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El Folklore y su importancia en la Educación

 

Por José de Guardia de Ponté

Toda práctica educativa involucra una práctica política ya que se relacionan e interactúan valores, proyectos, ideales, cuestiones sociales y fundamentalmente objetivos ideológicos. La educación nunca es neutral, puede estar orientada a dominar, a emancipar o a distorsionar.

Denunciada la falsedad de la neutralidad educativa y la falacia de la igualdad de oportunidades en una sociedad de clases, el términoeducación cobra un nuevo sentido: Freire dice que “la Educación no cambia al mundo, pero sin ella es imposible hacerlo”. Cuando hablamos de introducir la Cultura Popular, la Tradición y el Folklore como política de práctica educativa estamos hablando de una educación emancipadora.

Argentina nunca tuvo una política educativa, siempre construyó parchando, remendando y recreando planes o proyectos educativos por lo general importados. Muy seguramente el peor de todos fue el implementado en el gobierno (?) de Carlos Saúl Menem – la irónicamente llamada “Ley Federal de Educación” cual peor mal seguramente fue su magro presupuesto y su clara intencionalidad destructiva de la educación pública.

Pero este proceso no ha terminado, el avance constante del modelo privatizador de la educación acompaña siempre solapado en los proyectos educativos, desresponsabilizando al estado en el financiamiento, sostenimiento y mantenimiento del sistema público.

Por consiguiente orientar la educación hacia una idea emancipadora sería hacer por primera vez una política educativa argentina, pluralista y destinada a incluir e integrar a todos los sectores, especialmente a los más vulnerables. Educadora de conciencias, creadoras de sujetos y jerarquizadora de educadores.

Tamarit —en un trabajo titulado “El dilema de la educación popular. Entre la utopía y la resignación”— construía para ese momento un argumento que seguimos considerando consistente y válido: “hay que hacer la educación popular en las escuelas, donde están las mayorías, y no fuera”. Sin embargo, creemos que la implantación del modelo neoliberal en nuestro país, y la consecuente catástrofe social y educativa, nos impele a buscar una estrategia que involucre a todos los sectores sociales ya que justamente la Ley Federal de Educación de inspiración neoliberal y la constatación de alguno de sus principales efectos: profundización de la segmentación y diferenciación, fragmentación del sistema, exclusión, dificultades para definir el sentido social de la escuela, etc. nos obliga antes que nada a integrar.

Es necesario terminar de una vez por todas de “la escuela de los pobres para los pobres” que fuera del espacio estatal convalide, aún sin proponérselo, la segmentación y progresivo cercenamiento del derecho social a la educación, o que en la búsqueda de recursos “alternativos” a los del Estado legitime la privatización (siendo generalmente solventada por fundaciones que tienen por detrás grupos económicos concentrados).

Y si de educar se habla se nos abre en esta instancia los acostumbrados interrogantes: Con qué se enseña? ($), quién enseña? Qué se enseña? Para qué se enseña?

Porque si habláramos de una política educativa nacional  seria deberíamos hablar de presupuesto necesario y capacitación de los educandos, cosa de no caer en los errores del Alfonsinismo cuando quiso implementar una educación constructivista con educandos conductistas.

Se debería capacitar a los docentes de estos contenidos culturales, implícitos en nuestras tradiciones, se debe tener en cuenta que las vivencias, los bienes y valores del acervo de la cultura popular, pueden llegar a ser el punto de partida para el desarrollo de las distintas disciplinas del currículo escolar, puesto que en la actualidad, y a excepción de algunas parciales y breves experiencias desarrolladas en unos pocos centros escolares, el folclore, en sentido estricto, no es una materia curricular.

En consecuencia, se aprecia una generalizada falta de experiencia en lo que respecta a la técnica y a la idoneidad temporal para impartir el folclore, además de la necesidad de definir una base teórica curricular que concrete los principios de los aspectos generales del folclore, para el conocimiento y desarrollo de las facultades de los estudiantes. De ahí que los escasos materiales disponibles versen sobre aspectos muy precisos de este amplio campo, materiales, por otra parte, que en la mayoría de los casos no pueden ser objeto de un uso generalizado, dado que ni siquiera se suele prever la posibilidad de su tratamiento escolar.

Desde el punto de vista curricular, actualmente la Educación Infantil tiende a introducir en su programa el ámbito del folclore, especialmente la mitología, y a practicar actividades físicas y psíquicas ligadas a la danza y al desarrollo rítmico y melódico. Los educadores emplean para la formación de los alumnos materiales específicamente elaborados para esta etapa, tales como cuentos, actividades psicomotrices, música, etc., para que de este modo desarrollen su capacidad coordinadora y rítmica, y conozcan parte del corpus espiritual.

Una buena base para la Educación Primaria sería aquélla que garantizara la consecución de los objetivos de la etapa infantil y el correcto empleo de los materiales, concerniendo la ampliación de los conocimientos y habilidades a la Educación Secundaria.

Pero claro, no se pretende, en este caso producir cantantes folklóricos ni danzarines profesionales de academia, ni artesanos diplomados ya que en este sentido en la provincia de Salta ha resultado exitosa la experiencia de Escuelas de Folklore como educación no formal. Existen otros objetivos. Dentro de la danza, por ejemplo, hay aspectos que superan el hecho folklórico. La danza  es un ritual romántico, donde un caballero corteja a una dama con elegancia y ella le responde con simpática sensualidad. Es la clave de un contacto civilizado sin tocarse, respeto por el otro, intento y límite, el juego del amor.

Un joven que aprende el arte de la danza difícilmente sea luego un violador o un golpeador.

Si analizamos la importancia del folklore en la educación, nos daremos cuenta verdaderamente que una de las funciones de la escuela es la transmisión de la herencia social de los pueblos. Porque la educación debería realizarse a partir de esas raíces que posee el pueblo, de vivencias autóctonas de sus familiares o antepasados, en distintos ámbitos como el musical, artesanal, entre otros.

La Educación estaría además al servicio del rescate, enriqueciendo culturalmente a alumnos, docentes y toda la comunidad, con el más firme propósito de preservar y difundir ese patrimonio ancestral que encierra la genuina sabiduría popular.

La práctica folklórica no es solamente para salir del paso en un evento, en la escuela o una actividad extraescolar, desde la educación inicial al bachillerato, se debería impartir danza, música, artesanías, teatro, literatura, lingüística regional, comidas típicas o regionales).

Todos sabemos que la sociedad de consumo impuesta por la globalización por y debido a  los medios de comunicación inciden en los niños y jóvenes quitándoles todo interés o entusiasmo hacia nuestra cultura autóctona, ya que los inducen a consumir producciones o culturas, venidas de otra parte del mundo y la falta de incentivos para cultivar lo nuestro, desde la escuela, desde los hogares, y de ciertas políticas irresponsables hacen más difícil lo que debe ser.

Es por eso que una primaria solución sería integrar dinámicamente las actividades curriculares con el folklore, promover la interacción grupal, el aprendizaje a través de la música, la danza, los cuentos, leyendas, poesía, costumbres, coplas y refranes con la finalidad de estrechar lazos entre la escuela, lo social y la comunidad, intervendría en mejorar y rescatar la transferencia generacional donde abuelos, padres e hijos podrían vincularse culturalmente, propender al rescate de la sabiduría popular en su propio hábitat donde se encuentra la escuela y con la ayuda de especialistas que nos instruyan por el camino del sentir de los pueblos, el folklore.

 

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