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Holver Martínez Borelli

olver Martínez Borelli nació en Salta, el 27 de enero de 1930 y murió en Bruselas, Bélgica, en agosto de 1978. Publicó los siguientes poemarios: "Víspera del mar" (Salta, Ediciones CEPA, 1968, al cuidado de Manuel J. Castilla) y "Los lugares comunes" (Mérida, Venezuela: Ediciones Cayco, libro póstumo prologado por Santiago Sylvester).

Fue Rector de la Universidad Nacional de Salta.

En 1992, la Comisión Bicameral de Obras de Autores Salteños reunió ambos volúmnes en el libro titulado "Obra Poética".

Foto José Juan Jacobo Botelli

Homenaje a Holver Martínez Borelli, 1993

Por Alicia Poderti

Amalgama de rictus proféticos y voces silenciadas, la poesía de Holver Martínez Borelli se alimenta de una pléyade de ausencias. Satélites hechos de palabras que giran en torno a los distintos mundos que crea el exilio: esa terrible cesura que impide habitar sus vidas a los que gritan al unísono su lejos y su cerca.

Los materiales de la memoria viajan, en desorden aparente, para afinar la perfección minuciosa de los encuentros posibles: la visita, el diálogo, el sobre en el correo, una "señal" de vida. Y aquellos penosos adverbios ensayan su ritual diario de supervivencia. Hasta que el poeta se vuelve un furtivo "cazador de palabras", como expresa Luis Andolfi en el Prólogo a su Obra Poética (Salta: Comisión Bicameral de Obras de Autores Salteños, 1992).

Holver Martínez Borelli había pasado por la vida con esa preñez de ausencias. Ya sabía de sobra lo que era andar "con el cuerpo en otra parte" -en el decir de Teuco Castilla- y decidió, de antemano, sucumbir a la mordedura de la doble ausencia. Su concentrada obra poética concilia, con lucidez, los difíciles paisajes de la denuncia y el dolor. Condensación largamente esculpida, la poesía de Holver alienta una síntesis desbordada de significaciones.

Palabra breve que se dice fuerte, la reunión de estos poemas retumba, hasta desnudar la intemperie. Se habla desde el otro lado, desde una muerte sensible y perdurable, como si la vida no fuera otra cosa que un minúsculo y fugaz momento. La poesía de Holver Martínez Borelli acapara, en dos tiempos -dos libros- el divergente itinerario de la profecía.

En ese itinerario poético, la parodia del discurso evangélico confronta las ironías de la petición y la denuncia: "Los opulentos/ tampoco mueren de su propia muerte/ en cambio él/ muere de todas las de otros./ Antes de que le digas/ 'mañana estarás conmigo/ en el paraíso'/ bajarán a las villas/ y requisarán piedra por piedra./ No le dejarán nada que les haya robado/ salvo su propia muerte."

Hay en estos poemas una dosis de racionalidad secular que refuerza la palabra de quien ya se siente más allá de las cosas. En las afueras de la vida terrena, desvestido de lo accesorio para emprender el viaje definitorio, el poeta dice: "Os lo diré:/ Yo soy el que hago tiempo,/ y voy, como quien dice, confiándome a la muerte."

La proporción del cuerpo deambulante y terrígeno se proyecta en los espejos, testigos de la soledad absoluta, y en la imposibilidad de contestar las preguntas medulares que cotidianamente nos agobian.

Sólo el amor puede ser preguntado y responder acerca de sí mismo. El poema "Tres cántigas para el amor" (Víspera del Mar) se estructura -en sus tres compases- como pregunta, respuesta y síntesis de una noción tautológica y extensa. El amor, eje ordenador y constructor de las cosas, constituye, en la poética de Martínez Borelli, la primera y postrer pregunta.

La fragilidad de lo "establecido" se palpa en la desarticulación, por la vía poética, de los armazones culturales oficiales. Entonces los seres y las cosas reencuentran su primigenia unidad: "Ahora que la luna/ te crece como un árbol/ desde la sangre,/ y sientes cómo quema su pulpa,/ la memoria del cielo se te esfuma en los pájaros/ y aprendes el gracioso talante de la lluvia."

Hacia arriba o desde abajo, cayendo, oliendo raíces o viajando en la altura, desde lugares secretos y genesíacos, las diferentes versiones de la historia reciente se sobreimprimen en estos poemas, dejando al descubierto las trampas discursivas de la sociedad.

"Sólo el amor", contesta la voz subliminal, y esa pertenencia posibilita el ascenso, la respiración en medio del ocre aroma de la muerte: "Porque ya nada al fin nos pertenece,/ salvo el amor/ en un país con pájaros y otoño,/.../ Allí subimos,/ azorados y débiles,/ para sobrevivirnos en la muerte de unos y de otros."

Y una vez más llega la pregunta salvífica. La duda raigal y cíclica ha regresado para despertar la enorme certeza del poeta: "Estamos hechos de todas las miradas/ de todos los gestos que nos dieron los otros/ hasta de las palabras dichas desde afuera/ no nos dejaron ser lo que quisimos/ sino esta ausencia/ este destierro que nos cubre./ Todavía preguntamos/ si es el amor/ si viene/ si ha pasado."

Homenaje de Gastón Carranza

"Las leyes, la política y las letras han atraído por igual a este joven valor salteño", se lee en las primeras líneas que el libro "Familia y tradición en el Norte argentino" dedicó a Holver Martínez Borelli en 1964.

Hijo de don Mariano Martínez de Celada y de doña María Amalia Borelli, Holver nació en la ciudad de Salta el 27 de enero de 1930 y murió en el exilio en Bruselas (Bélgica) el 28 de agosto de 1978, a los cuarenta y ocho años de edad. Inició sus estudios en el Seminario Regional de Catamarca y los prosiguió en la carrera de Filosofía en el Seminario Superior. Años después cursó estudios de Teología en el Seminario Conciliar de La Plata.

Abandonó, sin llegar a ordenarse, la carrera sacerdotal. En 1954 ingresó a la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Tucumán, suspendiendo sus estudios los que reanuda en 1956. Durante esos años fundó la Liga Humanista, agrupación estudiantil de orientación católica. Ese mismo año es profesor de griego y latín en el Instituto de Humanidades de Salta. Según datos de su currículum, además de esas lenguas clásicas, hablaba francés, hebreo e italiano.

A comienzos de 1955, cuando se agudizó el conflicto entre el gobierno de Perón y la Iglesia católica, funda en la clandestinidad el Partido Demócrata Cristiano de Salta. Producido el derrocamiento de Perón se desempeña como secretario general de la Intervención Federal y luego como interventor de la Escuela de Bellas Artes de Salta.

En 1960 fue consejero estudiantil en la Facultad de Derecho. En 1961 se gradúa de abogado. En las elecciones de marzo de 1962 es candidato a diputado por la Democracia Cristiana y en 1963 es candidato a gobernador. En octubre de 1962 es designado ministro de Gobierno de la intervención federal ejercida por Pedro Félix Remy Solá.

Su trayectoria pública como poeta comienza en 1946 cuando obtiene tres premios en la categoría poetas jóvenes en los Juegos Florales. Ese mismo año obtuvo en Buenos Aires un primer premio por su Canto a Güemes. Fue colaborador de la páginas culturales de los diarios "El Tribuno", "El Intransigente" y "La Gaceta" de Tucumán.

Participó en congresos de poetas y escritores argentinos. Fundó la filial Salta de la Sociedad Argentina de Escritores junto a Antonio Nella Castro. En 1963 Raúl Aráoz Anzoátegui dice en su "Antología poética de Salta", que Martínez Borelli "trae a la poesía salteña un hálito desconocido".

En 1964 se anuncia la edición de un primer libro de poemas "Elegías para un tiempo". En 1968 aparece su libro "Víspera del mar", en una edición cuidada por Manuel J. Castilla.

Las antologías poéticas editadas en 1971 anticipan la publicación de un ensayo estético-filosófico "Signo poético y lógico", y otro sobre sobre "Espacio y tiempo en el arte". En 1987, con un prólogo de Santiago Sylvester, se publicó en Mérida (Venezuela) "Los lugares comunes".

En 1973 presidió el Partido Popular Cristiano, agrupación que apoyó al Frente Justicialista de Liberación en las elecciones de ese año. Su trayectoria universitaria y su pertenencia al Frejuli fueron decisivas al momento de su postulación al rectorado de la Universidad Nacional de Salta, de la que fue primer rector normalizador, cargo del que fue separado luego de haber sido detenido y sometido a tormentos por parte del entonces delegado de la Policía Federal, comisario Federico Livi.

Por esos años se incorporó al sector del llamado peronismo revolucionario, de cuya estructura, luego clandestina, fue dirigente nacional. Debido a las persecuciones de que fue objeto abandonó Salta.

A fines de 1976 pudo salir del país. Inició entonces su exilio en Francia. La tarde del 28 de agosto de 1978, luego de pronunciar una conferencia sobre la situación de la Argentina y de un almuerzo con algunos amigos, murió de un infarto mientras conducía su coche en un parque de Bruselas.

Dos días de campo y a cielo abierto

Holver Martínez Borelli vivió apasionadamente y, a su estilo, su destino de hombre y su tono poético. Era un lírico, meticulosamente humanista, cristiano y social. Le obsesionaba el mar y le gustaba caminar por la vereda de los clásicos.

Por Benjamín Toro (*)

Su talento recorrió nuestro lenguaje con facilidad y con su alto sentido de la estética lo indagó hasta la raíz en todas sus palabras. Su búsqueda por la senda expresiva fue constante, y tanto en las formas como en el verso, él halló el espacio justo para la medida de su voz.

La última vez que tuvimos juntos, volvíamos desde Parque Nacional El Rey, de esa maravillosa reserva natural salteña que late en el corazón de Anta, y guarda celosamente la fauna, la flora regional y la filosofía del hombre de ese territorio, con todos sus asombros.

Habíamos pasado dos días de campo abierto y bajo el cielo, con el temblor palpitante del estrellerío y el miedo natural a la intemperie, junto con nuestro compadre, Nicéforo Palacios, gaucho de la Estancia Vieja, dueño de muchos silencios, coplas en el pecho y baqueano para rastrear olvidos y esperanzas.

Holver era un hombre ritual, premonitorio y un tanto obsesivo. Cuando una idea no maduraba en su debida forma se iba en ansiedad y reaccionaba con angustia cuando el poema se resistía a ser revelado. Es necesario decirlo y repetirlo, fue un soñador empedernido, y con buen creador un solitario, dueño de una ingenuidad maravillosa.

Ese fin de semana repitió con insistencia: "Habrá mucha esperanza, pero no para nosotros". Luego se extravió en un inusual tarareo de viejas canciones de García Lorca. Después, en medio de una ceremonia de humildad inconfundible, como si se estuviera despidiendo, me dijo: "Me gustaría que este tiempo no terminara nunca". Se tapó cabeza y todo con la frazada y se durmió. Presiento que el invierno se dio cuenta que ya no volvería. Mucho tiempo después descubrí que la sentencia que pronunciaba con tanta insistencia, pertenecía a Franz Kafka.

Este buceador de la palabra, me tenía acostumbrado a todo eso y, en muchas oportunidades, como si pudiéramos pensar en común, hablábamos de las sonoridades de las pausas, del ruido del silencio y otras cosas entrañables para ambos, pero que, en esa oportunidad, sonaban como una celebración comunitaria, y me hacía experimentar anticipadamente un entrevero de vivencias y nostalgias.

De pesca, en el río con las cañas de pescar en ristre apuramos un vino, mientras la correntada alegre y cristalina se iba cantando por el cauce. Entonces aparecía el poema, musitado a media voz, poniendo el aire en movimiento:

"Un rostro en pleno rostro/

como el amor que llama/
y es de noche/
y el color de los vasos/
agoniza a la luz de las lámparas/
y el hombre/
y la mujer/
se confunden/
y el mundo se confunde/

como si fuera todavía uno".

Ahora, treinta y dos años después, en este andamiaje de memorias, vuelve la práctica del recuerdo. Desde esa nubosa persistencia, tan noble del hombre, que refluye desde las profundidades de los días y se hace hoy para traernos los rostros, el temblor de las voces y el ademán del paisaje que guarda de todos los rumores del mundo.

Cuando recalamos en el paraje "El Espumudo", donde el río Popayán cae hecho un ovillo tras recorrer vueltas y vueltas, siempre nos acordábamos que el guardaparques Carlos Guanca nos contaba que una noche un dorado de casi dos metros de largo y quince kilos, saltó una altura de tres metros sobre un pozo y cayó una mariposa que andaba extraviada en la luz de la luna. Así erraba el tiempo, hasta que el sol traía los balidos de los toros del alba y el cansancio comenzaba a pesarnos en los párpados.

Noche de hablar de Dios, de Rainer María Rilke, del mítico "Familiar" de los ingenios azucareros, repasar los versos de Jaime Dávalos, de Carlos Hugo Aparicio y del "loco" José Gallardo, y luego suponer los duendes, que nunca habíamos visto, pero que imaginábamos como niños juguetones y siniestros.

Holver siempre se irritaba con los que pensaban que escribir un poema sobre la primavera era ser un servil del capitalismo. Afirmaba fervientemente que "con un poema bello siempre se sirve a la causa del hombre en su totalidad, o no se le sirve en absoluto".

Preocupación por el otro

Holver no pecó de arrogancia ni de belicosidad, era un hombre sensible donde vivió la genialidad del poeta, ese que consideraba que, dentro de un poema, cabía toda la vida.

Lo destacable de este poeta fue su preocupación por el otro, por ese semejante que sufría, que no tenía lo mínimo para sobrevivir. "El ama a tu prójimo como a ti mismo" fue como el sendero de su vida; no de la manera conventual y dogmática, sino en la práctica diaria. En sus últimos poemas afloran la derrota donde él se ve perdiendo el aliento y no puede asirse al perfil luchador del hombre.

Su primer libro de poemas, publicado en 1968, es "Vísperas del mar" y, de manera póstuma, "Los lugares comunes" (Venezuela, 1987). Posteriormente, en 1992, fue editada su "Obra poética", una selección de su producción literaria realizada por la Comisión Bicameral Examinadora de Autores Salteños en su colección OAS.

(*) Nació en Salta en 1939. Autor de "Excedido cielo" (1972). Periodista de El Tribuno. Preside la Sociedad Argentina de Escritores, filial Salta.

Edición: Agenda Cultural del Tribuno del 27 de agosto de 2000

 

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