El Virreinato del Río de la Plata en la década de 1800 – 1810

Por: Emilio A. Bidondo

n una cronología de virreyes rioplatenses, anotaremos los nombres de aquellos que se distinguieron, unas veces por su gestión y otras porque durante su mandato se habrían de producir hechos de importancia capital para estas regiones.

Después de don Pedro de Ceballos - distinguido por su exitosa actuación en la guerra contra los portugueses en la Banda Oriental – le siguió don Juan José de Vértiz, quien desarrolló una eficiente acción administrativa en la que se destacaron dos aspectos: su dedicación al arreglo de la ciudad de Buenos Aires, y la puesta en vigencia del Reglamento de Comercio Libre, así como la implantación de la Aduana y las Intendencias.

Durante el gobierno de Vértiz se produjo la sublevación de Tupac – Amaru, que conmovió el sistema administrativo del sur de Hispano – América desde Quito hasta Mendoza, el alzamiento simultáneo de Tomás Catari, en el Alto Perú. Ambos acontecimientos pusieron en peligro el dominio español de las Provincias Interiores del virreinato del Rio de la Plata.

Le siguió don Nicolás de Arredondo, quien asumió en 1789 e impulsó el progreso en toda su jurisdicción. Durante su periodo de gobierno se originaron dos graves conflictos: uno relacionado con la ganadería, y el otro vinculado a la introducción de negros. Arredondo normalizó las actividades de la industria y la explotación ganadera, haciendo desaparecer la matanza clandestina. Con respecto a la cuestión de los negros, el virrey concedió – por seis años – el libre comercio negrero, tanto a nacionales como a extranjeros.

Luego de Arredondo, asumió don Pedro Melo de Portugal y Villena, quien lo hizo en 1795 y murió ejerciendo el cargo en abril de 1797.

Al fallecido virrey Melo, le siguió el mariscal de campo don Antonio Olaguer Feliú, quien se desempeñó en forma interina entre mayo de 1797 y marzo de 1799.

Le sucedió Gabriel de Avilés y del Fierro, quien en mayo de 1801 pasó a desempeñarse como virrey del Perú. Avilés fue un celoso observador del manejo de los caudales públicos en su jurisdicción.

En mayo de 1801 asumió don Joaquín del Pino, cuya gestión se caracterizó por las mejoras que promovió en Buenos Aires; también se ocupó y mucho de la administración virreinal, moralizándola y ordenándola. Se interesó por las industrias, así como procuró se aumentara la producción de plata en Potosí, lo mismo que la explotación minera en Salta y Jujuy.

Joaquín del Pino

La muerte de virrey del Pino – ocurrida en abril de 1804 – posibilitó que ocupara este cargo el Subinspector General de tropas del Virreinato Rafael de Sobremonte, marqués de Sobremonte, quien asumió en enero de 1805. Al año siguiente – junio de 1806 – se produjo la tan temida y muchas veces pronosticada invasión de los ingleses al Río de la Plata.

Mucho se ha escrito sobre la resolución del virrey Sobremonte de retirarse a Córdoba ante el ataque de los ingleses a la ciudad; señalamos que sus detractores lo califican de temeroso, en tanto que sus partidarios afirman que su decisión fue prudente y acertada. Consideramos que la actitud del virrey no fue tan incorrecta como algunos piensan; las tropas acantonadas en el Río de la Plata eran insuficientes y estaban mal equipadas y peor armadas, y esto a pesar de los reclamos insistentes de las autoridades del dominio. Ello impedía ofrecer una resistencia oportuna y suficiente. Retirarse a Córdoba – punto donde se unían los caminos que venían del Norte y de Cuyo – ofrecía la ventaja de poder reunir tropas, advirtiendo que la situación militar del Interior era – por otras razones – tan precaria como la de la capital del virreinato, como para marchar sobre Buenos Aires con perspectivas de éxito. La pronta y efectiva reacción del pueblo de la capital, hecha a fuerza de coraje, terminó por descolocar al virrey a quien, luego del éxito popular, se acusó de cobardía.

Don Rafael de Sobremonte

El virrey Sobremonte fue depuesto el 10 de febrero de 1807 y la Audencia asumió el mando político – administrativo hasta tanto se llenara la vacante. El monarca nombró virrey interino a don Santiago de Liniers y Bremont que tanto se distinguiera en el rechazo de la invasión de los ingleses. Este se hizo cargo en mayo de 1808. Su periodo de gobierno fue calificado por alguien que bien lo estudió como “el más borrascoso de todos”.

Santiago de Liniers y Bremont

Uno de los conflictos más graves fue el ocurrido entre el virrey Liniers y el alcalde Alzaga, al que pronto se le sumó otro pleito protagonizado ahora por Elío, gobernador de Montevideo, quien acusaba al virrey de ser adicto al gobierno francés.

Al concretarse la invasión de Napoleón a la Península, el problema, además de agravarse, pasó a tener una enorme repercusión en los asuntos del Río de la Plata.

Por si todo esto no fuera suficiente para perturbar la acción de Liniers, debemos recordar las intrigas de la princesa Carlota Joaquina, instalada en el Brasil a poco de la invasión napoleónica; otro factor negativo fue la llegada del enviado de Napoleón, marqués de Sassenay, y casi inmediatamente después el arribo del comisionado de la Junta de Sevilla, el arequipeño brigadier don José Manuel de Goyeneche.

De hecho Buenos Aires se convirtió en un campo de Agramante, en el cual, franceses, ingleses, portugueses, y por supuesto, españoles y criollos, dirimían sus problemas y afianzaban sus intereses arrimando brazas a su asado.

El 1º de noviembre de 1808 llegaba a Buenos Aires un nuevo comisionado de la Junta Suprema de Sevilla: don Joaquín de Molina, quien habría de permanecer en Montevideo cerca de un mes, y luego pasó a esta ribera del Plata para recién tomar contacto con Liniers. Su intervención en el conflicto no fue exitosa, pues el gobernador Elío había logrado volcar a su favor a los cabildantes porteños, los que, conjuntamente con Elío complotaban contra Liniers. El 1º de enero de 1809 estallaba en Buenos Aires un movimiento revolucionario encabezado por el alcalde Alzaga. Esta rebelión fue sofocada y los autores de la asonada desterrados.

Liniers

Pese que Liniers pareció haberse afirmado luego del episodio, el comisionado Molina expresaba a la Junta de Sevilla la conveniencia de reemplazar al virrey si se pretendía lograr la tranquilidad en el virreinato y, sobre todo, eliminar el conflicto ente ambos márgenes del Plata.   

La Junta consideró acertado el consejo de Molina y en mayo de 1809 nombró virrey a don Baltazar Hidalgo de Cisneros quien asumió en Buenos Aires el 30 de julio.

Don Baltazar Hidalgo de Cisneros

Sin duda que la gestión de Cisneros –como la de otros funcionarios peninsulares de esos días- estuvo signada por la descomposición política que atacó a los dominios de Hispano- América. Conviene recordar que, en el virreinato del Río de la Plata, entre su nombramiento y asunción, se habrían de producir los alzamientos del 25 de mayo en Chuquisaca y del 16 de julio de 1809 en la Paz, los que sofocados – el primero en forma benigna y el otro con bastante crueldad- marcaron un hito importante en el derrumbe del aparato gubernativo de la Corona en la América hispana.

Para cerrar esta versión de los componentes del sistema gubernativo que España puso en vigencia en el ámbito meridional de América, mencionaremos que, consolidados los virreinatos del Perú y Río de la Plata, cada uno de ellos mostró características muy diferenciadas.

La capital del primero, la Lima virreinal aristócrata y con una corte que en nada tenía que envidiar a la de los reyes de España, ha sido admirablemente descripta por Ricardo Palma en sus tradiciones peruanas, y ya muy entrado el presente siglo, por Thornton Wilder en El puente de San Luis Rey. Ambos escritos –no documentos históricos, pero si frescos de una época-  sirven para mostrar los claroscuros de esta ciudad, corazón del dominio español en América del Sur. Su lectura es más que suficiente como para introducirnos en los elementos de la Sociedad limeña.

En cambio, Buenos Aires, se hubo de constituir en cabeza de una jurisdicción donde el laboreo de las minas –salvo el Alto Perú- no era el medio más proclive al enriquecimiento de españoles y criollos; allí el comercio, la agricultura y la ganadería, y por qué no el contrabando – fomentado por ingleses, portugueses, holandeses y otros, y practicado por muchísimos porteños- constituían las fuentes principales de riqueza. Y ese mismo modo de vida configuró una sociedad donde había aristocracia, pero no de las características de la limeña, y menos de la peninsular. Sociedad abierta y muy influida por la permanente acción político-económica de ingleses y franceses, fue pasible de captar las nuevas ideas políticas que engendrarían la revolución. Las varias Memorias contenidas en la Biblioteca de Mayo, son suficientemente explicativas de lo que ocurría en las riberas del Plata. Además, no hace muchos años, Alberto Mario Salas publicó su diario de Buenos Aires, que nos proporciona una documentada visión de los últimos días del dominio español en el Río de la Plata.

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