Patrimonio Arquitectónico de Salta

El Cabildo - Un símbolo de Identidad Salteña

Por Diego Cornejo Castellanos

l momento de la fundación de nuestra provincia, el representante del Virrey Don Francisco de Toledo, Licenciado Don Hernando de Lerma acatando las normativas establecidas por la corona española, distribuyó aquel 16 de abril de 1582, las parcelas destinadas a los edificios principales de la nueva ciudad; uno de ellos y frente a la futura iglesia, fue la sede del Cabildo.

Al presente se desconocen datos documentales que posibiliten contar con una idea aproximada acerca de las características arquitectónicas del primitivo ayuntamiento, pues su estructura sufrió diversas modificaciones a causa de los avatares que debieron enfrentar sus pobladores: por un lado, los ataques de los indígenas, por otro, contribuyeron también a sus periódicos deterioros, la precariedad de su construcción original, la existencia de un río que cruzaba la ciudad, situado entre la actual calle Urquiza y la avenida San Martín, como también los incesantes embates de los tagaretes, que eran profundas zanjas que traían consigo importantes caudales de agua.

Si bien todos los investigadores salteños coinciden que en ocasión de delimitarse los sitios para la construcción de los edificios de mayor importancia, al Cabildo se le destinó su actual predio, no todos son concomitantes en su parecer con respecto a la primera edificación que tuvo el primero. Muchos cronistas que transitaron por aquella Salta primitiva, registraron para la posteridad sus impresiones relativas a la evolución económica de la ciudad, la idiosincrasia de los lugareños y los rasgos particulares de su conformación edilicia. Aquellas narraciones describen a una pequeña metrópoli cercada por dos extensos tagaretes que impedían una normal circulación para sus pobladores, mientras sus alrededores estaban rodeados de árboles y una vegetación por demás diversa.

Uno de aquellos historiadores que con mayor rigurosidad indagó los antecedentes relativos al origen de nuestro Cabildo, fue don Miguel Solá, que en sus obras reflejó en vívidos relatos los sucesivos percances y posteriores reformas.

En 1675, a través de un acta capitular, los cabildantes establecen la necesidad de construir dos puentes para resguardar a todos los miembros de la comunidad de los desbordes de las aguas provenientes de los tagaretes, debido a la incidencia que las mismas estaban causando a la propia sede gubernamental. En 1676, el Capitán don Diego Vélez de Alcocer, confirma las disposiciones emanadas el año anterior y resuelve su reconstrucción: “propuso contrato, hacer de nuevo todo el techo de las casas altas y bajas del cabildo, cárcel y calabozos, con tirantes, costaneras, varas y lata nueva con su torta de barro bien acondicionada…”.

Durante el gobierno de Don Esteban de Urízar y Arespacochaga, se emite otra disposición con el objeto de solventar los gastos de mantenimiento para las obras de preservación y recomposición del solar, en el cual se desarrollaban las funciones políticas, de justicia y policía. Miguel Solá aseveró enfáticamente “Setenta y cinco años más tarde, el gobernador Andrés Mestre, uno de los más progresistas que tuvo Salta, hacía reedificar totalmente el viejo cabildo, dejándolo en la forma en que se ha conservado hasta hoy”.

“La reconstrucción de 1780 fue obra de un señor Figueroa” según aseveró en un artículo publicado en 1864, en el Correo del Domingo, Don Olegario Ojeda. Otro dato para ser tenido en cuenta es que las construcciones en nuestra ciudad, ya en el Siglo XVIII, eran de altos y sus propietarios de cualquier estrato social, “también al modesto y sencillo vecindario, que solía habitar los bajos para alquilar los altos”, según transcribió Solá, de las narraciones escritas por Concolocorvo en su paso por Salta en 1771. De allí se infiere que la fisonomía arquitectónica del Cabildo, no constituyó una excepción al perfil tan peculiar de la época.

¿Cómo surgió la idea de poner en venta a este fiel testigo de la historia de nuestra provincia? Durante el gobierno del doctor Martín Miguel Güemes, en 1887 u 1888, el doctor Ernesto M. Araóz, en su memorable libro El Diablito del Cabildo, recordaba “que el gobernador concibió la idea de construir una casa de gobierno en el campo, frente a lo que hoy es la Plaza Güemes, no sé si porque su visión del porvenir de la ciudad fuera más amplia que la de toda la población o porque el terreno le salía allí casi gratis, el hecho es que esto creó el pretexto para venderlo. Cuando el público se enteró, empezaron las protestas en todos los conversaderos de la ciudad”. Pese a ser persuadido por sus amigos más cercanos, el mandatario prosiguió en su empeño de vender la sede de gobierno, hasta encomendó la realización de un informe técnico que pusiera en evidencia la precariedad en que se encontraba el edificio y esto empezó a correr de boca en boca entre los habitantes, hasta que un día decidió desocupar en su totalidad el edificio y ponerlo a la venta en subasta pública.

En 1940, en virtud de un proyecto de ley del entonces senador nacional Doctor Carlos Serrey, se readquirió el cabildo salteño, siendo declarado monumento histórico nacional. Las tareas de refacción estuvieron a cargo de la Dirección General de Arquitectura, bajo la dirección del arquitecto adscripto a la comisión nacional, señor Mario J. Buschiazzo. En la planta alta del edificio se instaló el Museo Histórico Colonial de Bellas Artes, presidido por el ingeniero Rafael P. Sosa, quien desempeñó sus funciones a lo largo de varias décadas.

En ocasión de su visita a Sala, con motivo de la culminación de los trabajos de restauración del vetusto cabildo, en 1945, el destacado historiador argentino Dr. Ricardo Levene, afirmó: “Pero los cabildos fueron desde su establecimiento el armazón rudimentario en torno del cual se formaron los pueblos, el órgano de su autonomía, voces que reclamaban la satisfacción de sus vitales necesidades contra la absorción poderosa de Buenos Aires, expresiones enérgicas del regionalismo y localismo trocadas por el tiempo en el federalismo”.

Los cabildos, se constituyeron en el núcleo central de la sociedad colonial, a la que los diferentes  miembros de la comunidad acudían para plantear asuntos concernientes al interés particular, como los casos en que se debía administrar justicia, dirimir cuestiones de carácter general y, esencialmente fue el centro de debates para asuntos que versaban acerca de intereses políticos. Sus miembros eran figuras destacadas en ámbitos como la cultura, el comercio, el clero, integrantes del ejército, vale decir, aquellos estamentos con poder social y económico, que les otorgaban la posibilidad de dirimir y decidir sobre cuestiones cuyos efectos repercutían en toda la población.

“Es necesario que los pueblos vivan de sus tradiciones, conserven celosamente todo lo que signifique un fuerte vínculo con el pasado y rodeen de religioso respeto los sitios que fueron testigos de días de gloria o de esfuerzos conscientes y constantes por la consecución  de los grandes ideales” afirmó el entonces senador nacional por Salta, Doctor Carlos Serrey, al fundamentar su proyecto de ley propiciando la readquisición del Cabildo de Salta y la declaración del mismo como monumento histórico nacional. “Pero hay un edificio que es como un resumen y compendio del pasado, así por su arquitectura netamente colonial, como por haber sido el teatro de todo el desarrollo histórico del Norte: hablo del Cabildo de Salta”.

Más Información:

-- Historia del Edificio del Cabildo de Salta

-- El Cabildo - Patrimonio Cultural de los Argentinos

 

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