Consejo Nacional de Educación bajo la coordinación de Juan P. Ramos se organizó la llamada Encuesta del Magisterio con las respuestas de la cual se formó la Colección de Folklore. Esta consiste en aproximadamente 88.000 páginas manuscritas elaboradas por maestros de escuelas nacionales primarias en todo el país. Constituye un registro invalorable del relato oral argentino, que ha permitido condensar por escrito aspectos de la cultura popular, en un corte temporal que se realizó en toda la extensión del territorio de nuestro país. Testimonia un proyecto político centrado en la representación de la nacionalidad argentina a través de sus expresiones culturales hispano-indígenas.

El material a recolectar debía referirse a tradiciones populares antiguas nacionales y/o locales. Para llevar adelante esta tarea, el Consejo Nacional de Educación, elaboró unas instrucciones para  los maestros que proponía la siguiente clasificación:

1. Creencias y costumbres
2. Narraciones y refranes (tradiciones populares, fábulas, anécdotas, leyendas, cuentos, refranes, adivinanzas)
3. Arte
4. Conocimientos populares

El material así recolectado que está depositado en el INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA Y PENSAMIENTO LATINOAMERICANO, ha dado lugar a numerosos estudios sobre cuentos, poesía, creencias y tradiciones de todo el país, aún se sigue consultando y en este momento acaba de ser microfilmado. Aunque la primera encuesta no alcanzó los resultados esperados las autoridades educativas promovieron otras dos más de este tipo, en 1939 y 1951.

Martha Blanche nos dice: “Esta política no sólo se tradujo en una monumental compilación de material folklórico del país sino que parte del mismo se utilizó en publicaciones tendientes a desarrollar contenidos re­feridos a diferentes géneros folklóricos, con el objeto de incluirlos en la currícula escolar de los distintos niveles educativos. Con tal finalidad el Consejo Nacional de Educación editó antologías de folklore para la escuela primaria y de adultos, respectivamente. Años después, varios especia­listas con larga actuación docente publicaron libros que trataban sobre la aplicación del folklore a la enseñanza, destacándose los de Ismael Moya (1948) y Félix Coluccio ([1965] 1993)

LA BUENA CIENCIA:

El Folklore y sus manifestaciones constituyeron en las provincias, además de tratar temáticas de índole geográfico y romántico, un recurso simbólico, para denunciar el cosmopolitismo cultural y el colonialismo económico y político que ejercía la Buenos Aires sobre el interior del país.

Tal es el caso de políticos como Ernesto Padilla e intelectuales como Alberto Rougés, quienes desde Tucumán afirmaban la preeminencia del folklore como marca de lo local y lo propio en una época en que mirar a Europa era la normativa vigente. Por tal motivo apoyaron la labor de investigadores como Manuel Gómez Carrillo, Carlos Vega, Isabel Aretz y Juan Alfonso Carrizo.

En forma concurrente los miembros de la Asociación Tucumana de Folklore, presidida por Tobías Rosemberg, se abocaron a la indagación de las expresiones folklóricas del noroeste, y a la afirmación de la práctica científica frente a los aficionados.

Estos antecedentes abrieron el camino para que en la efímera Licenciatura en Ciencias Antropológicas del Instituto de Antropología de la Universidad de Tucumán, creada en 1947, se incluyera la disciplina de Folklore como asignatura dictada por Armando Vivante.


Tanto Ismael Moya (1948) como Félix Coluccio ([1965] 1993) se ocuparon de la enseñanza del folklore. Este último también publica el Diccionario folklórico argentino, cuya primera edición aparece en 1948 y la décima reedición en 2006.

La Investigación folklórica como institución:

En su labor inicial Juan Alfonso Carrizo recibe el impulso de tucumanos de nota. Entre 1928 y 1933 sus trabajos fueron apadrinados por Ernesto Padilla, Juan B. Terán, por su parte, los jerarquizó publicándolos bajo el sello editorial de la Universidad Nacional de Tucumán, mientras que Alberto Rougés, a través de sus tertulias filosóficas, los acercó a investigadores de la especialidad como y Bruno C. Jacovella.

Carrizo se había hecho acreedor a estas consideraciones pues había logrado reunir más de veintitrés mil coplas provenientes de la tradición oral, recogidas en las provincias de Salta, Jujuy, Tucumán, La Rioja y Catamarca. Fruto de esas recopilaciones son los Cancioneros en donde aplica una metodología folklórica para el estudio de esos cantares que publica años más tarde.

En 1930, Carlos Vega,  inició un proyecto de relevamiento musicológico del folclore argentino y en 1931 fundó el Gabinete de Musicología Indígena del Museo de Ciencias Naturales, entidad precursora del Instituto Nacional de Musicología que dirigió y que actualmente lleva su nombre. Al mismo tiempo, llevó a cabo un amplio estudio de los códices medioevales.

Este interés en el estudio de esta parte del patrimonio inmaterial que podríamos llamar a grandes rasgos “folklore”, continuó en la década del 40 del pasado siglo con la creación del Instituto de Musicología dirigido por Carlos Vega quien estudió la música tradicional criolla e indígena de la Argentina y el Instituto Nacional de la Tradición (hoy INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA Y PENSAMIENTO LATINOAMERICANO) dirigido por Juan Alfonso Carrizo, recopilador y editor de los cancioneros tradicionales del Noroeste argentino (de ambos Institutos así como de la Encuesta de Folklore pueden consultarse detalles en las fichas de Instituciones Gubernamentales).

En 1943, sobre la base de todo este capital de conocimientos, se creó el Instituto Nacional de la Tradición bajo la dirección de Juan Alfonso Carrizo; lo acompañaban Manuel Gómez Carillo como vicedirector y Bruno Jacovella como secretario técnico. En esta etapa Carrizo se concentró en la continuación del análisis del material recogido.

Institucionalización de la Ciencia

En Santiago del Estero al calor de las discusiones sostenidas por los integrantes de la asociación La Brasa (1925-1946), en torno a la tensión de una capital como Buenos Aires -sobre­dimensionada y poderosa- y un interior empobrecido y postergado, se esgrimieron propuestas de desentralización y busqueda en lo propio, en el retorno a lo local para lo cual las manifestaciones folklóricas constituyeron un núcleo significativo.

Cabe destacar que en este movimiento intelectual que se desarrollaba en las provincias existían dos posturas o líneas teóricas para su investigación con referencia a la ciencia del Folklore. Por un lado, Orestes Di Lullo seguía las orientaciones del método histórico-geográfico, atendiendo a la transcripción de las diversas versiones y estableciendo su localización espacial y temporal para rastrear la impronta hispánica. Esta modalidad de investigación quedó consagrada con la designación de Di Lullo como director del Instituto de Lingüística, Folklore y Arqueología, creado en Santiago del Estero (1953) bajo la dependencia de la Universidad Nacional de Tucumán. Por otro lado, Bernardo Canal Feijóo se concentraba en los contenidos de las leyendas como formas locales que concretaban una matriz antropológica indígena, aportando sustanciales reflexiones en torno a la visión de la Argentina como comunidad imaginada. O sea una línea hispanista y otra de corte indigenista.

Por su parte, en 1941 la Universidad Nacional de Córdoba creaba el Instituto de Arqueología, Lingüística y Folklore “Dr. Pablo Cabrera” donde Julio Viggiano Essain realizó estudios sobre el cancionero popular, festividades de la provincia e instrumentología musical.

En las décadas siguientes se fundaron el Centro de Investigaciones Folklóricas “Prof. Dalmiro S. Adaro” en San Luis; el Instituto de Divulgación e Investigación del Folklore Cuyano en Guaymallén, Mendoza -destacándose allí la producción de Alberto Rodríguez (cuyano – mendocino – musicólogo). En Salta en la calle Alvarado se abrió en inmediaciones de la Universidad Nacional de Tucumán el Instituto de Arte y Folklore donde se empezó a dar cursos a cargo del Dr. Augusto Raúl Cortazar. Otros destacados profesores fueron María Mondragón, Rodolfo Cush, María del Carmen Lauría y otros. Luego al crearse la Universiada Nacional de Salta el Instituto se integró a la facultad de Filosofía y Letras - años después se creó el Instituto de Arte, Folklore y Literatura Regional.

En 1953 se funda el Fondo Nacional de las Artes y su primer Director hasta 1974 será el gran impulsor del Folklore como Ciencia. Augusto Raúl Cortazar, Profesor en Letras, Abogado, Bibliotecario y Doctor en Filosofía y Letras será pues considerado como el más grande folklorólogo de nuestro país, y por su extraordinaria versación en la materia, será invitado a participar en numerosos congresos. tanto de dentro como de fuera del país, para cuya asistencia concurrió tanto a Washington, Los Ángeles, Chicago y otras urbes de los Estados Unidos, como estuvo, en Chile, México, Portugal, etc.

Cortazar dictó cursos especiales en numerosas universidades argentinas. Fue Presidente de la Comisión de Expresiones Folklóricas, y Coordinador y Asesor del Relevamiento Cinematográfico de Expresiones FolkIóricas, asistió al rodaje de veintitrés películas de diverso metraje.

Publicó 134 obras de la más variada extensión, cobrando particular relieve sus trabajos, titulados: "Qué es el Folklore", "El. Carnaval en el folklore calchaquí". "Esquema del folklore”, "Folklore literario y literatura folklórica", "Poesía gauchesca", “Usos y Costumbres” entre otros, quedando aún inéditos varios otros trabajos al momento de su muerte- Se publicó "Ciencia folklórica aplicada”, su obra póstuma más importante. Colaboró, en vida, con las más prestigiosas revistas especializadas del mundo entero, lo mismo que importantes rotativos publicaron sus escritos.

Cortazar será el que le otorgará sentido de organicidad a los estudios folklóricos, le  dará significado de corriente, ordenará, sistematizará, formará cuadros y proyectará hacia el futuro.

Martha Blache y Ana María Duphay nos dicen Él logró formalizar la teoría del folklore articulándola con el pensamiento de uno de los antropólogos de gran trascendencia, como Bronislaw Malinowski, poniendo mayor énfasis en la dimensión antropoló­gico-social de la investigación folklórica, frente al predominio de orientaciones vinculadas a la lingüística y la filología hispanista. La renovación que aportó el funcionalismo al estudio de las manifestaciones folklóricas fue significativa, dado que al considerar el contexto social y cultural de su producción puso de manifiesto la relevancia de estudiarlas como una totalidad, y no de manera fragmentada. De esta forma se atiende a las determinaciones espaciales y sociales enfatizando la centralidad del trabajo de campo para la observación directa y el registro, fidedigno y preciso, de la información.

En l942 Cortazar propuso por primera vez su teoría del Folklore y, hasta su muerte en 1974, va madurando este concepto y ajustando la terminología a través de sus escritos aunque no varía sustancialmente su noción inicial (Cortazar 1942). Para definir al grupo social donde se produjo el folklore se sustentó en la noción de “sociedad folk” de Robert Redfield, quien la presenta como una comunidad homogénea, pequeña, aislada, autosuficiente, aferrada a tradiciones ancestrales y con tecnología simple. De este modo Cortazar determina de antemano, de acuerdo con la posición que el individuo ocupa en la estructura social, quién puede ser portador del folklore, con lo cual el fenómeno queda delimitado social y físicamente. Socialmente lo circunscribe a los sectores bajos, físicamente lo ubica en lo rural. Una vez circunscripto el folk precisa el lore, o tipo de manifestaciones que este sector puede producir y que abarca todos los aspectos de la cultura. Considera que estas manifestaciones son populares, colectivas, tradicionales, orales, anónimas, empíricas, funcionales y regionales. Define minuciosamente cada uno de estos términos, capaces de dar cuenta del objeto de estudio de esta disciplina, precisando sus peculiaridades distintivas frente a otros fenómenos sociales.

La teoría del Folklore que Cortazar plantea alcanza, en su momento, amplia difusión en nuestro medio y no difiere sustancialmente de las tendencias teóricas de sus colegas locales y latinoamericanos con quienes mantuvo una estrecha comunicación. Sin embargo, él se distingue por atender a la dinámica de las expresiones folklóricas (Cortazar 1975) pues no concibe el traspaso de una generación a otra como un proceso rígido y estático sino que toma en cuenta las transformaciones y reelaboraciones que se llevan a cabo en el transcurso del tiempo, respetando el equilibrio entre innovación y tradición. Así también se ocupa de señalar las diversas alterna­tivas del canal social y geográfico por las que puede propagarse el fenómeno, la relación que guarda con la estructura social, económica y cultural en la que se manifiesta, y las relaciones que emergen entre distintos grupos sociales que entran en contacto en la vida cotidiana. No obstante, como veremos más adelante, en el devenir de la disciplina se fueron dejando de lado muchos de los criterios en los que se sustentaban estos folkloristas.

Además, Cortazar promovió y llevó a cabo la inserción de la disciplina en los medios acadé­micos. A partir de los cursos y seminarios que organizó en el Museo Etnográfico y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA sentará las bases para la creación de la Licenciatura de Folklore en la mencionada casa de estudios, en 1955, la cual además de las asignaturas incluía la práctica de la investigación de campo y la realización de una tesis. Esta carrera tuvo una vida efímera pero sirvió de antecedente pues tres años después, en 1958, se organizó la Licenciatura en Ciencias Antropológicas con tres orientaciones: Arqueología, Etnografía y Folklore, cuyas materias básicas eran: Folklore General, Folklore Argentino y un Seminario. En su labor como docente universitario Cortazar incentivó el trabajo de campo entre los alumnos promoviendo el otorgamiento de becas por parte del Fondo Nacional de las Artes, con el objetivo de contribuir a la financiación de los viajes de investigación para los mejores alumnos de la mencionada licenciatura”.

A fines de la década de 1960 se produce en el Instituto Nacional de la Tradición la renovación de los perfiles institucionales mediante la incorporación de Olga Fernández Latour (1960), quien estudia los cantares históricos tradicionales, y dos jóvenes antropólogos como Ricardo J. L. Nardi y Susana Chertudi. El primero se destacó por sus investigaciones referidas al habla regional y, en particular, en relación con el Quechua; y la segunda por sus trabajos sobre el cuento folklórico. Ella quedó a cargo de la Sección Folklore y alcanzó notoriedad internacional por sus sólidos conocimientos de la narrativa folklórica, entendiendo el significativo papel que juega en la vida social de un grupo. Como es sabido, la experiencia capitalizada a lo largo de dos siglos permitió a los folkloristas abordar distintos géneros de la narrativa oral con un bagaje teórico y metodológico más afinado. Esto facilitó el camino para encauzar el análisis de los relatos hacia otras dimensiones que atienden las relaciones que guardan con la vida social de la cual se nutren, y al contexto en que se dan. Al enfatizar estas relaciones debieron tomar en cuenta su proceso de producción, circulación e interpretación, la estructura cognitiva y simbólica que movilizan, el sistema de comunicación que generan y las reglas sociales que ponen de manifiesto.

La fenomenal investigación realizada por Carrizo, en relación a la poesía popular es equiparable a la llevada a cabo, en el campo de la música y las danzas tradicionales, por el maestro Carlos Vega (1981, 1986). Sus actividades en ese ámbito se iniciaron en febrero de 1927 cuando fue nombrado adscrito ad-honorem en el Museo Argentino de Ciencias Naturales “Bernardino Rivadavia”. En 1931 logró crear el Gabinete de Musicología Indígena que se constituyó como Instituto de Musicología Nativa12 en 1944, siempre bajo su dirección. Luego de su fallecimiento pasó a denominarse Instituto Nacional de Musicología (INM) y en 1973 le fue incorporado el nombre de su director-fundador.

Carlos Vega realizó alrededor de 50 trabajos de campo en el país y en el exterior. En muchos estuvo acompañado por su discípula, Isabel Aretz (1952) hasta que ella se radicó en la ciudad de Caracas, desde donde se destacó como investigadora, docente y directora del Instituto Interamericano de Etnomusicología y Folklore (INIDEF) de la OEA. A esta entidad se incorporó posteriormente otra investigadora argentina del INM, María Teresa Melfi.

En cuanto a las Artesanías, el Fondo Nacional de las Artes desde 1960 ha apoyado mediante su estímulo a la producción artesanal y ha otorgado premios y subsidios para investigaciones en folklore. Hace más de 30 años la mayoría de las provincias han creado mercados artesanales más o menos exitosos que han tratado así de evitar la extinción de este saber.

En los 70 se creará en Santa Fé la Asociación Latinoamericana de Folklore y Artesanías, que luego terminará convirtiéndose en CIOFF.

En 1979 Ercilia Moreno Chá (1998), quien venía trabajando en la investigación del folklore musical pampeano13, se hace cargo de la Dirección del INM. Durante su gestión le dio gran impulso a la publicación de investigaciones que habían permanecido inéditas y a la reedición de trabajos de Carlos Vega14. Para la misma época se incorporó Rubén Pérez Bugallo, quien realizó importantes aportes en el relevamiento de la música tradicional de la provincia de Salta.

Luego el estado nacional creará en 1985 el Mercado Nacional de Artesanías que funciona actualmente en la ciudad de Buenos Aires.

Otros aspectos del patrimonio inmaterial como las festividades no han contado con tanto apoyo a nivel estatal.

Asimismo como recolectores y editores de cuentos tradicionales podemos mencionar, entre otros, a la Dra. Berta Vidal de Battini quien en 12 volúmenes terminó de publicar en la década del 70 sus recopilaciones de cuentos llevadas a cabo durante más de 30 años y a Susana Chertudi, quien publicó, como investigadora del INSTITUTO NACIONAL DE ANTROPOLOGÍA Y PENSAMIENTO LATINOAMERICANO, dos volúmenes de cuentos tradicionales en la década del 70.

Cabe destacar a Martha Blache quien también se desempeñó como Investigadora en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano (1973-87) y en el CONICET (PK) (1987-2006). Ocupó el cargo de Profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA (1973-93). Sus investigaciones se centraron en el estudio de la narrativa oral, particularmente en la leyenda contemporánea, atendiendo al contexto en el que emerge, el mensaje que transmite y su significación. Asimismo, se ocupó de festividades populares y aspectos teóricos del folklore como disciplina académica. Publicó 5 libros y 75 artículos en revistas científicas de Argentina, Latinoamérica, EE.UU. y Europa.

En cuanto a la visión estructuralista del folklore, Marta Blache presenta una magnífica aplicación en su trabajo presentado al Congreso Internacional de Folklore Iberoamericano, realizado en Santiago del Estero en 1980, trabajo en el que desarrolla nueve enunciados que podemos sintetizar y glosar así: 

  1. El folklore es un hecho social, no aislado, diferenciable del conjunto de los fenómenos sociales. (Así, por ejemplo, en Venezuela, lo mismo que en muchos países de hispanoamérica, el compadrazgo constituye una verdadera institución, por cuanto establece lazos imperecederos entre dos personas, que surge como una forma de amistad-fraternal). 
    2) El folklore designa tipos específicos de comportamiento. (Así la conducta del compadre frente a una emergencia). 
    3) El comportamiento ostenta un mensaje que puede descifrarse. (En nuestro caso el compadrazgo establece lazos imperecederos entre los compadres). 
    4) El mensaje tiene dos aspectos que constituyen el significante y el significado. (El compadrazgo tiene un significado para los compadres). 
    5) La materialización se ensambla con el significado. (El compadrazgo se materializa en hechos tangibles como la ayuda mutua y el respeto familiar). 
    6) El mensaje compartido identifica al grupo. (En el caso del compadrazgo, aunque se establece entre dos personas, todo el grupo lo reconoce como institución y cada persona suele tener uno o más compadres). 
    7) El código es no institucionalizado. (El compadrazgo no es parte de nuestras instituciones oficiales y se sella por voluntad de los futuros compadres o por la suerte como los compadres de papelito de los Andes Venezolanos). 
    8) El código, aunque se manifiesta en el presente, es reiterativo y vigente. (El compadrazgo está vigente en Venezuela en todas las capas sociales, donde se manifiesta con variantes, y tiene larga tradición, lo mismo que en otros países latinoamericanos). 
    9) Sólo el grupo puede generar un comportamiento folklórico, el cual está determinado por el metacódigo. El grupo se reconoce a través de tres criterios: dimensión cuantitativa, extensión espacial y duración. (El compadrazgo aparece dimensionado cuantitativamente; está extendido entre la población folk de Venezuela y del área hispanoamericana, y tiene duración de por vida). 

La postura entonces elaborada y diseñada en los 60 cambia desde algunos ámbitos académicos y se rompe con posturas esencialistas a través de planteos constructivistas (Blache y Magariños de Morentin 1980; 1987; 1991; 1992). Estos desarrollos, formulados dentro del propio marco de la disciplina como alternativas superadoras nos acercan a propuestas teóricas y metodológicas pertinentes para la documentación y registro de fenómenos culturales.

La actualidad 

La Argentina, dentro de los países de América del Sur, tiene sus particularidades poblacionales. A grandes rasgos es un país con escasa población indígena y con una absoluta mayoría de población criolla y de descendientes de inmigrantes europeos.

En los últimos 40 años nuestro país ha recibido también grandes contingentes de inmigrantes de países limítrofes -especialmente Uruguay, Paraguay y Bolivia- y más cercanamente asiáticos, especialmente coreanos que se suman a un también tradicional migración japonesa.

Estas características afectan como es natural a sus manifestaciones culturales y a lo que pudiéramos considerar patrimonio tanto tangible como intangible.

Paradójicamente, aunque la población mayoritaria, especialmente de las zonas económicamente mejor posicionadas, es la descendiente de inmigrantes europeos, no es la que ha aportado más al patrimonio intangible de la Argentina y tampoco es el de ellos el patrimonio más estudiado o el que se considera que hay que proteger. Salvo manifestaciones muy locales no encontramos aportes significativos o enriquecedores al folklore, la narrativa popular, las artesanías o las fiestas que se hayan considerado patrimoniables.

Por el contrario, a pesar de su posición social y económica marginal, las manifestaciones culturales indígenas o criollas son a las que todos se refieren cuando estudian o recuperan el patrimonio intangible o inmaterial.

Una excepción sería la ciudad de Buenos Aires en cuyo patrimonio tangible e intangible ha tenido mucho que ver la inmigración europea e incluso la escasa población africana de la época colonial, como por ejemplo el carnaval, y el tango.

Grupos de inmigrantes muy localizados en otras partes del país han conservado su patrimonio –los galeses en Chubut o los polacos en Misiones por caso- en lo cual ha tenido que ver su asentamiento como “colonias” durante mucho tiempo, cosa que no sucedió con la gran inmigración europea italiana y española que a su gran volumen sumó el no haberse asentado, en general, en espacios acotados y exclusivos, lo cual motivó su rápida inclusión y aceptación por parte de la población local y la consiguiente pérdida de su patrimonio tradicional.

A la hora de hablar de una identidad nacional, al menos desde principios del siglo XX, la imagen del gaucho ha sido la arquetípica en la Argentina.  

Festividades –Las tradicionales fiestas de los santos similares a otros países de ibero América siguen teniendo gran importancia en muchas provincias argentinas, algunas de ellas conservan elementos muy antiguos y específicos como son el baile con los “cuartos” de animal (fiestas de algunos santos como  Santiago en el Noroeste Argentino), o la fiesta de San Juan Bautista incluyendo la caminata por las brasas en varias provincias del Noreste Argentino. También están vigentes algunas fiestas tradicionales de grupos indígenas como el Carnaval chiriguano-chané o el Nguillatún entre los mapuches del sur del país, fiestas, sobretodo la última acotada a los grupos indígenas que la han transmitido ya que forma parte de su cosmovisión por tratarse fundamentalmente de una “rogativa”.

Más modernas, pero sumamente concurridas son en la Argentina todas las fiestas vinculadas a la producción o el deporte. Son muchas y en múltiples localidades del país, tales, la “Fiesta Nacional del Trigo”, “del ternero”, de la pesca de determinados peces,  “de la papa”, “de la flor” organizada por los cultivadores de flores de origen japonés, “del maíz”, de la “Vendimia”, etc.

Por otro lado procesos de reetnización y valoración del pasado indígena en los últimos años ha reinstalado y reinterpretado la fiesta de la Pachamama o la revalorización de alimentos prehispánicos como la variedad de papas andinas o la quinua. No es ajeno a esto el que a partir de 1994 la Argentina ha declarado constitucionalmente su reconocimiento como  país multicultural y pluriétnico a través del reconocimiento de la preexistencia étnica y cultural de los Pueblos Indígenas, garantizando  - entre otros derechos - el respeto a su identidad, y el derecho a una educación bilingüe  e intercultural (Art. 75 inc. 17) y otorgando al Congreso Nacional la atribución de dictar leyes que protejan la identidad y pluralidad cultural, la libre creación y circulación de las obras del autor; el patrimonio artístico y los espacios culturales y audiovisuales (Art. 75 inc. 17).

Esta visión pluralista considera que el patrimonio cultural se hace y rehace cada día y  no es ni fundamental, ni exclusivamente  lo que se preserva en los MUSEOS, sino aquello que se recrea en cada copla, cada fiesta, cada pieza de artesanía, y cada plato de comida.  Le pertenece al pueblo actual, en un proceso continuo de construcción de su identidad, recibiendo una tradición particular de las generaciones pasadas que se pone en acto en función de su situación presente.          

Merece una mención el tema de la producción artesanal en nuestro país; ésta no ha sufrido como en otros de la región, la influencia de la producción masiva, por no haberse producido, hasta ahora el consumo masivo que deriva de una gran afluencia turística. Esto ha redundado en la preservación de una gran autenticidad. Las artesanías criollas e indígenas continúan siendo  producción y muchas veces comercialización familiar y su conocimiento se transmite  por generaciones a través del ejemplo y de la ayuda que los niños brindan a sus mayores. Los valores estéticos del tejido, la cestería, la madera y el cuero son notables y, en este momento, gracias a la situación económica general del país, que hace que se produzca en términos mundiales, a muy bajo precio, es una interesante aporte a la economía familiar.

Mención aparte merece el crecimiento notables de las organizaciones que se dedican a la investigación, fomento y preservación del patrimonio cultural folklórico. Es un fenómeno que ha crecido en silencio y que mueve a miles de personas a lo largo y ancho del país. 

El principal objetivo de estas organizaciones culturales es propiciar  la convocatoria de la comunidad local, regional, nacional y continental, en forma periódica, para llevar a cabo un análisis reflexivo, sistemático, ordenado y crítico de nuestra cultura folklórica, a fin de posibilitar un adecuado tratamiento y un avance propicio en la construcción de tales conocimientos.

Este emprendimiento, felizmente, se inició a partir del año 2010 y adquirió visos de organización y plena ejecución a partir de la estrecha relación que las Academias de Folklore de Salta y Formosa iniciaron a través de una tarea mancomunada  y conjunta, con el propósito de brindar mayor organicidad y eficacia a los estudios folklóricos en Argentina. Para lograr este cometido ambas academias entendieron que era preciso organizar los referidos espacios institucionales en todas las provincias, una manera práctica y efectiva para llevar a cabo la tarea  de investigación, estudio y difusión del folklore. Indudablemente la labor mencionada debía realizarse mediante la función que cumplen dichas academias y la tarea que efectúan. En la actualidad se  trabaja a nivel país, pero ya se ha comenzado a tomar contacto con otras organizaciones similares existentes en otros países hermanos, a fin de concretar la segunda etapa del emprendimiento.

Estas organizaciones son fundamentales para mantener vigente la cultura del pueblo, la que otorga identidad, legitimidad y pertenencia a todos los habitantes. Estas actividades son las que ayudan a tomar conciencia  sobre lo que somos y lo que debemos seguir siendo. No es quedarnos anclados en el tiempo, es proseguir el proceso de desarrollo y crecimiento, pero en base a lo que verdaderamente y legítimamente,  somos.

Las instituciones dedicadas al estudio del folklore, junto a la organización de carácter nacional,  propiciarán la convocatoria de las comunidades de estudiosos del folklore, en forma periódica, para llevar a cabo la tarea científica de investigación de nuestra cultura folklórica, a fin de posibilitar un adecuado tratamiento y un avance propicio en la construcción de comunidades que bregan por el bienestar común.

La posibilidad de estudiar los mecanismos que propicien la defensa, la conservación y el adecuado desarrollo del patrimonio folklórico de los diversos pueblos de nuestra Suramérica está en marcha. Un emprendimiento de esta naturaleza tiene un sentido y una significación trascendental, única. Mediante una gestión ordenada y amplia se estaría poniendo a resguardo el patrimonio de nuestros pueblos y, a la vez, encauzando el proceso de avance y desarrollo que por su dinamismo debe cumplir toda cultura. Asimismo, esta medida otorgaría la garantía necesaria que requiere el proceso de construcción identitaria, de carácter permanente,  que debemos proteger y asegurar. Ello nos permitiría además seguir afirmándonos como protagonistas de este tiempo y de este extenso espacio, consolidando, para bien de todos, la Suramérica  organizada y unida que hemos empezado a cimentar.

Por ser una cuestión que abarca a la cultura folklórica y a la ciencia que la estudia de manera general, esta situación no afecta solamente a provincias como Formosa, sino que, en el caso de Argentina, se extiende por todo el país e incluso, por todo el continente.

Este panorama es el que se puso en evidencia durante las sesiones y las deliberaciones que se desarrollaron en el II Encuentro Nacional de Folklore, foro que se cumplió en Salta en 2011, organizado por la Academia de esa provincia y la de Formosa. Todos los asistentes coincidieron por unanimidad y así quedó registrado en la Carta de Salta, que los siguientes pasos que hay que dar de manera conjunta, abarcando todo el país y los países suramericanos que se vayan sumando a este movimiento de defensa y promoción de nuestras culturas tradicionales y populares, corresponden a la  reflexión  acerca de los alcances del término folklore para llegar a un acuerdo  mínimo y amplio que permita, sobre todas las cosas, saber decir y entender de qué se está hablando, es decir, con precisión conceptual. En segundo lugar, se llegó a la conclusión que se debe proceder  al intercambio de información relativa al estado actual del Folklore en cada una de las provincias y países participantes. Este diagnóstico abarcaría, en el campo del quehacer folklórico, a la formación profesional, docente, la educación, investigación, producción artística, entre otros temas de interés.

Esta acción rectora emprendida por Salta y Formosa propició que diferentes organismos  provinciales propongan una serie de reuniones en distintos lugares de Argentina para que, con la coordinación de las Academias de Folklore de las provincias nombradas, se prosiga trabajando en la afirmación de este singular movimiento de la cultura tradicional y popular. Es así que se elaboró la agenda de encuentros, que comenzó a desarrollarse el 10 de noviembre de 2011 en Buenos Aires y proseguirán en las diferentes regiones del país y Tarija (Bolivia) para concluir con el III Tercer Encuentro Nacional en Salta, organizado nuevamente por las Academias de esa provincia y la de Formosa.

Por úlimo - se ha creado una organización a nivel nacional que tiene por objeto dar continuidad a los trabajos realizado y mencionados anteriormente - este organismo es el Consejo Federal del Folklore de Argentina, COFFAR, quien se constituye como el necesario y efectivo Foro de la Democracia Cultural que precisa nuestro país y, merced a su  carácter de permanente, este Foro se erige desde su mismo origen en el espacio suramericano que facilitará la intervención, participación y protagonismo fraternal de los pueblos del continente, quienes, desde su variada constitución cultural, se sostienen sobre el bagaje que les otorga identidad, pero, que, al mismo tiempo, les sirve de puente espiritual para el encuentro fraternal de todos los habitantes de la Patria Grande que nos alberga y nos hermana. Por eso, sostenidos por ese espíritu de confraternidad y aferrados al auténtico federalismo iniciamos este largo y prodigioso camino.

El COFFAR es una organización estrictamente sin fines de lucro; no comercial; no tiene productos o servicios a la venta. Está abierta a socios, aceptando personas o instituciones con suficientes créditos en materia del folklore.  

La creación del COFFAR, sin lugar a dudas se constituye en la representación mas acabada de lo que se ha dado en llamar federalismo de concertación, "La coordinación voluntaria entre mujeres y hombres de la cultura nacional para el bien de la Patria Grande, conformada por todos los Estados  Suramericanos”

Resulta oportuno aclarar que el esfuerzo al que nos convoca este proyecto abreva en un viejo principio del patrimonio cultural: “No se quiere lo que no se conoce – no se defiende lo que no se quiere” ya que nuestra labor primordial será promover la educación y formación de nuestro pueblo. Un pueblo sin educación y sin memoria es un pueblo perdido y dominado. En cualquier problemática, sea dentro del campo sanitario, educativo, cultural, científico o económico deben regir estos principios. Pero más necesaria y perentoria resulta su aplicación en cuestiones relacionadas con la cultura. Somos conscientes de la urgencia con la que se necesitan implementar medidas de defensa y resguardo. No debemos olvidar que siempre existen modelos e intereses mezquinos que van a trasmano de nuestra cultura tradicional y popular.

 

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