El Cardón

Cactus gigante, espinudo, que abunda en toda la región andina. Crece en los cascajales más desprovistos de agua, no obstante, los retoños tiernos son en sí un depósito abundante de agua fresca, a los que no hay más que cortar y pelar para con ellos aplacar la sed de hombres y animales.

A los cardones se los ve alzarse erguidos y altos en todas las laderas de los cerros, donde más parecen fantasmas que plantas. Con razón cuenta él Padre Lozano el terrible miedo que le causaron los cardones al padre Juan de León creyendo que eran indios del valle Calchaquí. Dice una carta que le enviara el compañero de dicho cura, el padre Eugenìo de Sancho, en la que decía (refiriéndose al padre León) no se cansaba de consolarlo y sacarlo del error "Recreciendo de noche el trabajo y el sobresalto, porque siendo el padre Juan de León de genio medroso y por otra parte corto de vista, a cada paso se tragaba la muerte, porque es de saber que hay por aquél país unos árboles muy derechos, llamados cardones esparcidos y divididos en trecho, los cuales le parecíán indios que venían siguiéndoles y avisaba al compañero que ya llegaban a matarlos. Con el padre Eugenio, sobre la fatiga del camino y congoja de su fuga, se le añadía el trabajo de desengañarle con la verdad y alentarle".

El cardón es árbol de la sequedad; ¿Será para ayudar al hombre, que todo su interior es un depósito de agua? Hasta sus agudas espínas sirven de condensadores y vuelcan gotas nocturnas en torno que las raicillas superficiales absorben.

Én las tierras secas del noroeste argentino, donde el sol se oculta en fragua de herrero, anunciando para el otro día viento y calor de incendio, el cardón se yergue verde, brillante en sus espínas, como un armado caballero.

Cuentan los viejos pobladores de las regiones puneñas (ellos están convencidos) que los cardones son indios convertidos en plantas que aún vigilan los valles y los cerros para que sus moradores vivan felices y no sean perturbadas por extraños.

Esta planta tan característica de las tierras montañosas y áridas da una flor blanca que se abre en sus espinudos brazos y, según la creencia de aquellas gentes, anuncia la lluvia cercana en las grandes sequías. Según dicen algunos, no tiene fragancia; pero no, lo que pasa es que se confunde con el olor de la tierra impregnada de sol que, cuando llueve, se levanta con el aliento de la menta, de la yerbabuena y de todos los yuyos del campo.

La leyenda cuenta que la flor es la transformación de la hija de un cacique que se había enamorado de un humilde indio. El padre se opuso tenazmente a que se vieran y que se unieran en matrimonio. Los enamorados resolvieron fugarse. Y una mañana, antes que el sol iluminara los cerros, emprendieron camino para esconderse en los más intrincado de la montaña:

Cuando el cacique advirtió la ausencia de la hija y se dio cuenta que huía del hogar con aquel indìo plebeyo que él aborrecía, salió en su persecución. Muchas horas de delantera le llevaban los fugitivos, pero él estaba empeñado en darle una buena lección a su hija y al indio. . . no sabía todavía el castigo feroz que le iba a aplicar.

Cuando ya los tenía a la vista y los iba alcanzando, los enamorados pidieron ayuda a la Pachamama, quien les abrió el pliegue de su manto y los recogió en su regazo.

El cacique al verse soprendido por la desaparición de los enamorados quedó allí a la espera, sin saber qué hacer, pero obstinado, no dejaría que se burlaran de él, siguió vigilando noche y día, mientras que ellos, con el tiempo, se convirtieron en cardón.

Cuando las nubes se tornan oscuras y los cerros retumban en cada trueno, la india enamorada, convertida en una blanca flor se abre sobre el pecho verde de su amado y asoma la cara para ver la tarde sin sol y la lluvia que comienza, mientras Pachamama sonríe en lo alto del cerro, observándolo al cacique burlado en su orgullo.

Del libro Leyendas de nuestra tierra (Carlos Villafuerte)

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