Nicolás Videla del Pino

Emiliano SÁNCHEZ PÉREZ, OSA ·
Mario Gustavo PARRÓN ··

INTRODUCCIÓN

Nicolás Videla del Pino continúa siendo un ilustre desconocido. Nada hay en Salta que lo recuerde, a excepción del salón que tiene dedicado en la parte izquierda de la entrada a la Curia eclesiástica de Salta, de reciente concesión. Y es que la figura egregia de este primer obispo de Salta (1807 – 1819), demanda mucho más, por la valía de su proceso formativo, por los óptimos servicios que prestó, primero en los distintos cargos que ocupó como sacerdote, después como organizador de las diócesis de Asunción del Paraguay y finalmente de Salta. En ambas, siempre como pastor creativo y cercano, con fuerte sentido de la dignidad personal y del cargo que detentaba, en función siempre del bienestar de su feligresía, paraguaya y salteña.

Varios son los aspectos de su personalidad que darían tema suficiente para un trabajo de este tipo, sin embargo, preferimos aquí y ahora centrarnos exclusivamente en algo, que juzgamos esencial e inédito en él, dentro de los fastos del Bicentenario: su misión como sacerdote, primero, y como obispo y modélico pastor eclesial, después. Dos aspectos que consideramos nodales en su biografía, y desde los que creemos que debe explicarse su historia de vida. Y es que nos parece que debemos destacar un aspecto esencial de su personalidad: la plena identificación de su existencia con su vocación sacerdotal.

El objetivo es rescatar su deteriorada y falsificada figura, en este registro, inevitablemente esencial, de su trayectoria sacerdotal y con la manifiesta intención de huir de los estereotipados juicios, densamente indocumentados, que le han calificado, generación tras generación, de “traidor a la patria” o de sentimientos realistas tras la crisis del orden imperial de la monarquía española. Nicolás Videla del Pino, primer obispo de Salta, fue primero y ante todo un modelo de “pastor americano”, igualmente preocupado, en su trabajo pastoral, de la militancia patriótica, como de los oponentes realistas, todos ellos igualmente valientes, generosos y frecuentemente heroicos, con la tierra que les vio nacer y pacer, y con la América que soñaban para sus hijos. Este indiviso amor sacerdotal, fue el único móvil vital del injustamente descalificado primer obispo de Salta.

1. Vida sacerdotal en tiempos de revolución

Videla, vocacionalmente, tuvo una existencia indivisa desde la cuna que le vio nacer, hasta el convento de San Ramón Nonato, en Buenos Aires, que lo vio fenecer en oscuro y no justificado destierro. Fue hijo del piadoso matrimonio formado por el mendocino Juan José Videla, descendiente, varias generaciones, de los Videla de Cuyo, y por la cordobesa Pascuala del Pino. Nacido en Córdoba el 15 de septiembre de 1740, fue bautizado, como era habitual entonces, ocho días de su nacimiento, en la Iglesia Catedral de Córdoba.

Inmediatamente comenzó su ministerio sacerdotal, primero como teniente cura en la parroquia de Río Seco, durante un año, después en Río Cuarto como Cura Excusador, obteniendo más tarde, por oposición, el curato de los Llanos. En este Curato puso también especial empeño en la construcción de capillas, con todo lo necesario para sus servicios religiosos, a lo que contribuyó no sólo con “su propio peculio, sino que también tuvo el trabajo verdaderamente grande de asistir a su construcción”. Todo lo hizo con tanto acierto y tan buena conducta, y “procedió con tanta conmiseración, que teniendo su curato tres pueblos de indios, que siempre pagaron sínodo, no les exigió ni medio real por esta razón.” Su proverbial generosidad también se hizo sentir como profesor de teología moral en el Seminario de Loreto, por espacio de dos años, sin recibir sueldo alguno.

Su escalada ascendente fue imparable, hasta ser nombrado Promotor fiscal y Examinador Sinodal del mismo obispado de Córdoba del Tucumán, por auto del obispo San Alberto del 27 de junio de 1783. También acompañó al gobernador intendente a los Llanos, al ser sus servicios sacerdotales de gran utilidad. Cuando en 1780 fue convocado concurso para la provisión de varios curatos, Videla del Pino consiguió el primer puesto, en el correspondiente al rectoral de Salta.

Como ya dijimos, Nicolás Videla del Pino procedía de una acomodada familia de Cuyo. Las cartas que recibe y contesta a miembros de su familia, muestran un status cultural y económico desahogado. El inventario de sus bienes, hecho al ser nombrado obispo de Asunción del Paraguay, tuvo una estimación de 65.510 pesos, una suma que resultaba ciertamente considerable, incluida su biblioteca.

Un aspecto que aporta una “noble y elegante imagen” de Videla del Pino fue la especial predilección que siempre sintió por los libros, junto con el elevado concepto que tenía del valor de la lectura. Y es que esta es, sin duda, fundamental para toda persona, que entre sus cometidos principales, tenga precisamente el de la comunicación con las personas, en este caso concreto, por medio de la predicación. Pues, es lo que siendo obispo de Salta, le empujó a enviar esta circular, a todos los curas párrocos, bien clarificadora de lo aquí consignado: “Sin el auxilio de buenos libros no era posible que pudieran cumplir con sus obligaciones, además de la necesidad que tenían de libros para que ocupen útilmente el tiempo que les sobre de sus tareas pastorales, evitando así el ocio, raíz y principio de todos los males y recreando el ánimo con tan benéfica distracción”.

Contestando Videla al canónigo Castro, que junto con el deán Isasmendi, se negó al examen preceptivo, para la colación de sus cargos en la erección del Cabildo eclesiástico de Salta, le dice “que el que en un tiempo fue idóneo, suele volverse inepto por la edad, por la flojera, por la enfermedad, por abandono de los libros.” Y en la correspondencia con su primo Juan Agustín Videla, le pide que le abone el costo a Fr. Blas Ignacio Cabral por encargo que le hace de que le compre “dos obras de libros que le tengo encargadas,” y que resultaron ser de la famosa escritora mexicana Sor Juana Inés de la Cruz.

Los libros, los buenos libros, fueron la permanente e inseparable compañía de Videla del Pino. Su curiosidad intelectual abarcaba una amplia gama temática, entre los mil y algo más libros que componía su extensa biblioteca. Los hay de historia, literatura, derecho, política, historia natural, geografía, filosofía, oratoria, medicina, diccionarios, etc. varios de estos en francés, lo que demuestra que Videla del Pino, frecuentaba también la lectura de obras en otras lenguas, lo que implicaba una valiosa y rica amplitud cultural.

La fuerte vida religiosa recibida en su familia y enriquecida en el colegio Monserrat, que hizo posible su ejemplar compromiso pastoral en los lugares referidos, junto con su singular estima del variado campo cultural, que hemos visto, fueron la mejor tarjeta de presentación para la meteórica ascensión jerárquica que vivió a continuación, en la catedral cordobesa. No aceptaba, pues, los cargos, sino que los merecía, por su valía personal, capacidad intelectual y fuerte espíritu religioso. Así, el 6 de noviembre de 1781 fue nombrado Canónigo Magistral de la iglesia catedral de Córdoba del Tucumán, y el 9 del mismo mes de 1792 fue promovido, también por Carlos IV, a la dignidad de Arcediano de la misma catedral, para, finalmente, acceder por el mismo procedimiento de oposición y nombramiento real, al cargo de Deán, en el que sucedió a D. Lorenzo Suárez de Cantillana, promovido al obispado del Paraguay.

Al mismo tiempo que Videla ascendía a cargos superiores, la calidad pública de su imagen por su óptimo actuar, se iba incrementando. Y lo que es aún más llamativo, al ser contemporáneo, y no sólo cordobés como el Deán Funes, que ahí se quedó y ocupando ambos los más altos cargos en la catedral de Córdoba, sin embargo, en ese ascenso, Videla siempre le tomó la delantera. Y esto llama aún más la atención, por el gran contraste que hoy ofrecen ambos en la historia argentina: el Deán Funes bien conocido por su indiscutible valía como jurista, lo que le ha valido el pasar a la historia hasta con una Prelatura o diócesis, llamada Deán Funes, sufragánea de la arquidiócesis de Córdoba, además de poblaciones bien conocidas en la República. Videla del Pino, que sepamos, sólo dispone de una sala en la Curia de Salta y con el inadmisible sambenito de traidor a la Patria por connivencia con los realistas.

No le faltaban motivos a Videla para ir siempre delante del Deán Funes en la ocupación de esos altos cargos eclesiásticos. Los informes que nos proporcionan la documentación que conservamos al respecto, no pueden ser más positivos para Videla. Así, en el ascenso de José Antonio de San Alberto desde la diócesis de Córdoba al arzobispado de Charcas el 20 de septiembre de 1804, provocó el 23 de abril del año siguiente, por oficio de San Alberto, la reunión capitular con presencia del deán Pedro José Gutiérrez, del chantre José Antonio Ascasubi y del canónigo de Merced Gregorio Funes, en la que Videla fue elegido Provisor y Vicario General de la diócesis de Córdoba. El Dr. Funes, ante el dictamen de Videla de “que él no votaba por estar hecha la elección en su persona, y que su voto singular nada aprovecharía”, añadió “que no estando hecha la elección canónica, en cuanto al gobierno, por no haber concurrido la mayor parte del Capítulo, pedía que su Señoría Ilustrísima el Sr. Arzobispo, a quien corresponde el dirimir este punto, lo hiciese, pasándole un tanto de este acuerdo. Y en este estado convinieron todos los señores, en que se le remitiese a su Señoría Ilustrísima […], suplicándole se sirva seguir con el Gobierno de esta Iglesia”.

El nuevo arzobispo, terciando en el desacuerdo y “dando las más rendidas gracias,” decidió continuar en el gobierno de la misma, hasta que saliera de la Diócesis, y en resolución de 25 de abril de 1785, dado que el Deán y Chantre, sólo aprobaban el gobierno de Videla en lo contencioso pero no en lo gubernativo, San Alberto resolvió fuera en ambos campos, en lo que también estuvo de acuerdo D. Gregorio Funes.

No es de extrañar esta concesión del obispo San Alberto, dada la alta estima que tenía de Videla del Pino, tanto por “la excelencia de su genio y distinguido talento” como por “su singular prudencia y conducta irreprensible,” lo que le obligó “a confiarle el gobierno de todo el Obispado”. Por esto mismo alababa lo acertada que había sido esta elección en la persona de Videla, elección que le producía una especial satisfacción.

Ante esta notificación, reunidos de nuevo en la Sacristía, que hizo entonces de Sala Capitular, “firmaron los tres primeros señores el título de Provisor, Vicario General y Gobernador del Obispado, por este ilustre Cabildo, para el señor canónigo Magistral Dr. D. Nicolás Videla, quien in continenti, pronunció el juramento de fidelidad acostumbrado”. El mismo marqués de Sobremonte, al cabo de tres años, confirmaba tan excelente alabanzas en 1788, en carta al ministro D. Antonio Porlier: “En la dilatada sede vacante actual ha dado pruebas de su arreglada conducta, moderación y retiro, estableciendo un gobierno pacífico, que pocas veces se ha experimentado, sin dejar jamás de asistir al coro”.

La óptima imagen sacerdotal, que siempre le acompañaba y el estilo en su actuar pastoral, le posibilitaron reubicarse en nuevos y más importantes cargos eclesiásticos. Y el siguiente era la mitra. Parece ser que en 1797 tuvo una propuesta para el obispado de Buenos Aires, que no fructificó, pero sí la de Asunción del Paraguay. La real cédula de presentación firmada en Aranjuez, lleva fecha de 9 de marzo de 1802, a la que siguió, a propuesta de Carlos IV, la provisión canónica otorgada por Pío VII en el consistorio secreto del lunes 9 de agosto de 1802. Las ejecutoriales de Carlos IV a las Bulas pontificias sobre el nombramiento de Videla, están fechadas en Barcelona el 18 de octubre de 1802. Con estas Bulas y ejecutoriales, Videla del Pino recibió la consagración de manos de Mons. Moscoso el 22 de septiembre de 1803, posesionándose de la diócesis el 11 de septiembre de 1804.

Pero lo más importante en la vida no es el cómo recibimos algo, sino cómo lo dejamos al marcharnos. De ahí que, con el paso del tiempo, tanto la figura como la obra de Videla del Pino en Paraguay, tal como el Gobernador intendente, D. Lázaro de Rivera, escribía al Virrey de Buenos Aires, con él “vimos renacer los bellos días de la primitiva disciplina, a pesar del campo que abrió a la relajación una sede vacante tan prolongada”, pues los desarreglos de la clericatura “hacían ver lastimosamente todos los vicios y desórdenes que trae consigo la falta de un prelado ilustrado y virtuoso”, por lo que las providencias que ha dictado “han puesto un sello indeleble a sus fatigas pastorales, por los útiles efectos que han producido”.

No podemos negar que Videla del Pino, asumió con un elevado sentido de la responsabilidad la diócesis de Asunción. De ahí el empeño con que empezó su labor legislativa y reformadora, empezando precisamente por quienes debían ser los principales agentes de la misma, los clérigos. La puso en práctica nada más hacerse cargo del obispado. Él mismo refiere: “traté de imponerme – manifestaba a la Real Audiencia de Buenos Aires – en el estado del clero y de las feligresías…., entregados al desorden y abuso, a la sombra de una vacante de más de catorce años”.

Dado que los fieles eran gobernados por simples capellanes, “sin edictos, sin examen, oposición, concurso ni real presentación”, Videla decidió erigir sus iglesias como parroquias, de acuerdo con el Gobernador, “reservando demarcar en la visita sus territorios y feligresía”. Después, decidió poner también edictos para los curatos vacantes, ordenando “que todos los ordenandos ad titulum linguae, se presentasen al concurso, bajo la pena de privación de todas las licencias”.

Así consumió los tres primeros meses de su ministerio episcopal. Después emprendió la visita pastoral, que quiso fuera lo más cercana posible a la feligresía. Por eso mandó delante de él y a su costa, tres religiosos, que catequizando, misionando y confesando, le preparasen las feligresías, así para las confirmaciones, como para recibir los saludables efectos de dicha visita.

Esta visita de Videla fue sin duda muy fructífera, pues con ella adquirió una valiosa experiencia, directa y personal, de los problemas. Prueba de ello es la urgencia que imprimió a las constantes órdenes que emitió sobre la forma de administrar los sacramentos, confección de los libros parroquiales y de forma específica, de la administración del sacramento de la confirmación a miles de personas. Para su mayor eficacia descendía incluso a concretizar por escrito el modelo preciso que debían seguir los párrocos en la confección de los libros parroquiales. Regresado de su visita pastoral a Asunción, emprendió con decisión la obra de reforma del clero. Por un auto ordenó que “todos, sin excepción de alguno, bajasen a tener por nueve días los santos Ejercicios”, lo que se verificó en tres tandas, “con aplauso y novedad de toda la provincia, y agradecimiento de todo el clero, que ni noticias tenía de una práctica tan útil para la reforma de las costumbres”.

Debido a que no se daban ejercicios espirituales en la provincia, por ausencia de local apropiado, lo hizo construir a sus expensas. De los franciscanos consiguió que misionasen durante nueve días en la capital, “operación que hacía más de cuarenta años que no veían en dicho pueblo”. La provincia la dividió en trece vicarías foráneas, “cuya ejecución ha producido los mejores efectos y facilitado mucho el desempeño del pastoral ministerio.” Esta labor eficaz, tenía que llamar la atención, tanto de las autoridades como de la opinión pública en general, lo que terminaría empujando su ascenso, verificado en su próximo traslado a la nueva diócesis de Salta.

No tardó en llegar el turno de su traslado a la nueva diócesis salteña. Este llegó en tres reales cédulas y en apretada mezcla de fechas, firmadas desde el Pardo a 17 de febrero de 1807. La primera dirigida a Videla, en la que le comunicaba su presentación al Papa Pío VII para obispo de Salta, junto con el ruego y encargo de que pasara cuanto antes a la nueva diócesis. La segunda también dirigida a su Ilustrísima, en la que le reencargaba la demarcación de los límites del nuevo obispado y la tercera, comunicando estas decisiones al Virrey del Río de la Plata D. Santiago de Liniers.

Poco después, desde Aranjuez, el 25 de mayo de 1807, su Majestad otorgó las ejecutoriales al obispo Videla del Pino, después de haber visto “las Bulas del Obispado de Salta”, emitidas con fecha Madrid 29 de abril de 1807. Estas bulas incluían la comunicación a Videla de su traslado a la diócesis de Salta, la comunicación al Rey, al clero, al pueblo de la ciudad y diócesis de Salta, a los vasallos de la iglesia de Salta, y al Deán. Junto con estas Bulas papales, tenemos también las ejecutoriales en el Archivo de la Curia Eclesiástica de Salta. Y en la fundante Constitución Apostólica Regalium Principum de esta nueva diócesis de Salta, seccionada de la originaria de Córdoba del Tucumán,vemos que el mismo Papa, hace un resumen de las propuestas y, en definitiva, de la aceptación de lo que Carlos IV le proponía a la Santa Sede. Así, aparece con el máximo rigor y sanción posible por parte del Sumo Pontífice: “Declaramos nulo e inválido todo aquello que intente suprimir o insinuarse en esta nuestra carta apostólica y de su contenido, […]” .

El viaje de Videla del Pino desde Asunción a su nueva diócesis salteña, fue pastoralmente ejemplar y modélico, pues lo aprovechó como auténtica visita pastoral, para obtener un primer y detallado informe de la situación real de la diócesis. Nicolás Videla del Pino salió de Asunción, por vía fluvial, en el mes de abril de 1808, dirigiéndose desde allí a Santa Fe, desde donde el 11 de mayo siguiente, comunicaba a la Real Audiencia de Buenos Aires, su plan de acción. Según este plan, se proponía “dar principio a la General Visita desde la entrada, en los límites de la citada intendencia” de Salta. Para ello requería la aprobación del tribunal, “pues aunque es cierto que dicha Real Cédula de gobierno no designa los límites del obispado a ningún rumbo, pero es fuera de duda que la división que se ha hecho de los de Córdoba y Salta, se proyectó según la comprensión de sus respectivas intendencias, como que el Córdoba no tiene otros linderos”. Desde Santa Fe siguió por tierra hasta el Chaco, llegando a la Reducción de la Concepción de Abipones el 15 de junio, que encontró en muy mal estado, donde tomó posesión del nuevo Obispado.

La real cédula de nombramiento episcopal que publicó en Abipones, la había recibido el 10 de diciembre del año anterior. Con su publicación, se posesionó del obispado de Salta el mismo día 15 de junio de 1808. Tres días después, abría la visita pastoral y ordenaba a los Vicarios Foráneos, por auto de 22 de junio, publicar su toma de posesión episcopal, “para que llegue a noticia de todos que, desde la fecha de nuestro ingreso al obispado, ha debido cesar el gobierno del Cabildo Eclesiástico de Córdoba, quedando este nuevo obispado absolutamente independiente de aquel en todas líneas, y sólo sujeto a Nos”. Pasó, además, sendos oficios a los Cabildos seculares de Santiago del Estero y Catamarca, y a los gobernadores intendentes de Córdoba y Salta, “para que manifestasen los documentos relativos a sus territorios, que debían decidir en el deslinde del nuevo obispado”.

La primera gran actividad pastoral de Videla del Pino en su nueva diócesis, comenzó en la Reducción de Concepción de Abipones, entre junio y agosto de 1808, con la publicación nada menos que de diecisiete autos de visita. En ellos detectamos, una vez más, su preocupación por organizar la descuidada vida parroquial, lo mismo que sus archivos, tan frecuentemente olvidados, por lo que Videla es recurrente sobre ambos temas. A cada párroco le encomendaba transcribiera en libro aparte, las cartas episcopales, edictos, instrucciones y demás instrumentos de vida pastoral. A todo esto dedicó los dos primeros autos. Los siguientes autos se referían a la forma de llevar los demás libros parroquiales, las matrículas, la administración de sacramentos, los entierros, la enseñanza de la doctrina cristiana, el cumplimiento del precepto pascual, la visita canónica y la reforma de los abusos. Todos ellos fueron emitidos desde la Reducción de Abipones. Algunos dirigidos a todos los curas, en general, pero los había también con disposiciones concretas a párrocos particulares. Además, ya desde el principio, legisló sobre el nombramiento de los primeros párrocos y los beneficios. Pero incluso estos cargos, que podemos considerar de segunda categoría, pasaban por la aprobación del Consejo de su Majestad, con documento extendido ante notario público. Este y con estas características fue el primer contacto de Nicolás Videla del Pino con su nueva diócesis, tomando desde el principio el pulso a todos los problemas de la misma, que alcanzaba incluso hasta el aspecto de seguridad militar, de lo que como testigo presencial, no dudó en informar al virrey Santiago de Liniers. Todo esto indica claramente que Videla del Pino fue un buen legislador y exigente ejecutor, señal perfecta del buen hacer episcopal.

Si la actividad legislativa de Videla había empezado en Avipones, no terminó aquí. Aunque no nos vamos a detener de forma pormenorizada, sí pretendemos citar de forma escueta el contenido de los documentos que consideramos más importantes, sobre este tema, y que están en el Archivo de la Curia de Salta, principal arsenal documental sobre Videla en este aspecto. Su labor y órdenes legislativas comenzaron ya en Avipones, donde emitió un auto para que los curas cuidasen en sus respectivas parroquias del archivo referente a los expedientes matrimoniales, otro auto sobre los que estaban casados en doble matrimonio, auto con disposiciones para el Vicario Foráneo de Tarija, al que también facultaba para proveer de párrocos en los lugares tarijeños comprendidos en el nuevo obispado de Salta. Junto con lo anterior, Videla actuó también como intermediario en las controversias desatadas entre los curas Castellanos e Iriarte por el curato de Rosario, que finalmente por fallecimiento de Castellanos terminó Videla otorgándolo a Iriarte, nombró jueces de haceduría de Diezmos, tema este que sufría muchas irregularidades, como podemos ver por la abundante documentación que sobre este tema conservamos.

Videla ordenaba igualmente a los curas que llevasen minuciosamente el libro de matrícula de feligreses, para lo que incluso les ofrecía, diseñándoles él mismo varios ejemplos, modelos a imitar, según las distintas necesidades. Ordenó también un informe sobre el producto de los curatos del nuevo obispado de Salta, estando informado “por sujetos prácticos e inteligentes, que los que corrieron con la regulación de la cuarta episcopal de los curatos de dicho Obispado, no desempeñaron fielmente la confianza de nuestros Ilustrísimos predecesores”. Pero no solamente reparaba Videla en cuestiones administrativas, pues es de sobra conocido que ningún campo le fue ajeno, sino que también promulgaba disposiciones encaminadas a indagar la conducta cristiana de los sacerdotes y seculares cristianos en el terreno pastoral. No queremos interrumpir la brevedad impuesta para este apartado. Bastan estas elementales referencias para comprender el gran empeño y espíritu reformador que Videla del Pino imprimió en su diócesis. No partió de cero, pues muchas de estas ordenanzas suyas ya estaban mandadas por el Concilio de Trento. Pero una cosa era lo ordenado y otra muy distinta su cumplimiento, de lo que el obispo de Salta fue un pastor sensible y demandante del cumplimiento de la ley.

Videla del Pino tomó posesión de su Iglesia de Salta el 15 de agosto de 1809. Este evento fue recogido pródiga y solemnemente en Acta del Cabildo Civil, quienes “para perpetuar la memoria de los más benéficos actos, con motivo de la Erección de la Santa Iglesia Catedral, estampan en el libro de acuerdos, que su señoría Ilustrísima el Sr. Dr. Don Nicolás Videla del Pino, tomó posesión de dicha Iglesia el día quince del presente mes y año, en el que se solemnizó su entrada pública con la magnificencia y esplendor, que pudo proporcionar este ilustre Ayuntamiento, siendo la aclamación y vivas universales, por parte del pueblo, tan dignos a la alteza de su carácter, como merecidas por su Ilustre persona”.

Hecha la erección de la diócesis, Videla del Pino, nada más llegar a Salta, se dedicó inmediatamente a organizarla, siguiendo el modelo de la normativa existente, lo que era tanto como decir, “en conformidad a las reglas de las Iglesias mejicana, Limense, Chilena, Cordobesa, del Cuzco y de la Plata, y a otros cánones.” Aquí vemos la escrupulosidad jurídica con que siempre procedía Videla del Pino, sin innovaciones innecesarias ni precipitaciones imprudentes. Pero a partir de ahí, puso inmediatamente todo su empeño en llevar a la práctica, quizá no la más necesaria, pero sí lo más urgente.

La capital de la diócesis salteña superaba entonces los siete mil habitantes, pero su catedral no era proporcionalmente suficiente para ese volumen de población, como el mismo Videla lo comunicaba al Virrey Cisneros. Por eso, al convertirse la ciudad de Salta en sede del nuevo obispado, se imponía la necesidad de levantar una catedral de nueva planta, que fuera digna sede de la nueva diócesis y cátedra desde la que enseñar el Pastor de la misma. La ausencia inicial de esta Catedral, obligó a pensar en la iglesia de los Jesuitas, como su lugar y emplazamiento provisional. Pero resultaba pequeña y necesitaba ser refaccionada, aunque tenía la ventaja de su buena ubicación, que se adecuaba bastante bien al uso entonces en práctica: estar al lado del poder civil, representado en el Ayuntamiento, y contiguos el uno al otro en la denominada Plaza del Cabildo, hoy 9 de Julio, aunque ya sabemos que lo más usual era el uno frente al otro, como están en la actualidad, y como aún se conservan en las ciudades coloniales.

Este carácter de urgencia de la catedral, lo tenían también los estudios de gramática, filosofía y teología para los clérigos estudiantes y futuros sacerdotes diocesanos, para cuyo establecimiento solicitó “el sitio contiguo a la Iglesia de los ex jesuitas, que Su Majestad se dignó ceder al público, para ayuda de Parroquia, con aquellos cuartos ruinosos comprendidos en él y que son del cargo de Usía.” Pero precisamente aquí surgieron rápidamente los inevitables problemas, que terminaron por originar un largo contencioso en torno a su apertura en el colegio de los expulsos jesuitas. Colisionaban dos supuestos derechos, cuyas cabezas visibles eran, por un lado, D. José León Cabezón, preceptor de latinidad, que en julio de 1790 había conseguido, por oposición, semejante título, y por otro, Videla del Pino, a quién Pío VII en la Constitución Apostólica de erección de la diócesis, Regalium Principum, le ordenaba que erigiera un Seminario Conciliar. No hacía más que cumplir lo preceptuado por el Concilio de Trento.

La solución a este litigio no pasaba sólo por el desalojo de su familia, sino también por la concesión gratuita de otra vivienda digna, en sustitución de esta. Pero el Sr. León Cabezón no aceptaba esta propuesta, a lo que unía, para mayor refuerzo de su causa, el beneficioso e indiscutible servicio público que desempeñaba dicho centro educativo o cátedra de latinidad. El litigio se extendió desde el 3 de noviembre de 1809, según el oficio de Videla solicitando el inmueble, hasta 1810, en que lo consiguió definitivamente para el obispado. Sin embargo, debido a circunstancias adversas, la diócesis sólo lo pudo disfrutar por muy corto espacio de tiempo. Videla también erigió un hospital, y un Colegio de Niñas Huérfanas, pero a pesar de lo mucho realizado en tan corto espacio temporal, afirma categóricamente Videla del Pino, “no nos satisfacemos con estos. Emprenderemos mayores obras, con que aseguraremos la Catedral perpetuamente. Vosotros, como que es bien para todos, debéis ayudar a ello, aunque yo me contentaré con no desayudéis”.

2. El obispo Nicolás Videla del Pino en “la cuerda floja”

Las incomprensiones sufridas por Videla del Pino tuvieron una doble vertiente, una en Salta y otra en Córdoba, y ambas coincidían en la ilegalidad de la erección de la diócesis. Desde Salta, porque según el deán D. Vicente Anastasio de Isasmendi y el canónigo José Miguel de Castro, la concesión de cargos en la erección de la catedral había sido ilegal. Y desde Córdoba, porque la visita la había iniciado Videla sin las bulas pontificias y sin estar definidos aún tanto los límites del nuevo obispado de Salta, como los del originario de Córdoba. Ambas acusaciones no eran exactamente así, según datos que tampoco estaban olvidados en la memoria del virrey Liniers, sobre el que estaba muy atento, lo que añadía a la decisión de Videla de erigir la diócesis, el valor añadido de que el mismo virrey, garantizaba la expedición de esas Bulas. Además, este testimonio de Liniers, tenía también el inestimable valor de su cercanía temporal a las quejas cordobesas, que inevitablemente las silenciaba. Por otra parte, estas dudas parecían surgir de la fina sensibilidad y sincero deseo de cumplir la legalidad vigente, pero dicha motivación opositora, de acuerdo al total de los datos que poseemos, aparece, al menos, muy cuestionable en este sentido. De lo que no hay duda, es que en este foco opositor, liderado por el Deán Funes, aparecía su antigua e inextinguible inquina contra Videla, en la que también entraban como poderosos ingredientes añadidos, el reparto de las rentas entre ambas diócesis, lo mismo que la atribución geográfica a una y otra, que Funes veía inclinarse, con excesiva generosidad, a favor de la de Salta. Y el foco opositor de Salta, igualmente fuerte y poderoso, tenía su origen en la creación de los cargos, que Videla hizo en la Catedral. Ambos opositores salteños no lo deseaban, porque su ampliación, suponía una mayor división en el monto total de rentas a repartir, que ambos pretendían, fuera para ellos dos solos. Esto terminó aparentemente en el injusto destierro, que en 1812 dictó el Gral. Belgrano contra el Obispo salteño. Y en este concreto punto, no queremos prescindir de las autorizadas palabras del historiador Cayetano Bruno, que asumimos y hacemos enteramente nuestras. Este, categóricamente afirma, que se debió, “a la malevolencia y codicia de dos prebendados, cuya actitud desautorizó la Corte, al dar la razón entera al Obispo.”

Para Videla del Pino se había iniciado “el calvario que le llevaría al Gólgota del destierro”. Conocemos bien todo el calumnioso proceso, y tenemos que decir, que Videla del Pino se comportó siempre con exquisita dignidad personal, ejemplar sentido pastoral del cargo que ocupaba, y con noble porte y elegantes maneras, a la hora de rechazar las insidiosas y perversas calumnias, que tuvo que soportar. Lo vemos en toda su abundante documentación y especialmente lo constatamos en la Instrucción Pastoral de 1809, que esta perversa agresión salteña, le obligó a promulgar.

Sus dos únicos oponentes salteños habían sido bien diligentes, en la elección del momento para el triunfo de sus peligrosos sentimientos. Este fue, precisamente, en circunstancias especialmente difíciles para España, cuando Napoleón intentaba adueñarse de ella. Así, “a los tres días de nuestro arribo, sin saber radicalmente nuestras disposiciones, y sin dato alguno positivo, se ocurrió a la Superioridad con una representación llena de imposturas, calumnias y groseras ignorancias, dirigidas a embarazar nuestros designios”. Videla, por el contrario, siempre tenía muy presente el bien de sus feligreses, por lo que no dudó en comunicarles: “no ignoramos los viles artificios de que se usa para conquistar vuestros votos, para sugeriros sospechas vanas, e induciros en mal fundados recelos. Nosotros, por el invariable amor que os profesamos, debemos satisfacer vuestros reparos, y, por justicia, imponeros en la realidad de los sucesos”.

El estilo literario con que vehicula el mensaje de esta Pastoral es el propio de Videla, enérgico, preciso y rotundo, escoltado por una decidida y valiente voluntad y firmeza de criterios, que no logrará anular ninguna adversidad. Por otra parte, la misma facilidad expresiva y argumental que utiliza en esta Pastoral, no era fácil que la improvisara, lo que nos da a entender que era también otro fruto maduro de los servicios culturales de su bien surtida biblioteca y de su correspondiente práctica lectora. Todas estas virtudes las volveremos a ver en su segunda y última Pastoral de 1812, que lo mismo que la de 1809, surgió para atender otras situaciones especiales y en otro momento decisivo, aunque de distintas características.

Esta Pastoral de Videla fue originada por la orden que, el 3 de febrero de 1812, promulgó el primer Triunvirato de Buenos Aires sobre cuestiones litúrgicas, y que remitió a los tres obispados “dependientes” de su autoridad republicana. Era una grave intromisión en temas litúrgicos, algo por completo ajeno a su competencia legislativa, y que creó un verdadero cargo de conciencia, a las autoridades eclesiásticas del Río de la Plata. “Este gobierno, [decía la orden] que conoce muy bien cuanta es la fuerza y poderío del influjo religioso […], por acuerdo del 1º del presente, ha resuelto que en todos los sermones, panegíricos y doctrinales, se toque forzosamente un punto relativo a la libertad de los pueblos, con sujeción al actual sistema que ha adoptado; y que en la oración de la misa se incluya esta súplica: pro pia et sancta nostrae libertatis causa”.

Según explicó Videla, la finalidad de su Instrucción Pastoral tenía la finalidad de “evitar las dudas y desvanecer las dificultades que al primer aspecto podría suscitar la novedad”, por la innovación que se hacía en el rito de la misa, y por “introducir una materia extraña a la predicación del Evangelio”. A este último aspecto se refería precisamente la primera parte de la exposición de esta Pastoral. La instrucción era necesaria, para calmar las agitadas conciencias que en aquellos difíciles momentos, estaban siendo convulsionadas por distintos y opuestos mensajes y mensajeros. Pero los acontecimientos de seis días después, es decir, la fulminante orden de destierro dictada contra él por el general Belgrano, le impidieron a Videla publicarla.

A nadie se le ocultaba que ambas disposiciones eran una grave e indebida intromisión del poder civil en el campo litúrgico, de exclusiva competencia eclesiástica. Aquí el poder republicano se investía y mejoraba, como heredero del Patronato Real español. Pero lo hacía de forma totalmente ilegal, ya que aquel fue otorgado a la Monarquía Española, y esa donación, no había sido derogada por la Santa Sede, ni había tenido tampoco un nuevo acto de concesión a las nuevas autoridades republicanas, acto que debería ser de forma individualizada, a cada una de ellas, en consonancia con las nuevas repúblicas. Si las nuevas autoridades republicanas, intentaban anular la presencia de la monarquía española, lo tenía que hacer en todo, de forma indivisa, y no interesada. Por eso no duda en afirmar Foncillas, que “no había antecedentes, ni siquiera en los abusos del Regio Vicariato, que pudieran venir en apoyo de las citadas disposiciones oficiales.”

Esa ilegalidad, a la hora de ser aplicada en los templos y celebraciones religiosas, se convertía en fuente de escrúpulos y ansiedades de conciencia para el clero salteño, lo que urgía la necesidad de esta Instrucción Pastoral, hecha específicamente por el Pastor de la Iglesia salteña y para todos sus fieles. En ella Videla apura, hasta el límite, razones y argumentos para compatibilizar las órdenes del gobierno con la ortodoxia católica. Ardua tarea, a duras penas conseguida, no obstante la manifiesta habilidad de que Videla del Pino hace gala en su desarrollo. El mismo obispo de Córdoba Rodrigo de Orellana, declarado realista y de comprobada rectitud de conducta, no encontró solución más satisfactoria a este problema, lo mismo que el Provisor de Buenos Aires, Achega, que cumplir la orden. Y pensamos que los tres eran ideológicamente dispares. Por eso resulta interesante su coincidencia en este acatamiento gubernamental, dadas las enormes discrepancias ideológicas existentes entre ellos. Orellana ya sabemos que era fuertemente realista, y Achega tenía que ser dócil a quien lo había nombrado: el gobierno republicano de Buenos Aires, como era usual en todos los Vicarios Generales.

En todo el desarrollo de esta Pastoral, Videla del Pino se comporta siempre como estricto Pastor, y Pastor por igual, de ambos bandos enfrentados. Por eso, para fortalecer su decisión de agregar dichas preces a la oración colecta de la misa, Videla hace un vano esfuerzo por delimitar las esferas temporal y religiosa de ambas jurisdicciones, que entonces en absoluto eran respetadas por el poder civil, afirmando, con un pretendido apoliticismo, que no le evitó la amarga experiencia del destierro, que a los obispos no les correspondía “examinar la legitimidad de los gobiernos, a quines deben […] respetar, amar y obedecer, desde que los pueblos los han reconocido o constituido”, para, a contrapelo, reafirmar que “hasta el día las Provincias Unidas del Río de la Plata se gobiernan a nombre del Rey Fernando”.

Está claro en el anterior párrafo que Videla parece moverse en la cuerda floja, sin decantarse políticamente por ninguno de los dos poderes políticos en guerra civil. También tenemos que decir que en ningún párrafo de esta Instrucción, le hemos detectado un claro fervor patriótico, ya que nunca descendió al campo de la realidad política concreta, en que vivían las Provincias Unidas, entonces muy inestable y de incierto futuro. La razón estaba en que él, no era ni político ni militar, sino un fiel y modélico pastor de la Iglesia, elementos estos de suma importancia para enjuiciar el papel que representó. Por eso creemos que fue una actitud políticamente calculada y de manifiesta y encomiable prudencia, pues, por otra parte, nadie podía atisbar ni deducir entonces, el resultado final de la contienda civil, que se estaba librando, dada la insegura e imprevisible situación militar reinante. De ahí también su lenguaje ambivalente, que nos atreveríamos a calificar de muy prudente y diplomático, además de bien documentado, lo que significa que esta Instrucción, no fue un documento rápido y urgentemente improvisado por Nicolás Videla del Pino para salir del difícil trance, sino bien sopesado y maduro. En definitiva, Videla adoptó una solución salomónica, pues termina por agregar dicha orden gubernamental, pero sin suprimir la anterior invocación, dando como resultado el que se rezaran juntas ambas impetraciones: Por la Junta de Buenos Aires y por Fernando VII. Esto es una posición calculadamente ambigua y equidistante, pues, “Nos, no debemos, si no es con temeridad, anticipar nuestras resoluciones, ni a la voluntad de los pueblos ni a las determinaciones del Superior Gobierno que los rige, como sucedería si, al agregar en la colecta una súplica, omitiéramos la otra”.

¿Era esto “poner una vela a Dios y otra al diablo”? ¿Fue bien vista y aceptada esta decisión por todos sus fieles? Tenemos que decir, al menos, que no por Belgrano y sus acérrimos adversarios. Si Videla no vio razón para suprimir la impetración por Fernando VII, tampoco hay en sus palabras resistencia alguna a la inclusión de la invocación ordenada por el gobierno republicano, lo que da a entender también, que no le negaba legitimidad a este. Pero ¿lo hacía como defensor de los derechos dinásticos de Fernando VII? ¿Aplicaba este juicio solamente a la Revolución y no al gobierno que la llevaba adelante? No lo sabemos a ciencia cierta, aunque es indudable que eludió el plantearse este complicado problema. Pero, al menos, así daba respuesta e intentaba acallar el malestar y fuerte objeción de ciertos miembros del clero salteño, no por las prohibiciones eclesiásticas que se oponían a su aceptación y cumplimiento, sino por la incongruencia que significaba el mantener en la Misa la oración por Fernando VII con las preces añadidas “por la santa causas de nuestra libertad,” cuando ambas eran incompatibles.

La legitimad, al menos provisional, del gobierno constituido en Buenos Aires, la confirma Videla cuando dice que “podrá suceder muy bien que, reasumiendo estas Provincias sus derechos primitivos en el General Congreso que esperamos, se constituya otra forma de gobierno. Entonces la misma constitución nos enseñará cual sea la potestad suprema que debe sustituirse en la Colecta por el objeto de nuestras leyes”. Es decir, los pueblos podían darse la forma de gobierno que desearan, y hasta el momento en Buenos Aires, coexistían dos legalidades: la de Fernando VII y la de la Junta de Gobierno, pues la Junta se había formado para defender precisamente los derechos de Fernando VII al trono y reino de España, coexistente con la nueva autoridad que sucedió a la renuncia del virrey Baltasar Hidalgo de Cisneros. La liturgia y las piadosas intenciones de la Iglesia, tienen por objeto “únicamente implorar al Todopoderoso su divina protección y auxilios por la felicidad del Estado y su gobierno,” afirma de nuevo con pretendido apoliticismo. Llegados al final de este conflictivo documento, tenemos que reconocer honestamente que no es fácil emitir un juicio preciso y certero, sobre la postura de Videla del Pino en este tema. Sí admitimos, sin discusión, la rectitud y buena fe que en todo momento animó a Videla. Pero no excluimos tampoco las razones profundas, que sin duda le asistieron, y sobre las que no podemos opinar. Tampoco ocultamos que en esos momentos iniciales, los distintos interrogantes se acumulaban, pues “allá en lo profundo de su corazón había tal vez de violentar sus sentimientos para sentir cariño a una Revolución, cuyo término y resultado era imposible vislumbrar”.

Pero siempre son posibles y hasta inevitables preguntas como las siguientes: Cuando Videla redactó esta Instrucción Pastoral, ¿en quién pensaba más, en la Junta de Buenos Aires, como súbdito, o en el clero y fieles de Salta, como Pastor? Al intentar aclarar todos estos elementos accesorios, inevitablemente tiene que estar presente su condición sacerdotal, con el añadido de su carácter episcopal. Videla no era un político bajado a la palestra de la lucha partidista. Era más que político, pues como Obispo entendía, que debía moverse por encima de los intereses políticos, al ser el Pastor de los dos bandos criollos enfrentados.

Este fue Nicolás Videla del Pino, sin salvas a ninguno de los dos grupos americanos en liza civi, pues siempre intentó actuar como Pastor de todos y padre de su entera grey, compuesta por grupos americanos heterogéneos, y hasta enfrentados. Así intentaba evitar siempre la desafección o el apoyo a alguno de ellos, lo que iba en detrimento de los otros. De ahí sus firmes actitudes pastorales, que denotan gran fortaleza de ánimo, en un momento tan convulso, en el que tanto le necesitaban y urgían todos sus feligreses. En esto se distinguió con luz propia de otros representantes del episcopado, como Lué en Buenos Aires, Orellana en Córdoba, Rodríguez Zorrilla en Santiago de Chile y Moxó y Francolí, en Chuquisaca (Sucre). Sin embargo, sin haber sido probada su connivencia con los realistas, como ocurrió con los anteriores, y después de varias amnistías de su improbada culpabilidad, murió en el inmerecido destierro de Buenos Aires, sin gozar de la libertad ilegalmente incautada. Triste final para una vida, pletórica de óptimos servicios, que los anteriores prelados, con probada “culpabilidad política”, no sufrieron. Más aún, Videla hizo el juramento de fidelidad a la Primera Junta Gubernativa de Mayo en el Cabildo abierto de Salta el 19 de junio, pero ni aún esto fue suficiente, y que extrañamente los anteriores no sufrieron, pues todos, o murieron antes que Videla, o se exiliaron de las Provincia Unidas del Río de la Patria, cuando Videla sufría el encierro en el convento de la Merced.
Triste imagen la de la “Iglesia americana” de entonces, con prácticamente todas sus sedes vacantes, y gobernadas por Vicarios episcopales, elegidos no por el respectivo cabildo eclesiástico, así ordenado por el derecho canónico, sino por el gobierno republicano, al que inevitablemente tenían que ser dóciles y procurar no contrariar, cuyos propósitos no siempre eran acordes con el ejercicio pastoral que el pueblo creyente necesitaba.

3. Solitario e imprescindible obispo de las Provincias Unidas del Río de la Plata

Se constata en la abundante documentación conocida sobre Nicolás Videla del Pino, que no aparece ningún rasgo de amargura, rencor o desprecio hacia las nuevas autoridades republicanas surgidas en Mayo de 1810, que contra todo derecho, le retuvieron en el destierro desde 1813 hasta su deceso acaecido en 1819. Y no solamente por la injusta privación de su libertad, sino también por la incautación de sus bienes personales y del impago de los diezmos, a los que como obispo tenía derecho, y que el injusto destierro, no había extinguido. Por el contrario, sí son incesantes las cartas y recursos suplicatorios por el cobro de dicho obligado diezmo, cartas de pena y profundo dolor, pero de resignada aceptación, del estado de miseria y limosna permanente en que vivió, durante todo su destierro, parte del mismo, vivido en auténtico régimen carcelario, expresamente ordenado por las autoridades republicanas. Y es que la nobleza e hidalguía ni se heredan ni se improvisan, simplemente se viven.

El destierro de Videla, no era visto lo mismo por las autoridades republicanas de Buenos Aires y por las del cabildo civil de Salta. ¿Un desencuentro más entre una provincia y la Capital? No lo sabemos, pero el testimonio del Cabildo salteño, que ofrecemos a continuación, recoge sin duda y de forma oficial, el sentir tanto del pueblo como de las autoridades salteñas: “Los primeros de la dignidad, lo son en las grandes virtudes, que sirven de un modelo de perfección a los pueblos. Este concepto nunca se había desarraigado de los sentimientos interiores de este Ayuntamiento y habitantes de esta Ciudad. Siempre le parecía increíble, que el alto, santo y sagrado ministerio de V. S. Ilma. se complicase en la tiranía e injusticia más enorme, con que los crueles opresores de la América, niegan la restitución de su libertad, de su soberanía y de su gobierno. A proporción de la magnitud de la calumnia, es incomparable el placer y júbilo que recibe este Cuerpo Municipal, en la indemnización de V. S. I. y honrosa satisfacción con que el heroico pueblo de Buenos Aires lo restituye a esta su Diócesis. Esperando este Cabildo le proporcionará V. S. I. este suspirado día, a la mayor brevedad posible.”

La labor pastoral que Videla del Pino desempeñó, ya desde su sede salteña, fue extraordinaria, además de imprescindible. Siendo obispo, de Salta ya comenzó a impartir órdenes sagradas a aspirantes procedentes tanto del noroeste como del noreste de la actual república Argentina, e incluso de otras procedencias geográficas, pero no como lo hizo durante su estancia en Buenos Aires. Siendo obispo de Salta, coincidió con el obispo de Buenos Aires Benito Lué y Reigada (+ 1812), por lo que se repartieron este ministerio. Pero todo cambió a raíz del deceso de Mons. Lué, coincidente con el destierro de Videla a Buenos Aires.

El primer gran grupo de ordenandos por Videla es de diciembre de 1809. En este grupo vienen los que van a recibir la tonsura y cuatro órdenes menores, en número de catorce, los que van a recibir el subdiaconado, los quince para el clero secular y dos para la Orden de Predicadores. Para recibir la orden mayor del diaconado se presentaron los mismos, que acabamos de ver, tres del Orden de Predicadores, uno más que en el grupo del subdiaconado, y por último los aspirantes al presbiterado, en número de quince, que al no indicar nada, creemos que son todos para el clero secular, y tres dominicos. Esta continuidad del mismo número de aspirantes a las distintas órdenes y todas ellas dentro de las mismas fechas de diciembre, nos indican la posible y distinta procedencia geográfica, lo que explicaría, por razones de tiempo y desplazamientos, que recibieron dentro de dicho mes, todas las órdenes sagradas, menores y mayores.

A partir de 1812 aparecen ya patentes de los provinciales de franciscanos, dominicos, agustinos de Chile y mercedarios. Son documentos oficiales, que suelen venir en latín, pero con la particularidad de que traen la cláusula et tecum in interstitiis dispensare dignetur, es decir, que Videla les dispense del incumplimiento del lapso de tiempo que debía existir entre la recepción de una orden sagrada y la siguiente. Al proceder de lugares tan distantes, eran necesarias estas dispensas. Junto con esta patente del respectivo P. Provincial, suelen venir las certificaciones de haber recibido los sacramentos preceptivos, bautismo y confirmación, para recibir estas sagradas órdenes. Pero no solamente salen los PP. Provinciales Cayetano Rodríguez y Lorenzo Santos, del Orden de San Francisco, Pedro Nolasco Iturri y Manuel de la Torre, de la Merced, Julián Perdriel, del Orden de Santo Domingo y Fermín Lorie, Provincial de Chile del Orden de San Agustín, sino también Vicarios Generales o Cabildo Eclesiástico de Buenos Aires, como Estanislao Zavaleta, Domingo Victorio Achega y Julián Segundo de Agüero, Juan Antonio López Crespo y Benito Lazcano, Vicarios Generales de Córdoba, José Ignacio Cienfuegos, Vicario General de Santiago de Chile. Y hasta se da la ironía de que “el Deán y el Cabildo de esta Santa Iglesia Catedral sede episcopal vacante” pide a Videla del Pino, a través del Vicario General del obispado de Buenos Aires, Diego Estanislao Zabaleta, que confiriera el presbiterado al diácono Martín Boneo.

La primera petición cursada a Videla del Pino, para que impusiera órdenes sagrados, fue cursada por el P. Pedro Nolasco Iturri, con fecha de Buenos Aires, 18 de Agosto de 1812, y la última por el Vicario General de Santiago de Chile, José Ignacio Cienfuegos con fecha Santiago de Chile, 7 de diciembre de 1818, la primera nada más llegar Videla a Buenos Aires y la última, a escasos meses de su deceso, lo que habla bien claro de la importancia del ministerio de Nicolás Videla del Pino, estando desterrado en Buenos Aires . Era el único obispo y en sede vacante de las Provincias Unidas del Río de la Plata, y en realidad parecía como un obispo auxiliar de Buenos Aires . Pero tenemos que tener en cuenta un dato, que sale alguna vez en esta documentación. Videla del Pino por ser obispo, aunque no residente, era jerárquicamente superior al Vicario General de Buenos Aires, pero en Buenos Aires, jurisdiccionalmente, la autoridad legítima y superior era dicho Vicario General. Por eso tenemos el caso de que esta acepta al presbiterado a José Casimiro Arellano y al mismo tiempo confiere autorización a Videla del Pino para que se lo imponga. Videla del Pino ya se lo había pedido y aquí vemos, una vez más que se lo concede Estanislao Zavaleta.

De entrada tenemos que decir, que analizada la documentación de Videla sobre temas pastorales y concretamente sobre este apartado de imposición de órdenes sagradas a los aspirantes a clérigos, comprobamos que en Buenos Aires continuó al mismo ritmo y aún mayor que el desarrollado cuando era obispo residente en Salta. Del tiempo que estuvo en Concepción del Río Cuarto no hemos encontrado documentación sobre esta importante actividad pastoral de Videla, pero sí en la Capital de las Provincias Unidas. La razón de esta ejemplar actividad pastoral es de peso y fácilmente reconocible: Nicolás Videla del Pino fue el único obispo y además no residente, no solamente de las Provincias Unidas del Río de la Plata, sino incluso de más allá de estas fronteras y que comprendían todo el anterior Virreinato del Río de la Plata, que como sabemos, lo formaban los actuales países Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia y parte del sur de Brasil. De Asunción del Paraguay, a la salida de Videla con destino a Salta, fue nombrado nuevo obispo Mons. Pedro García Panes (23 mar 1807 - 13 oct. 1838 fallecido), pero no ocurrió lo mismo en Buenos Aires. Esta diócesis por fallecimiento de Benito Lué y Riega, se convirtió en sede vacante y continuó como tal, ya que no fue elegido nuevo obispo para sucederle. Las autoridades republicanas no lo deseaban e hicieron todo lo que estuvo en sus manos para que las relaciones con la Santa Sede continuaran interrumpidas e inexistentes, por imperativos de política interna, que juzgaban inevitables. Esto explica la continuación de sede vacante en Buenos Aires. Lo mismo ocurrió con el obispado de Córdoba por destierro inicial de Rodrigo Orellana, su último obispo y posterior huida y establecimiento de su residencia en España, en Charcas con don Benito de Moxó y Francolí, desterrado por Rondeau a Salta, donde falleció en abril de 1816, y con el de Santiago de Chile D. Santiago Rodríguez Zorrilla, desterrado por O´Higgins a Mendoza.

Todas esas diócesis sufrieron durante unos cuantos años la ausencia episcopal, lo que las convirtió en sedes vacantes, aunque tenían su propio Vicario General, pero este, al no tener conferido el orden episcopal, no podía realizar las funciones sagradas propias del obispo, como imponer órdenes a los aspirantes a clérigos, lo que implicaba una dura y difícil carencia para estos aspirantes que como consecuencia tenían que desplazarse y realizar largos viajes en aquellas difíciles circunstancias. Esas distancias, iban desde Chile a Buenos Aires, como desde cualquier otro extremo de las Provincias Unidas, a su Capital. Así lo hicieron tanto aspirantes seculares como regulares. Este vacío de obispos residentes tiene inevitablemente varias lecturas significativas. Primero la episcopal, ya que un solo obispo, en este caso Videla durante su destierro en Buenos Aires, atendía a un espacio geográfico tan extenso. Segundo, el desamparo de guías y pastores que esta ausencia episcopal implicaba, con su alarmante ausencia de orientación y alimento espiritual para la feligresía en general, creyente en su práctica totalidad, pero falto de mensajes genuinamente episcopales. Tercero, suponía también una dura prueba para los aspirantes al sacerdocio, al tener que cubrir esas enormes distancias, por regiones escasamente pobladas, con sus inevitables peligros de todo tipo.

Videla del Pino empezó ya en Salta su ministerio de conferir órdenes sagradas a un buen número de aspirantes, tanto seculares como regulares, ministerio que lo continuó ejerciendo en Buenos Aires durante su residencia en dicha capital. El Archivo de la Curia eclesiástica de Salta conserva unas cuantas listas de ordenandos a distintas órdenes sagradas, que supuestamente pudieron ser más que los que se conservan en los archivos. Los clérigos ordenados en Salta, recibían durante aproximadamente un mes, todas las órdenes sagradas. Las recibían seguidas, en días distintos y con muy pocas fechas de intervalo entre la recepción de una y otra ordenación. Durante el ejercicio de este ministerio en Salta, lo mismo que el desarrollado en Buenos Aires, las ordenaciones que impuso Videla del Pino fueron tanto de aspirantes regulares como de seculares, procedentes posiblemente todos de las Provincias Unidas del Río de la Plata. Cuando fue recluido en Buenos Aires, estas ordenaciones se ampliaron además a las nuevas repúblicas, de lo que hicimos ya referencia, puesto que fue prácticamente el único obispo en todo el Cono Sur americano.

Solamente vamos a hacer mención de los que fueron ordenados de presbíteros, prescindiendo de reseñar a los de otras órdenes menores, aunque normalmente todos los que recibían una orden menor, concluían en el presbiterado. Lo vemos es que los que reciben el presbiterado, vienen también en las listas de los que fueron ordenados de las cuatro órdenes menores, a continuación de estas el subdiaconado, considerada también orden menor, y a continuación el diaconado, para concluir recibiendo el presbiterado. Cuando los ordenandos eran religiosos, venían presentados y enviados a través de sus respetivos Provinciales. Por el contrario, si se trataba de aspirantes seculares, quien los remitía era el Vicario General de su respectiva diócesis, que previa autorización a Videla del Pino para que les confiriera dichas órdenes, este los admitía.

Nada conservamos sobre ordenaciones de Videla en Santiago del Estero en su camino hacia Salta. El primer documento que conocemos es del 28 de noviembre de 1808, cuando fueron ordenados en Salta dos dominicos, tres franciscanos, cuatro mercedarios, cinco agustinos y diez seculares. Desde luego estamos seguros que todos no eran, al menos los regulares, de la diócesis de Salta. Concretamente los agustinos venían de San Juan, y, por lo que vemos de las fechas en que recibieron las órdenes, tuvieron que residir durante aproximadamente un mes en Salta, hasta llegar a recibir el presbiterado. Todos los grupos de ordenandos aparecen siguiendo este orden. Primero reciben las cuatro órdenes menores, unos días después, a veces dos o tres, recibían el subdiaconado, unos días más tarde el diaconado, y pasados otros pocos días más el presbiterado, lo que ocupaba en torno a un mes entero No sabemos por qué los agustinos, que pertenecían a la Provincia Agustiniana de Chile, junto con el otro convento de Mendoza, no iban a Santiago de Chile, pues allí residía el P. Provincial, o a Córdoba, a cuya diócesis pertenecía Mendoza, pues en esa fecha tenían ambas diócesis obispo residencial. A la de Santiago de Chile, es comprensible que no fueran por la barrera de los Andes. Pero esto no ocurría con la de Córdoba.

Otro grupo de ordenandos tuvo lugar el 31 de diciembre de 1809, también en Salta y siempre por Nicolás Videla del Pino. Fueron ordenados de presbíteros quince seculares y solamente tres dominicos de entre los regulares. En dicha ordenación vienen solamente las listas de los ordenandos, por lo que desconocemos su lugar de procedencia, junto con otros datos. Con esta lista se termina la documentación que tenemos de Videla confiriendo órdenes sagradas en Salta. El primer ordenado que nos consta documentalmente en Buenos Aires fue el franciscano Fr. Gregorio Ábrego, el 18 de agosto de 1812, cuyo Provincial Fr. Pedro Nolasco Iturri solicitó a Videla le confiriera todos los órdenes sagrados, presbiterado incluido. Dadas las limitaciones existentes de todo tipo, suelen venir en las peticiones, la mayoría en latín, con la formula in intertitiis dispensare dignetur, es decir, que se digne dispensar de la falta de cumplimiento en los tiempos que debían transcurrir entre una ordenación y otra.

El Vicario de Buenos Aires Dr. Zavaleta, solicitó a Videla confiriese órdenes sagrados a ocho seculares. Tenemos también dos dominicos, después cinco franciscanos, seis mercedarios, dos seculares, solicitados por el Vicario de Buenos Aires Dr. Domingo Victorio Achegas, uno por el de Córdoba, tres chilenos, residentes en Mendoza, lo que significa que estaban exiliados, cinco solicitados por el Vicario de Santiago de Chile Dr. Rodríguez Cienfuegos, siete por el Provincial de los Agustinos de Chile P. Fermín Loria, para quienes Cienfuegos expidió también las dimisorias.

Del Vicario General de Buenos Aires Zavaleta, tenemos un detalle interesante: Videla le pide y este le concede las licencias para que pueda conferir órdenes sagradas a los distintos aspirantes. La razón es que la máxima autoridad eclesiástica en Buenos Aires era el Vicario Zavaleta, pero este no tenía el orden episcopal, necesario para hacer esas ordenaciones, y Videla sí. Por lo tanto era este quien tenía los poderes episcopales para conferir dichas órdenes, pero Videla carecía de jurisdicción en Buenos Aires, al no ser obispo de allí, por lo que se veía obligado a solicitar dicha autorización al Vicario Zavaleta. Esa lista que Zavaleta le presenta contiene veintidós ordenandos, que vienen con los datos elementales: Nombre y apellidos, nombre de los padres, si es hijo legítimo y de qué lugar procedía. Son de toda la geografía de las Provincias Unidas, y hasta de Montevideo, sin excluir a Chile, pero la inmensa mayoría proceden de Buenos Aires . Finalmente, sin fecha, tenemos un documento en el que vienen cuatro seculares, junto con cinco franciscanos, dos mercedarios y un dominico. Al final del mismo documento nos vienen las edades de los franciscanos ordenados de distintas órdenes sagradas y que van desde los 21 hasta los 23 años, con dispensa a dos de ellos, por no tener aún cumplidos los 21 años exigidos para recibir órdenes menores, o justo tenerlos recién cumplidos. Estos eran franciscanos, aunque por el documento no consta, pero lo deducimos por haberlos visto en otros documentos similares en que así constan como tales, además de venir firmada la petición por el P. Cayetano Rodríguez, que nos consta fue P. Provincial franciscano, y uno de los congresales firmantes del Acta de Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata en el Congreso de Tucumán de 1816.

Pero aunque estuviesen ordenados de presbíteros, tenían que pasar por un examen de ceremonias en el que demostrasen estar plenamente instruidos en las rúbricas del misal romano. A partir de ahí, obtenía autorización episcopal definitiva, en este caso de Videla del Pino, y por una nueva autorización para celebrarla concedida por Mons. Videla del Pino, para poder celebrar misa y demás oficios religiosos. En cuanto al número de ordenaciones que impartió Videla del Pino en Buenos Aires es imposible saberlo, pues auque tenemos alguna lista de los mismos, creemos que faltan varias, y no sería posible sustituirlas por otros medios. Tenemos muchas peticiones individuales de imposición de órdenes sagrados, pero, por otra parte, tenemos solamente y sin patente de solicitud, varias listas de ordenandos, religiosos y seculares, sin que las listas y las peticiones individuales coincidan. Pero no cabe duda, que tenemos varias docenas de ordenandos, de los que en este Archivo de la Curia de Salta tenemos constancia, de una u otra forma, que pertenecieron al período previo al destierro de Videla del Pino. Tenemos varias decenas de este tipo de documentos, pero creemos que es imposible cuantificarlos exactamente.

Para concluir este apartado del tema sacerdotal, tenemos que dejar claro que desde 1812 hasta 1818, que son las dos fechas límite del período en que Videla del Pino fue el único obispo en las Provincias Unidas del Río de la Plata, a las que tenemos que añadir Chile, las varias docenas de sacerdotes, tanto del clero secular como regular, que dentro de esas fechas ordenó el obispo de Salta, se convirtió en todo un símbolo de referencia en este específico trabajo pastoral. ¿Qué hubiera ocurrido sin esa presencia y servicio ejemplar de Videla confiriendo el orden sacerdotal a esas docenas de clérigos? Pues que hubiéramos tenido un grave vacío, temporal y geográfico, sin guías espirituales, en el que es de preveer que la fe y vida religiosa del pueblo, hubiera salido alarmantemente deteriorada. Cierto que unos cuantos de esos aspirantes hubieran viajado aún a distancias mayores para ser ordenados sacerdotes, pero con toda seguridad muchos menos de los que acudieron al anciano Nicolás Videla del Pino, envidiable Pastor, que sabía olvidarse de sus infortunios, y permanecer en firme servicio hasta el ocaso de su fructífera existencia.

4. Nicolás Videla del Pino visto por la feligresía y el clero salteño

Son innumerables las referencias que conservamos del fuerte dolor con que vivió el pueblo este singular y lamentable acontecimiento. Una de las reiteradas acusaciones a Videla, fue la de haber provocado intencionadamente un auténtico tumulto popular, en el momento preciso de iniciar su primera salida de Salta. Aquí creemos, que lo que ofrecen como acusación, se transforma realmente en una palmaria muestra de manifestación espontánea de cariño y afecto a su Obispo, y de espontánea y popular declaración de su inocencia. Videla, como era su costumbre, sin temer ninguna pregunta ni obviar ninguna respuesta en su proceso, contesta afirmativamente cuando le hacen esta pregunta, que efectivamente fue a la Iglesia a rezar, “como se ordena en el Ritual Romano, que es cierto concurrió algún pueblo y lo acompañó llorando, sin el menor desorden ni tumulto, que cuando salió la segunda, evitó, con dolor suyo, esta diligencia cristiana, para no ofender la escrupulosidad del Sr. General, pero el concurso fue el mismo o mayor, acompañándole muchas gentes, hasta la primera jornada”.

No sería “justo” por nuestra parte, ni respetuoso con los hechos que ocurrieron, que evitáramos el dato de que no escasearon las personas particulares, bien conocedoras de su inocencia, que colaboraron entusiásticamente para conseguir su libertad. En este detalle corroboramos el gran aprecio y estima que como pastor siempre le dispensó el pueblo salteño. El Dr. Pedro Norberto de la Cerda, le escribe que el mismo gobernador Carrera, le “significó cuan interesado se hallaba por el feliz éxito del asunto de V. S. I. Y me aseguró interpondría todo su valimiento, que V. S. I. tenía recomendaciones para con él, y que al fin, era V. S. I. un americano”. Quizá a nivel más sencillo pero no menos emotivo, Celestina Salguero le escribe que ha intentado “con tesón por sus alivios, con mi débil influjo. Hoy los repito, porque aunque ya considero a V. S. I. completamente vindicado, como me lo prometía, sé también que es llegado el tiempo de la rivalidad para los grandes hombres”. ¿Será también aquí aplicable el aforismo vox populi vox Dei, es decir, la voz del pueblo es la voz de Dios?

Si acabamos de ver el sentimiento del pueblo salteño hacia Videla, ahora nos toca mostrar que tampoco faltó la presencia del clero de Salta, uniendo su súplica escrita y dirigida a Belgrano, junto con la de su Prelado. La carta que comentamos va acompañada por veinticuatro firmas, encabezadas por el Provisor D. Juan José Lami, a quién pocos días después, Belgrano relevaría del cargo, suplantándolo por el Deán Isasmendi. Los argumentos de este grupo de sacerdotes eran los mismos que los de Videla, ambos de sentido común: “El Provisor y Vicario General de este obispado de Salta, los curas rectores y demás resto del clero secular, penetrados del más vivo dolor con la noticia de la superior providencia de Vuestra Señoría sobre el extrañamiento de nuestro Ilustrísimo Prelado”, suplican que se atienda “a los ruegos de un clero que se ha distinguido en los servicios a la patria, y a los gemidos de nuestra iglesia, que apenas se establece, tiene el dolor de llorar la pérdida de su esposo”.

La ilegal destitución del Vicario General Juan José Lami, realizada por el general Belgrano como si tuviera jurisdicción eclesiástica en la diócesis de Salta, a raíz del destierro de su Obispo, y la suplantación que hizo por Isasmendi, entre otros objetivos, tenía el claro intento de descabezar o debilitar la posible “oposición” eclesiástica contra esta incompetente intervención de Belgrano. El siguiente documento es bien claro al respecto, en el que aparece la disconformidad de esta parte del clero salteño contra esta ilegal actuación de Belgrano, no su oposición, que con silencioso y afligido respeto acatan.
El clero de Salta, en la carta que acabamos de citar, ponía también a consideración de Belgrano el estado de su edad avanzada, la rigidez de la estación climática y la epidemia general de tercianas, que sin duda acabaría “con una vida que es tan preciosa y necesaria”, cuando no se había organizado aún la Catedral “con la forma que corresponde a la majestad del culto.” A estas consideraciones, unas de elemental humanidad y otras de estricta necesidad eclesiástica, le añadían estos curas salteños una solución razonable como suprema merced: “En el caso en que con fianzas bastantes pudiéramos retener entre los términos del obispado a nuestro Prelado, y mucho más en esta ciudad capital, otorgaremos las que fueren de su superior agrado con personas legas y abonadas”. Vemos que en todo este documento existe una gran unidad tanto en los criterios como en los argumentos que aportan los defensores eclesiásticos de Videla, junto con una decisión sin fisuras y totalmente opuesta a esta decisión de Belgrano. Una vez más no percibimos aquí ninguna división en el clero salteño en contra de su obispo, a excepción del deán Isasmendi y del canónigo Castro, que proporcionalmente no podemos entender como oposición del clero local contra su Obispo.

Si acabamos de ver la carta de veinte y cuatro sacerdotes dirigida a Belgrano, ahora vemos la del Cura Rector y Vicario Foráneo de Santiago del Estero, acompañada de las firmas de los curas y vicarios de Silícica, Loreto, Tinogasta y Soconcho, junto con muchos vecinos de la zona, al Superior Gobierno de Buenos Aires: “Este sagrado rebaño, que improvisamente se ha visto careciendo de los silbos de su amado Pastor […], representa, suplica y pide que, atendiendo a los cansados años de nuestro dignísimo Prelado […], se digne permitirle que, fijando su residencia, por el tiempo de su vindicación, en esta ciudad, pueda desde ella satisfacer al alto concepto de Vuestra Excelencia, en los términos que sabemos se ha comprometido a esclarecer, hasta la evidencia, la ninguna parte que tiene en las imputaciones que se le sugieren”.

Añaden la gran necesidad que sintió la diócesis con su ausencia, para aportar, una vez más, datos sobre la eficacia organizativa y gobierno de Videla en la nueva diócesis, lo mismo que el profundo cariño que le profesaban todos sus fieles. Pero esto pesaba mucho menos que los graves, profundos y ocultos intereses que impelían al nuevo gobierno tomar un derrotero completamente distinto al que la masa de fieles pedían y necesitaban: “¡Ah! ¡Cuantas veces hemos tenido que derramar lágrimas entre el vestíbulo y el altar, por mirar que ya asomaba el ningún orden y método entre los ministros del santuario! Este digno hombre, que ha sabido conciliar la justicia y la paz con la sublimidad de su talento y la integridad de sus costumbres, había cimentado de un modo [tal] la disciplina eclesiástica de los sagrados cánones en esta su reciente diócesis, que ya en breve esperaba la gloria de verla como un bello plantel y foco de luces”.

La contestación del Gobierno a todos los ruegos que se le dirigían en favor de Videla fue siempre negativa, invocando siempre y de forma solemne en todos los documentos en los que rehusaba conceder cualquier medida de gracia, “la autoridad e intereses del Estado, por lo que estos mismos documentos nos ofrecen serias dudas sobre respecto a que los intereses del nuevo estado coincidieran con los de sus ciudadanos, al menos en este punto conflictivo. A la vista de esta carta de este nuevo colectivo de sacerdotes, no podemos silenciar, una vez más, que no hemos encontrado un solo testimonio de ningún sacerdote salteño en el que aparezca la más mínima oposición en contra de Videla como obispo, y sí varios documentos con su apoyo masivo al mismo. Estos datos confirman de forma reiterativa que no hubo enfrentamiento entre Videla y el clero local, sino solamente de dos importantes miembros del mismo con el primer obispo de Salta, enfrentamiento motivado fundamentalmente por motivos económicos.

Tenemos ahora que decir que tampoco faltaron las quejas y peticiones de las instituciones locales por la misma razón. Y podemos afirmar que con los mismos argumentos que los anteriores. Estando aún oculto Videla, el síndico procurador general de la ciudad Juan Manuel Quirós, se dirigió al Ayuntamiento, pidiéndole “reunir sus votos en la justa intención de representar al excelentísimo gobierno de Buenos Aires, sobre los derechos y acciones de nuestro Prelado, pidiendo fervorosamente se digne concederle la gracia de no removerlo de esta ciudad”, desde la que realizaría su “natural defensa”. Esta petición fue muy bien recibida por el ayuntamiento de Salta, y de resultas de ella envió el 6 de agosto de 1812 este oficio a dicho Superior Gobierno: “Este ilustre cuerpo […], no puede prescindir de elevar sus justos clamores hasta esa superioridad, por la suma consternación en que se halla, habiéndose presentado su reverendo prelado, después de tres meses y medio de amarga peregrinación, transido, consumido y falleciente de las comodidades y trabajos que ha tenido que sufrir en su ancianidad, y viendo que el comparendo a esa [ciudad] puede causar su última ruina”. Al igual que el síndico general, también insistían en que el obispo permaneciese en la ciudad, para llevar a cabo “desde ella su defensa”. Lo mismo que el procurador síndico, el ayuntamiento de Salta no pide la anulación del juicio a Videla, sino la celebración del mismo en Salta, con todas las garantías procesales.

Tampoco faltaron verdaderas y destacadas personalidades ofreciendo toda su colaboración para la pronta libertad de Videla. Juan Ignacio Gorriti, miembro de conocida familia patriótica y él mismo fervoroso patriota, le escribe así a Videla: “No puedo explicar bastante la terrible impresión que me causó la noticia de que el Sr. General, había ordenado a V. S. I. personarse en la Capital [de Buenos Aires]. Pero fue mucho mayor la que me causó cuando supe, que V. S. I. se había desparecido [sic], pues al instante calculé el enorme perjuicio, que preparaba esta deliberación, hija sin duda del recelo, y creo no haberme engañado. En fin, Sr. Ilustrísimo, me consuelo al ver que ha tomado V. S. I., el partido que debía. Me lisonjeo que su presencia en la Capital, podrá desvanecer cualesquier sindicación. Carezco de influjo, pero tengo algunos amigos en la Capital, a quienes escribiré con anticipación, y me persuado que podrán servir a V. S. I.”.

Pero la lectura de todos estos documentos en modo alguno sería válida, si la hiciéramos sólo desde su vertiente política. Abarca e incluye la polifacética figura de Videla del Pino como envidiado y querido pastor, lo mismo que de ejemplar guía de todo pueblo fiel de su amplia diócesis. Tantos y tan variados documentos no permiten otra lectura.

Consideraciones finales

Llegados al final de este recorrido, tenemos que decir, que para dignificar el pasado con el propósito de que nos sirva de preceptivo testimonio para el futuro, lo que tenemos que hacer, como decía Tácito, es entregarlo a la historia sine ira et studio, sin enojo, pero con estudio. Es lo que hemos pretendido nosotros. Por eso, después de todo este recorrido sobre Videla como sacerdote entregado y pastor ejemplar, debiéramos tener muy presente el dicho latino ad discentem oportet credere, el que aprende, necesita otorgar crédito al que enseña. Sí, porque en el primer obispo de Salta, los salteños, tenemos un destacado referente de fe y compromiso, emergentes de profundas convicciones religiosas y trasmisor de eficaz levadura para la vida real. Y en esto, puso en juego toda su variada personalidad, inclusiva de todo lo humano, religioso, sacerdotal y episcopal, por lo que servatis servandis, su trayectoria vital, es aplicable, como material de discernimiento, a toda biografía humana. Es por lo que creemos que esta envidiable lección de dedicación plena a sus iterativos vocacionales, de Videla del Pino, es un bello obsequio que honra al Bicentenario patrio, pues lo hacemos con un auténtico americano, un profundo creyente y un modélico obispo y ejemplar pastor de la Iglesia Católica. Muchos más detalles podíamos haber analizado, dentro de su faceta de servidor del pueblo de Dios, pero pensamos que lo aquí recogido es suficiente en los contenidos y ampliamente retador.

Pensamos que la egregia figura de Videla del Pino ha sido no solamente deformada, sino incluso interesadamente distorsionada, desde las más altas instancias políticas. No negamos que los padres de Mayo de 1810, existentes en 1812, vieran como inevitable necesidad, de la alta y recóndita esfera política, el trato que dieron a Videla del Pino, pero que hoy, imparcialmente y sin la pasión política de entonces, tenemos que juzgar, sin lugar a dudas, como reprobable e injusto. El obispo de Salta, además de americano ejemplar, como altas autoridades políticas de entonces dejaron escrito, fue ante todo un Pastor de la comunidad cristiana, cuando lamentablemente, le exigieron que fuera un político que trabajara desde la Iglesia, en defensa de los intereses y necesidades de uno y otro bando criollo, a veces, en despiadada guerra civil y otras, simplemente en inevitable guerra civil, pero no exenta de ejemplares y gestos de humanidad, insertos en la inseparable crueldad de toda lucha fratricida. Si no siempre ha sido posible nadar y guardar la ropa, menos lo es aún en situaciones políticas extremas, como las que vivió Nicolás Videla del Pino. Por eso, tenemos que reconocer que fracasó, no por falta de ductilidad pastoral, sino por la imposible equidistancia entre fervorosas pasiones políticas irreconciliables.

Sí tenemos que decir, que lo quisieron bajado a la arena política, tanto patriotas como realistas, lo que por pereza intelectual, unas veces y por intereses poco nobles, otras, dejaron magullada e irreconocible su esbelta figura episcopal, que de forma conscientemente irrenunciable, actuaba estrictamente como pastor y guía espiritual de unos y otros y siempre refractario a ser usado por ambos, como valioso soporte y excelente aval de su enfrentamiento ideológico. Videla del Pino sabía que esto le iba a exigir un alto costo a la exactitud, con que en aquél presente enjuiciasen su conducta y en el futuro interpretasen su actuación, debido a su rectitud en las transcendentales fechas patrias. Prueba de ello es que ambos grupos enfrentados, lo acusaron de traidor, argumento incontestable de que “no se casó ni con unos ni con otros”.

Pero, como más de una vez manifestara y algo hemos visto aquí, sobre todo en sus dos instrucciones pastorales de 1809 y 1812, su carácter episcopal y acción pastoral, no eran mercancía de almoneda, sino tributo irrenunciable a la vocación sacerdotal en la que estaba sumida y confundida su vida entera. La pereza intelectual y la ausencia de estos elementales criterios de discernimiento histórico, nos han transmitido una figura de Videla tan estigmatizada, que es imposible reconocerla desde el rigor histórico, la atenta compulsa documental y el obligado rastreo archivístico. Los barcos en alta mar, en los momentos de terminal peligro, lanzan el grito de save our souls (salvad nuestras almas), los ingleses claman God save the Queen (Dios salve a la reina) y nosotros, en nuestro amado y fraternal idioma, no quisiéramos ocultar nuestro sentimiento de salvad y entended la integridad vocacional del primer obispo de Salta. Y esto, como una elegante ofrenda americana a la patria que se deseaba indivisa y reconciliada, que Nicolás Videla del Pino siempre soñó y por la que entregó hasta su más mínimo aliento vital, callado y silencioso, pero ejemplar y envidiable.

 

AGN, Proceso judicial a Videla, X, 27-3-5; Recurso de D. Francisco Malbrán y Muñoz ante el Gobierno Central, Jujuy, junio 10 de 1.812; AGN, Recurso de D. Francisco Malbrán y Muñoz al Superior Gobierno de Buenos Aires contra la orden de destierro dictada por Belgrano sobre Videla del Pino, Buenos Aires, 14 de Mayo de 1812, Sala X, 4.7.2.

AGN, Comunicación de D. Miguel de Azcuénaga a Videla sobre las disposiciones carcelarias aprobadas por la Asamblea, Buenos Aires 5 de abril de 1813, Sala X, 4.7.5. AGN, El Cabildo de Salta escribe dando la bienvenida a Videla del Pino su supuesto regreso y amnistía, Salta, 6 de Julio de 1815; Sala X, 4.7.5.

AGN, El Cabildo de Salta escribe dando la bienvenida a Videla del Pino su supuesto regreso y amnistía, Salta, 6 de Julio de 1815; Sala X, 4.7.5.

ACE, Salta, Expedientes sacerdotales.

ACE, Salta, Facultades concedidas por SS. D. N. D. por la Divina Providencia PP. Pío VII al R. P. D. Nicolás Videla del Pino recientemente elegido obispo de Salta de la provincia de Tucumán, en las Indias Occidentales, 1.- Si allí hubiere escasez de sacerdotes, facultades de conferir órdenes fuera del tiempo, sin guardar los intervalos, incluso hasta el presbiterado. 2.- De dispensar de cualquier irregularidad, exceptuadas las que provienen de verdadera bigamia o de homicidio voluntario; y estos dos casos, si allí hubiere necesidad precisa de operarios, y con tal que en el homicidio voluntario no se siga escándalo de esta dispensa. 3.- De dispensar la falta de un año de edad, en caso de escasez de operarios, Roma, 30 de marzo de 1807, en Carpeta Videla del Pino. El documento original está en latín, cuya traducción al castellano agradecemos al latinista agustino español P. Antonio Montes Cueto.

ACE, Salta El Vicario Capitular de Santiago de Chile pide a Videla del Pino imponga órdenes sagrados a Francisco Ortiz, Santiago 21 de Enero de 1818. Afirma que cursa esta petición por que “en atención a que el Ilustrísimo Sr. Dr. D. José Santiago Rodríguez [Zorrila], Obispo de esta Santa Iglesia Catedral, se haya confinado en la ciudad de Mendoza, y por consiguiente impedido por asuntos políticos para poder celebrar órdenes […]”. Nos resulta extraña esta afirmación y el relevante número de chilenos que viajaron por este motivo a Buenos Aires, cuando Videla del Pino estaba también desterrado por motivos políticos, y sin embargo no estaba impedido para dar órdenes. Llama también la atención el que para un mismo religioso agustino Fr. José Sariego y Juan Fris envíen patente a Videla del Pino el P. Provincial Fermín Lorie y el Vicario General de Santiago de Chile, José Ignacio Cienfuegos, cuando la mayoría de las veces lo hace sólo el P. Provincial. Podíamos poner más ejemplos y de otras órdenes religiosas. Cfr. ACE, Salta, Santiago enero 21 de 1818, en Expedientes sacerdotales.

ACE, Salta, Buenos Aires, 10 de Febrero de 1819, en Expedientes sacerdotales.

ACE, Salta, Expedientes sacerdotales. En esta carpeta viene todas y las distintas ordenaciones.

ACE, Salta, Ibidem.

ACE, Salta, Buenos Aires 11 de Junio de 1813, Carpeta Expedientes sacerdotales.

ACE, Salta, Carpeta Expedientes sacerdotales.

ACE, Salta, en Expedientes sacerdotales, ofrecemos un modelo: “Ilustrísimo señor: El Dr. D. Manuel Antonio Marina, clérigo presbítero de este Obispado, ante vuestra Señoría Ilustrísima, con mi más debido respeto, me presento y digo: Que hallándome plenamente instruido en las rúbricas del Misal Romano para celebrar recta y debidamente el santo sacrificio de la Misa, y deseando poner en práctica tan augusta, ocurro a la notoria benignidad de vuestra Señoría Ilustrísima, y ruego se digne concederme para ello las licencias necesarias. Por tanto, A vuestra Señoría Ilustrísima pido y suplico, que habiéndome por presentado, se sirva proveer y mandar como llevo pedido, que en ello recibiré merced, que imploro. Y para ello, etc. Dr. Manuel Antonio Marina, Salta 12 de enero de 1810. Por presentada esta parte: Pase el suplicante a dar examen según el Misal Romano con el Maestro de Ceremonias Dr. D. José Ramón Alcorta, quién a continuación pondrá su dictamen, para en su vista proveer. El Obispo. El Ilustrísimo Dr. D. Nicolás Videla del Pino, del Consejo de su Majestad, dignísimo obispo de este nuevo Obispado de Salta, mi señor, dictó y firmó el antecedente superior decreto, por ante mi su Secretario de Cámara. Y de ello doy fe. Dr. D. Pedro Alcántara Arredondo, Secretario de Cámara”.

AGN, Juicio a Videla del Pino, Sala X, 6-7-1.

AGN, Carta del Dr. Pedro Norberto de la Cerda a Videla, Totoral 27 de Abril de 1813, Sala X, 4. 7. 2.

AGN, Carta de Celestina Salguero a Videla, Salta 4 de Abril de 1813, Sala X, 4. 7. 2.

AGN, Sala X, 3.10.3.

AGN, Ibidem.

AGN, Sala X, 4.7.1.

AGN, Sala X, 5.7.3.

Es frecuente en la correspondencia que conocemos, con motivo del destierro de Videla del Pino por el general Belgrano, se refieran a este, exclusivamente, como “el General”.

AGN, Carta de Juan Ignacio Gorriti a Videla del Pino, Jujuy 6 de Agosto de 1812, Sala X, 4.7.2.

AIEA, Córdoba, ms. 1.410.

ACE, Salta, en Carpeta de Videla del Pino.

AGI, Contaduría General, Cádiz 24 de octubre de 1810, Buenos Aires 593.

ACE, Salta, Advertencias que hace su Señoría Ilustrísima el Sr. Videla a los Curas sobre la administración de los sacramentos, Reducción de Abipones 1 de agosto de 1808, en Carpeta Circulares.

ACE, Salta, Autos y disposiciones del obispo Videla para el Vicario Foráneo de Tarija, Reducción de Abipones 27 de agosto de 1808, en Carpeta de autos.

ACE, Salta, Concesión del curato de los Cerrillos al cura Felipe Antonio Martínez de Iriarte por el curato de Rosario, Curato de Ntra. Sra. de Loreto 7 de octubre de 1808, en Carpeta de autos.

ACE, Salta, Auto de concesión del Beneficio de Rosario de los Cerrillos, jurisdicción de Salta, Salta 18 de octubre de 1808, en Carpeta autos.

ACE, Salta, El obispo Videla hace presente al Virrey Liniers los peligros de la invasión de indios en la provincia de Santiago, Reducción de Abipones 11 de agosto de 1808, en carpeta Videla del Pino.

ACE, Salta, Avipones 20 de junio de 1808, Carpeta Videla del Pino.

ACE, Salta, Carpeta de Autos, Avipones 4 de julio de 1808.

ACE, Salta, Carpeta de Autos, Avipones 11 de agosto de 1808.

ACE, Salta, Carpeta Videla del Pino, Salta 21 de Septiembre de 1809.

ACE, Salta, Carpeta de Querellas sacerdotales, Santiago del Estero 7 de Octubre de 1808.

ACE, Salta, Carpeta de Autos, Salta 18 de octubre de 1808.

ACE, Salta Carpeta de Autos, Santiago del Estero 12 de Noviembre de 1808.

ACE, Salta, Carpeta de circulares, Salta1 de diciembre de 1808.

ACE, Salta, Carpeta de Autos, año 1809.

ACE, Salta, Carpeta Videla del Pino, Salta 23 de noviembre de 1809.

AGN, Acta de Cabildo sobre la entrada de Videla del Pino en Salta Capita, Salta 23 de Agosto de 1809, Sala IX, 31 – 9 – 2.

AGN, Sala X, 31-9-2. Copia. Foliado en r-v; JULIÁN TOSCANO, El primitivo obispado […], págs. 660 – 687.

ACE, Salta, El obispo Videla hace presente al Gobierno que la iglesia de los Jesuitas no está en condiciones para hacer la erección de la Catedral y le pide cooperación para refaccionar la antigua Matriz, Salta, 20 de Diciembre de 1809, en Carpeta Videla del Pino.

AGN, Oficio de Videla del Pino al Cabildo de Salta solicitando un sitio para Seminario de la Diócesis, Salta, 3 Noviembre de 1809, Sala X – 22 – 1 - 6.

ACE, Salta, Pastoral del Ilustrísimo Obispo Videla, Salta 9 de diciembre de 1809, Carpeta Videla del Pino.

AIEA, Córdoba 18 de agosto de 1808, ms. 1.311. Algún desinformado e indocumentado historiador ha hablado de oposición del clero de Salta a Videla del Pino, cuando lo único que documentalmente se puede demostrar es que fueron exclusivamente estos dos sujetos, y estos dos ni son ni representaban al clero de Salta, mucho más numeroso.

ACE, Salta, Testimonio del expediente formado para hacer constar la expedición de las Bulas Pontificias del Ilustrísimo Sr. Obispo de Salta, Santiago del Estero, 27 de Octubre de 1808, Carpeta comunicaciones del Gobierno. Es un largo documento.

AAC, Carta del Deán Funes al Virrey Liniers, Córdoba 15 de mayo de 1809, leg. 30, t. I.

CAYETANO BRUNO, Historia […], pág. 175.

ACE, Salta, Pastoral del Ilustrísimo Obispo Videla, Salta 9 de diciembre de 1809, Carpeta Videla del Pino.

Ibidem.

Ibidem.

AGN, Sala X, 4.7.7. La traducción del texto latino de f. 1, es “Por la piadosa y santa causa de nuestra libertad” [T. A.].

GABRIEL FONCILLAS ANDREU, Un importante documento inédito de Mons. Videla del Pino, ARCHIVUM 1, 1(1943) 195 – 225. También escribieron sobre el asunto AMÉRICO A. TONDA, La Iglesia Argentina incomunicada con Roma (1810 – 1858) – Problemas, conflictos, soluciones, Santa Fe, 1965, pág. 210.

Ibidem.

GABRIEL FONCILLAS ANDREU, Un importante documento […], pág. 383.

AGN, Acta del cabildo de Salta del 18 de junio de 1810, Archivo de Gobierno de Buenos Aires, T. 21, fs. 63 – 64v. EDBERTO OSCAR ACEVEDO, La Revolución […], pág. 63ss; CAYETANO BRUNO, Historia […], vol. VII, pág. 455.


· Socio activo del Instituto Güemesiano de Salta. Miembro del Instituto Histórico Agustiniano de Roma. Miembro de la Junta de Historia Eclesiástica Argentina. onailimes@yahoo.com.

·· Socio activo del Instituto Güemesiano de Salta. Catedrático. Escuela de Historia. Facultad de Humanidades. Universidad Nacional de Salta. CIUNSa. CONICET. gustavo_parron@hotmail.com.

GUILLERMO FURLONG, Clero patriótico y clero apatriótico entre 1810 y 1816, ARCHIVUM, 1960.

ARCHIVO GENERAL DE INDIAS, Relación de los méritos y servicios del Dr. D. Nicolás Videla del Pino, Madrid, 12 de julio de 1790, Buenos Aires 602. En adelante citaremos por AGI.

AGI, Relación de los méritos […].

ACE, Salta, Auto del Sr. San Alberto nombrando Examinador Sinodal al Sr. Videla, San Miguel de Tucumán, 27 de Junio de 1783, Carpeta de Autos.

MARIANO MANSILLA, Historia de la casa Videla desde 1526, Buenos Aires 1941, pág. 143.

JUAN MARTÍN BIEDMA, Los bienes y la biblioteca […], Córdoba 7 de septiembre 1790.

AGN, Videla del Pino responde por escrito a los argumentos del canónigo Castro para negarse a dicho examen, Salta, y abril dos de mil ochocientos diez., Sala X, 31 – 9 – 2.

AMC, 6 de octubre de 1790.

AMC, Buenos Aires, 30 de octubre de 1790.

AGI, Buenos Aires 603. Nicolás Videla del Pino es presentado a la canonjía Magistral de Córdoba del Tucumán, Noviembre 6 de 1781.

AGI, Buenos Aires 302. Nicolás Videla del Pino es promovido a la dignidad de Arcediano de la catedral de Córdoba del Tucumán, 9 de Noviembre de 1792.

En la concesión de todos estos cargos, el Rey comenzaba siempre su aprobación real con la siguiente fórmula: “bien sabéis que así por derecho como por Bulas Apostólicas, me pertenece la presentación de todas las dignidades, canonjías y beneficios eclesiásticos de ella y de las demás de las Indias, Islas y Tierra Firme del mar Océano, respecto de la cual y atendiendo a la suficiencia y demás buenas prendas que (según me han informado) concurren en el Dr. D. Nicolás Videla, dignidad de Arcediano de la Iglesia, he resuelto presentarle para el Decanato de ella vacante […]”.

AGI, Buenos Aires 602. Nicolás Videla del Pino es promovido al Deanato de la Catedral de Córdoba, 28 de julio de 1793. Aquí Videla comienza su andadura, siguiendo a Lorenzo Suárez de Cantillana. Si hablamos, en este caso concreto, similar al resto, de que los cargos se obtenían por oposición y concesión real, no era posible alcanzarla por un fuerte consorcio de redes o el peso de estrategias familiares orientadas a controlar espacios de poder social y eclesiástico y compensar eventuales desequilibrios económicos dentro de la familia. En la documentación archivística, que vamos a publicar y referida a este período histórico, no hemos encontrado enunciados que rectifiquen esta proposición. ¿Dónde hay que buscar esa documentación? No lo sabemos. Cfr. AGI, Buenos Aires 602. La Cámara de Indias a 9 de Marzo de 1807 propone a Vuestra Majestad sujetos para la Dignidad de la nueva catedral de Salta, cuya renta se regula en dos mil treinta y seis pesos anuales.

AAC, Cabildo para nombrar Provisor de la diócesis de Córdoba en sede vacante, 23 de abril de 1785.

AAC, Carta del Ilustrísimo y Reverendísimo Sr. Metropolitano sobre la discordia en la elección del Provisor, Córdoba 25 de abril de 1785, en Actas Capitulares, Leg. 2 (1748 – 1788), f. 285v.

AAC, Resolución del Sr. Arzobispo confiriéndole a Videla del Pino autoridad en lo contencioso y en el gobierno de la Diócesis, Córdoba 25 de abril de 1785, en Actas Capitulares, Leg. 2 (1748 – 1788), fs. 285v – 286v.

AGI, Buenos Aires615; CAYETANO BRUNO, Historia […], vol. VII, pág. 165.

Palabra latina, entonces de uso común en estas circunstancias, y cuyo significado es “inmediatamente”.

AAC, Recibimiento del Sr. Provisor electo y su juramento de fidelidad, en Ib., fs. 286r – v.

AGI, Buenos Aires 606. Mendoza 12. 02. 1788.

AGI, Buenos Aires605.

AIEA, Córdoba, ms. 695.

AGI, Asunción 15. 11. 1805, Buenos Aires, 140.

AGI, Asunción 19. 11. 1805, Buenos Aires,152.

A título de lengua. La exigencia de esta cualificación manifiesta la abundancia de población aborigen, que supuestamente no tenía un conocimiento suficiente del castellano, para ser adoctrinados en ella.

CAYETANO BRUNO, Historia […], vol. VII, pág. 168.

Ibidem.

Ibidem.; JULIÁN TOSCANO, El primitivo obispado del Tucumán y la iglesia de Salta, t. I, Buenos Aires 1907, págs. 502 – 505. Aquí tiene traducida la Bula de institución de la diócesis.

ACE, Salta, en Carpeta comunicaciones del Gobierno. Copia de las mismas tenemos en el AGI, Buenos Aires, 603.

ASV, Sec. Brev. Ff. 51r – 58v; hay también una copia en ASV., Dataria Apostólica, Archivio Scriptore Segreto, 36, ff. 7r – 13v. Esta copia, a veces, sin modificar el sentido de su contenido, cambia alguna palabra y usa frecuentemente abreviaturas, lo que dificulta un poco su posible lectura y trascripción latina.

Como todos sabemos, las Bulas se titulan con las primeras palabras latinas con que empiezan, que es el idioma en que son editadas. La traducción castellana que aquí usamos, se la tenemos que agradecer al latinista agustino P. Miguel Fuertes Lanero, traducción que, a pesar de integrar el equipo de traductores de las obras de San Agustín para la Biblioteca de Autores Cristianos de Madrid, no le fue fácil en algunos de sus párrafos, sobre todo el de la parte final, que al ser tan largo, él mismo me confesaba en carta: “Realmente es para darle el premio Nóbel de confusión y misterio.” Es el problema de toda la documentación de estos siglos: Los largos párrafos, sin puntuación ninguna, y con una expresión muy complicada, de lo que no estaban libres ni estos documentos oficiales, lo que hace difícil su traslación al castellano. Con razón escribía Cervantes: “Me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés, que aunque se vean las figuras son llenas de hilos que las oscurecen, y no se ven con lisura y tez de la haz; y el traducir de lenguas fáciles ni arguye ingenio ni elocución, como no le arguye el que traslada ni el que copia un papel de otro papel”, MIGUEL DE CERVANTES, Don Quijote de la Mancha. Parte II, cap. 62.

AHPS, Carp. 1807 – 1808.

 

Fuente: Boletín Nº 35 -  INSTITUTO GÜEMESIANO DE SALTA
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