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Historia del Comercio en Salta

 

El comercio colonial hasta 1825

Hablar de la historia del comercio en Salta es hablar inevitablemente, del comercio de mulas. No en vano, el rico reservorio y de la memoria popular acuñó las frases “eso es más repetido que llevar mula a Bolivia” y “te han metido la mula”. Si Salta creció en otras épocas fue por su situación del nudo comercial entre dos vías de intercambio: una muy noble y legalizada por las reales leyes de su majestad de España y otra no muy noble, bastante ilegal, pero fuertemente afianzada por los comerciantes y aceptada por los magistrados reales -siempre que conviniera a sus arcas personales-.

Por el norte, la actividad minera del Potosí requería animales de carga aptos para las intrincadas zonas montañosas, forraje para mantenerlos, alimentos para la cuantiosa mano de obra en las poblaciones que carecían de ellos. Por el sur, el cenegoso puerto de Buenos Aires, lejos de las rutas comerciales autorizados por la Metrópoli, facilitaba el ingreso de contrabandistas ingleses y lusitanos que introducían productos suntuarios que, en menos tiempo, con precios más bajos y con una oferta más variada, satisfacía las demandas de los prósperos comerciantes y de los enriquecidos funcionarios del norte de la dilatada Gobernación de Tucumán.

Hacia 1802 se calculaban en 50.000 las mulas y en 2.000 las cabezas de ganado vacuno arriadas hacia el Alto Perú y Perú. En Jujuy las arriadas de mulas hacia el mercado altoperuano también eran importantes, si bien en menor grado que en el caso salteño. En Tucumán, la venta de ganado a las provincias de "arriba" ocupaba un sitio destacado. Pero por su singular ubicación geográfica, Tucumán tuvo mayor contacto con las distintas ciudades y regiones, además de una producción industrial más destacada que las otras provincias del Noroeste. La construcción de carretas para el comercio con el norte y el envío de suelas o cueros curtidos, bateas y objetos de madera a Buenos Aires, Córdoba y otras localidades producía cifras nada despreciables. A Tucumán llegaban $ 90.000 en efectos de Castilla, pero su balanza comercial arrojaba un saldo favorable mayor a los $ 77.000, índice de la dimensión alcanzada por la economía tucumana. A su vez, y a diferencia de los casos de Salta y Jujuy, el comercio de mulas no era tan significativo en Catamarca y Santiago del Estero, donde la industria textil tenía cierta importancia. Los lienzos y paños catamarqueños se vendían a comerciantes de Córdoba y Buenos Aires. Los ponchos santiagueños se vendían casi enteramente en Buenos Aires, demostrando un perfil litoral que no tenían las provincias de Salta, Jujuy y Tucumán, estrechamente ligadas al mercado altoperuano. Las diferencias entre estas tres últimas provincias y las de Santiago del Estero y Catamarca se evidenciaban también en el rubro importaciones. Salta consumía tan sólo $ 2.000 de efectos de Castilla; Santiago, en cambio, recibía $ 50.000. Obviamente las provincias más ricas resistían la unión con las de menores recursos. (1)

Al igual que en las otras regiones del ex virreinato del Río de la Plata, el proceso revolucionario provocó cambios importantes en la estructura social y económica de la región Noroeste. Uno de ellos fue la retracción del comercio con el mercado altoperuano y peruano, en poder de los realistas hasta 1825 salvo breves intervalos. Pérdida importante pues el Alto Perú proveía el mercado vital para las mulas de Salta y Jujuy, pero también el metálico con el cual se pagaban las importaciones de ultramar que entraban por el puerto de Buenos Aires. Si bien hubo tráfico clandestino con el mercado altoperuano, éste no pudo paliar la interrupción del comercio lícito, aunque resulte imposible evaluar el impacto en cifras. Esta contracción comercial incidió en el tesoro público en momentos en que la guerra revolucionaria exigía frecuentes desembolsos de dinero e inversión en bienes y hombres. En consecuencia, el gobierno revolucionario recurrió a los bienes particulares y al aumento de cargas impositivas sobre la población, cargas que se tornaron particularmente odiosas en el caso de las provincias norteñas, por su ubicación fronteriza frente al Alto Perú realista, cuyos avances había que contener. Salta y Jujuy eran campo de batalla permanente entre patriotas y realistas. Los hacendados debieron soportar frecuentes contribuciones, embargos y empréstitos para el mantenimiento del ejército revolucionario, que mermaron sus fortunas. El resto de la población, que poco o nada poseía, debió ofrendar su propia vida en las continuas levas y reclutamientos, nunca suficientes para una lucha larga. El comerciante de efectos ultramarinos sólo vendía al por menor, con "mucho fiado y poca plata", y el ejército patriota tomaba sus mercaderías "con boleto y bien baratas", siempre a pagar en fecha incierta. Las derrotas de los ejércitos revolucionarios, además, podían paralizar las ventas en forma total. Muchas casas de comercio en otro tiempo florecientes y fortunas particulares debieron enfrentar la bancarrota a causa de los efectos de la guerra. Los estancieros veían mermadas sus haciendas, confiscadas sus producciones y utilizadas sus tierras para depósito del ganado recolectado por el ejército. La guerra generó modificaciones en la situación de los antiguos poseedores de capital.

La economía quedó afectada por la guerra y acentuó las tensiones preexistentes, añadiendo nuevas fuentes de conflicto, por ejemplo, la competencia por la venta al menudeo entre comerciantes locales ubicados en la porción libre de realistas de la ruta del norte, con los comerciantes que llegaban "de abajo", porteños e ingleses. En este contexto norteño plagado de tensiones, la población local intensificó sus resquemores respecto de aquéllos que, llegados del Litoral, ejercían una actividad competitiva que perjudicaba sus propios intereses. Ejemplos de esta tendencia fueron los mayores gravámenes municipales impuestos en 1814 en Salta a los introductores no vecinos, y las peticiones de los comerciantes tucumanos en 1815, solicitando se prohibiese el expendio de efectos internados en plaza por los ingleses

El comercio en la Salta del 1800

Existen grandes casas comerciales como las de Moldes y Gurruchaga, el pequeño comercio de tiendas, almacenes de caldo donde se vende vino en grandes cantidades, almacenes de azúcar, panaderías, carnicerías, molinos y las pulperías con su poste para los caballos, donde los hombres toman su vinito de paso. Las pequeñas industrias urbanas son todas de tipo artesanal.

El barrio de la Banda, cerca del río Arias, está ocupado por los artesanos que hacen aparejos del caballo. Allí se escucha el golpe constante del martillo "desde la salida hasta la puesta del sol". Los plateros completan los enseres del jinete con espuelas de plata, mates, bombillas, candelabros y la vajilla completa para el comedor de casas ricas.

De tanto en tanto, y después de un larguísimo viaje de seis meses, arriban de Buenos Aires tropas de carretas cargadas con mercaderías de ultramar: muebles, telas y vestidos. Los maridos "muleros", comerciantes de mulas que viajan a venderlas al Perú, vuelven trayendo joyas de regalo para sus mujeres. La economía provinciana se halla en estado catastrófico, con su comercio disminuido y el pueblo empobrecido por el esfuerzo de sostener la guerra casi solo, sin ayuda del Gobierno nacional.

La moda de los cafés ha llegado aquí también. Los hombres de la clase principal, que hasta ahora sólo se reunían en las tertulias familiares donde se juega dominó, ajedrez y juegos de naipes, concurre a los cafés a jugar billar y a hablar de política. Pero allí no entran mujeres, ni tampoco hombres de clases humildes, porque existe una rígida diferenciación social que separa a la llamada "gente decente" de "la plebe". Tanto el público culto como "el otro" va a los espectáculos de "los volantines", cómicos trashumantes que recorren los pueblos en sus carromatos representando obras populares de teatro. Jornaleros y artesanos se divierten también en carreras cuadreras, riñas de gallos, corridas de toros o juegan los domingos por la tarde en las canchas de bolos.

Salta 1893

Presentada Salta en la Feria de Chicago de 1893 como: una inmensa extensión de campos cultivados, cruzados por canales de irrigación y con una importante cantidad de ganado vacuno, lo que reflejaba la pasión de sus habitantes por la agricultura y la ganadería, las fuentes genuinas de su economía.

El medio rural estaba poblado de cuatrocientos uno establecimientos agrícola-ganaderos y/o agrícola- industriales. La fecundidad de su suelo hacía crecer: maíz, trigo, sorgo, caña de azúcar, tabaco, cebada, arroz, viñas, café, algodón, papas, legumbres, hortalizas, árboles frutales y alfalfa, entre otras cosas. La extensión promedio de cada propiedad oscilaba entre las once y las dieciocho leguas, con un promedio entre cuarenta y ciento cincuenta peones estables y hasta trescientos en épocas de cosecha. Quienes se dedicaban a la ganadería eran propietarios de mil quinientas cabezas como mínimo y tres mil como máximo.

Los establecimientos agrícola- industriales se agrupaban en veinte curtiembres, cada una curtía seis mil cueros grandes por año y dos mil pequeños, dos fábricas de calzado fino con un promedio de sesenta empleados, una fábrica de jabón y velas, sesenta y cinco molinos hidráulicos que molían ochenta bolsas de sesenta Kg. de trigo o maíz por día, una fábrica de fideos que elaboraba treinta clases de los mismos y panaderías que producían pan y galletas, para los cientos de empleados del ferrocarril; veinticinco bodegas ubicadas en Cafayate que procesaban un millón de litros por año, una fábrica de licores y una tonelería; dos ingenios; cinco establecimientos procesaban el tabaco y fabricaban cigarros y cigarrillos, el proceso era a mano y máquina con un promedio de cien empleadas mujeres; se sumaba la presencia de talleres mecánicos a vapor.

La explotación Forestal de quebracho, algarrobo, cedro, cebil, y lapacho se volcaba a obrajes, aserraderos y fábricas de muebles. La minería explotaba salinas, borateras y caleras.

El ejido urbano tenía un centro irradiante: la Plaza 9 de julio, a tres cuadras a la redonda había ciento noventa y dos casas dedicadas al comercio, con fuerte presencia de casa importadoras de ramos generales, las que tenían sucursales, con venta al por mayor y menor de productos del Litoral, Europa y los EEUU ingresados por los puertos de Rosario o Buenos Aires.

Completaban la fisonomía: almacenes, tiendas, boticas, sastrerías, mueblerías, hoteles, confiterías, cocherías, una empresa telefónica, fábrica de hielo, cervecería, bazares, mataderos, mercados, fábrica de soda, el Banco Provincial y una sucursal del Banco Nación, una Oficina Central de correo, tres diarios, el Colegio Nacional y la Escuela Normal.

 

Los Vendedores Ambulantes 1880 - 1920

Los vendedores ambulantes fueron tal vez los primeros comerciantes modernos de Salta. los mas comunes eran los ofrecían comestibles vernáculos, de factura doméstica. Casi todos iban cargando su mercancía en un canasto de mimbre, y otros en una especie de bandeja, que sujetaban a su cuello mediante una correa. Es decir, que la venta callejera de comestibles, frutas y golosinas, era una actividad ya muy desarrollada entre la gente de Salta, cuando comenzó la época de los años 20. Puede decirse que había una sobre saturación de vendedores ambulantes. La competencia era cada vez mayor, así que había que crear otras formas de venta.

La propaganda estaba lejos de las posibilidades  de estos comerciantes, que se prolongaban hasta las vendedoras que, montadas en flacos caballos, ofrecían verduras y frutas silvestres que traían en sus redondas árganas de varillas de poleo. Por esos años llegaban noticias desde otras provincias, especialmente desde Buenos Aires sobre originales vendedores ambulantes que ejercían un verdadero arte de vender entre sus ocasionales clientes. Así aparecieron los primeros, que aquí, por razones obvias, se denominaron "viboreros".Estos, generalmente, tienen su zona en el Mercado Municipal, que por ese entonces se llamaba "Mercado San Miguel".

Vendedor de Pan

Apareció de pronto entre ellos un vendedor nuevo y original. Vendía de todo un poco, y para hacer su oferta, previamente ofrecía un "show" con una repulsiva víbora, a la sazón una lampalagua adormilada, pequeña, que llevaba hasta el lugar de sus exhibiciones dentro de un cajón, donde el ofidio se enroscaba cómodamente. La primera vez que sacó el animal y se lo colocó sobre los hombros, como si se tratara de una chalina viviente, no pocas exclamaciones de terror lanzaron ingenuas amas de casa que iban o regresaban de hacer sus compras de la mañana en el mercado. Mientras el animal se movía lenta y sinuosamente, sacando a intervalos su lengua vífida, en su veloz discurso ofrecía  peines, peinetas, lapiceras y alguna otra cosa pequeña y liviana. "Un peine por aquí, otro más allá...” iba diciendo a la vez que cobraba las monedas que costaban y hasta regalaba algunos objetos. Este curioso vendedor, que más tarde tuvo muchos émulos, se llamaba Solari.

Vendedor de leña - calle Dean Funes

El consumo de pescado