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Textiles Puneños

La Calidez de la llama

La Puna es una meseta o altiplanicie situada entre los 3.500 y 4.000 metros sobre el nivel del mar, enmarcada por las altas cumbres y la Cordillera Oriental. Es un ambiente árido y riguroso que condicionó la tipología de la cultura prehispánica que en ella se desarrolló: la   cultura Atacama o Complejo Puna, cuyos pueblos se dedicaban principalmente al pastoreo de los camélidos y a una agricultura de altura.

De sus rebaños de llamas y ovejas, tradicionalmente han obtenido la lana para procurar su imprescindible abrigo, esta cotidiana labor, hoy constituye la más destacada de sus artesanías: los tejidos en aguja y telar.

Las artesanías más representativas son las prendas tejidas en dos, tres o cinco agujas, técnica que casi todas las mujeres dominan. Con ellas hacen tricotas, chalecos, gorros, bufandas, medias y guantes. Utilizan  los colores naturales de la lana, especialmente la de llama que es muy apreciada por su suavidad y abrigo. Una variedad de dibujos geométricos o representaciones esquematizadas de llamas decoran estas prendas de gran demanda.

También manejan con destreza el telar en la producción de frazadas, barracanes, ruanas y mantas.

El cardón: madera preciosa

El uso del cardón está restringido exclusivamente a la madera caída y muerta por lo que los especialistas en esta disciplina son escasos. Este recurso tiene características estéticas singulares, tales como el color y su textura porosa que, sumadas a las restricciones en su uso requieren que sea manejada como una madera preciosa.

Los artesanos en cardón se nuclean al Norte de los Valles, especialmente en las localidades de Payogasta y La Poma. Confeccionan cajas cofres, alhajeros, veladores, percheros, portarretratos, mesas y bandejas. Aplican la técnica de parquetería y la incrustación de maderas combinadas.

Cerámica

La alfarería trabaja con el más rústico de los recursos, el barro de arcilla, convirtiéndolo en un material estable por la cocción. La gran diversidad que abunda en los valles de este material, ha determinado la rica variedad de la producción cerámica zonal. El dominio de esta técnica implica un cúmulo de conocimientos fisicoquímicos de carácter empírico que los artesanos aprenden de sus mayores o en los talleres de los maestros ceramistas.

El esplendor prehispánico de esta disciplina, luego de las largas luchas por la dominación de los indígenas.

El consiguiente impacto sobre su cultura y los aportes de técnicas y formas hispánicas de los colonizadores, juntamente con el desplazamiento del uso cotidiano de las vasijas cerámicas por recipientes metálicos de ínfimo costo, ha determinado, que hoy, la producción cerámica vallista sea fundamentalmente ornamental y generalmente vinculada a los centros de mayor desarrollo turístico como Cachi, Cafayate y San Carlos, cuyos artesanos realizan una variedad de formas utilitarios y ornamentales, combinando distintas técnicas como la tradicional de rodete, el modelado , y en ocasiones con el auxilio del torno de pie o moldes para producir piezas que luego son terminadas a mano. La sensibilidad y creatividad que los caracteriza, determinan una riqueza de diseños, colores, texturas y representatividad, que las hace sumamente apetecibles para los visitantes.

El color de las piezas -rojas o negras- varía según la técnica de cocción. Para la decoración predomina la utilización del engobe -pintura con óxidos de colores,  previo a la cocción-, el grabado y la incisión. Tanto para los motivos como para las formas toman inspiración en la alfarería prehispánica sometiéndola a diferentes reinterpretaciones, combinando con campos geométricos, guardas o motivos del arte rupestre regional.

Cesteros guaraníes

Los guaraníes, originarios de las regiones caribeñas, llegaron a nuestro territorio provenientes del Chaco Boreal y Central. Están representados en Salta por los grupos chiriguanos y los avaguaraní. De su antiguo patrimonio artesanal, conservan la habilidad para la confección de cestas.

Algunos pueblos guaraníes realizan canastos con caña partida y bejuco o liana. También se utilizan el sauce mimbre y la afata para la confección de muebles y estantes.

Chaguar

Una antigua forma de tejer

Hacia el Norte y Este de la provincia, desde los contrafuertes selváticos andinos y hasta el bosque chaqueño encontramos actualmente las culturas con mayor identidad étnica. Pese a llevar más de cinco siglo de contacto intenso con las culturas predominantes de su entorno, enfrentando una creciente marginación y pérdida de territorios originales, estos pueblos han conservado su cosmovisión y su lengua. Presentan una  gran riqueza cultural integrada por dos grandes grupos de pueblos: los denominados chaquenses típicos (wichi, chorote, chulupi, toba) y los de la selva (guaraní y chané chiriguanizados). La confección de artesanías para la venta se ha convertido en las útlimas décadas en una actividad productiva significativa en las estrategias familiares. Los pueblo wichi, originariamente cazadores, recolectores y pescadores seminómades, son el grupo mayoritario en la provincia de Salta.

En el caso de los  textiles de malla en chaguar,  producción característica de los  pueblos chaquenses, técnicas y estéticas han atravesado  indemnes el transcurrir de los siglos.

Las mujeres wichi  trabajan la fibra del chaguar, como hace cientos de años, reunidas en los patios de tierra vigilando a los niños y escuchando  los choyuyos que  preanuncian  otro día de  calor en el Chaco, mientras ellas, pacientemente, tejen sus llicas y sicquets, muy apreciados y buscados hoy por las jóvenes citadinas.

 

 

lo  largo de la historia el hombre ha sido capaz de crear, de dar forma a la materia: centro y periferia, norte, sur, este y oeste; arriba y abajo. Estructuras esenciales en formas diversas. Lo que  hoy llamamos artesanías ha surgido como objetos utilitarios o rituales en su propia cultura antes de convertirse en bienes de mercado: la manera para abrigarse, la vasija para el agua, el lazo de tientos para el caballo, la bolsa de chaguar para recolectar en el monte, la máscara de yuchán para la danza ritual; las ollas para cocinar los alimentos. Estos objetos de simple belleza cabalgan entre el mundo de la ergología y la órbita del arte, tienen la rusticidad del trabajo manual y la dimensión de lo estético plasmado en el diseño, la forma y el color que exceden a su funcionalidad. El contacto cultural y la creciente demanda de estos bienes, cada vez más, han ido orientando su producción hacia el consumidor urbano, transmutación que la expone al desafío de sobrevivir conservando sólo aquello que le sirve de pasaporte al nuevo ámbito: la nobleza de sus materiales, el talento manual de sus creadores y su concepción de la belleza y del mundo. La aparente dicotomía cambio-conservación,  resulta estéril en este caso. No hay verdadera innovación que no hunda sus raíces en la tradición.

En el mundo actual signado por el imperio de lo descartable, la producción artesanal impone el encanto de lo hecho manualmente, el sabor de aquello que tardó larguísimos años en cambiar. Convertida en testimonio cultural, la artesanía, por su condición de tal, merece formar parte del patrimonio de los MUSEOS que nos informan sobre la evolución del arte de la humanidad.

 

Tapices

 Con la lana de las "tropas" o rebaños domésticos las mujeres se dedican al hilado manual con la "puzcana", un sencillo tortero de piedra o madera que actúa como contrapeso. Su utilización en épocas prehispànicas ha sido ampliamente documentada por la arqueología.

El tapiz no reconoce raigambre indígena como ornamento de pared. Se lo realiza tanto en telar como en bastidor. Pertenece al tipo de tejido denominado faz de trama en el cual se realiza el dibujo por entrelazamiento de hilos de distintos colores que van cubriendo la urdimbre. Según clasifican los mismos artesanos, los diseños se dividen en "paisajes" o motivos realistas regionales; "rupestres", inspirados en el rico arte rupestre de las culturas indígenas de la zona y la paisajística de su entorno; e "incaicos" inspirados en motivos de la iconografía arqueológica. Algunos otros responden a las demandas del mercado turístico y reflejan el modo en que éste visualiza la región.

 

El arte de los teleros

Los pueblos vallistos son herederos mestizados de las culturas llamadas pulares , calchaquíes o diaguitas. Se destaca especialmente la producción textil; la alfarería para autoconsumo y la ornamental; la cestería; el trabajo en madera de cardón y las artesanías en cuero.

Un lugar preponderante ocupan los tejedores de ponchos de Seclantás y Molinos y principalmente de la localidad de El Colte, un centro de verdadera especialización productiva. Los colores más utilizados son el rojo con guardas negras o salteño y el  nogalado, obtenido por infusión de cáscara de nogal.

Encontramos en los valles calchaquíes una de las más importantes tradiciones textiles en telar criollo del país, consolidada durante la colonia, sobre la sólida base prehispánica. Su producción consiste principalmente en frazadas, alfombras, ponchos, peleros, picotes, barracanes, tapices, fajas, bolsos y mantas. Hay muchas variaciones locales en la producción textil, según predomine una orientación hacia el autoconsumo o hacia el mercado.

Las telas o tejidos de faz mixta son confeccionadas en piezas de 10 a 15 metros. El centro más destacado de producción es Luracatao en el departamento de Molinos. Tienen un valor inapreciable pues se realizan con hilo muy fino hilado a mano. En los mercados urbanos son demandados para la confección de trajes, chalecos, camperas y sacos, entre otros.


Textiles Collas

Pasión por el color

La que hoy se conoce como cultura Colla ocupa la Prepuna Salteña desde las selvas de montañas o yungas hasta los bosques montanos o pastizales de altura (1500/2000-4500 metros sobre el nivel del mar, territorio que fuera escenario de una intensa interacción cultural. Comprende principalmente los departamentos de Iruya y Santa Victoria y parte de Orán. La actividad principal de estas comunidades es la cría extensiva de ganado, principalmente vacuno,  ovinos y caprinos a mayor altitud. Cultivan maíz y papas que constituyen el eje de la dieta local.

Las mujeres y en algunos casos los hombres, hacen tejidos con la lana de los rebaños domésticos. Se destacan las frazadas, pullos, ponchos, peleros, chuspas, fajas y alforjas de variados y vivos colores. Como característica cultural además de la realización del hilo en forma manual con el huso prehispánico, podemos destacar el uso todavía vigente de un telar indígena o "al piso", además del telar criollo.

El destino principal de las artesanías producidas es el autoconsumo o la realización por encargo.

 

Talladores wichi

Los secretos de la madera

Los hombres wichí, profundos conocedores de los recursos del bosque chaqueño, han aprovechado tradicionalmente fibras, maderas y cueros silvestres. En las últimas décadas y cuando la posibilidad de vender tallas decorativas comienza a ser importante en la subsistencia de estos pueblos, incorporan diseños y técnicas como las incrustaciones y las combinaciones de maderas en las cuales ponen de manifiesto su ancestral habilidad. Además del palo santo utilizan maderas duras del bosque chaqueño, de gran calidad y variedad de colores, como el guayacán, el iscayante, el quebracho y el mistol.

También realizan incrustaciones de asta o hueso. Además de una variedad de animales del monte, han aprendido de los misioneros a realizar trípticos o pesebres y cristos tallados con maestría.

 

Cerámica Chané

La belleza hecha de arcilla

La alfarería es una tarea exclusiva de las mujeres chané, sus técnicas posiblemente fueron adquiridas en los antiguos contactos con las culturas andinas, aunque en el estilo se puede apreciar también la influencia recibida de los misioneros religiosos, especialmente en la realización de los pesebres de gran originalidad y profusión de piezas, la variedad de jarras , la decoración con flores y guardas naturalistas y sustancialmente, la inmensa diversidad de animalitos de toda índole.

 

Cestería

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La cestería de caña partida con armazón de molle a sido la  más ampliamente utilizada, aunque hoy, sólo la realizan algunos pobladores mayores en las zonas rurales. Más localizada aparece la producción de cestos de poleo y de simbol cuya máxima expresión la encontramos en el sur del Valle Calchaquí, con eje en la localidad de Animaná.

Realizan en simbol distintos formatos de canastos con tapa o sin tapa, paneras, portabotellas, servilleteros, posapavas y alfombras. En cuanto a los cestos de poleo, que se destacan por su belleza y rusticidad, predominan las cestas o canastas de brazo, utilizadas preferentemente, por su duración, en la recolección de frutas.

Talladores en madera

Del tronco a la fuente

Los artesanos aprovechan la abundante disposición de madera de las selvas y bosques montanos para la talla de platos, fuentes y cucharas. Hoy algunos comienzan a diversificar su producción incorporando nuevos diseños.

En la zona de Islas de Cañas utilizan madera de pacará y en Los Toldos la madera de cedro. Las herramientas son muy simples: hachas, machetes, gubias, azuelas y lijas.

Tradición Gaucha

Cuero, asta y plata...

La ganadería vacuna, de amplia difusión en distintos ámbitos de la provincia, adquirió un gran desarrollo desde los primeros tiempos de la conquista con la introducción de las especies de ganado europeo. Este eje productivo lo encontramos con sus características regionales tanto en la zona andina prepuneña como en los valles intermontanos y la Llanura Chaqueña .

Su emergente y representante cultural característico es el gaucho salteño -peón, puestero o pequeño propietario- quien  es diestro en el trabajo del cuero, ya sea curtido, crudo o sobado, destacándose en las labores en trenzados y piezas útiles para la vida rural. También se realizan textiles en lana de oveja tales como frazadas, mantas y peleros y trabajos en asta. La platería, alcanzó un importante desarrollo durante el período colonial por su relación con las explotaciones mineras del Alto Perú. Hoy se encuentra más relacionada a los centros urbanos y al mercado turístico. El gaucho salteño es un hábil realizador de aperos, caronas, lazos, bozales, guardamontes, guardacalzones, empuñadoras y vainas de cuchillos.

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Ejemplos de Artesanos

 

 

Los Artesanos y el Arte Popular Folklórico

Un artículo extraído del libro "Cuestiones de Folklore" publicado en el Portal de Salta.

Desde tiempos inmemoriales los hombres desplegaron sus habilidades en la producción de objetos que todos necesitaban como herramientas y utensilios. Cada objeto que resultaba de su trabajo era una pieza única y algunas se realizaban con mayor esmero que otras. De todas maneras este productor de objetos reflejaba en su trabajo la cultura de su pueblo, su tecnología y su arte utilizando los materiales del entorno.

La etimología de la palabra artesanía, deriva de las palabras latinas «artis-manus» que significa: arte con las manos. La artesanía comprende, básicamente, obras y trabajos, artísticos o no, realizados manualmente y con poca o nula intervención de maquinaria.

En estos tiempos el artesano mantiene las mismas características de antaño y sigue reflejando la cultura de su pueblo aunque su quehacer se ha convertido en algo complejo.

Uno de los principales problemas de la artesanía o arte popular es la competencia con los productos procedentes de procesos industriales de bajo costo, con apariencia similar a los productos artesanales, pero con menor precio y calidad.

Otra dificultad para los artesanos es la forma de comercializar sus productos, ya que es una característica de la artesanía, que se realiza en talleres individuales o de pocas personas, con poca capacidad para llegar al mercado.

El Arte Popular es el acto humano por excelencia, aunque negado y desvalorizado sobrevive en condiciones difíciles, muchas veces sumido en la explotación y en la miseria.

Pero si hablamos de protección del patrimonio cultural folklórico deberíamos empezar por esta temática ya que es la más expuesta al concepto de mercantilización de la cultura.

Para preservar el arte popular de cada región de la globalización que trae aparejado un cambalache cultural es necesario utilizar dos preceptos: “historia y estética”. Conceptos profundamente relacionados con esta problemática.

Las leyes del mercado están en contraposición con estos dos conceptos. Oferta y demanda hacen que un artesano o artista popular devenga a situarse fuera de su herencia concreta por razones mercantilistas.

La creación y recreación sana debe estar bajo una línea de tiempo, bajo la historia, manteniendo una estética cultural que conforma un proceso.

Hemos dicho que los artesanos no deben realizar fieles copias de las creaciones de los antepasados ya que limita el espíritu creativo con que se nutre el folklore y reduce al hombre a un animal. Pero tampoco en el afán de poder vender más o mejor deba traicionar el pasado histórico introduciendo variables que nada tienen que ver con su cultura. El enclaustramiento cultural es negativo pero la sumisión mercantilista es destructiva.

La idea es concebir un cambio lento y evolutivo, una renovación que refuerza y renueva la identidad y no una variación transcutulrizada que deteriora y destruye.

El desarrollo evolutivo puede permitir o tolerar los prestamos culturales, potencial endógeno de cambio, pero en su justa medida, en un acto estético voluntario y no en una adopción por intereses económicos.

Por último sería necesario para los hacedores, más información derivada de la investigación, estudio y sistematización del arte popular folklórico que provenga no solamente de las universidades sino también de organizaciones de la comunidad relacionadas con la temática.

Leyes que protejan la actividad – promuevan más espacios de participación y comercialización – apoyo social en salud, jubilación y educación y un marcado interés en proteger este oficio que antropológica e históricamente es el más antiguo del mundo.

José Alfonso de Guardia de Ponté 

 

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